ÁRBOLES DEFORMES

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Janis Joplin (Port Arthur, Texas; 19 de enero de 1943 – Los Ángeles, California; 4 de octubre de 1970)

Nos gustan los árboles deformes. Nos gusta lo insano. Tenemos una mente enfermiza y nos refugiamos en las ciudades, huyendo del aire y sus transparencias. Nuestros pulmones respiran mejor cuando inhalan monóxido de carbono. Nos gusta el olor a gasolina de los viejos coches sin catalizador. Nos gusta el hedor de los callejones con meretrices que se protegen de la lluvia con paraguas de colores y altas botas de pescador. Nos gustan las putas que esperan a sus clientes con un cigarrillo en la boca, unas medias verdes y un pequeño caniche con piedras en el riñón. Aún está esperando en la cola de la Seguridad Social para someterse a una litotricia.

No nos gustan los chulos ociosos, como los de Irma la dulce (Billy Wilder, 1963), que explotan a sus chicas con un palillo en la boca, retorciéndoles el brazo cada vez que se quedan con la propina de clientes abrumados por la culpabilidad de engañar a sus esposas. Nos gusta Jack Lemon, el único chulo al que admiramos, pues se parte la cara por su chica y se comporta como un caballero inglés con un falso parche de aventurero herido en mil batallas. ¡Qué grande eres, Jack Lemon! ¡Cuánto te queremos!

Nos gustan los gánster con  trajes de colores chillones y zapatos embetunados por un limpiabotas tullido. Los limpiabotas tullidos son los hijos perdidos de Tod Browning, que los homenajeó en una incomprendida película (Freaks, 1932), donde un hombre sin brazos ni piernas se encendía un cigarrillo con un fósforo, mostrando que lo prodigioso es un cuerda tendida hacia el espanto.

Los limpiabotas tullidos suelen ser bizcos y jorobados. A veces son niños, con una infancia robada. La pobreza secuestra a los niños y los encierra en cuartos oscuros, hasta que se convierten en adultos humillados y afligidos. Los cepillos de los limpiabotas logran un brillo tan deslumbrante como una bombilla en una sala de interrogatorios. Aunque lo finjan, los limpiabotas no pretenden ser concienzudos. Disfrutan con su trabajo porque son fetichistas y los pies les excitan tanto como las prostitutas que intentan resucitar a los niños muertos, ofreciéndoles sus pezones sonrosados.

Preferimos unas sábanas sucias a unas limpias y recién planchadas. Las sábanas sucias tienen una historia. Las sábanas limpias acaban de nacer. Nos gustan las letrinas porque inspiran a los poetas y sirven de refugio a los onanistas, que necesitan su dosis de placer tres o cuatros veces al día. Simpatizamos con los yonquis, pero nunca los alojaríamos en nuestra casa. La heroína se disfraza de sustancia adictiva, pero en realidad es un dios fenicio, que exige sacrificios humanos. La heroína es el último amante. Si te acuestas con ella, nunca te apartarás de su lado.  No intentes dejarla. Te acosará sin tregua. Te llamará cuarenta y cuatro veces al móvil en menos de media hora. Después de besarla por primera vez, notarás su saliva flotando en tu estómago. No se quedará ahí. Escalará por tu esófago, hundirá sus uñas de rapaz en tu lengua y sentirás su sabor acre y mucilaginoso en tus labios, que dibujarán una “O” de estupor y placer.

Sentirás que te pegan un tiro en el cerebro y que renaces sólo para repetir la sensación de morir fulminado. Si huyes al mar, aparecerá entre sus espumas. Si te internas en una montaña, te esperará en las nieves perpetuas de los picos más altos. Patti Smith y Janis Joplin pasearon por esas cumbres y dejaron su piel en ellas. Patti Smith pudo contarlo. Janis Joplin se cayó por una grieta y se convirtió en una flor de pétalos blancos, aturdida por los escalofríos.

La heroína se transforma constantemente. Se divierte confundiendo a los que pretenden asignarle una forma. Se ha aburrido de ser un caballo. Ahora es un pequeño burrito con los ojos de Platero, que te ofrece su lomo para escapar de los centros de desintoxicación y de las parroquias de barrio, absurdamente obstinadas en salvar a los yonquis que ya han concertado cita con Janis Joplin y John Belushi para bañarse en la piscina de Marilyn Monroe, donde la heroína subsiste con el hígado y el bazo de los amantes que se pincharon juntos y murieron ahogados por su propio vómito.

La heroína es un elefante de papel que te hace una colonoscopia con sus trompas de Falopio. Es un lápiz que nunca duerme, una pluma asténica que escribe versos sobre ingles con las venas obstruidas.  La heroína crece en mazmorras frías, abriendo grietas en muros que compiten con los de Facebook, comerciando con la soledad de los que sólo hallan consuelo intercambiando fotos y mensajes. Facebook es una celda sin barrotes, donde los cuerpos no pueden tocarse. Facbook sólo necesita un monitor para recluirte en unas cuantas pulgadas de realidad intangible.

La heroína no necesita razones. Sólo necesita que tus células se acostumbren a las noches en vela, a los vómitos intempestivos, a los dientes postizos, a un estreñimiento crónico, que escupe circunferencias perfectas, pequeños óbolos que trafican con los sueños incumplidos. La heroína se convierte en poesía cuando almuerza con William S. Burroughs, pero con otros comensales actúa como una neurótica que ha olvidado el Orfidal y no encuentra una farmacia de guardia.

Nos gusta lo retorcido porque la poesía es una ciénaga donde las palabras  luchan para no ahogarse entre algas podridas. Nos gusta Bruno, el personaje de Patricia Highsmith en Extraños en un tren (1950). Nunca verificamos los datos. Jamás acudimos a la fuente, al texto original que nos inspira o a los fotogramas que se han grabado en nuestra memoria con una deliciosa imprecisión. La fuente somos nosotros. No nos interesa la exactitud, sino el recuerdo que aún nos estimula. Esto es literatura, no una tesis doctoral y las tesis doctorales yacen entre profesores muertos, esperando que algún erudito arroje sus restos a un osario común, donde las calaveras hablan de lo tediosa y maloliente que es la eternidad. Los profesores muertos no despiertan el apetito de buitres, hienas, ratas o gusanos.  Después de probar su carne, los carroñeros comprenden que se han mordido la cola o la pata, pues no hay ninguna diferencia entre un catedrático y un buitre con hambre atrasada. Nadie recuerda a los profesores muertos porque no merecen ser recordados.

Bruno sólo es una criatura de ficción, una invención de Patricia Highsmith, pero cada vez que subimos a un tren, nos estremecemos de miedo, pensando que tal vez nos espera en el asiento de al lado. Sabemos que si no ha ocupado ese lugar, está en el bar, con un cigarrillo y un whisky escocés. Bruno es un gentleman, pero no respeta leyes absurdas, que proscriben el tabaco y el alcohol. Sin tabaco y alcohol, el hombre pierde su condición humana y se transforma en un simple homínido, que añora las copas de los árboles. Sin absenta o hachís, los poetas sólo podrían escribir su testamento, certificando la muerte de su ingenio. Bruno es un niño de mamá que odia a su papá. Es más refinado que Norman Bates, pero también acaricia sueños incestuosos y no le asusta la perspectiva del crimen. Su padre es su enemigo, la voz que le acusa de ser un el amigo rezagado del Rat Pack, el grupo de borrachos y mujeriegos que acarrearon el estiércol gracias al cual florecieron Paris Hilton, Britney Spears, Lindsay Lohan y Kim Kardashian.

Bruno (Robert Walker) se pregunta qué hay de malo en el estilo de vida de Sinatra y Dean Martin. No le gustan las flores podridas que han brotado de sus lodos, pero considera que saber vivir es un arte. Un arte que exige dinero y el dinero no tiene nombre. Pertenece al que lo coge. Es como el juego del pañuelo. Sólo hay que correr más que el resto de los niños y si es posible, meterle al rival un dedo en el ojo. Una zancadilla no es un sucio ardid, sino una obra de arte, que altera el equilibrio del cosmos. Bruno sólo quiere levantarse a las once de la mañana, no trabajar, abrir su pitillera de plata y comprobar que está atestada de TREASURE Black, los cigarrillos más caros del mundo. Le gusta escuchar a Renata Tebaldi en viejos vinilos de 74 revoluciones por minuto. Puede beber otra marca, pero considera que su paladar se merece un vaso de Macallan 1926, el whisky más caro del mundo. Sueña con cenar en una terraza suspendida sobre las aguas del Adriático, sosteniendo una copa de Louis XIII de Remy Martin, el coñac más caro del mundo.

Guy (el sosito Farley Granger) no entiende sus sueños. Guy es un arquitecto que sueña con diseñar barrios residenciales y un tímido rascacielos. Si levantas un rascacielos, debes ser tímido o Dios podrá ofenderse, creyendo que el hombre le desafía con una nueva Torre de Babel. La vida de Guy sería perfecta si su mujer le concediera el divorcio, pero ella se niega, pese a estar embarazada de otro. Bruno y Guy se conocen por casualidad en un tren. Intercambian confidencias y Bruno improvisa con su mente afilada y perversa. Se ofrece a matar a la esposa de Guy a cambio de que Guy mate a su padre. Nadie podrá relacionar un crimen con otro, pues nadie sabe que se conocen. Guy no acepta, pero Bruno sigue adelante. Mata a la mujer de Guy y le exige que cumpla su parte del trato. Al final, Guy cede, pero se miente a sí mismo, repitiéndose que actúa bajo coacción. Sin embargo, la sangre derramada les hermana de una forma enfermiza y retorcida. “Algún día –afirma Bruno-, Guy y yo daremos la vuelta al mundo, luego lo envolveremos como si fuese una bola de cristal y lo ataremos con una cinta”.

Guy y Bruno no llegan a ser amantes, pero Patricia Highsmith, que sí se arrojó a los brazos del amor lésbico, tal vez los habría enterrado entre sábanas en una época menos puritana. Conviene recordar que en esos años el fantasma del anticomunismo recorría Estados Unidos, arruinando vidas y destrozando carreras. Homosexualidad, comunismo, contracultura. Para la América profunda, no había diferencias. Si hubiera podido, habría ahorcado a todos del mismo árbol. Patricia Highsmith había nacido en la ultraconservadora Texas, donde el linchamiento es una tradición popular, que cobra más fuerza cada primavera. Hitchcock cambió el final de la novela en su versión cinematográfica. Los puritanos que no cesan de envenenar el mundo se lo exigieron, porque Highsmith es demasiado dura, demasiado intensa, demasiado sincera, para la América que reza y limpia sus armas, recitando aforismos del nefando senador McCarthy. España cada vez se parece más a esa América profunda que siembra la muerte en Oriente Medio, alegando que sólo quiere implantar una democracia. Una democracia a la americana: grandes bolsas de pobreza, miles de homeless, prósperas cárceles, con todas las celdas ocupadas y árboles que ofrecen sus ramas para anudar bonitas sogas, con impecables nudos. Nudos que no se prestan al ritual del bondage, sino a la costumbre ancestral de ahorcar a los que no encajan en el paraíso del rifle y la Biblia.

En el cine, Guy aparecía como un buen chico que no mata al padre de Bruno. ¡Maldito puritanismo! ¿Por qué eres tan obsceno? ¿Por qué desprendes un hedor tan fétido? ¡Hueles a viejo chivo acosando a una niña en un parque! ¡Hueles a moscardón dinamitando los sueños de los jóvenes! ¡Hueles a vieja solterona urdiendo maldades en la penumbra de un confesionario! Yo conozco al puritanismo. Es una carnicera que decapita las esperanzas de una niña ciega, que perdió la vista porque se enamoró de la oscuridad. Es la mano que empujó al suicidio a Alejandra Pizarnik, cortando sin piedad las flores que habían echado raíces en su cerebro, azul como un sueño lejano. ¡Tú sí que eres retorcida! ¡No nos gustas! Nos gusta Bruno, pero tú no eres como él. ¡Tú eres mala de verdad!

RAFAEL NARBONA

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