EL INFINITO EN LOS OJOS DE UN PERRO

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Perro semihundido, Francisco de Goya, 1819-1823. Óleo sobre revoco, trasladado a lienzo. Museo del Prado, Madrid.

Se dice que los animales no tienen alma, pero su mirada encierra un infinito. Cualquier que haya convivido con perros, gatos o cualquier otro animal doméstico ha podido comprobar que sus emociones se parecen a las nuestras: alegría, gratitud, miedo, ansias de jugar, celos, inofensivos brotes de locura, angustia, desamparo, necesidad de afecto. La lealtad de los perros no es un acto reflejo, sino la manifestación de un apego complejo, semejante al vínculo que establece un niño con sus padres. Por eso el abandono es tan cruel e inmoral, pues destruye el lazo que ha configurado su personalidad y le ha permitido crecer en un entorno estable. En el caso de los animales, es lícito hablar de identidad, pues cada un individuo posee un carácter perfectamente diferenciado. Hay perros tristes, casi siempre por experiencias traumáticas con los humanos, y perros joviales, con la picardía del vagabundo que sobrevive a base argucias y sonrisas. Perros perezosos y meditabundos, que pasan las horas contemplando el cielo y los pájaros desde un balcón o una ventana, y perros hiperactivos, que se hallan en permanente estado de guerra con los muebles de su casa. Sus estragos, lejos de afligirnos, deberían enseñaros que el aprecio excesivo por las cosas materiales constituye una generalizada forma de estupidez humana. Algunos perros se muestran tan tercos como una adolescente, obstinándose en abrirse paso entre zarzas y arbustos, y otros obran con madurez y sabiduría, sorteando los obstáculos con indiferencia aristocrática.
Si conviven en la misma casa varios perros, surge una trama de relaciones que desmonta los prejuicios de nuestra especie, según la cual la inteligencia es un atributo exclusivamente humano. Un perro no es capaz de resolver un problema de aritmética o componer una frase, pero actúa con indudable lógica, moderando sus impulsos para garantizar una convivencia equilibrada o mostrándose asertivo cuando desea establecer límites. Un exceso de dominancia acarrea graves problemas. Si no aprende a inhibir sus reacciones agresivas, el individuo conflictivo puede ser excluido de la manada. El liderazgo es un privilegio que sólo se conserva mientras ejerce una influencia benéfica en el conjunto. Un perro neurótico nunca podrá ser un líder, pues se comporta de una forma imprevisible y crea ansiedad e inseguridad en el resto. La relación interespecífica entre humanos y perros es posible porque el perro es un animal social, no un autómata determinado por una ineludible fatalidad biológica. Imagino que Aristóteles protestaría, pues reservaba esa descripción para el hombre, pero el filósofo era hijo de su época y, al igual que el resto de los griegos, justificaba la esclavitud, la pedofilia, el infanticidio, la discriminación de la mujer y la guerra.
La zoóloga y conservacionista Dian Fossey convivió con los gorilas en las montañas Virunga, una cordillera encajada entre Ruanda y la República de Congo, con dos volcanes en activo. Descubrió que no eran ogros, como pensaron los primeros europeos que los avistaron, sino criaturas amables y pacíficas, con vínculos emocionales duraderos. En Gorilas en la niebla, relata cómo la muerte de Digit, un enorme macho de espalda plateada asesinado por cazadores furtivos, acarreó una verdadera catástrofe, pues ocupó su lugar un macho joven y violento, cuya conducta acabó provocando la dispersión del grupo. Digit aceptó la presencia de Fossey y, con el tiempo, toleró el contacto físico. En una ocasión, un macho llamado Peanuts bajó de un árbol y se acercó a ella. La zoóloga extendió una mano sobre unas hojas y el gorila imitó su gesto, rozándole la punta de los dedos: “Este contacto figura entre los más memorables de mi vida”. Fossey se enfrentó a los cazadores furtivos, sin dejarse intimidar por sus amenazas. Con lucidez premonitoria, escribió: “El hombre que hoy mata a los animales es el hombre que mata a las personas que se interponen en su camino mañana”. Fossey apareció muerta en su cabaña el 26 de diciembre de 1985. Una panga (machete) había abierto su cráneo. Se presume que los asesinos fueron cazadores furtivos, que pretendían vengarse y propagar el miedo entre los conservacionistas. Es cierto que algunos cazaban para huir de la miseria, pero sus crímenes no habrían sido posibles sin clientes europeos que pagaban grandes sumas de dinero por la cabeza o las manos de un gorila, exóticos y macabros trofeos para millonarios sin escrúpulos. La última anotación en el Diario de Fossey comenta: “Cuando te das cuenta del valor de la vida, uno se preocupa menos por discutir sobre el pasado, y se concentra más en la conservación del futuro”. Y el futuro del ser humano no puede limitarse a preservar su existencia como especie.
Nuestro cerebro es un prodigio de la evolución que convierte al hombre en conciencia y protector del planeta. En El principio de responsabilidad (1979), el filósofo judío Hans Jonas formula un nuevo imperativo moral, inspirándose en el famoso imperativo categórico kantiano: “Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra”.  Es un imperativo especista, pues sitúa al hombre como meta y fin, menospreciando el bienestar de los animales, pero expresa una conciencia ecológica. Se puede cambiar ligeramente la frase e incluir a todas las especies: “Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con el bienestar de todos los seres vivos, evitando las conductas destructivas que ponen en peligro la continuidad de la vida en la Tierra”. Algunos se indignarán, afirmando que sólo el ser humano puede ser un fin, y que los animales son simples medios, objetos. No se les puede reconocer el derecho a la vida y a la libertad. Esa clase de razonamiento no puede ocultar su parentesco con el despectivo exabrupto de Franz Stangl, capitán de la SS y comandante de los campos de exterminio de Sobibor y Treblinka. Cuando le preguntaron qué sentía al observar los vagones de ganado atestados de seres humanos condenados a morir en las cámaras de gas, respondió: “Lo mismo que al contemplar un vagón repleto de ganado. La mirada de las reses se parece mucho a la de los humanos”. Es cierto. Yo observo los ojos de mis perros y advierto en ellos un infinito, cargado de ternura y delicadeza. Su mirada me parece intensamente humana y creo que me pide respetar su vida. No somos iguales, pero la ética sólo adquiere sentido cuando se extiende al otro, a la alteridad radical que desborda nuestro entendimiento y escarnece nuestros prejuicios. El hombre no es un animal sagrado, sino el hermano mayor del resto de las criaturas, incluidas las especies que se dedican al consumo y viven estabuladas.
Se ha dicho que Francisco de Asís es el santo que más se aproximó al ejemplo de Cristo. Desgraciadamente, su amor a los animales no ha inspirado la doctrina de la Iglesia Católica, que sólo reconoce la obligación de amar a los semejantes. Sin embargo, Francisco de Asís dijo: “He visto hombres agrediendo a sus hermanos sólo por ser de otro color, y matando y devorando sin compasión a otras criaturas de Dios sólo por verlas diferentes y creerlas inferiores. He visto hombres encadenando y privando de su libertad a seres vivos sólo para su goce y diversión. […] Si existen hombres que excluyen a cualquiera de las criaturas de Dios del amparo de la compasión y la misericordia, existirán hombres que tratarán a sus hermanos de la misma manera. […] Al igual que Jesús, yo no como animales por respeto a mis hermanos. El hombre debe entender el verdadero mensaje de Dios para con sus animales, debe ponerse en el lugar de aquellos animales desamparados, abandonados y maltratados, sólo así habrá paz, de lo contrario llegara el día en que los hombres verán con sus propios ojos cómo se contamina y muere su entorno, y abusarán no sólo de los animales sino también de sus pares humanos”. […] Todas las cosas de la creación son hijos del Padre y hermanos del hombre… Dios quiere que ayudemos a los animales. Cada criatura en desgracia tiene el mismo derecho a ser protegida”. Estas palabras apenas han influido en el catolicismo y el resto de las iglesias cristianas. En la encíclica Syllabus Errorum (1864), Pío IX condenó el socialismo, el liberalismo, el feminismo, el sindicalismo y la lucha por los derechos de los animales. En 1869, convocó el Concilio Vaticano I que –entre otras novedades- proclamó la infalibilidad papal. No creo que ningún hombre sea infalible, particularmente cuando condena como un energúmeno a los que no piensan como él. Los poetas suelen estar más cerca de la verdad. José Jiménez Lozano afirma que los ojos de un animal moribundo expresan “el lamento infinito de toda la creación”. El mundo será un lugar más luminoso cuando el ser humano excluya de su dieta la carne, imitando a Francisco de Asís, juglar de Dios, que exclamó con dulzura: “Yo no me como a mis amigos”.

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Francisco, juglar de Dios (Roberto Rossellini, 1950)

RAFAEL NARBONA

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