JULIO RAMÓN RIBEYRO EN GERMANIA

Julio Ramón Ribeyro (Santa Beatriz, Lima, 1929-Lima, 1994)

“Germania” es el nombre de una utopía que desató un enorme caudal de sufrimiento, provocando una trágica inflexión en la historia de Europa, aturdida por la capacidad de destrucción de sus pasiones más dañinas. Los geógrafos de la Antigua Roma llamaron “Germania” a una dilatada región situada al este del Rin que nunca se sometió al poder de sus legiones. La mitología nacionalsocialista invocó esa herencia para crear un imperio con vocación milenaria, justificando el exterminio de los pueblos opuestos a este designio. La Shoah no es una matanza más, sino un intento de reinventar la condición humana de acuerdo con criterios políticos, biológicos y raciales. Por eso causa tanto espanto como perplejidad. No cesa de crecer el número de novelas y relatos que abordan el mundo interior de víctimas y verdugos, intentando comprender los resortes de un genocidio que aniquiló a un tercio de los judíos europeos y a una cifra pavorosa de gitanos, eslavos, discapacitados, homosexuales y otros grupos considerados incompatibles con el Estado-jardín diseñado por la biopolítica nazi. La indefensión de los inmolados contrasta con la crueldad de sus ejecutores, que asumieron su tarea como una misión sagrada. La banalidad de Eichmann no debe ocultar la inteligencia de figuras como Carl Schmitt o Heidegger, que apoyaron a Hitler, argumentando que las democracias parlamentarias malograban el genio de los pueblos. Ambos consideraban que el sentido de comunidad debía anteponerse a la libertad individual. Historiadores y filósofos han investigado el fenómeno del nazismo, elaborando estudios notables y rigurosos, pero sólo la literatura puede captar el aspecto humano de la tragedia, explorando sentimientos como el mesianismo, la perversión ideológica y la indolencia moral.

En el ámbito de la literatura en lengua castellana, han surgido menos obras que en el campo de las letras francesas, anglosajonas, italianas o alemanas, pero algunas son especialmente notables. En 1949, cuando la posguerra aún era una herida abierta en el corazón de Europa, Jorge Luis Borges publicó El Aleph, un conjunto de relatos que incluía “Deutsches Requiem”. El cuento recreaba el apogeo y la caída del Reich desde la perspectiva del ficticio Otto Dietrich zur Linde, subdirector del imaginario campo de Tarnowiz. Borges escogió a un personaje con cierto bagaje intelectual, que amaba Brahms y había leído a Schopenhauer y Shakespeare. Condenado a muerte por crímenes contra la humanidad, el relato avanza como una narración en primera persona que refiere la noche previa a la ejecución. Otto Dietrich zur Linde justifica sus actos, alegando la necesidad de erradicar la herencia cristiana, que ha propagado una moral de esclavos: “El nazismo, intrínsecamente, es un hecho moral, un despojarse del viejo hombre, que está viciado, para vestir el nuevo”. La expectativa de la muerte en el patíbulo no afecta a sus convicciones. Aunque Alemania ha perdido la guerra, su objetivo primordial se ha cumplido: “El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo, que es la fe de Jesús; nosotros le enseñamos la violencia y la fe de la espada. […] ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas”. Borges menciona a Goethe, Nietzsche y Spengler como etapas de una cosmovisión que identifica la excelencia moral con lo trágico, heroico y titánico. Otto Dietrich zur Linde no es un gran pensador, sino un burgués indolente que ha leído a un puñado de autores, pero sin profundizar demasiado. Su inquietud intelectual se parece a la de Hitler, lector caótico y compulsivo que deambulaba por distintos libros a la vez, no ya con el propósito de enriquecer su visión del mundo con nuevos conocimientos, sino de encontrar –o falsificar- razonamientos que apuntalaran una ideología basada en mitos, falacias y supersticiones. El cuento de Borges refleja el carácter de muchos nazis de clase media y con ciertas lecturas, omitiendo otro perfil más abundante y, literariamente, más infecundo: el del hombre común -banal o brutal- que se adhirió al nazismo sin la necesidad de justificarse, cometiendo toda clase de abominaciones.

Julio Ramón Ribeyro (Santa Beatriz, Lima, 1929-Lima, 1994) eligió el punto de vista que Borges rechazó, pero desechando la primera persona. A veces, una perspectiva indirecta resulta más reveladora, pues nos muestra los distintos estratos un personaje, especialmente los que se escamotean en un monologo interior. Un monstruo puede ser un hombre apacible que ama a los pájaros. En 1972, Ribeyro publicó Los cautivos, un libro compuesto de doce relatos, donde una vez más se apreciaba una indudable maestría para la pieza breve. El título de la obra procedía de uno de los cuentos y no se desviaba de la pauta que había fijado el autor para el pequeño formato: contar una historia, tratar la realidad y la ficción como si fueran términos intercambiables, conmover sin digresiones innecesarias, mostrar antes que enseñar, plantear un conflicto, sorprender sin perder la verosimilitud, eliminar la retórica y los tiempos muertos, finalizar con un desenlace ajustado a los hechos narrados. En algo menos de diez páginas, “Los cautivos” muestra la fibra más profunda del genocidio perpetrado por los nazis: el papel determinante del hombre ordinario en una masacre extraordinaria. Un viajante de comercio procedente de Perú se desplaza a Fráncfort  para conocer las últimas técnicas de impresión a cuatro colores. No es un viajante profesional, sino un aficionado que ha aceptado el encargo de un amigo. No se caracteriza por su meticulosidad, sino por su tendencia a la molicie. Se limita a husmear por los comercios, dedicando la mayor parte de su tiempo a pasear por la ciudad. Alojado en la pensión de un barrio industrial, su pereza e inutilidad contrasta con el carácter madrugador y eficiente de los alemanes. Sus compañeros de pensión son “vendedores hanseáticos, propagandistas circunspectos de algún un turbio producto”, que le ignoran o le contemplan con indiferencia, agravando su sentimiento de inadaptación. No sin cierta tristeza, admite que se siente “como un camello extraviado en el continente polar”.

Sus paseos por el centro de Fráncfort no duran demasiado, pues la presencia de soldados norteamericanos altaneros y ruidosos ejerce un efecto disuasivo. El viajante restringe sus paseos al barrio donde reside, pero la proliferación de fábricas le produce un malestar tan intenso que acaba recluyéndose en su pensión. “Nada para mí es más pavoroso que una fábrica –reconoce-. Yo las temo porque ellas me colman de ignorancia y de preguntas sin respuesta”. Ribeyro destaca el aspecto deshumanizador del progreso tecnológico. El ser humano se enfrenta a un desarrollo material que desborda su imaginación. Las fábricas pueden llegar a producir catástrofes inimaginables para sus creadores. La maquinaria de guerra levantada por el Reich desencadenará una destrucción apocalíptica. Los hongos nucleares añadirán un nuevo grado de barbarie, evidenciando que el hombre vive atrapado en el sueño fáustico de lograr la dominación total de lo real. La “dialéctica de la Ilustración” no ha alumbrado la anhelada liberación de la humanidad, sino una nueva forma de opresión, donde el individuo queda expuesto a un frío racionalismo, que predica la aniquilación de lo presuntamente inútil e irrelevante. El personaje de Ribeyro experimenta la intimidación del progreso, que discrimina entre seres productivos e improductivos. Evidentemente, él pertenece a la segunda categoría, lo cual no resulta tranquilizador.

Frente al apogeo de la industria, la nostalgia de la naturaleza. El viajante confiesa: “Fráncfort era en realidad una urbe demasiado organizada, capitalista y potente para mi gusto ancestral, catoniano, por la naturaleza”. Estas palabras no reparan en las consecuencias del famoso “paso atrás”, que postula la exaltación de lo primitivo y rural como alternativa a la promiscuidad de las grandes ciudades. El nazismo soñaba con un porvenir de soldados granjeros, que manejaran con la misma soltura la azada y el fusil. La mente del viajante pasa por alto este riesgo, identificando la naturaleza con un oasis de tranquilidad. Cuando descubre en el patio trasero de la pensión centenares de aves exóticas alojadas en vastas pajareras, piensa que se ha topado con el paraíso. Divisa a Hartman, el dueño de la pensión, alimentándolas y acariciándolas con mimo. Corpulento y canoso, camina en bata, con un cesto bajo el brazo: “Era en verdad una escena insólita, irreal, como la cita de un verso eglógico en el balance anual de una compañía de seguros”. El viajante baja al “jardín encantado”, no sin recorrer un largo pasillo, abrir varias puertas y atravesar la cocina, el oficio y la despensa. Parece un itinerario casual, pero más tarde se insinuará que responde a un propósito deliberado de ocultar las jaulas de miradas indeseadas. El viajante se encuentra con Hartman, que le escudriña con hostilidad, examinando el tamaño de sus orejas y la forma de su cráneo. Sin ocultar su cólera, le pregunta cómo ha llegado hasta allí y cuál es su nacionalidad. Esta manera de proceder tampoco es casual, sino fruto de una costumbre sustentada por el prejuicio. Hartman parece más tranquilo después de observar sus rasgos físicos y averiguar que su interlocutor es sudamericano. Se ofrece a enseñarle los pájaros, que comienzan a chillar al unísono cuando lo reconocen, pero que dejan de alborotar apenas la voz de Hartman les exige silencio. El viajante contempla atónito la enorme diversidad de especies. Después de mostrarle la zona de los loros, las cotorras y los guacamayos, demorándose en sus características, Hartman comenta: “Siempre me han gustado los pájaros, así, reunidos en jaulas. Son tan obedientes, tan sumisos y a fin de cuentas tan indefensos. Su vida depende enteramente de mí”.

La conversación propicia una breve amistad. Hartman ha acumulado una biblioteca de tres mil ejemplares sobre ornitología. Todos sus pájaros están meticulosamente registrados y clasificados en fichas. En sus jaulas, destaca un ibis, el pájaro al que los antiguos egipcios consideraban mensajero de Tot, el dios de la sabiduría, la escritura, la música, los conjuros y los hechizos. Tot era un dios lunar que ejercía de escribano sagrado, apuntando el dictamen de Osiris en su juicio a los difuntos. El ibis no es un pájaro más, sino la última pieza de un puzle que se completará cuando el narrador descubra por azar una fotografía de Hartman con uniforme alemán, posando sonriente ante una alambrada de Auschwitz en 1942. Es inevitable revelar el desenlace para interpretar los signos arrojados por Ribeyro en las páginas anteriores. El largo itinerario hasta las pajareras evoca el “tubo” –según la jerga de los deportados a los campos de exterminio- o “camino al cielo” –según la jerga de los verdugos- que unía la rampa de selección con las cámaras de gas, un pasillo infernal por el que desfilaban desnudos las mujeres, los ancianos, los enfermos y los niños, fundidos en una masa dantesca. El frío escrutinio del viajante peruano refleja la fisiognomía rescatada por los nazis para realizar sus estudios raciales. Supuestamente, el tamaño de las orejas y la nariz era un poderoso indicador de una ascendencia judía. Por último, el ibis está estrechamente emparentado con la pasión por el ocultismo, que los nazis cultivaron con la esperanza de hallar la mítica Atlántida y el Santo Grial. Las expediciones al Tíbet organizadas por Himmler, Reichsführer de la Schutzstaffel o SS, responden a la búsqueda de los orígenes de la “raza aria”, una clasificación sin ningún fundamento. Hartman no es un intelectual, pero conoce todas estas cuestiones, ampliamente difundidas por las autoridades para justificar el destino de los alemanes como legítimos amos del mundo. Su pasión por los pájaros es una triste metáfora de su papel como carcelero. Clasifica a las aves con el mismo rigor que los nazis dividían a los prisioneros, de acuerdo con su raza o ideología. Obedientes, sumisos e indefensos, los deportados despiertan cierto interés científico, pues su estudio puede aportar valiosos datos a la investigación médica. Hartman experimenta la pulsión sádica de rebajar al otro a la condición de objeto, arrogándose el derecho de decidir sobre su vida y su muerte. No es Mengele, pero comparte su sueño de controlar los ciclos reproductivos. Es imposible ocuparse de tantas especies de pájaros, sin intervenir en los apareamientos y la supervivencia de las crías. Hartman se parece a Franz Stangl, comandante de Treblinka, entrevistado por Gitta Sereny durante su cautiverio. Cuando la periodista le pregunta qué sentía al contemplar los vagones llenos de familias destinadas al exterminio, contesta: “Cargamento. Sólo eran cargamento. Para mí, eran una masa, no individuos”. Para Hartman, los pájaros no son criaturas con las que es posible entablar una relación afectiva, sino una colección que le permite recrear un pasado añorado, donde disfrutaba de un poder ilimitado sobre sus víctimas.

Ribeyro nos dejó un retrato de “Germania” que exhuma su podredumbre interior. Los delirios utópicos se convirtieron en la pesadilla del siglo XX apenas traspasaron su mera condición de fantasías. Con una prosa cuidadosamente depurada, el escritor peruano se adentró en la intimidad de los hombres banales que ejecutaron la Shoah. Al igual que el relato de Borges, su cuento es una pieza magistral, que conserva intacto su capacidad de estremecernos, invitándonos a permanecer alerta. Los nazis no eran individuos anómalos, sino hombres corrientes. Como Hartman. Como Otto Dietrich zur Linde. Como nosotros mismos, que no siempre resistimos la tentación de deshumanizar al adversario. Leer a Ribeyro es una buena forma de aprender a mirar al otro con indulgencia y solidaridad, pues sus cuentos se concibieron para dar la voz a los excluidos, los marginados y los olvidados.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (31-01-2017). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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