ORTEGA Y UNAMUNO ANTE EL PAISAJE

José Ortega y Gasset (Madrid, 9 de mayo de 1883-ibíd., 18 de octubre de 1955)

Ortega y Unamuno disfrutan de la consideración de clásicos de la literatura en lengua castellana, pero los escritores que empezaron a publicar poco después de acabar la dictadura franquista han mostrado escaso interés por su obra, buscando la inspiración en autores con un estilo y unas preocupaciones completamente distintas. La idea de España, la exaltación de Castilla, las inquietudes espirituales, el amor por el paisaje o la necesidad de una regeneración cultural se consideran temas de otro tiempo con un sesgo elitista o regresivo. Algunos celebrarán que los escritores de las últimas décadas se hayan sacudido el polvo de una tradición presuntamente apolillada, pero otros nos preguntamos si esa ruptura no explica la actual mediocridad de nuestras letras, incapaces de producir figuras de la talla de Ortega y Unamuno. Ortega no alumbró textos de creación, pero su prosa es altamente literaria. No es improcedente situarlo en el plano de las letras, donde el rasgo distintivo no es el contexto o el canon de los géneros, sino la forma. Sus metáforas conviven con los conceptos, configurando un pensamiento plástico, lúcido e intuitivo que sirvió de punto de partida a filósofos tan notables como Xavier Zubiri, María Zambrano, José Gaos, Manuel García Morente, Pedro Laín Entralgo, José Luis López Aranguren o Julián Marías, que también reconocieron la influencia de Unamuno. Cuestionados los maestros, sólo algunos discípulos (Zambrano y, en menor medida, Zubiri) se han salvado de un juicio que subestima su obra.

Algunos opinan que sólo un insensato comenzaría hoy en día una novela con la descripción del paisaje. De hecho, la prosa funcional y minimalista se ha impuesto sobre el estilo poético y digresivo de narradores como Gabriel Miró o Azorín, injustamente postergados. Ortega y Unamuno recrearon los paisajes de España con una prosa más austera y menos sensual, pero movidos por la misma convicción. El retrato de paisajes no es una obertura, ni un intermedio entre dos bloques narrativos, sino un ejercicio de rigor que intenta captar el latido más profundo de las cosas. Es cierto que surge como una moda romántica gestada en entornos urbanos, donde la tierra no es un simple horizonte de trabajo, pero no puede reducirse a mera finta retórica o a vetusta expresión del sentimiento nacionalista. El paisajismo es una figura del pensamiento que pretende concertar inteligencia y sensibilidad, meditación y experiencia. Es una forma de razonar que interioriza el mundo exterior y lo transforma en vivencias e iluminaciones. Es una manera de conocer el entorno, de apropiarse de los lugares, que también nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos. El 17 de septiembre de 1906, el joven Ortega publicó un artículo titulado «La pedagogía del paisaje». Acompañado de Rubín de Cendoya, «místico español, un hombre oscuro, un hombre ferviente», Ortega y Gasset pasea por un monte de pinos de la raya de Segovia durante la hora del crepúsculo. Ambos se detienen para contemplar «las lomas nerviosas del Guadarrama», embriagados por un silencio que parece a punto de romperse, pero que persiste, insinuando revelaciones que se demoran. Es un silencio elocuente, que contiene «la entraña de las cosas», impacientes por hablar, por manifestarse, por salir a la luz y revelar sus secretos. Cendoya afirma que las ideas establecen asociaciones fatales, donde nuestro albedrío actúa como un simple espectador. Por ejemplo, «la línea quebrada de la sierra» convoca a «los hombres cárdenos pintados por el Greco», con sus ojos alucinados y sus rostros macilentos. En los montes se advierte el mismo anhelo de eternidad que en esas miradas sedientas, donde la locura y la razón se debaten sin término, buscando una verdad que se escabulle. En esa tensión se funde el pasado con el presente, las generaciones de españoles muertos o, incluso, de los remotos celtíberos, con los hombres de la hora presente, con su voluntad titubeante y su predisposición hacia el hastío. No importan los siglos transcurridos, ni las modas, pues con traje o túnica, pluma o espada, el ser humano afronta la muerte con angustia, preguntándose si su destino apenas difiere de la gota de agua que se desliza por la superficie de una hoja hasta desprenderse y dispersarse, sin dejar rastro de su paso por el tiempo.

¡Qué insignificantes resultan los individuos ante una sierra que perdurará siglos! Pero, al mismo tiempo, ese paisaje monumental, con sus crestas blancas y sus laderas azules, salva al hombre del estrépito de las ciudades, donde el tiempo fluye como un río desbordado, que ahoga todo en su fragor. Las ciudades nos hacen sentir que no somos nada, materia abocada a una extinción temprana. «Mas este paisaje –exclama Cendoya− me hace encontrar dentro de mí algo personalísimo, específico: ahora conozco que soy algo firme, inmutable, perenne; frente a estos altos montes azules yo soy al menos un “celtíbero”». Dicho de otro modo: «me hace descubrir una porción de mí mismo más compacta y nervuda, menos fugitiva y de azar». El paisaje es una pedagogía mucho más eficaz que cualquier pedagogía social, pues escarba en el fondo de nuestra conciencia, levantando una polvareda que puede confundirse con el caos, pero cuando se restablece la tranquilidad, percibimos con nitidez valiosas e inesperadas enseñanzas: «Los árboles son grandes maestros». Un plátano fue el mejor amigo de Hippolyte Taine y, aunque postulara que el saber brota del diálogo entre los hombres, Platón buscaba la compañía de otro plátano en las afueras de Atenas. «Un árbol es tal vez lo más bello que existe: tiene reciedad en el tronco, caprichosa indecisión en las ramas, ternura en las hojuelas movedizas». Muchas civilizaciones han rendido culto a su prodigiosa serenidad, que no necesita ostentaciones ni alardes. Los antiguos egipcios creían que el alma de los muertos se alojaba en los árboles, impregnándose de su grandeza. El árbol es morada y altar, hogar y mausoleo, vida y trascendencia. Los campos yermos que circundan Madrid, desolados e inhóspitos, explican el carácter trágico del español, atormentado por una insatisfacción permanente y un individualismo montaraz.

Todos los hombres aman el paisaje, pero «la naturaleza murió hace muchas centurias envenenada por un silogismo». Sólo nos queda la nostalgia de una belleza malograda por un exceso de racionalidad. El paisaje de la sierra de Guadarrama encierra la misma tensión mística de las telas del Greco, donde todos los personajes llamean como plegarias que esperan un destello de eternidad. Ortega finaliza el artículo con humor. Cuando abandonan las alturas y se encaminan al pueblo, un hombre les pregunta la hora y le contestan que no llevan relojes porque son «místicos y celtíberos». En 1902 –año prodigioso y fecundo para nuestras letras−, Unamuno publicó Paisajes, un libro de viajes que incluía un capítulo titulado «Humilde heroísmo», protagonizado por un humilde labrador que cava entre el río y la montaña. En su duro existir, «se ha dormido muchas veces al rumor del río». Nació y «vive muriendo, porque su vida es una muerte lenta, un sacrificio involuntario». Su vida es «una oración». Es un hombre humilde, de la tierra, que «viene de la piedra, por camino de siglos y siglos, que se pierde en el pasado; va al ángel, que alboreará en un porvenir inasequible». El agua ha moldeado el paisaje, erosionando los peñascos, abriendo hoces y cañadas, creando fértiles vegas, pero es el labrador, «el que cava junto al río y frente a la sierra, quien ha esculpido, minuto a minuto y gota a gota, a golpes de azadón, las montañas de la fe, y quien ha dejado en sus avenidas silenciosas el mantillo de que todo ideal se nutre».

Miguel de Unamuno y Jugo1 (Bilbao, 29 de septiembre de 1864-Salamanca, 31 de diciembre de 1936)

Unamuno divaga sobre el paganismo, el cristianismo y el positivismo como edades del espíritu, que sólo avanzan cuando arraigan en las comunidades campesinas. Evidentemente, el positivismo no ha llegado –ni ahora, ni por entonces− a ese estrato social, pero su visión de un mundo desencantado prospera lentamente, inculcando un doloroso sentimiento de precariedad. En esas fechas, Unamuno ya ha sufrido su famosa crisis espiritual, que se desencadenó la noche del 21 o 22 de marzo de 1897, pero aún está muy lejos de las posiciones casticistas de sus últimos años, cuando acaba creyendo que España debe mirar al pasado y no enredarse en procesos de modernización que podrían destruir su identidad cultural. Al igual que Ortega, divaga sobre la muerte y la eternidad, bordeando planteamientos místicos, ensombrecidos por la ineludible sombra de la duda. Ambos meditan sobre la personalidad y peculiaridad de España. Ortega menciona al Greco, con su estilo dramático y abstracto, que espiritualiza las figuras, deformando sus proporciones y apagando los colores con una luz indirecta, de origen sobrenatural. Por otro lado, se remite a los celtíberos, a los pueblos prerromanos que sedimentaron en el interior de la Península una vaga conciencia del ser colectivo de la nación española. Paradójicamente, unos bárbaros, un pintor griego y otras circunstancias adventicias han compuesto nuestra conflictiva identidad. Unamuno fija su atención en verdadera aristocracia de nuestra cultura, ese pueblo que ha labrado la historia silenciosamente, con sudor y humildad, trabajo y recogimiento. No invoca hitos de la cultura y el arte, sino las vicisitudes cotidianas del pueblo llano, que suele ser ignorada en el libro de la historia. En último término, hay una coincidencia de fondo en la necesidad de pensar mediante imágenes, paisajes, impresiones, metáforas, sin confiar todo el peso de la especulación al concepto, incapaz de encarnar la compleja trama del pensamiento. Una montaña o un río pueden refrescar nuestro espíritu, educar nuestra sensibilidad, aliviar nuestras perplejidades, mitigar nuestro escepticismo. En definitiva, pueden orientarnos en el laberinto de la vida.

Ortega y Unamuno, con sus diferencias y sus tormentosas discrepancias, merecen ser clásicos vivos, no simple objeto de erudición. Su actitud ante el paisaje pone de manifiesto la vitalidad de su prosa y su pensamiento, que logra abordar los grandes temas de la existencia a partir de una vivencia aparentemente minúscula. La literatura española contemporánea ha cedido el protagonismo a las ciudades y a las emociones sus habitantes, que sobreviven a duras penas entre el desarraigo y el nihilismo. El paisaje nos hace mirar al mundo y aceptarlo tal como es, sin excluir la esperanza. Necesitamos a los viejos maestros porque las cuestiones que les desvelaron no han caducado ni se han desvanecido. Quizá ya no nos sentimos místicos y celtíberos, pero la idea de España marca el calendario político y moviliza –a favor y en contra− a millones de ciudadanos. No es posible ignorar que escribimos y pensamos en lengua castellana. Es el idioma de Antonio Machado, Pérez Galdós y Cervantes, tal vez nuestros clásicos más emblemáticos. Son muchos quienes exigen la regeneración de la política y las instituciones. ¿Y acaso no seguimos encarando la muerte con temor, preguntándonos si el ser es una totalidad autosuficiente o existe alguna forma de trascendencia? Se dice que la madurez del pensamiento consiste en eliminar la hipótesis de Dios, pero, ¿habría madurado nuestro pensamiento si no hubiéramos meditado y continuáramos meditando sobre o contra Dios? Borges –que no sentía mucho aprecio por Ortega y Unamuno− sostenía que leemos a los clásicos «con previo fervor y con una misteriosa lealtad». Desgraciadamente, vivimos en una nación y en una época donde el «previo fervor» se ha convertido en previa hostilidad y «la misteriosa lealtad» en necia deslealtad. Siempre quedará el consuelo de mirar el paisaje y olvidar el reloj −que crea una falsa ilusión de progreso−, esperando que los tiempos cambien.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (09-06-2017). Del blog Viaje a Siracusa. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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