El sueño de Ares, reseña de Santos Sanz Villanueva (El cultural)

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Entre los mejores títulos de novela están aquellos que condensan de forma inequívoca el contenido. Eso ocurre con El sueño de Ares. No hace falta gran cultura clásica para deducir que tal rótulo aborda un problema de suma importancia, la imperecedera inclinación de nuestra especie a la barbarie. Ares era el dios griego de la guerra, sanguinario y brutal, propenso a causar toda clase de daños. Tenía inscrita en su ADN la inclinación a la violencia. El espanto que produce el despertar de esa imagen mitológica constituye el leitmotiv de las 17 piezas que el crítico, narrador y ensayista Rafael Narbona (Madrid, 1963) reúne en este libro tan unitario de intención como disperso en la forma.
Es El sueño de Ares extremadamente homogéneo porque todo él ilustra de manera exclusiva la abundancia del mal, la sangre y el dolor, y la fascinación que pueden producir. No se trata de una de esas habituales compilaciones de piezas breves que, como mucho, están cosidas con un leve hilván temático. Más bien se acerca a una concepción literaria moderna y prestigiosa, un conjunto novelesco que proporciona un enfoque perspectivista sobre un asunto principal. La mirada de Rafael Narbona se basa en acciones encarnadas por actores o víctimas de la violencia: gánsteres neoyorkinos, legendarios forajidos como Billy the Kid, brigadistas norteamericanos en nuestra guerra civil, el asesino material de García Lorca, un independentista irlandés, un fugitivo de los nazis anónimo (pero emocionante reencarnación del filósofo Walter Benjamin), un acongojado Allan Poe o varias víctimas de la locura bélica hitleriana, entre otras criaturas de base real o imaginaria.
Abre El sueño de Ares la carta apocalíptica de un asesino múltiple londinense (el famoso Jack el Destripador) que predica el cainismo, sostiene que el odio es mucho más común que la frágil fraternidad y asegura que “los hombres siempre están entretenidos en querellas y matanzas”. Ese pórtico de fuertes resonancias nietzscheanas da paso a un largo repertorio de peleas y enfrentamientos, de guerras no vividas como tragedias (alguien habla de “la incomprensible belleza de las batallas”), de muertes y asesinatos aureolados de cinismo, cometidos con pasión o con frialdad y convertidos en enfermiza indiferencia (“Ya no sentía nada cuando mataba a un hombre. Ni odio ni satisfacción”, dice otro personaje). Algunos pocos seres que asoman su rostro decente o desvalido equilibran semejante apoteosis de los instintos feroces: los brigadistas encarnan algo digno, y algo positivo Hilde, la mujer de Benjamin.
Esta materia coherente, aunque fracturada, adquiere, sin embargo, un aspecto externo en extremo variado. Primero, por la elasticidad de espacios y tiempos (la América racista, el Londres victoriano, la Granada de 1936, la Europa de la última Gran Guerra…). Y, luego, por su diversidad formal que acoge la estampa, el cuento, la narración ensayística o el retrato biográfico. A esta alerta constructiva se suma el acierto de una prosa basada en un estilo de frase corta y de apariencia sencilla que produce el efecto de una dinámica agilidad.
El tono cálido de la escritura proporciona al conjunto de las piezas una comunicabilidad intensa, directa, casi como si se eludiera el artificio de lo literario. Tal falta de énfasis en el decir y de truculencia en la presentación de los asuntos refuerza, curiosamente, el alegato contra el mal de este magnífico conjunto de relatos morales.

SANTOS SANZ VILLANUEVA

Catedrático de Literatura de la Universidad Complutense de Madrid

Publicado en El Cultural (17-07-2015). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.