HISTORIA DE MINDY

Para Oihana, Marta, Jugaitz y Marina

No sé mucho sobre Mindy, salvo que ha conocido la crueldad y el egoísmo del ser humano, pero también su solidaridad y delicadeza. Abandonada y con signos del maltrato, unas personas compasivas se ocuparon de cuidarla y proporcionarle afecto hasta encontrarle una familia. Desde el principio, Mindy se mostró confiada y agradecida. Yo descubrí su existencia gracias a una fotografía colgada por una amiga en una red social. De inmediato, me cautivó su mirada. Sus ojos negros y levemente húmedos revelaban la perplejidad del que ha sufrido y aún no sabe si el dolor reaparecerá bajo una forma distinta, pero no menos hiriente. Aunque se trataba de una imagen, sólo había que esforzarse un poco para escuchar el latido de su corazón, pidiendo algo de amor y ternura.

Mindy es pequeña, con el pelo castaño oscuro, las orejas caídas y una ligera cojera, que sólo se aprecia al correr. Su hocico afilado evoca la elegancia del galgo y su manto áspero invita a pensar en paisajes de montaña, con altos árboles sombreando un río que serpentea entre piedras y caseríos. No me cuesta trabajo imaginar sus carreras por una ladera verde, espantando a los pájaros, que no entienden su deseo de jugar y huyen despavoridos. Me gustaría pensar que ha sido feliz, pero algo me dice que su existencia tal vez ha consistido en soportar agravios y desprecios. Aprecia las caricias y le gusta tumbarse en los sofás. Le falta un diente y otro baila en una encía estragada. No suele ladrar, pero gruñe como un niño contrariado al que le obligan a cubrirse con una capucha, cuando la lluvia comienza a resbalar por sus mejillas. Mindy es dulce y mimosa. Si no le prestas atención, te recuerda su presencia, apoyando sus patitas en tus rodillas. Yo he comenzado a llamarla Minduka y no parece molesta con las nuevas letras que he deslizado en su nombre. Tampoco le desagrada la música. En mi casa, hay un viejo televisor de tubo con el sintonizador de TDT averiado. Sólo encendemos la pantalla para ver películas clásicas o series como Doctor en Alaska, Retorno a Brideshead o The Wire. Nos sentimos felizmente desconectados de la programación televisiva, pero no soportamos el silencio. El aparato de música nunca deja de sonar. Escuchamos música clásica (o música culta, según dicen los pedantes), jazz, blues, rock, canción de autor (o canción protesta, si nos remontamos a los años 60 y 70), punk, reggae, soul. Mindy (o Minduka) parece cómoda con todos los estilos. Creo que su naturaleza curiosa es incompatible con los prejuicios. No puedo decir que baile y siga el ritmo, pero aparentemente escucha con el mismo placer a Antonio Vega, Billie Holiday, los Ramones o a Carlos Kleiber dirigiendo la séptima sinfonía de Beethoven.

Ayer fue nuestro primer día. Nos conocimos en un pueblo de la estepa castellana, con una iglesia de estilo mudéjar y una plaza que evoca las exposiciones de los reos en la picota. A pesar de sus campos de trigo y las hileras de chopos y sauces que crecen a orillas del Jarama, no es una tierra compasiva. Se advierte su fiereza en sus interminables planicies y en sus cielos granates, que parecen pintados con la sangre de un matadero. Antes de que llegara Mindy, Piedad y yo paseamos por el pueblo. Cada vez que nos cruzábamos con un hombre de piel morena, ojos inexpresivos y una gorra de visera, nos preguntábamos si sería uno de esos galgueros que ahorcan a sus perros, cuando se han cansado de ellos. Mindy apareció con un trote ligero de borriquillo recién nacido. No parecía asustada. Es pequeña, tal vez cinco o seis kilos, pero no es diminuta. En seguida, la cogimos en brazos. No parecía insegura o intimidada. Pocos minutos después, circulábamos por la carretera, con Mindy en las rodillas de mi mujer. El cielo se había oscurecido, adoptando una tonalidad morada. Unas nubes negras como el alquitrán descargaban una lluvia intermitente, que golpeaba el parabrisas con la irritación de un maestro, intentado llamar la atención de los alumnos distraídos. Mis perritos recibieron a Mindy con una mezcla de curiosidad y asombro. Martuka, la Scottish Terrier rescatada cerca del Embalse del Atazar, levantó sus orejas puntiagudas e izó su cola entrecana, observándola con cortesía escocesa, pero evitando familiaridades excesivas y prematuras. Por el contrario, el resto de la manada la ha olisqueado con descaro latino, sin respetar ninguna convención social. No ha surgido ningún conflicto. Casi todos tienen algo en común: la experiencia de un sufrimiento inmerecido provocado por hombres desalmados.

Hacia las nueve, Mindy y yo salimos a pasear. A principios de octubre, los días se acortan y la oscuridad se anticipa, propagando una negrura que recuerda los terrores infantiles. Mindy avanzaba despreocupada, sin miedo a la noche. Sus orejas aleteaban como dos pequeños murciélagos y su rabito, corto y redondeado, acompañaba al movimiento de sus caderas, reflejando una dicha sincera y espontánea. Cada vez que entrábamos en los círculos de luz dibujados por las farolas, nuestras sombras se confundían, adquiriendo el aspecto de un extraño ser mitológico. Mi corazón se fatigaba en las cuestas, obligándome a realizar pequeños descansos. Sin impacientarse, Mindy se sentaba e inclinaba la cabeza, intentando averiguar qué me sucedía. Tal vez escuchaba mis latidos descompasados, una sucesión caótica de notas que prescinden de cualquier lazo armónico, mezclando silencios y enloquecidos ejercicios de percusión. Mientras bordeábamos un parque infantil, con los columpios desiertos y un laberinto de tubos de plástico sin niños gritando o fingiendo que se han perdido, apareció un gato escuchimizado, un pobre diablo con los huesos casi al aire y los ojos monstruosamente agrandados por el hambre y la necesidad de permanecer siempre alerta. No hay descanso para los gatos callejeros, acosados por los humanos y los animales, sin otra opción que comer en los contenedores de basura y esconderse debajo de un coche en invierno. Mindy alzó las orejas al detectar su presencia, pero no intentó perseguirlo. Creo que experimentó lástima y compasión, preguntándose por qué el universo camina a ciegas, dejando a su paso un rastro de tristeza e infortunio.

Cuando al fin traspasamos el umbral de casa y nos acomodamos en un sofá, rodeados por el resto de mis perros y reconfortados por los ojos azules de mi mujer, los dos sentimos que empezábamos un viaje hacia un huerto, donde cada primavera renacerían nuestras esperanzas y en invierno no habría espacio para el miedo o la desolación, pues el silencio y la espera ya no serían el preámbulo del abandono y las pérdidas, sino la antesala de nuevas claridades y transparencias, con árboles temblando como llamaradas blancas y un sol de membrillo rodando por un horizonte de ensueños.

RAFAEL NARBONA

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