RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN, HISTORIA DE UN IMPOSTOR

Ramón María del Valle-Inclán (Villanueva de Arosa, 28 de octubre de 1866-Santiago de Compostela, 5 de enero de 1936)

Mi biblioteca no cesa de crecer, expandiéndose por las paredes de mi vivienda, sorteando escaleras e inclinándose como un velero cuando se topa con techos abuhardillados. Vivo en una casa de campo, con dos plantas y un sótano. Ninguna estancia o pasillo vive al margen de esta silenciosa invasión, que sólo obedece a mis arrebatos de bibliomanía y a los azares de mi trabajo como crítico literario. Todos mis intentos de ordenar, clasificar y sistematizar el caudal de libros que fluye sin descanso bajo unos techos lamentablemente bajos han fracasado, provocándome la frustración que tal vez experimenta un torpe demiurgo desbordado por su creación. En una ocasión, le pregunté a un amigo –afectado como yo por la pulsión de acumular libros- si convenía poner límites a una biblioteca. “¿Se pueden poner límites al universo?”, contestó con un parpadeo de locura en la mirada. Entendí que era más sensato resignarse al caos, pues a fin de cuentas el universo tiende al desorden, sin que nada pueda impedirlo. Si cada biblioteca compone un universo a pequeña escala, parece inevitable que albergue agujeros negros, cuyo campo gravitatorio atrapa a algunos desdichados ejemplares, sumiéndolos en una misteriosa oscuridad, que, fatalmente, los aleja del lector que podría infundir vida a sus páginas.

Hace unos días, buscaba sin mucha esperanza un ensayo de Chesterton, cuando me encontré con la biografía de Ramón Gómez de la Serna sobre un admirable impostor: Ramón María del Valle-Inclán. Publicada en Buenos Aires en 1944, nunca pretendió usurpar el rigor de los estudios académicos, tristes y áridos como un día insípido. Un literato que escribe sobre otro literato no busca la exactitud, sino lo irrepetible, lo insólito, lo hiperbólico. O dicho de otro modo: una iluminación, que inevitablemente difiere de esa forma de superstición llamada objetividad.  En el terreno de la literatura, ser un impostor representa una virtud, pues la tarea del escritor no es buscar la verdad, sino producir ficciones que puedan confundirse con la verdad. Valle-Inclán era un escritor –o sea, un impostor- en estado puro, que comenzó sus fintas literarias reinventado su nombre, con el propósito de asociarlo a la aristocracia rural carlista, ferozmente enemistada con la modernidad. Descubrió su vocación literaria hablando con la luna, que le reveló la suave distinción de la tristeza y el secreto de las rosas, cuyo encanto procede de haber sido mujeres en una vida anterior. Valle-Inclán opinaba que ser escritor no era una elección, sino la ineludible respuesta a la llamada de la belleza. Además, pensaba que sólo el escritor disfrutaba de una libertad ilimitada. El militar obedece a un despótico general; el sacerdote, al obispo y al Papa; el funcionario, a un director estólido y sin una brizna de imaginación. Eso sí, el oficio de escritor exige un notable heroísmo. La previsible miseria obliga a ser un artista del hambre, que camina por la cuerda floja del ayuno crónico. Con físico de faquir y ojos alucinados de nigromante, Valle-Inclán no se dejó intimidar por la perspectiva de la penuria. Abrazó la vida bohemia, soportando con estoicismo la escasez y la incertidumbre. Sin embargo, sobrellevó malamente el sedentarismo, verdadero lecho de Procusto para un alma que había soñado con emular las hazañas de fieros y violentos capitanes como Pizarro y Hernán Cortés. Por eso se marchó a México, con un estrafalario uniforme que incluía unas botas con veinticinco hebillas de plata. ¿Por qué México? Porque se escribía con “x”, una letra tristemente postergada por los avatares del castellano en su incontenible tránsito hacia la modernidad. En una breve nota autobiográfica, nos contó que a bordo de la Dalila, una fragata que naufragó en su siguiente viaje, asesinó a sir Roberto Yones, “una venganza digna de Benvenuto Cellini”. El crimen no estorbó a su conciencia. No podía ser de otro modo en un joven con “alma de hidalgo”, cuyo lema era: “Desdeñar a los demás y no amarse a sí mismo”.

De regreso a España, descartó el ejercicio del periodismo, pues “la Prensa avillana el estilo y empequeñece todo ideal estético”. Valle-Inclán concebía la literatura como música. De ahí sus malabarismos con el idioma, reuniendo palabras que nunca se habían rozado o cortejado en una frase. Sus ocurrencias alumbraron un estilo con el sonido de las intuiciones pitagóricas, donde cada nota obedece a una armonía cósmica. En La lámpara maravillosa (1916), escribe: “La suprema belleza de las palabras sólo se revela, perdido el significado con que nacen, en el goce de su esencia musical, cuando la voz humana, por la virtud del tono, vuelve a infundirles toda su ideología”. Colérico e imprevisible, perder un brazo en circunstancias poco honrosas no encogió su valor. Sus bofetadas eran dignas de Lope de Aguirre, pues en su único brazo bullía la furia de un sueño incumplido: “morir fusilado”. Con la vejez, su silueta, frágil y llameante como una figura del Greco, adquirió la apariencia de un árbol. Gómez de la Serna habla de su “aspecto arborescente”. En sus dedos chispeantes se fundían el ciprés, el mirto y el laurel para crear una paradoja vegetal. Esa tendencia ascendente quizás explica que escribiera desde las alturas, transformando la comedia humana en un grotesco aquelarre. Valle-Inclán propugnaba el criterio de verdad de los que contemplan el mundo “desde la otra ribera”. Al igual que un lejano pariente, cuando alguien le preguntaba qué deseaba ser, respondía: “Yo, difunto”. Unamuno le sobrevivió unos meses, lo cual le permitió escribir: “Vivió, esto es, se hizo en escena. Su vida más que sueño fue farándula. Él hizo de todo muy seriamente una gran farsa”.

Aficionado a leer y escribir en la cama como un senador romano, Valle-Inclán pasó quince días en la Cárcel Modelo de Madrid por proclamar a gritos su desprecio por la dictadura de Primo de Rivera. Si la muerte no le hubiera sorprendido el 5 de enero de 1936, se habría alineado con los intelectuales antifascistas. No es un secreto que por sus venas corría –al igual que por las de Antonio Machado- sangre jacobina. En la versión de 1924 de Luces de bohemia ya había asegurado que los males de España sólo se solucionarían levantando “una guillotina eléctrica en la Puerta del Sol”. Su carlismo desembocó en un anarquismo incendiario por antipatía hacia la mediocridad burguesa. La proximidad de la muerte no lo acobardó: “Lo malo de morir es que hay que volver a ver a todos aquellos que afortunadamente perdimos de vista”. Un cáncer de vejiga adelgazó su humanidad hasta extremos inverosímiles, provocando que sus huesos sobresalieran aún más de lo habitual. Dicen que se divertía con los rostros espantados de los que cometían la temeridad de abrazarlo, repitiendo un proverbio que siempre le había agradado: “Mejor estar sentado que de pie; mejor echado que sentado; mejor muerto que de ninguna otra manera”. Mientras agonizaba, murmuró varias veces: “Tengo la estrella perdida”. En su lecho de muerte, parecía –según Gómez de la Serna- una de esas “máscaras de piedra del dios Tiempo en las fachadas blanquinegras de París”. Su barba de chivo flotaba sobre las sábanas “como una ráfaga de fuego”, por utilizar sus palabras cuando una vez le preguntaron qué hacía con el embozo al dormir. Se negó a recibir la extremaunción de malos modos, clamando que no quería escuchar rumor de sotanas en sus últimos momentos. Su entierro representó la culminación de su estética sistemáticamente deformada. Bajo una tromba de agua que oscureció el cielo hasta producir una oscuridad goyesca, el féretro descendió a la fosa con un crucifijo. Al advertirlo, un joven obrero intentó arrancarlo, pero perdió el equilibrio y cayó al fondo con el ataúd, que se rompió, emergiendo el cadáver del escritor con un rostro amarillo y horripilante. Al joven el gesto le costó la vida, pues se hizo famosa la anécdota y las tropas franquistas lo fusilaron apenas ocuparon Santiago de Compostela.

Según Bernard Shaw, un verdadero artista “debe matar de hambre a su mujer y a sus cinco hijos y hacer que su anciana madre de setenta años trabaje para él, todo antes que claudicar”. Gómez de la Serna utiliza esta cita hacia el final de su biografía de Valle-Inclán para afirmar que el escritor se mantuvo fiel a su vocación hasta la indignidad. ¿Se puede decir que este y no otro es el verdadero Valle-Inclán? No pretendo menoscabar el mérito de las biografías que desmontan este retrato, mostrándonos a un Valle-Inclán que vivía desahogadamente gracias a sus artículos y traducciones, que se codeaba con la burguesía, que comulgaba con los dogmas de la Iglesia Católica y que despreciaba las libertades democráticas. Un Valle-Inclán que en realidad se llamaba Ramón Valle y Peña. No impugno esa versión. Simplemente, la repudio. Como repudio la imperfección, la estulticia y la simpleza, mucho más abundantes que el genio, la fantasía y la inspiración. Sé que mi argumento no soporta las objeciones más elementales, pero en el terreno de la literatura la verdad es secundaria: sólo importa la belleza. “La verdad es belleza y la belleza es verdad”, aseveró John Keats, pero esa fórmula platónica se incumple rigurosamente en el arte y a veces en la vida. En el caso de la biografía de Valle-Inclán, la verdad es mucho menos seductora que el mito. Al menos en estas cuestiones, la verdad está sobrevalorada. No me parece extraño que las biografías que reconstruyen al Valle-Inclán tristemente real, se hayan extraviado en los agujeros de mi biblioteca y que –en cambio- el libro de Gómez de la Serna reaparezca una y otra vez, como los pecios de naufragio que buscan desesperadamente la orilla.

Bajo la dirección de la profesora Margarita Santos Zas, el Grupo de Investigación sobre Valle-Inclán de la Universidad de Santiago de Compostela ha realizado una meritoria labor de depuración y clarificación para editar las obras completas del escritor gallego en cinco volúmenes. De momento, han aparecido los tres primeros, que contienen la narrativa y el ensayo. La Biblioteca Castro se encarga de la publicación, prestando una vez más un inapreciable servicio a los clásicos de nuestro idioma. Se ha comentado que Valle-Inclán no mentía, que sólo decía “la otra verdad”. Mentir puede ser una legítima venganza contra la decepción que nos produce el mundo real. Ningún autor contemporáneo se atrevería a atribuirse crímenes o a deformar su pasado con magníficos embustes. Me temo que esa falta de audacia actúa como un lastre, recortando el vuelo de su imaginación. En cualquier caso, se olvida que Valle-Inclán –al igual que Quevedo- es ante todo literatura y la literatura nunca miente.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (05-04-2017). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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LEILA SLIMANI: CANCIÓN DULCE

Leila Slimani (Rabat, 1981)

¿Quién sabe lo que hay en el corazón de un ser humano? ¿Qué pasiones se movilizan para que una niñera cometa un espantoso crimen, asesinando a un bebé y a su hermana de cinco años? Leila Slimani (Rabat, 1981) obtuvo el Premio Goncourt 2016 con una historia aterradora, que explora sin inhibiciones el lado más sombrío de nuestra psique. Canción dulce narra la bajada a los abismos de Louise, una mujer de cuarenta años, de aspecto juvenil y rostro angelical. Myriam, una abogada de origen magrebí, asume la maternidad con ilusión, cuidando con alegría al recién nacido Adam y a la pequeña Mila, pero su fervor se desvanece enseguida. No soporta la rutina de una madre que ha roto sus lazos con el mundo exterior, limitándose a pasear por el parque y a jugar con desgana con sus hijos en un pequeño apartamento del centro de París. Mientras, Paul, su marido, prospera en su trabajo de agente y productor musical, pasando la mayor parte del tiempo fuera de casa. Myriam recurre a una niñera cuando nota que el amor hacia sus hijos se deteriora por culpa de la frustración.

A pesar de sus orígenes, no quiere que una africana o una marroquí se ocupen de Adam y Mila, pues estima que sólo les interesa el dinero y no el bienestar de las criaturas. Por eso, cuando aparece Louise, con sus modales impecables, su piel blanquísima y su sonrisa franca, experimenta una especie de flechazo. Mila simpatiza con Louise de inmediato y Adam acepta su presencia con regocijo. Louise no se limitará a cuidar de los niños. Limpiará la casa, preparará la comida, arreglará cualquier desperfecto, sin preocuparse por el tiempo o el dinero. Discreta, eficaz, silenciosa, poco a poco, se hará imprescindible, manejando los hilos de un hogar que se ha rendido a sus encantos. Louise “es Visnú, la divinidad nutricia, celosa y protectora. Es la loba a cuyos pechos ellos acuden a beber, la fuente infalible de la felicidad del hogar”. Nadie sospecha que su dedicación brota de la insatisfacción que le produce su vida. Viuda y con una hija de veinte años a la que no ve desde hace tiempo, su meticulosidad se transforma en negligencia en su apartamento alquilado. El vacío y la desolación de su hogar reflejan el desorden de sus afectos. Cuando viaja a Grecia con la familia de Myriam, reacciona con violencia ante la insistencia de los niños para que se bañe con ellos. No sabe nadar, pero eso no es tan determinante como sus fragilidades y carencias. Su miedo al agua contrasta con la fascinación que le produce el cuerpo abrasado por el sol de una mujer, chorreante de sudor y con ampollas. Louise siente que la soledad ha devorado su vida, que su existencia se parece al triste deambular de locos y mendigos por los parques públicos y las periferias, repudiados y malditos.

El asesinato de los niños se produce fuera de cámara, pero los signos que preludian la tragedia son terriblemente inquietantes. Una tarde, Louise maquilla a Mila como si fuera un travesti, convirtiéndola en una muñeca grotesca. Otro día, anota en su libreta con tapas de florecitas el diagnostico de un psiquiatra: “melancolía delirante”. La perspectiva de la vejez le resulta insoportable. De niña comía las sobras. Nunca tuvo un dormitorio propio. Ha vivido con emociones prestadas, inspiradas por la intimidad de las familias a las que ha servido. Si nada cambia, pasará sus últimos años en una residencia de la tercera edad. Un odio feroz se rebela contra sus impulsos serviles y su pueril optimismo. Myriam le pide que arroje a la basura un pollo de aspecto ajado, pero ella lo sirve a los niños y exhibe su esqueleto como un “tótem maléfico”, feliz de desafiar a la joven madre. El asesinato de los niños será el tributo que pagarán las familias satisfechas, ajenas a su infelicidad. “Se me castigará por no saber amar”, anticipa. Canción dulce es una excelente novela, que aborda sin miedo la frustración, la soledad, el resentimiento y la locura. Aunque el estilo es fluido y elegante, leerla produce angustia y desaliento. Es verdadera literatura, porque duele y perdura en la memoria como un eco helado y persistente, clamando que el odio sólo necesita grandes dosis de desamor para florecer y propagarse.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (31-03-2017). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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SALVADOR PÁNIKER, EL FILÓSOFO DE LA TOLERANCIA Y LA DIVERSIDAD

Salvador Pániker Alemany (Barcelona, 1 de marzo de 1927-Ibídem, 1 de abril de 2017)

La muerte siempre es inoportuna, aunque se presente a los noventa años, como es el caso de Salvador Pániker, pero a veces se muestra especialmente impertinente, interrumpiendo una vida en una fecha aciaga. El primer día de abril conmemora en nuestro país el inicio de un período particularmente trágico y sombrío, que intentó aniquilar la libertad y la diversidad. Con una vida polifacética, que incluye estudios de ingeniería, meritorias labores como editor, un brevísimo tránsito por la política como diputado de UCD y un firme compromiso con la legalización de la eutanasia, Salvador Pániker será fundamentalmente recordado por su defensa de la libertad y la diversidad. Nacido en Barcelona en 1927 e hijo de madre catalana y padre hindú, enseñó metafísica y filosofía oriental, intentando conciliar la perspectiva mística con la visión científica. Alumbró el concepto de “retroprogresión” para defender la necesidad de avanzar hacia el secularismo sin perder la dimensión mística. La madurez del ser humano no debe implicar la renuncia a los relatos originarios que escenifican el conflicto entre nuestra mente racional y la intuición del misterio. El niño debe pervivir en una época donde la experiencia estética ocupa el lugar de los ritos sagrados. Los fundamentalismos se expresan mediante fórmulas mesiánicas, empleando las mayúsculas para intimidar e imponer sus valores. Salvador Pániker postulaba la destrucción del ego para crecer interiormente, frenar el fanatismo y liberarse de servidumbres sociales y materiales. El mestizaje, el hibridismo y el multiculturalismo no son simples fenómenos sociológicos y culturales. Son el camino hacia las sociedades libres, tolerantes y plurales.

Pániker no ignoraba que el ocaso de las religiones había abierto las puertas al nihilismo, arrojando al ser humano a un estado de precariedad y desamparo. Por eso reivindicaba “el arte de tenerse en pie” para superar la tentación del pesimismo. Su amor a la vida, su incombustible vitalismo –no exento de cierta melancolía-, se hizo particularmente beligerante en su defensa del derecho a morir dignamente. En su Cuaderno amarillo, sostenía que la muerte no es un hecho biológico, sino cultural. Es indudablemente cierto que el ciclo de la vida individual se agota en un momento determinado, pero lo que has dejado atrás pervive, al menos durante un tiempo. La memoria no es un eco o un pálido reflejo, sino una forma de vida con una enorme plasticidad, pues evoluciona, cambia y se adapta a las circunstancias. Por otro lado, si eres capaz de vivir en el presente, en el aquí y ahora, la muerte pierde todo su poder, que descansa en su capacidad de anticipar el futuro. Los epicúreos ya advirtieron que la muerte y la conciencia se excluyen mutuamente, pues no pueden coexistir en el espacio, ni en el tiempo. Hermano de Raimon Pannikar –cada uno escribía su apellido conforme a su interpretación del lenguaje-, compartió con él su filiación cristiana, pero ambos se alejaron de unas creencias fosilizadas por la intransigencia del dogma romano. Salvador se mostró especialmente crítico con la asfixiante carga del pecado original, que condenaba a la humanidad a convivir con el sentimiento de culpa y la necesidad de expiación. En la era de la mundialización, los dogmas sólo producen peligrosas confrontaciones. La alternativa es el pensamiento múltiple y la identidad híbrida, que permite circular por las distintas tradiciones religiosas, rescatando lo más valioso y descartando lo inadmisible. Pániker afirmaba que es imposible comprenderlo todo, sin transformar la realidad en un artefacto grotesco: “Nada nos obliga a pensar que el mundo ha de ser completamente inteligible”. El humanismo renacentista, que aspira al conocimiento global y absoluto, debería ser sustituido por un nuevo humanismo que descentre definitivamente al hombre de su posición presuntamente privilegiada en el universo. Somos simples transeúntes en un cosmos que desborda nuestros pobres conceptos.

Inspirado diarista, nos legó frases memorables y conmovedores testimonios. En Primer testamento (1985), abordó la figura de su hermano, sacerdote católico vinculado al Opus Dei durante algo más de dos décadas y, más tarde, encendido apologista del pluralismo y el diálogo entre las diferentes religiones: “Mi hermano se ha pasado la vida defendiendo apasionadamente cosas, causas; o sea, forcejeando con sus propias proyecciones. Sólo se defiende apasionadamente aquello que en el fondo no se cree. Si no, ¿a santo de qué la pasión?”. En Segunda memoria (1988), relata el último encuentro de su hermano con Escrivá de Balaguer: “…el fundador del Opus Dei tuvo un gesto teatral muy propio. Se arrodilló delante de Raimundo y le dijo: ‘Puesto que tú sigues siendo sacerdote, antes de marcharte, dame la bendición’. Allí estaban aquellos dos hombres, poseídos por locuras paralelas, jugando su pantomima final de despedida”. Salvador Pániker reprochó a la iglesia católica su resistencia a los cambios sociales. En el caso de la eutanasia, apuntó que el Vaticano se oponía a ella porque desdramatizar la muerte le restaría poder: “La iglesia siempre ha fomentado una teología del terror a la muerte, reservándose el control de las postrimerías”. Pániker abogaba por la legalización de la eutanasia pasiva y activa, extendiendo ese derecho a los enfermos crónicos. “La alternativa no es entre vida y muerte, sino entre dos clases de muerte: una rápida y dulce, y otra lenta y degradante”.

No sé cómo se habrá producido la muerte de Pániker, pero me agradaría pensar que se ha despedido de la vida escuchando a Bach. En una ocasión, cuando le preguntaron si era ateo, contestó: “No, creo en Bach”. Quizás su adentramiento en la penumbra de lo desconocido, ha disfrutado del acompañamiento de las notas de las Variaciones Goldberg, interpretadas al piano y no al clavecín, pues sólo “un instrumento evolucionado” permite que “una pieza arcaica” conserve su profundidad original, sin rebajar su modernidad. Sea como sea, sus libros se quedan con nosotros, recordándonos que la salud moral de una sociedad depende de su grado de libertad y diversidad.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (02-04-2017). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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EL JOVEN LINCOLN (JOHN FORD, 1939)

Henry Fonda en el papel del joven Lincoln (Mr. Young Lincoln, John Ford, 1939)

Cuando se estrenó El joven Lincoln (Young Mr. Lincoln, John Ford, 1939), algunos críticos señalaron la influencia de F. W. Murnau en la caracterización del carismático decimosexto presidente de los Estados Unidos, señalando analogías con el aspecto de Max Schreck en su papel de Nosferatu. Al igual que Schreck, Henry Fonda mostraba un rostro afilado y repleto de sombras. Su sombrero de copa acentuaba su altura, imprimiendo a su silueta un aire espectral, casi sobrenatural. Su mirada enfebrecida, la seriedad de su semblante y su pausada forma de andar evocaban vagamente las fantasmales apariciones de Nosferatu, sobrenombre del conde Orlok. John Ford siempre escatimó los elogios. Su malhumor a veces desembocaba en la violencia física y verbal, adquiriendo tintes de crueldad. Se dice que su temperamento se parecía al del Doc Holliday de Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946), interpretado por Victor Mature, con su alcoholismo, sus arrebatos de cólera, sus reacciones imprevisibles y su inestabilidad neurótica. Sin embargo, Ford manifestó públicamente su admiración por Murnau, dedicando toda clase de elogios a Amanecer (Sunrise. A Song of Two Humans, 1922), una obra que situaba al cine en el plano de la creación artística. Ignoro si se basó en el tratamiento dispensado por Murnau al personaje de Nosferatu, pero es indudable que su recreación visual de Lincoln produce cierta inquietud. No tanto por el horror como por el ensimismamiento y la melancolía. En esas fechas, Lincoln se debatía con la tristeza provocada por la muerte de su madre, su hermana y su primer amor, Ann Rutledge. De hecho, esas pérdidas marcaron su carácter, provocándole agudas tendencias depresivas contrarrestadas por cuadros de euforia. La muerte de Ann por fiebre tifoidea le hizo enloquecer. Vagaba por los bosques, rehuyendo toda compañía. A menudo visitaba la tumba de su prometida y hablaba abiertamente del suicidio, sin separarse de una escopeta que lo acompañaba en sus excursiones hacia ninguna parte. Algunos historiadores han planteado la hipótesis de un Lincoln afectado desde muy pronto por las oscilaciones de un desorden bipolar.

John Ford no baja a los abismos interiores de Lincoln, pero sí refleja su tendencia su tendencia a la tristeza y su enorme ambición. La película comienza con un poema de Rosemary Benét, que fantasea sobre un hipotético regreso a la vida de Nancy Hanks, la madre que Abraham perdió a los nueve años. La breve pieza lírica encadena preguntas sobre el pequeño Abe: «¿Creció mucho? ¿Se divirtió? ¿Aprendió a leer? ¿Viajó a la ciudad? ¿Progresó en la vida?» Hay un eco trágico en esas interrogaciones, que expresan la perspectiva de una mujer sencilla, incapaz de predecir el brillante porvenir de su hijo. Autodidacta, escéptico en materia religiosa, y con escasas –pero notables− lecturas (Shakespeare, Emerson, la Biblia), el joven Lincoln destacó enseguida por su elocuencia y su sentido del humor. Ford nos lo presenta en New Salem (Massachusetts) bajo un porche, sosteniendo un tablón entre sus largas piernas e improvisando un pequeño discurso como candidato del partido whig estadounidense. Su forma de pedir el voto transmite sencillez y honestidad. No sabe qué hacer con sus largos brazos, lleva camisa y tirantes, evita las frases grandilocuentes y no se atribuye grandes méritos: «Sabéis de sobra quién soy. Simplemente, Abraham Lincoln». Apunta que sus «ideas políticas son escuetas, ligeras, como la danza de un anciano». Se declara partidario de una banca nacional, de una serie de reformas internas y de un generoso margen de Seguridad Social: «Si me elegís me quedaré muy agradecido. Y si no, tan amigos como antes». Un niño y una niña lo escuchan sonrientes, intercambiando miradas de complicidad. Su actitud sugiere que el joven Lincoln es afable, afectuoso, directo y hábil para ganarse el afecto ajeno. Cuando se acerca a hablar con una familia de granjeros que viajan en un carromato, el niño que lo escuchaba sigue sus pasos, imitando vagamente su forma desgarbada de caminar, efecto de una acromegalia que le hizo crecer hasta bordear los dos metros. Abe y su amigo Barry son propietarios de una tienda con toda clase de artículos. La familia, compuesta por un matrimonio y dos niños, necesita franela, pero carece de dinero. Sólo posee un viejo barril con libros. La cara de Lincoln se ilumina al oírlo, invitándoles a coger lo que necesiten, mientras extrae los Comentarios sobre las leyes de Inglaterra, del célebre jurista William Blackstone, que influirían decisivamente en la Constitución de los Estados Unidos de América. «Leyes», exclama Lincoln, observando que el libro conserva los pliegues cerrados. Es un ejemplar intonso, que jamás ha sido leído. «¿Le servirá de algo?», le pregunta la mujer del granjero. «Supongo que sacaría algo en limpio si me lo propusiera», responde Lincoln, exteriorizado una ambición contenida por una elegancia natural, que elude tanto el artificio como el alarde.

Lincoln lee el libro en las orillas del río Sacramento, con las piernas alzadas y apoyadas en un viejo árbol ennegrecido por la fría luz del invierno, mientras su cabeza reposa en un tronco. Peter Fonda señaló que su padre era aficionado a jugar con sus piernas, realizando equilibrios y piruetas desde una silla inclinada. John Ford explota ese gesto, que imprime en el joven Lincoln cierta extravagancia y un discreto individualismo. «Lo justo y lo injusto. A eso se reduce todo», murmura el futuro presidente. Ann Rutledge (Pauline Moore) interrumpe sus cavilaciones, preguntándole por qué lee en esa postura. «Cuando estoy de pie, mi mente se tumba, y, cuando estoy tumbado, mi mente está de pie, suponiendo que tenga una mente», se excusa con humor. Comienzan a pasear y Lincoln parece más fascinado por el río que por su compañía femenina. «Te pasas el día observando», comenta Ann. «Mi cerebro salta y se inquieta a menudo, y debo tranquilizarlo», responde. Pasean seguidos por la cámara, que les filma con una maltrecha valla en medio. Avanzan con las aguas, suavemente, bañados por una luz algodonosa, con aspecto de ensoñación mítica. Cuando Ann comienza a halagar su inteligencia y su sentido cómico con palabras de su padre, el señor Rutledge, Lincoln se quita méritos: «Me parezco a un viejo caballo al que tratan de vender, todo huesos y pellejo. Sin defectos y sin facultades». Ann menciona su gran ambición, a veces escondida por su aparente humildad, y le anima a estudiar en la universidad. Abe observa a Ann y elogia sinceramente su belleza. Ella responde que a muchos chicos no les gusta su pelo rojo. Lincoln contesta que a él le encanta. Ford utiliza un plano medio levemente contrapicado para mostrar su vulnerabilidad, su temor a las pérdidas. Su mirada expresa enamoramiento, pero también fatalismo. La secuencia está impregnada de desesperación romántica, con un árbol inclinando sus ramas florecidas sobre las aguas tranquilas del río. Ann desaparece de la escena por la izquierda de la pantalla, adentrándose en las sombras. Se detiene un instante, casi como si quisiera dejar una imagen para el recuerdo. Se presiente su prematura muerte. De espaldas, Lincoln arroja una piedra al río, formando ondas que insinúan el paso del tiempo. Poco después, gracias a una hermosa elipsis, el río baja con trozos de hielo flotando sobre superficie y los árboles han perdido sus hojas y flores. Lincoln se acerca a la tumba de Ann, situada en la ribera del río. Casi podría ser el mismo lugar donde hablaron tiempo atrás del futuro. Lincoln lleva unas flores. El invierno se acaba, el hielo se rompe y la primavera comienza a despuntar. Ford logra una atmósfera muy emotiva con un breve diálogo entre Abe y su novia fallecida. Ya había utilizado este recurso en El juez Priest (Judge Priest, 1934) y lo empleará de nuevo en La legión invencible (She Wore a Yellow Ribbon, 1949), donde el capitán Nathan Brittles (John Wayne) habla con su esposa difunta mientras riega con una calabaza las flores plantadas al pie de su tumba. Lincoln se plantea estudiar leyes, como Ann deseaba, pero dejará decidir al azar. No empleará una moneda, sino una rama, que se inclinará a favor del derecho. Abe no se engaña. Sabe que la ha empujado levemente. Su ambición casi parece un destino.

Henry Fonda y Spencer Charters en El joven Lincoln (John Ford, 1939)

Lincoln se instalará en Springfield, donde ejercerá la abogacía con un socio de más experiencia. Corre el año 1837. Su entrada en la ciudad no es nada gloriosa. Montado en un pollino y con botas de campesino, lleva un sombrero de copa. Un grupo de ancianos, que ya lo conoce, bromea sobre su incipiente carrera, pero no tardará en revelarse como un hábil litigante y, sobre todo, un eficaz mediador, capaz de llegar a acuerdos extrajudiciales mediante el humor, los argumentos consistentes y, si hace falta, una persuasión poco ortodoxa. Ford escoge el tono de comedia para narrar sus andanzas, jugando con el físico de Fonda. Sus largas piernas se estiran sobre una mesa, se encogen para sentarse en el suelo o se mueven torpemente durante un baile de salón. Su rostro amable y guasón se ensombrece a ratos, insinuando que en su interior se desencadenan tormentas, con emociones incontrolables. Durante el desfile del Día de la Independencia, conoce a su futura esposa, Mary Todd (Marjorie Weaver), que acompaña al pomposo Stephen A. Douglas (Milburn Stone), contrincante político de Lincoln. Ford no muestra ningún indicio o premonición de los fuertes desequilibrios psíquicos que sufriría Mary Todd tras perder a dos de sus cuatro hijos. Su inestabilidad se agravaría con el asesinato de su marido, llegando a ser ingresada en una clínica psiquiátrica durante tres meses por su hijo mayor, alarmado por su conducta excéntrica y autodestructiva. Ford pasa por alto estas cuestiones. Prefiere recrear a una joven sonriente, que observa con amor y devoción al joven abogado. Lincoln está enamorado, pero cuando salen juntos al balcón de una mansión en la que se celebra un baile de sociedad, se queda hipnotizado por un lago que evoca el río de las primeras escenas. De nuevo, la mujer a la que ama se retira discretamente del plano, pero esta vez se sienta a sus espaldas, observándolo con asombro. La cámara recorta la figura de Lincoln desde un plano contrapicado que destaca su misión histórica y su carácter soñador.

Durante los festejos del Día de la Independencia, actúa como juez en un concurso de tartas, se alza como ganador en una competición de cortar troncos y hace trampas en el juego de la soga entre dos equipos, atando la cuerda a un carro arrastrado por una mula. Es honesto, pero explota el ingenio y la picaresca. Su talento para influir en las multitudes se revelará al frenar un linchamiento. La familia que intercambió los Comentarios de Blackstone por algo de franela se ha acercado a las fiestas de Springfield. Abigail Clay (Alice Brady) se ha quedado viuda y sus hijos ya son hombres. Matt (Richard Cromwell) se ha casado con Sarah (Arleen Whelan) y tiene un bebé. Adam (Eddie Quillan) está prometido con Carrie Sue (Judith Dickens). John Palmer Cass (Ward Bond) y Scrub White (Fred Kohler Jr.), dos matones que trabajan como ayudantes del sheriff, molestan a Sarah y Carrie Sue hasta provocar una violenta pelea. Matt y Adam son acusados de matar a puñaladas a Scrub White. Tras ser detenidos, la multitud intenta asaltar la cárcel local para lincharlos, pero Lincoln evita la tragedia. Primero, utilizando su descomunal fuerza; después, con su elocuencia, salpicada de ocurrencias e inspiradas reflexiones: «Uno llega a perder la cabeza en momentos así. Juntos hacemos cosas que nos avergonzaría hacer a solas. Por ejemplo, allí tenemos a Jeremiah Carter. Os aseguro que en todo Springfield no hay un hombre más honrado y temeroso de Dios que él. Y no me sorprendería que, cuando llegase a su casa, cogiera cierto libro y lo leyera. Tal vez lo abra por donde se dicen estas palabras: “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos hallarán misericordia”». Lincoln se encarga de la defensa de los acusados. En una escena tan emotiva como el paseo con Ann Rutledge, visita su humilde granja de madera y con el suelo de tierra. Abigail le recuerda a su madre, Sarah a Ann, y Carrie Sue a su hermana, las tres fallecidas. En un ambiente marcado por la pena y el miedo, Lincoln encarna la figura paterna, dispuesta a proporcionar protección y cobijo. Durante el juicio, interrumpe al fiscal (John Felder) cuando éste ofrece a Abigail revelar cuál de sus hijos mató a Scrub, salvando de la horca al otro. La madre se niega entre sollozos, mientras el fiscal le advierte que puede ser detenida por encubrimiento. «Basta ya», exclama Lincoln, con una autoridad aplastante que deja enmudecida a la sala. «No sé mucho de leyes, pero sé lo que está bien y lo que está mal. Y sé que lo que usted pregunta está mal». Dirigiéndose al juez Herbert Bell (Spencer Charters), le recuerda que sólo es una sencilla mujer del campo: «Yo he visto a Abigail Clay tan sólo tres veces en mi vida, caballeros, y sin embargo sé todo lo que hay que saber sobre ella. La conozco bien porque he visto a cientos de mujeres iguales, trabajando en los campos, en las cocinas, cuidando sin desmayo de algún hijo enfermo. Mujeres que hablan poco y hacen mucho. Que no piden nada y lo dan todo».

La argumentación de Lincoln sigue la línea de los Comentarios de Blackstone. Todo se reduce a saber lo que está bien y lo que está mal, defendiendo lo justo en toda ocasión. Su elogio de Abigail Clay resume la esencia del cine de John Ford: un universo aparentemente masculino, pero con valores femeninos, como el hogar, la familia, la comunidad, los afectos, la tradición. Se trata de una visión de la mujer de otra época, que hoy podría ser despachada como machismo, pero que exalta el papel de la condición femenina como fuente de cohesión social. La noche anterior al veredicto, Lincoln concibe una audaz estrategia que exculpará a sus clientes y revelará la identidad del verdadero asesino. Se prepara con las piernas en alto, tocando un birimbao, con la mirada aparentemente perdida en el techo. El juez lo visita y le sugiere que acepte un trato, pero Lincoln se niega, alegando que «no es de los que abandonan a los caballos en mitad de la corriente». El arma secreta de Lincoln es el almanaque del granjero, que desmonta el testimonio incriminatorio de John Palmer Cass, según el cual había luna llena y vio claramente lo que sucedió. Sin embargo, esa noche la luna se hallaba en su primer cuarto y se ocultó hacia las diez, cuarenta minutos antes del crimen. Ambos hermanos se declararon culpables para salvarse entre sí y su madre creyó su versión porque vio a Matt con el arma en la mano. Lincoln no es un simple orador, con ocurrencias hilarantes, sino un hombre sagaz, íntegro y luchador.

A la salida del juzgado, Mary Todd felicita a Lincoln por su brillante victoria y Stephen A. Douglas le dice con sincera admiración que jamás volverá a menospreciarlo como rival. La escena transcurre en un pasillo. De repente, su amigo Efe Turner (Eddie Collins) exclama: «Deprisa, Abe. La gente te espera». Se abre una puerta y una poderosa luz blanca inunda el pasillo. Un plano americano o plano de tres cuartos enmarca a un Lincoln que avanza despacio, quitándose el sombrero de copa mientras la multitud lo aclama. El final subraya la dimensión mítica del joven abogado de Springfield. Tras despedirse de la familia que ha defendido, Efe Turner, que lo acompaña, le pregunta si va a volver a Springfield: «No, creo que voy a seguir un trecho más –contesta Lincoln−. Hasta la cumbre de aquel cerro». Mientras camina, se desata una tormenta, se escuchan truenos y el viento sacude su levita. Se detiene un instante, pero continúa, con gesto de firmeza. Empieza a llover y el paisaje se funde con la famosa estatua de Daniel Chester French dentro del Monumento a Lincoln. El semblante en piedra revela la gravedad de su misión histórica.

John Ford

John Ford se limita a fabular sobre su juventud, humanizando a una figura de una gran carga mítica. Dicen que Henry Fonda no quería interpretar el papel, pero Ford lo convenció con su habitual rudeza: «¿Qué coño significa toda esa mierda de que no quieres hacer el papel? Crees que vas a interpretar al gran emancipador, ¿verdad? ¡Se trata sólo de un jodido abogado de Springfield, maldita sea!» En su monumental biografía sobre John Ford (Tras la pista de John Ford, trad. de Josep Escarré, Madrid, T&B Editores, 2001), Joseph McBride escribe: «Bogdanovich señaló que cuando Ford, ya de mayor, se refirió a Abraham Lincoln, lo hacía en “un tono extraordinariamente íntimo (y con el mismo cariño con el que se refería a John Wayne como “ese patán”), que de alguna forma no se trataba de un cineasta hablando de un gran presidente, sino de un hombre refiriéndose a un amigo». Esa cercanía se refleja en la película, que subraya la talla del mito, pero sin grandilocuencia. «El retrato de Lincoln que emerge –continúa McBride- está cuidadosa y sutilmente construido a partir de una serie de metáforas sobre lo esencial de su papel en la historia de América como el presidente que libró la Guerra Civil para preservar la Unión y, además, abolió la esclavitud». El talante conciliador de Lincoln se refleja en su forma de interpretar con el birimbao «Dixie», la popular canción que casi se convertiría en el himno sudista, mientras se acerca a la granja de los Clay a lomos de un asno. Se dice que Young Mr. Lincoln era la película favorita de Ford, la que consideraba su mejor trabajo. Sin embargo, no se le ha prestado mucha atención. Ford se mofaba de los elogios. En una entrevista, comentó displicente: «Ha dicho usted que alguien me ha definido como el gran poeta de la epopeya del Oeste, y yo no sé qué es eso. Yo diría que es una gilipollez». Es difícil estar de acuerdo con el malhumorado director irlandés, particularmente después de contemplar su retrato del joven Lincoln, trufado de épica y lirismo.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (31-03-2017). Del blog Viaje a Siracusa. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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ENTRELIBROS

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899-Ginebra, 14 de junio de 1986)

Los que amamos los libros soñamos con una biblioteca infinita, pero ese deseo es irracional, pues nuestra expectativa de vida apenas nos permitirá leer cinco o seis mil títulos. Los escritores son proclives a la mentira y la hipérbole. Thomas Edward Lawrence, arqueólogo, militar, diletante, espía, afirmó que había leído cerca de 1.000 obras durante uno de sus cursos académicos en Oxford. Esa cifra conlleva un ritmo de lectura altamente improbable, pues implica una disciplina de tres libros diarios. Al igual que otros mitómanos, Lawrence de Arabia opinaba que la inmolación de la verdad es un precio razonable, cuando está en juego la belleza. Su leyenda le parecía mucho más importante que la insidiosa objetividad. Por el contrario, Sigmund Freud nunca se permitió ese tipo de licencias. Minucioso y metódico, leía un promedio dos libros a la semana. Copiaba cada título y la fecha de lectura en unos cuadernos que lo acompañaron hasta el final de su existencia. Vivió 82 años. Su registro contempla 60 años de lecturas, arrojando un saldo de casi 6.000 libros. Si alguien fuera capaz de leer tres libros a la semana durante un período similar, la cifra ascendería a 8.640. Marcelino Menéndez Pelayo reunió una biblioteca de 80.000 volúmenes y Pío Baroja se acercó a los 50.000.  Ninguno presumió de haber leído todos los libros que atesoraban. Ninguno ocultó el placer que les proporcionaba vivir entre libros. Detrás de cada libro, hay un hombre que pide la palabra. Miles de libros son una multitud silenciosa, que recuerda a los séquitos condenados a compartir el viaje de su señor al reino de los muertos. Sin embargo, su destino no suele ser una tumba imperial, sino la dispersión, lo cual destruye su identidad, pues cada biblioteca es el hombre que convocó un parnaso irrepetible, con obras clásicas y libros pueriles, ediciones de lujo y ejemplares de bolsillo. La diáspora de una biblioteca es una segunda muerte, no menos dolorosa que la extinción biológica.

El tamaño de las bibliotecas de Baroja y Menéndez Pelayo contrasta con la parvedad de otras épocas. Cuando se inventarió la biblioteca de Baruch Spinoza (Ámsterdam, 1632-La Haya, 1677), la lista no llegaba a los doscientos títulos. Es imposible saber cuántos manuscritos pasaron por las manos de Platón o Aristóteles, pero en la Antigüedad se entendía que la sabiduría surgía del diálogo con pocos y preciados textos, no de proezas que privilegian la cantidad sobre la demora inherente al saber. Yo soy hijo de mi tiempo y mi biblioteca alberga miles de ejemplares. No he sucumbido a la superstición de contarlos, pero a ojo de buen cubero podría aventurar que bordeó los diez mil. No es una cifra asombrosa, pero cuando examino las estanterías, espigando títulos o celebrando las adquisiciones más recientes, experimento algo parecido a la vanidad. No me atribuyo méritos ajenos, pero tal vez mis ojos sienten lo mismo que Qin Shi Huang, el emperador chino que en 221 a. C. ordenó la construcción de la gran muralla. Mis libros no pretenden contener las invasiones bárbaras, pero sí constituyen un dique contra la barbarie y los malos modales. Los que aman los libros suelen concebir el mundo como un escenario estridente y enojoso, donde prosperan las pasiones más destructivas del ser humano. Una biblioteca no es una simple colección de obras con encuadernaciones diversas, sino una utopía que se despliega lentamente. Yo he heredado la biblioteca mi padre y algunos libros de mi abuelo. Siento predilección por los libros de la Editorial Aguilar, particularmente por su colección de obras completas en piel, con papel biblia, guardas ilustradas y cortes decorados. Esa forma de editar abarca el período comprendido entre 1953 y principios de los setenta, cuando el plástico –desgraciadamente- reemplazó a la piel. La primera lámina incluía una imagen del autor en otra clase de papel y el lomo, cuidadosamente repujado, reproducía de nuevo la efigie del escritor, sin introducir ningún color que alterase la elegancia del volumen, casi siempre en burdeos o en un marrón austero, casi conventual. Aunque era un simple trabajo en cuero, poseía la belleza de las estatuas clásicas, que eluden el artificio y la ostentación. El tacto del papel biblia parecía un gesto de ternura, indicándote que habías penetrado en un espacio solemne, reservado a las cosas del espíritu. Conservo al menos treinta títulos con estas características. Destacan las obras completas de Pérez Galdós en cinco volúmenes, con dibujos en los cortes de Isabel II, Alfonso XII, Espartero, el Congreso o la Plaza Mayor. No siento menos aprecio por las obras completas de Dostoievski en dos gruesos volúmenes, con una admirable traducción de Rafael Cansinos Assens. Sé que se tomaba muchas libertades, sacrificando la exactitud filológica al estilo. Sus traducciones eran traducciones creativas, que reflejaban el diálogo entre dos autores. Sus versiones de Goethe o Las Mil y una noches molestan a los pedantes aficionados a las largas notas a pie de página, pero son un ejemplo de recreación literaria. La traducción no es una simple traslación, sino una nueva creación. La frase que reproduce la belleza y la profundidad del texto siempre es más fiel al original que el escrúpulo filológico. Puede aplicarse el mismo razonamiento al injustamente denostado Luis Astrana Marín, que hizo unas estimables traducciones en prosa del verso blanco de Shakespeare. No quiero dejar de mencionar las obras de Santa Teresa de Jesús, Quevedo y Baltasar Gracián, con sus fantasías policromadas en los cortes. No cesan de proporcionarme horas de dicha, deslumbrándome con sus piruetas estéticas e intelectuales. Pensar que esos libros no me acompañarán en mi último viaje me ayuda a comprender el anhelo de eternidad de Miguel de Unamuno. Su deseo de trascender la muerte no es abstracto, sino humano y concreto. No quiere fundirse con la conciencia divina, como una gota en el océano, sino conservar todos los aspectos de su vida: sus libros, sus paradojas, su brasero, su caligrafía, su barba de pastor luterano, sus formas de ocio–amaba la papiroflexia- e incluso sus manías, que incluían hacer bolitas de pan en mesas ajenas.

Yo seguiré soñando con una biblioteca infinita y una improbable eternidad. Quizás Borges tenía razón y el paraíso tiene forma de biblioteca. El filósofo judío Hans Jonas elaboró a finales del siglo pasado una nueva prueba sobre la existencia de Dios. Dios es la memoria de la humanidad, el lugar que acoge y actualiza nuestra peripecia colectiva, preservando cada instante, salvando cada brizna de tiempo, prolongando el eco de nuestras pasiones, restañando las heridas abiertas por nuestros pecados, restituyendo la vida de los inocentes y asegurando la esperanza de todos, pues las horas y los minutos no fluyen hacia la nada, sino hacia la reconciliación y el reencuentro. Dios tal vez es una biblioteca y nuestras vidas son los libros que desembocan en sus innumerables estanterías. El universo no es polvo y estrellas, sino palabras que se resisten a desvanecerse como un sueño.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (29-03-2017). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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