GABRIEL CHEVALLIER: EL MIEDO

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“Para los que seguimos hoy con vida, la muerte ha durado años”
Gabriel Chevallier

Se especula que el nacimiento de la literatura está asociado a la exaltación de la guerra. El espíritu épico encendió la inspiración poética. Desde el cerco de Troya hasta las campañas napoleónicas, narradores y poetas actuaron como caja de resonancia de la sensibilidad popular, hambrienta de gloria y heroísmo. En La Cartuja de Parma (1839), Fabrizio del Dongo sueña con incorporarse al ejército imperial, pero cuando contempla la batalla de  Waterloo, sólo experimenta perplejidad y desilusión. Guerra y Paz (1869) ofrece una perspectiva más desgarradora: los soldados pierden la vida para satisfacer la ambición de políticos y soberanos, que rompen o establecen alianzas, sin reparar en el sufrimiento de los pueblos. Kant ya había denunciado que en la guerra el hombre nunca es un fin en sí mismo, sino un peón que se conserva o sacrifica, de acuerdo con criterios estratégicos. Hasta la posguerra de 1918, ni la literatura ni la filosofía consiguieron enfriar el ardor bélico. Cuando estalla la Primera Guerra Mundial, los jóvenes se encaminan hacia el frente ebrios de entusiasmo. Las multitudes les despiden emocionadas y orgullosas, pero muy pronto la guerra de trincheras, con su rutina de piojos, hambre, frío, pequeñas escaramuzas o  grandes ofensivas, reveló al mundo que la violencia entre las naciones no es una gesta, sino un fracaso moral y político.
Sin novedad en el frente (1929) de Erich Maria Remarque ofrece un testimonio áspero y libre de sentimentalismos de la guerra del 14. Excombatiente alemán, Remarque asegura que los soldados se limitan a huir de la muerte y los que regresan del frente, pueden conservar el cuerpo intacto, pero están destruidos por dentro. La poética de la guerra que elaboró Jünger es pornografía del horror, que sólo evidencia una obscena insensibilidad moral. Gabriel Chevallier (Lyon, 1895-Cannes, 1969) escribió un elocuente testimonio de su experiencia como soldado francés, donde se aprecia un notable paralelismo con Remarque y una profunda divergencia con Jünger. El miedo aparece en 1930, cuando ya se insinuaba otra guerra y, al margen de su acogida –polémica, hostil, apasionada-, autor y editor acordaron en 1939 suspender la publicación hasta que la paz se restableciera, ignorando ambos qué modelo de sociedad surgiría de un conflicto de consecuencias imprevisibles. En 1951, con un panorama internacional más estable pero aún inquietante, Chevallier escribió un prefacio que suscribía su testimonio inicial. Se nos había dicho que “la guerra era moralizadora, purificadora y redentora”. Después de las batallas de Verdún o Stalingrado, con cientos de miles de bajas, resulta imposible mantener algo semejante y, aunque indudablemente existió el heroísmo, “no compensa la inmensidad del mal”.
Chevallier participó en una conflagración terrible y conoció de cerca la degradación moral que acompaña a la guerra: tortura, sadismo, ejecuciones, víctimas inocentes. Así como La educación del príncipe cristiano (1516) de Erasmo de Rotterdam se concibió como la antítesis de El príncipe (1513) de Maquiavelo, El miedo de Chevallier podría interpretarse como una poderosa objeción a Tempestades de acero (1920), de Ernst Jünger. No hay nada espiritual ni trascendente en la guerra. No es un “lance viril” que rescata “una imagen de épocas arcaicas” y menos aún “un exceso de salud” que puede revelar “la estructura interna de la vida”. Cuando cae gravemente herido, Jünger experimenta “uno de los poquísimos instantes de auténtica felicidad que ha conocido”. Chevallier no se extravía en fintas retóricas. La guerra existe porque “los hombres son imbéciles e ignorantes. […] Eligen jefes y amos sin juzgarlos, con un gusto funesto por la esclavitud”. Chevallier no es autocomplaciente. “Fui en contra de mis convicciones, aunque de buen grado; no para batirme, sino por curiosidad: para ver”. El linchamiento de un anciano pacifista que no se descubre al escuchar La Marsellesa, alegando que la guerra es un insulto a la razón, le abrió parcialmente los ojos. Los meses de instrucción sólo confirmaron sus sospechas sobre la necedad del género humano. El campo de batalla se mostró especialmente propicio para las inteligencias menos despiertas. Cualquier idiota se adaptaba mejor a la barbarie de matar o morir que los hombres con mejor preparación intelectual. Chevallier no odia al enemigo. El primer alemán muerto le recuerda la máscara mortuoria de Beethoven. Con independencia del bando, los caídos le infunden “una compasión fraterna”. Los gritos de los moribundos son tan estremecedores que “avergüenzan a Dios”. Las montañas de cadáveres despiertan el estupor de los que acudían a la guerra buscando honor y gloria. Muchos preguntan: “¿Es esto la guerra?”
Chevallier entiende que las víctimas de la guerra no son tan sólo los hombres. “¡La guerra ha matado también a Dios!”. Por fin, la guerra termina y no ha aprendido nada, salvo a despreciar la propia vida y la ajena, lo cual representa una verdadera “capitulación del alma”. La prosa de Chevallier es de una exactitud prodigiosa. Describe con la misma nitidez la confusión de una ofensiva que la monotonía de la trinchera. La hipocresía de la retaguardia recuerda a los burgueses de Flaubert y los cuerpos despedazados parecen una anticipación de la pintura de Bacon. El miedo es una obra de extraordinaria calidad literaria que atestigua la resistencia de la razón contra el teatro de la guerra, donde se moviliza un instinto ancestral para convertir la muerte en anhelo de plenitud y la vida en apego a la mediocridad. Chevallier nos enseña que no hay farsa más inmunda.

RAFAEL NARBONA

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