HOTEL FRANCIA

Nos han retenido en un pequeño pueblo del Alto Ampurdán. Al descubrir mi identidad, los funcionarios de aduanas me han arrebatado el pasaporte y me han ordenado alojarme en el Hotel Francia, alegando que debían esperar las órdenes de sus superiores. Después de hablar por teléfono, me han comunicado que debía presentarme en comisaría a primera hora de la mañana. En ese momento, he comprendido que la muerte me invitaba a empujar la última verja y reunirme con ella.

Tres policías me han acompañado hasta mi alojamiento para evitar la posibilidad de fuga. Ahora mismo, se encuentran en el vestíbulo, con gesto poco amistoso, vigilando la escalera y la puerta trasera. Además, hay un coche aparcado frente a la entrada principal. De vez en cuando, dos hombres salen al exterior y fuman un cigarrillo. Ocupo una habitación en la primera planta y desde la ventana puedo escuchar sus voces. No soy capaz de seguir su conversación, pero capto palabras sueltas, casi siempre poco tranquilizadoras. Hablan en alemán, con acento austriaco. Al menos, han repetido tres veces el término “deportación”. Con el rostro semioculto por los sombreros, no consigo distinguir sus caras. Aunque hace calor, los dos llevan una gabardina en el brazo. La prenda es innecesaria, pero cumple su función de intimidar. Es indudable que pertenecen a la Gestapo. De vez en cuando, intercambian una carcajada y encienden un cigarrillo. Parecen dos jóvenes cazadores que presumen de sus hazañas, poco antes de empezar a rastrear el monte con sus escopetas y sus perros. Saben que no se les escapará la presa, pues la han hostigado durante semanas, agotando sus fuerzas. No se equivocan. Estoy enfermo y exhausto. Hemos caminado por senderos de montaña y carreteras secundarias. He retrasado la marcha del grupo, realizando continuas paradas. Cada diez minutos, descansaba un rato para recobrar el aliento. No podía hacer otra cosa. Mi corazón es un muelle viejo y oxidado que ha perdido su flexibilidad y se atasca continuamente. A veces siento que soy uno de esos muñecos de trapo que pasan de un hermano a otro, con las costuras cada vez más descosidas y los ojos despintados, sin saber a ciencia cierta si acabarán en el fondo de un baúl o en el cubo de la basura.

Ser judío sólo agrava mi situación. Sería ridículo explicar a mis perseguidores que mi concepción de la experiencia religiosa no coincide con ninguna ortodoxia. Nos consideran una raza maldita y su intención es borrarnos de la faz de la tierra. Es imposible permanecer neutral o indiferente. No pretenden juzgarnos por nuestros actos, sino exterminarnos por el simple hecho de existir. Ser marxista sólo añade un nuevo peldaño a mi patíbulo. Es irrelevante que mi interpretación de Marx se aleje del dogmatismo irreflexivo. Mis verdugos no se preocupan por los matices y, menos aún, por la ética y la verdad. La soga ya se desliza por mi cuello, sin disimular su propósito homicida. No podré apelar a ningún tribunal, pues la ejecución no se realizará entre los muros de una prisión, sino en una cámara de gas, donde la muerte es sucia, anónima y degradante. En algunos momentos no puedo reprimir ciertas fantasías infantiles. Imagino una sala de interrogatorios con una mesa rudimentaria y un foco de luz. Yo hablo del mesianismo judío aplicado a una libre interpretación del materialismo dialéctico, mientras tres o cuatro policías me escuchan con una mezcla de sorna y perplejidad. Apenas puedo hilvanar unas cuantas frases, pues en seguida pierden la paciencia y comienzan a golpearme con sus porras, pero una súbita invisibilidad me permite escapar de mis torturadores, que gesticulan con incredulidad y lanzan maldiciones. Morir no me inquieta. De hecho, sólo me quedan unas horas. Quizás menos. La muerte es una vieja amiga. Hemos mantenido largos diálogos y, pese a nuestras discrepancias, nos apreciamos mutuamente. Es cierto que en muchas ocasiones nos esquivamos, pero en otras nos buscamos, con la nostalgia de dos viajeros que han recorrido juntos infinidad de caminos. Estoy preparado para un último encuentro, pero no para aguantar la iniquidad de la tortura. Mi carne y mis huesos no soportan la idea de sufrir humillaciones y quebrantos. No quiero gimotear sobre mi propia orina, ovillado como un niño y con los ojos enloquecidos por el dolor. Al pensar en la tortura, tengo la sensación de que mi conciencia se anticipa al derrumbamiento de mi cuerpo, observando desde las alturas cómo tiembla y se retuerce entre espasmos y quejidos. Durante mi infancia, un niño me arrojó un puñado de arena a los ojos. Tuve la impresión de que un cuervo picoteaba debajo de mis párpados. Pienso que la tortura se parece a eso, pero con los granos de arena convertidos en cristales, que giran como las ruedas de un molino.

Intento combatir los sentimientos de angustia e impotencia escribiendo estas líneas. Las palabras son mi hogar, el único lugar donde me siento felizmente cobijado. Siempre me he considerado un vagabundo. He cambiado de domicilio veintinueve veces en mis 48 años de vida. No ignoro que esta habitación es mi última morada. Miro a las paredes y tengo la sensación de estar contemplando mi mortaja. Sólo he publicado tres libros y un centenar de artículos. No soy un autor famoso, pero mis ataques contra Hitler me obligaron a dejar Alemania en 1933, sin otro equipaje que el dudoso privilegio de ser incluido en las listas de enemigos del Reich. Los funcionarios de aduanas sólo conocen mi nombre por esas listas. No soy un activista político y nunca he establecido contacto con la Resistencia. Ni siquiera sabría cómo hacerlo. Desde que me exilié en París, he vivido en un relativo aislamiento, limitándome a intercambiar cartas con unos pocos amigos y a hablar con los tenderos, que siempre se quejaban de mi frugalidad. Cuando les explicaba que ganaba muy poco con mis artículos, meneaban la cabeza y me invitaban a buscar otra profesión. Yo sonreía, sin contestarles. No me avergonzaba, pero sus comentarios me recordaban mi incapacidad para desempeñar un trabajo normal. Mi carácter es incompatible con un horario y unas responsabilidades. Mi desorden interior jamás se adaptaría a las obligaciones de un empleo remunerado, con sus dosis de tedio y rutina. Soy un neurótico. Nunca lo he negado. Mis demonios me han condenado a ser inestable e imprevisible. He concentrado todas mis energías en leer y escribir, pero ni siquiera en eso soy disciplinado. Abandono muchos proyectos, después de escribir un centenar de páginas. A veces, he pensado que mi vida es una boya a la deriva, sin rumbo ni finalidad. Apenas creo en la voluntad. Aunque lo ignoremos, nuestro destino es seguir la inercia que nos imponen las circunstancias. Yo me he limitado a dejar un rastro, que se desdibuja a cada paso. No soy un campesino que labra la tierra, sino un caminante que se enreda entre los surcos, preguntándose qué dirección tomar.

Mi mujer ha sido una gran compañera. Supervisa mis textos, me sugiere mejoras y se muestra implacable con mis inseguridades, empujándome a escribir cuando sufro un bloqueo o la depresión se encarniza conmigo. Sé que ha sufrido mucho por mi culpa. No logro averiguar lo que sucede en mi mente, pero la tristeza a veces me golpea con la fiereza de una tempestad. En esos momentos, acaricio la idea de morir. De hecho, intenté quitarme la vida hace unos años, arrojándome a un río helado, pero unos desconocidos se lanzaron al agua y lograron arrastrarme hasta la orilla. No experimenté gratitud, sino rabia y despecho. Lloré y pataleé como un niño. Hilde no me recriminó nada. Se limitó a velar mi descanso, después de que un médico me inyectara un tranquilizante. Me agarró la mano y sonrió con la dulzura de una madre que cuida a su hijo enfermo. A menudo pienso cómo habría sido su vida con otro hombre. Hilde nunca ha deseado una existencia cómoda. No echa de menos la seguridad que proporciona el dinero, pero sé que le hubiera gustado ser madre. Nos conocimos en la facultad de filosofía y los dos nos planteamos dedicar nuestra vida al estudio. En esos momentos, nuestras familias disfrutaban de una posición desahogada. Ambos crecimos sin estrecheces, pero jamás se nos inculcó el aprecio al dinero. Nuestros padres sólo atribuían importancia a la formación intelectual, tal vez porque no deseaban que nos encadenáramos a una empresa o a un comercio. Mi padre era anticuario y su éxito material se había producido a costa de incontables angustias y no pocas incertidumbres. La familia de Hilde no era judía, pero aceptó nuestro compromiso sin oponer objeciones. Su padre era director de una sucursal bancaria. No le agradaba su trabajo y deseaba que su única hija se dedicara a alguna actividad de carácter artístico o intelectual. Poseía una notable biblioteca y una pequeña colección de pintura. Siempre se mostró muy generoso y cordial conmigo, pese a mi timidez y torpeza. Carezco de habilidades sociales. Si inicio una conversación, suelo desembocar en un tema embarazoso y si intento arreglarlo, sólo agravo el enredo, multiplicando los desencuentros. Acabo sudando, con un nudo en la garganta y las mejillas rojas como cerezas. Incapaz de articular una frase, me limito a farfullar incoherencias, mientras suplico que se abra una grieta y me trague la tierra. Mi suegro advertía mi nerviosismo y, con mucha delicadeza, reconducía la charla hacia cauces más tranquilos, logrando que mi excitación se disolviera y surgiera un ambiente de entendimiento, respeto mutuo y afecto.

Hilde y yo finalizamos la carrera en 1914. Nuestros años como estudiantes tal vez constituyen el período más feliz de nuestras vidas. Teníamos grandes ilusiones e idénticas inquietudes. Acumulábamos lecturas (muchas veces en la biblioteca de mi suegro, que puso todos sus libros a mi disposición), discutíamos apasionadamente, protagonizando irrisorios enfados sobre cuestiones filosóficas o artistas que jamás se prolongaban más de unas horas, asistíamos al teatro y a conciertos de música (los dos amamos los lieder de Schumann, Schubert y Mahler), visitábamos exposiciones de pintura, mostrando especial predilección por lo que los nazis llamarían arte degenerado (Barlach, Beckmann, Klee, Chagall) y, por las noches, paseábamos por los jardines de Berlín, comentando las incidencias de la jornada y planeando el día siguiente. Sólo acudíamos al cine de tarde en tarde, pues yo no mostraba ningún aprecio por las películas, donde sólo advertía un mero entretenimiento sin misterio ni poesía. El tiempo ha demostrado que la sensibilidad de Hilde superaba mi capacidad de análisis, casi siempre lastrada por un excesivo apego a mis cánones estéticos: Proust, Baudelaire, Schönberg, Cézanne. A veces, Hilde se escapaba al cine con algún compañero de la universidad, despertando mis celos, pero la irritación desaparecía cuando regresaban rebosantes de entusiasmo, acusándome de ser demasiado conservador en mis gustos, y nos marchábamos los tres a una cervecería para continuar la disputa en un tono de camaradería que no excluía las discrepancias más vehementes. Así transcurrieron nuestros cuatro años de licenciatura, con algún incidente cómico, como nuestras pintadas nocturnas contra la explotación capitalista y el imperialismo colonial. Creo que esas frases subversivas, escritas en los muros de alguna callejuela desierta de Berlín, son lo más parecido a un acto revolucionario que he realizado en mi vida. En esa época, Hilde y yo nos sentíamos razonablemente felices. No imaginábamos que nuestra graduación coincidiría con el inicio de una guerra desatada por la ambición política de las grandes potencias militares. Mis problemas de salud me libraron de la movilización. Seguimos los acontecimientos con el alma en vilo. Sabíamos que la victoria de Alemania sólo acarrearía más desgracias, pero no nos hacíamos ilusiones sobre la sociedad que surgiría en la postguerra, con un sector de la población horriblemente resentido por la supuesta “puñalada por la espalda” de judíos y comunistas contra los intereses de la nación. El fin de la guerra no significó el inicio de la paz. Cuando en noviembre de 1918 los espartaquistas intentaron imitar el éxito de los bolcheviques, escribí mis primeros artículos políticos en una revista de escasa tirada, apoyando la sublevación, pero sin hacerme ilusiones sobre un desenlace favorable. La clase obrera aún estaba lejos de esa conciencia política que alimenta la marea revolucionaria, garantizando al menos una ofensiva con posibilidades reales de derrotar a una oligarquía respaldada por el ejército y la policía. Después de una semana de huelga general revolucionaria, las escaramuzas se resolvieron a favor del gobierno. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron asesinados por los Freikorps. Atemorizados por las brutales represalias, Hilde y yo nos escondimos en una buhardilla. Cada vez que escuchábamos el crujido de las escaleras, nos estremecíamos, temiendo que los pasos llegaran hasta nuestra puerta y pulsaran el timbre. Circulaban relatos espeluznantes sobre la muerte de Rosa Luxemburgo. Antes de ocultarnos, un testigo presencial nos relató que había sido detenida en el Hotel Eden. “Algunos huéspedes la insultaron en el vestíbulo, mientras los Freikorps la obligaban a salir por la puerta de servicio. Su cojera acentuaba su indefensión, sin restarle un ápice de dignidad. Parecía enferma y exhausta, pero no asustada. Apenas pisó la calle, un hombre gigantesco le propinó dos culatazos en la cara. Rosa cayó al suelo sin conocimiento. Los paramilitares se rieron, mientras realizaban comentarios obscenos. Puede ver que sangraba por la nariz y la boca. Después, la izaron como un saco y la introdujeron en un coche, encajándola entre dos hombres en el asiento trasero. Arrancaron bruscamente y a los pocos segundos se escuchó un disparo. Se rumorea que arrojaron el cadáver al canal desde un puente. Ahora se lo estarán comiendo los peces y las ratas”. El sentimiento de impotencia me hizo fantasear con el suicidio una vez más, pero comprendí de inmediato que quitarse la vida en esas circunstancias constituía un inexcusable gesto de cobardía. No podía abandonar a Hilde, que se mostraba partidaria de esperar hasta el último momento. “Siempre tendremos tiempo de saltar por la ventana”, repetía con serenidad. Yo asentía, preguntándome si nuestros escasos reflejos nos permitirían escapar con un salto al vacío, mientras los Freikorps reventaban la puerta a patadas.

La situación ahora es diferente. Mi suicidio podría ser el pasaporte de mi mujer y de los amigos que nos han acompañado hasta aquí. Sé que yo soy el objetivo y el único judío del grupo. Gracias a mis dolencias cardíacas, dispongo de morfina. La muerte será rápida e indolora. Tal vez demasiado rápida. Me gustaría pensar que morir se parece a esos instantes que preceden al sueño, cuando la inminencia de perder la conciencia, sólo está asociada a un tranquilo bienestar. Mi mujer es fuerte y entenderá que esta vez no he obrado por desesperación, sino por responsabilidad. No sé qué sucederá con mi obra. ¿Sobrevivirá a mi desaparición física o se hundirá definitivamente en el olvido? Dejo media docena de libros inéditos y más de cincuenta ensayos breves. Cuando contemplo mi trabajo, las hojas amontonadas sobre una silla o una mesa (nunca he tenido un despacho) o guardadas en carpetas, con un título provisional y poco afortunado, admito con pesar que me he limitado a acumular fragmentos, ideas sueltas que apuntan hacia un centro imaginario. Cada vez que finalizo un texto, experimento la impresión de haber arrojado una piedra a un estanque, provocando una sucesión de ondas asimétricas que se dispersan sin rumbo fijo. “Dispersión”, ésa fue la sentencia. El tribunal que repudió mi tesis doctoral alegó que no se apreciaba unidad entre los capítulos y que faltaba una idea principal. “No entiendo qué pretende usted demostrar”, objetó el presidente del tribunal, arqueando las cejas. “Su trabajo es radicalmente subjetivo. Le falta distancia crítica para objetivar sus ideas. No se ha ajustado a las exigencias de una investigación científica. No hay notas a pie de página y cuando introduce una cita, no remite a la fuente. No menosprecio su esfuerzo, pero echo de menos el aparato crítico y la determinación de justificar una teoría, con datos y razonamientos objetivos. Lamento decirle que su tesis es inaceptable en la forma actual”. Me concedieron un año de prórroga para rehacerla, pero sólo necesité unas horas para descartar esa posibilidad. He de reconocer que experimenté cierta frustración. La inseguridad siempre acompaña al escritor. He roto muchos papeles. He desechado muchos textos y he rectificado, cuando he comprendido que me había equivocado. Sin embargo, esta vez había escrito algo definitivo y conseguir el grado de doctor no me parecía un argumento suficiente para renunciar a cuatro años de trabajo, con grandes vacilaciones y momentos de profundo abatimiento, donde meditaba sobre la conveniencia de hacer trizas mis especulaciones sobre arte, poesía y filosofía.

No reelaborar la tesis significó renunciar a mi carrera universitaria. Nunca sería profesor. Jamás impartiría clases en un aula. Nunca me enfrentaría a una pizarra ni a una clase con alumnos expectantes o desmotivados. No me preocupó demasiado. Presumía que no me adaptaría a la rutina académica. Mi tendencia a subvertir cualquier razonamiento, me impediría seguir un programa o, al menos, una línea de pensamiento. Dispersión. Tal vez el tribunal no se equivocaba. Tal vez sólo soy escritor de fragmentos agrupados arbitrariamente para adoptar el formato del libro y adquirir la condición de autor. Nunca tuve acceso a una editorial importante. Las ediciones de mis tres libros jamás superaron los trescientos ejemplares y sólo se vendió una tercera parte. El resto acumula polvo en librerías de segunda mano. Nunca se llegó escribir una nota de prensa sobre ellos. La notoriedad sólo llegó con mis artículos contra Hitler, pero la fama me obligó a salir de Alemania, convertido en un proscrito. Cuando llegué a París con Hilde, alquilé un pequeño apartamento, con el baño en la escalera y una estufa que apenas lograba calentar la única pieza de la vivienda. De vez en cuando, realizaba escapadas a un café situado a orillas del Sena y hablaba con otros exiliados, compartiendo una congoja creciente por los éxitos militares de Hitler. No nos hacíamos ilusiones sobre el porvenir. Cada país ocupado era un nuevo paso hacia un desastre previsible. La caída de los Países Bajos, Luxemburgo y Bélgica disipó las últimas ilusiones de una Francia heroica, derrotando (o al menos conteniendo) a la poderosa Wehrmacht. Cuando Francia se rindió el 22 de junio de 1940, todos los que –por un motivo u otro- pertenecíamos a la categoría de opositores o indeseables de cara al nuevo orden mundial, comenzamos a preparar las maletas.

Mi mujer y yo nos subimos a un tren atestado de refugiados, que se dirigían a la frontera española, con la intención de llegar hasta Lisboa y una vez allí embarcarse hacia América. No sin muchas dificultades, conseguimos en Marsella un visado del consulado norteamericano, autorizando nuestra entrada en los Estados Unidos. Pasamos una noche en una pensión barata y al día siguiente continuamos nuestra marcha. No sabíamos que tendríamos que realizar los últimos kilómetros a pie en una zona del Pirineo Oriental batida por la tramontana y con una geografía sumamente accidentada, que representa un desafío incluso para una persona joven y con buenas condiciones atléticas. Antes de abandonar territorio francés, pasamos una noche al raso. Debajo de una manta áspera y delgada, casi ninguno pudo conciliar el sueño. Cualquier ruido nos parecía sospechoso. Al amanecer, todos teníamos los huesos helados y unas profundas ojeras, que delataban nuestro agotamiento. Avanzamos entre pinos y viñedos por un sendero pedregoso, que maltrataba las piernas y la espalda. Mis pies y mis tobillos se hincharon. Noté una opresión en el pecho que me impedía respirar con normalidad. El brazo izquierdo empezó a hormiguear como si una colonia de abejas se agitara en su interior. Pensé que iba a sufrir un infarto y que moriría en ese inhóspito pasaje. No era el pasaje de los grandes bulevares comerciales, donde el paseante no puede sustraerse del tráfico frenético de los transeúntes, pero se experimentaba algo parecido. En ambos casos, se trataba de una huida sin tiempo para la contemplación o la reflexión. No era un simple camino de montaña, sino la ruta que hacía algo más de un año realizaron en sentido inverso los exiliados españoles. Sin embargo, las prisas impedían rastrear esa huella que se había grabado en la tierra, registrando el sufrimiento de tantos inocentes. La cicatriz abierta por las columnas de refugiados pasaba desapercibida, pues el cerebro únicamente reparaba en la distancia que aún nos separaba de un lugar seguro. Sólo algo más tarde descubrí que ese recorrido había sido bautizado con el nombre de “Boulevard des evadés”.

El trayecto se hizo particularmente penoso cuando llegamos a una cuesta llena de viñedos, que se alzaba como una pared casi vertical. El grupo estaba compuesto por once personas. Además de Hilde y yo, huían un médico y su esposa, dos obreros anarquistas, un joven linotipista, un maestro y su hija de trece años, una pianista y un químico. Todos –salvo la niña- habían manifestado opiniones contra Hitler, pero ninguno se había destacado tanto como yo. El médico y su esposa superan los sesenta años, pero han soportado las penalidades con mucho coraje. De hecho, nunca han retrasado la marcha. Sin embargo, la cuesta con viñedos desbordó su resistencia. Después de unos metros, renunciaron a seguir avanzando.
-Nos quedaremos aquí –dijo el médico-. No podemos poner en peligro al resto del grupo.
Avergonzado, bajé la cabeza, pues se habían realizado muchas paradas por mi culpa, sin que nadie protestara y sin que yo les invitara a continuar. El joven linotipista se acercó a la mujer y se ofreció a ayudarla.
-Si me lo permite, la cargaré sobre mis espaldas. No me costará nada.
El linotipista es un muchacho alto y robusto, con el pelo rojo y unas manos blancas, casi delicadas, que revelan una rutina de trabajo meticulosa y precisa. La mujer aceptó con una sonrisa de gratitud. Los obreros, dos jóvenes de complexión atlética, entendieron que el médico y yo también necesitábamos ayuda. Se situaron a nuestro lado, ofreciéndonos sus espaldas, pero los dos nos limitamos a agarrarles del brazo:
-Serán nuestro báculo –dijo el médico, con humor.
-Con un bastón de verdad, todo será más fácil –exclamó el linotipista, mientras buscaba un par de ramas gruesas y consistentes.
Gracias a las ramas y a la ayuda de nuestros compañeros más jóvenes, pudimos culminar la ascensión. Hilde no necesitó ayuda. Es una mujer menuda y enérgica, aficionada a pasear durante horas. A pesar de la edad, no ha acumulado un gramo de grasa. Mientras yo boqueaba como un pez a punto de asfixiarse, ella avanzaba con relativa facilidad, girando sus ojos hacia los míos, con evidente preocupación. No esperábamos que los funcionarios de aduanas frenaran en seco nuestra huida ni que dos hombres de la Gestapo nos vigilaran como dos halcones planeando sobre una bandada de palomas. Hilde se ha ausentado para buscar una farmacia y comprar unas tabletas de efedrina para aliviar mi asma. Mis pulmones han comenzado a silbar y ya he sufrido algunos espasmos. Soy un boxeador noqueado que sigue en pie gracias a las cuerdas, pero que al mínimo traspiés se derrumbará sobre la lona. El recepcionista nos ha explicado que la farmacia más cercana se encuentra en un pueblo situado a cinco kilómetros. Hilde no ha dudado un instante. Me ha pedido que me acostara y ha comenzado a hacer gestiones para conseguir un coche. Después de varias tentativas fallidas, ha decido realizar el camino a pie, acompañada por los obreros anarquistas y el linotipista, que cada vez se muestran más solícitos con los refugiados de más edad. Es probable que asumir la responsabilidad de cuidarnos, aligere su angustia y alimente su valor y su ira. Sentir rabia siempre es mejor que experimentar miedo. Somos corderos en el pasillo de un matadero, pero yo no voy a consentir que nos sacrifiquen a todos. Creo que mi muerte saciará el odio de nuestros perseguidores. Cobrarse la cabeza del judío con ideas marxistas, autor de libelos contra Hitler y sus conmilitones, aplacará su furia. No se sentirán burlados o defraudados. Podrán llamar a sus superiores y comunicarles que el objetivo principal ha caído. A veces, me sorprende su ensañamiento conmigo y me pregunto si he infravalorado el poder de las palabras. No soy Josef K., procesado y condenado por un delito que desconoce, pero su reacción desmesurada me hace pensar que en mi caso también intervienen fuerzas descomunales de dudosa racionalidad. No pretendo comprenderlo todo. Soy judío y los judíos siempre hemos creído en la necesidad de interpretar el mundo como un libro de infinitos significados. Un mundo transparente y sin secretos sería un mundo banal e inhabitable. El ser humano sólo es una llave que arroja un poco de luz antes de disiparse en la oscuridad.

No puedo entretenerme más. Me gustaría morir pensando que este es uno de esos momentos malogrados de la historia que algún día resucitarán, alumbrando una nueva era. El pasado no es pura arqueología, sino un vientre fértil esperando ser fecundado. La muerte de hoy será vida mañana. La derrota del presente se convertirá en triunfo. Quizás algún día mis manuscritos se liberarán de su sueño y empezarán a circular de mano en mano. Si me sobreviven, tendré la impresión de que mi alma continúa deambulando por la tierra. Mi obra no será un golem ni un ángel, sino una historia que se reescribe una y otra vez, renovándose y transfigurándose con cada lectura. En más de una ocasión, he creído que los manuscritos deberían conservar su dispersión, mostrando que el hombre es lo inacabado. La verdadera obra de arte siempre deja un hilo suelto. La perfección sólo pertenece a la técnica. Ni siquiera Dios es perfecto. Sólo hace falta leer las Escrituras para saber que Dios sufre, se aflige y, en ocasiones, llora de impotencia. No creo en un alma inmortal, pero me consolaría saber que mis escritos no desaparecerán como una sinagoga incendiada por unos bárbaros.

Ya tengo preparada la dosis de morfina. Estoy familiarizado con sus efectos. Se parecen a los del hachís. Bajo su influencia, la eternidad parece algo efímero y el tiempo una rueda atascada entre dos instantes. Sin embargo, hay ciertas diferencias. El hachís cuestiona las certezas más indubitables. El espacio se dilata y los enigmas se hacen transparentes como casas de cristal. La morfina se limita a proporcionarte bienestar y una breve ebriedad. Esta vez el bienestar se prolongará hasta la extinción definitiva de la conciencia. No podré decir: “En estos momentos, yo no soy yo, yo soy el hachís (o yo soy la morfina)”. En unos minutos, yo no seré yo. No seré nada. Eso es todo. No sé qué harán con mi cadáver. No me molesta la idea de ser incinerado. Si pudiera elegir, suplicaría que dispersaran mis cenizas entre los viñedos. Dispersión. Esa palabra no deja de inmiscuirse en mi pensamiento y en mi escritura. Podría ser mi epitafio, pero sé que mis restos no descansarán bajo una lápida, sino en un osario común. He hablado de fuego y de cenizas entre viñedos, sin ignorar que nunca seré humo. Ese es el destino reservado por el Reich a sus enemigos. En un pueblo del Alto Ampurdán sólo hay hornos de pan y la gasolina es un bien muy preciado en esta época de violencia y escasez. Pensar que Hilde y nuestros compañeros de huida podrán cruzar la frontera, me infunde valor. Esperaré la muerte tumbado en la cama, soñando que emprendo un viaje por un río oscuro y nocturno que desciende lentamente hasta las entrañas de la tierra.

El bullicioso vacío del presente se apaga gradualmente. Ya he comenzado a no ser.

Nota: No he pretendido recrear los últimos momentos de Walter Benjamin. Sólo he utilizado parcialmente su historia, introduciendo toda clase de licencias, pues a fin de cuentas la literatura se desliza por el filo de lo improbable y no está sujeta a ningún límite. 

RAFAEL NARBONA

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