ÓSCAR ROMERO: “QUE MI SANGRE SEA SEMILLA DE LIBERTAD”

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Óscar Romero, Ignacio Ellacuría, Dietrich Bonhoeffer y Martin Luther King inmolaron sus vidas por un mundo mejor. Todos se enfrentaron al poder político, exigiendo el fin de situaciones de injusticia, desigualdad y opresión. Óscar Romero aprovechó su cargo de Arzobispo de San Salvador para oponerse a los abusos de una oligarquía que mantenía a campesinos y obreros en una escandalosa miseria, recurriendo a “escuadrones de la muerte” para sembrar el terror y silenciar las protestas. Su trabajo pastoral se basó en “la opción preferencial por los pobres”, desplegando una enérgica crítica contra las estructuras políticas y económicas que concentraban la riqueza en unas pocas manos. Romero afirmó que la propiedad privada se había convertido en un absoluto, olvidando que lo verdaderamente cristiano es compartir solidariamente los bienes materiales. Su compromiso con los más débiles y vulnerables le atrajo el odio de la oligarquía y el ejército. Dos semanas antes de su asesinato, declaró al periodista mexicano José Calderón Salazar: “He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decirle que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección. Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”. En la misma entrevista, afirmó: “El martirio es una gracia de Dios que no creo merecer. Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea la semilla de libertad y la señal de que la esperanza será pronto una realidad”. Por último, absolvió a los que planeaban su asesinato: “Puede usted decir si llegasen a matarme que perdono y bendigo a quienes lo hagan. […] Un obispo morirá pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás”.

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La firmeza que se aprecia en estas palabras no debe confundirse con arrogancia o temeridad. Óscar Romero albergaba convicciones profundas, que brotaban del amor hacia los pobres y los excluidos, pero ni siquiera su fe logró disipar la humanísima experiencia del miedo. Las personas de su entorno han relatado que la angustia y la ansiedad se habían inmiscuido en su rutina, impidiéndole vivir tranquilo. En público conservaba la serenidad, pero en la intimidad sus ojos se humedecían y su semblante se ensombrecía, consciente de que su tiempo llegaba a su término. Durante los ejercicios espirituales de Planes de Renderos, el padre Azcue notó su turbación: “El arzobispo Romero preveía su muerte como algo muy probable e inminente. Le producía terror, como a Jesús en el monte de los Olivos”. Algunas noches abandonaba su cuarto y se reunía con otros sacerdotes en un dormitorio común: “Disculpen, tenía miedo. Llevo un buen rato pensando que una bala bien podría penetrar por la puerta o por las ventanas”. Si dormía en su habitación del Hospital de la Divina Providencia, se despertaba sobresaltado cuando un aguacate se desprendía del árbol y golpeaba el techo con un estampido semejante al de un tiro o explosión. Los últimos días se trasladó a la sacristía, durmiendo en un camastro situado muy cerca del altar donde sería asesinado. A pesar de su inquietud, no adoptó ninguna precaución ni se apartó de sus obligaciones pastorales. La Junta Militar que había llegado al poder mediante un golpe de estado le ofreció escoltas y automóviles blindados, pero los rechazó. La Santa Sede le invitó a pasar una temporada en Roma, por lo menos hasta que la tensión política se aplacara, pero declinó la sugerencia. A principios de febrero de 1980, Roberto D’Aubuisson, ex oficial de los servicios de inteligencia y principal responsable de los escuadrones de la muerte, leyó en televisión una lista de 200 supuestos colaboradores de la guerrilla comunista, donde incluyó a Romero, si bien apuntaba que el arzobispo “todavía está a tiempo de enmendar su camino”. Romero protestó, afirmando que la acusación era absurda, falsa y maliciosa, pues no era marxista ni partidario de la violencia. Quince días más tarde, una bomba destruyó Radio YSAX, principal medio de difusión de las entrevistas, los discursos y las homilías del arzobispo. El 23 de febrero un escuadrón de la muerte asesinó al procurador democristiano Mario Zamora Rivas, que se encontraba en la lista de D’Aubuisson. El 9 de marzo un maletín con 72 cartuchos de dinamita no estalló en la basílica del Sagrado Corazón por un fallo del temporizador. Se celebraba una misa en memoria del asesinado Zamora, oficiada por Romero en presencia de la cúpula del Partido Demócrata Cristiano. Si el artefacto hubiera explotado, se habría producido una masacre. Desde entonces, Romero decide desplazarse solo al volante de su modesto automóvil: “Sería un antitestimonio pastoral andar yo muy seguro, mientras mi pueblo está tan inseguro. […] Tengo miedo como todos los humanos, pero cuando se ha abrazado la radicalidad del Evangelio es una contradicción aceptar escoltas o protecciones. Son privilegios que no se puede permitir quien tiene la obligación de predicar la justicia y la verdad. Yo tengo que arriesgarme como cualquier otro ciudadano de mi pueblo en la lucha por la libertad”. El 23 de marzo pronuncia su última homilía dominical, que pide enérgicamente el fin de la violencia ejercida por el ejército contra el pueblo salvadoreño: “Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto, a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: “No matar”. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”.

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Con su homilía, Romero intenta frenar la campaña de asesinatos selectivos, que ha escogido como blanco prioritario a maestros, sindicalistas, líderes campesinos y universitarios, pero sus palabras solo irritarán a la oligarquía, dispuesta a barrer del mapa cualquier forma de oposición. En un país que no llega a los seis millones de habitantes, los escuadrones de la muerte cuentan con 100.000 hombres. Estados Unidos les suministra armas, pues no quiere más revoluciones en su patio trasero. Después de la desafiante homilía, Romero acude a comer a casa de los Barraza, un matrimonio humilde con el que mantiene una larga relación de amistad. Salvador, el cabeza de familia, no ha olvidado ese último encuentro: “Se quitó los anteojos, cosa que no hacía nunca, y permaneció en un silencio que fue para todos muy llamativo. Se le veía apesadumbrado y triste. Tomaba su copa con lentitud y nos veía a cada uno de nosotros con una mirada profunda. Eugenia, mi mujer, que estaba a su lado en la mesa, se quedó sobresaltada por una mirada larga y profunda que le dirigió, como que quería decirle algo. Lágrimas brotaron de sus ojos. Lupita le reprendió de “qué eran esas cosas de estar llorando”. Todos estábamos perplejos. De repente empezó a hablar sobre sus mejores amigos sacerdotes y laicos. Fue recorriendo uno a uno a todos ellos, manifestando su admiración por cada uno y alabando las virtudes que en ellos había descubierto y los dones que Dios les había dado. Como aquel almuerzo, no había habido nunca en nuestra casa. Fue un almuerzo triste y desconcertante para todos nosotros”. Al terminar la comida, el arzobispo se marcha con Salvador Barraza a un pueblo cercano para presidir la primera comunión y las confirmaciones de un nutrido grupo de niños y jóvenes. Durante el acto mejora su estado de ánimo, pero cuando regresa al hogar de los Barraza retorna la melancolía. Con gesto triste, juega con los niños de la familia y mira un rato el televisor. Se distrae con un programa dedicado al circo. Cuando aparecen los payasos, que suelen divertirle, su consternación se acentúa, especialmente al escuchar a un anciano clown que relata su historia. “Cuando uno se hace viejo”, comenta Romero, “ya para nada sirve, sino de estorbo”. Solo tiene 62 años, pero la crispación política y social le produce un agotamiento crónico. A última hora de la tarde, regresa a su residencia habitual. Le reciben las monjas, que le invitan a celebrar la reapertura de Radio YSAX. Romero sonríe e intercambia bromas antes de retirarse.

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Al día siguiente celebra una misa en memoria de Sara Pinto, madre de un periodista de El Independiente, uno de los escasos medios que no defienden los intereses de la oligarquía. Habla del Reino de Dios, “cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano” y afirma que “el Reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección”. Hay diferentes versiones sobre el momento en que se produce el disparo fatal. Algunos testigos afirman que fue poco antes de la eucaristía; otros que en el mismo momento de la consagración. Romero se desploma al lado del altar. Los fieles se arrojaron al suelo, temiendo nuevos disparos, sin saber que el francotirador ya huye en una motocicleta. El arzobispo yace boca arriba, perdiendo mucha sangre. No habla ni se mueve. Todos lloran desconsolados, intentando socorrer al herido. Se halla presente un fotógrafo. Está conmocionado, pero realiza su trabajo, capturando unas imágenes sobrecogedoras. El arzobispo se apaga poco a poco. La bala de fragmentación ha explotado en el pecho, pero aún está vivo. Es trasladado a la Policlínica Salvadoreña. Los médicos no logran contener la hemorragia interna y no tarda en morir. Seis días más tarde -el 30 de marzo- se celebran los funerales en la catedral de San Salvador. Acuden cerca de 150.000 personas, según Ángel Luis de la Calle, enviado especial del diario El País. A las 11:42 se escucha una explosión y luego unos disparos. Se desata el pánico y muchos intentan refugiarse en la catedral. 44 personas pierden la vida, la mayoría aplastadas. Los tiros proceden del Palacio Nacional y han sido realizados por fuerzas del orden, que intentan malograr el homenaje popular. Treinta y un años después, se hizo público el nombre del asesino de Óscar Romero. Se trata de Marino Samayoa Acosta, un subsargento de la Guardia Nacional, un simple peón que obedeció órdenes de Roberto D’Aubuisson y el coronel Arturo Armando Molina. El subsargento fue recompensado con 114 dólares y nunca sería juzgado por el crimen.

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El compromiso de Óscar Romero con el pueblo salvadoreño es firme e inequívoco: “Es necesario acompañar al pueblo que lucha por su liberación. […] La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres… así la Iglesia encuentra su salvación”. Romero condena las desigualdades sociales, pues infringen el mandato evangélico de amor y fraternidad: “Estas desigualdades injustas, estas masas de miseria que claman al cielo, son un antisigno de nuestro cristianismo. Están diciendo ante Dios que creemos más en las cosas de la tierra que en la alianza de amor que hemos firmado con Él, y que por alianza con Dios todos los hombres debemos sentirnos hermanos… El hombre es tanto más hijo de Dios cuanto más hermano se hace de los hombres, y es menos hijo de Dios cuanto menos hermano se siente del prójimo”. Romero deplora el culto a la riqueza, que transforma al ser humano en mercancía y recurre a la violencia para garantizar sus privilegios: “¿Qué otra cosa es la riqueza cuando no se piensa en Dios? Un ídolo de oro, un becerro de oro. Y lo están adorando, se postran ante él, le ofrecen sacrificios. ¡Qué sacrificios enormes se hacen ante la idolatría del dinero! No solo sacrificios, sino iniquidades. Se paga para matar. Se paga el pecado. Y se vende. Todo se comercializa. Todo es lícito ante el dinero”. Romero pide un cambio social, que acabe con la pobreza, especialmente en las zonas rurales, donde la existencia humana discurre en la más abyecta miseria: “Hacemos un llamado a la cordura y la reflexión. Nuestro país no puede seguir así. Hay que superar la indiferencia entre muchos que se colocan como meros espectadores ante la terrible situación, sobre todo en el campo. Hay que combatir el egoísmo que se esconde en quienes no quieren ceder de lo suyo para que alcance a los demás. Hay que volver a encontrar la profunda verdad evangélica, según la cual debemos servir a las mayorías pobres”. Cuando los ricos y poderosos se quejan de que el arzobispo se preocupa fundamentalmente por los pobres, Romero responde: “Aquí nos está dando Cristo respuesta a una calumnia que se oye frecuentemente: ¿Por qué la Iglesia sólo le está predicando a los pobres? ¿Por qué la Iglesia de los pobres? ¿Que acaso los ricos no tenemos alma? Claro que sí y los amamos entrañablemente y deseamos que se salven, que no vayan a perecer aprisionados en su propia idolatría, les pedimos espiritualizarse, hacerse almas de pobres, sentir la necesidad, la angustia del necesitado”. Para Romero, la justicia social no es tanto solo un imperativo político, sino una exigencia evangélica: “La justicia social no es tanto una ley que ordene distribuir; vista cristianamente es una actitud interna como la de Cristo, que siendo rico, se hace pobre para poder compartir con los pobres su amor. Espero que este llamado de la Iglesia no endurezca aún más el corazón de los oligarcas sino que los mueva a la conversión”. En otra ocasión, manifiesta, dirigiéndose a los ricos: “No me consideren un juez, ni un enemigo. Soy simplemente el pastor, el hermano, el amigo de este pueblo, un amigo que sabe de sus sufrimientos, de sus hambres, de sus angustias y, en nombre de esas voces, yo levanto mi voz para decir: no idolatren sus riquezas, no las salven de manera que dejen morir de hambre a los demás. Compartan, para que ustedes y todos sean felices”.

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Romero demoró las obras de la inacabada Catedral de San Salvador, pues consideró más justo dedicar el dinero a financiar proyectos contra la pobreza y la exclusión social. Siempre se mostró comprensivo con las ocupaciones del templo para protestar por la represión gubernamental y cuando el 8 de mayo de 1979 las fuerzas de seguridad asesinaron a 24 jóvenes en las gradas de la catedral, adelantó su regreso a El Salvador, pues se encontraba en Roma, asistiendo a la beatificación del padre Coll, un sacerdote catalán. Durante una breve escala en Madrid, un periodista le entrevistó, abordando las cuestiones más polémicas de su apostolado. En primer lugar le interrogó sobre las acusaciones de ser un obispo subversivo: “Mire usted –respondió Romero-, hay un grave conflicto entre el Gobierno de mi país y el pueblo, y porque la Iglesia se ha puesto decididamente al lado de los más débiles, nos llaman subversivos. Nosotros estamos al lado de los masacrados, de los explotados, de los abandonados, de los que diariamente se ven atropellados, de los hambrientos, y puedo asegurarle que en mi país hay mucha hambre. Se habla de catorce familias, quizá sean más; las que lo tienen todo, frente a millones de seres que viven en absoluta miseria. La labor de la Iglesia, de muchos sacerdotes, religiosas y militantes, ha consistido desde hace años en promocionar a esas gentes para que puedan vivir, y en cuanto de nosotros depende, que puedan hacerlo con alguna dignidad”. El periodista le recuerda que otros obispos de El Salvador no apoyan sus iniciativas y, además, consideran que se excede en sus atribuciones. Romero responde que se limita a cumplir con sus obligaciones como arzobispo y hombre de fe: “Tengo claro que cuando un padre de familia desaparece sin dejar rastro, yo, mis sacerdotes, los equipos que trabajan en el Arzobispado, debemos esforzarnos por hallárselo, por saber al menos qué ha sido de él. Más de cuatrocientos casos de estos hemos atendido en dos años. Opino que cualquiera que se llame cristiano debería actuar así. En esto basan la campaña difamatoria contra nosotros. Dicen que ayudamos a comunistas, a gentes del hampa. Para nosotros no hay etiquetas: son hombres perseguidos, torturados a veces sin la mínima razón, y esa situación, que ya es de dos años, está creando una mentalidad violenta entre la población salvadoreña, que sí es pacífica. Si no ponemos remedio, con arreglo a nuestras posibilidades, un día la historia nos pedirá cuentas”. El periodista le pregunta si es cierto que le han amenazado de muerte en reiteradas ocasiones: “Tan cierto como que me han matado ya a cuatro sacerdotes de mi archidiócesis. Desde que me hice cargo del Arzobispado, los únicos sacerdotes que se me han muerto, han sido asesinados violentamente, por la espalda. Entre ellos, el padre Rutilio Grande, mi gran amigo, casi mi colaborador más íntimo, un hombre que solo sabía predicar la Justicia. Me he visto ya en cuatro ocasiones acudiendo a los caminos, a un suburbio, a un hospital, a recoger sus cadáveres para trasladarlos a su parroquia y velarlos durante unas horas con sus feligreses. No deseo que ningún obispo del mundo pase por unas situaciones como esas. Y ante sus cadáveres mártires, que no hacían más que emparentarnos con los miles de muertos de nuestro país, de muertos violentamente también, no me venía otra idea que continuar con su testimonio, con su esperanza en una no lejana liberación del odio y la miseria en mi país”. Romero reconoce que en Roma se ha sentido “aislado e incomprendido” y lamenta que los obispos españoles no se hayan solidarizado con el sufrimiento del pueblo salvadoreño: “No deja de ser paradójico cuando España es un país de libertad, pues no se trata de impedimentos, como en mi país, por parte de las autoridades, sino de incomprensión por parte de las comunidades cristianas”.

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Pocos días antes de ser asesinado, el periodista de la agencia Efe Espinoza Fernández conversó con Óscar Romero. Fue su última entrevista. “El mal de todo es la injusticia social –exclamó el arzobispo-. Los que no quieren cambios son los grandes malhechores”. […] A mí me pueden matar, pero que quede claro que la voz de la Justicia nadie la puede callar ya”. El sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, fundador de la Teología de la Liberación, asistió al dramático funeral de Óscar Romero. En una entrevista al diario Il Giorno, declaró afligido: “En los barrios ricos de El Salvador se festejó la muerte del obispo Romero. […] Esta muerte divide la historia de la Iglesia en antes y después. […] Antes de la muerte de Romero la Iglesia decía: estos cristianos mueren por razones políticas, no religiosas. Ahora está claro que Romero fue asesinado por cuestiones religiosas, aunque haya muerto no por defender los derechos de la Iglesia, sino los derechos de los pobres”. El arzobispo no poseía nada. Solo dejó en herencia unos pocos libros, pero su legado espiritual no ha muerto. Su ejemplo infunde esperanza y nos dignifica a todos, incluso a los que le asesinaron, bendecidos y perdonados anticipadamente por su propia víctima. Romero solía repetir: “La palabra queda”. Es indiscutible que su palabra ha perdurado, fructificando como semilla de libertad.

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RAFAEL NARBONA

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