NOTAS PARA UN FUTURO SUICIDA (CARTA AL HIJO)

padreehijo (1)

Para mi padre y mi hermano, reconciliados por la muerte

Te escribo desde la habitación de un sanatorio donde espero la muerte. Aquí se aprende a vivir y a morir. La angustia, la desesperación o el fatalismo resignado se apoderan de quienes saben que el final minimiza la aparente grandeza de las cosas humanas. Pienso, fríamente, si cuanto he luchado, esperado, sufrido, merecía la pena; si la vida es algo real, concreto, o si es una extraña ficción creada por nosotros mismos. Cualquier noche me llegará ese hálito helado que detiene el latido del corazón y paraliza los sentidos. Ya no volveré a escuchar el chirriar de la camilla al deslizarse por los largos pasillos con un enfermo grave camino del quirófano; ni los timbres, como chicharras, llamando a las enfermeras en la alta noche, ni el leve tañido de las campanas de la cercana iglesia, las risas de los niños del colegio de enfrente, o el trepidar de los automóviles, que dejan un eco dramático en el silencio de la madrugada; ni los lamentos desesperados de los enfermos. Tampoco sabré de sus alegrías y esperanzas. Conmigo habrá dejado de existir todo. En esta hora no cabe el disimulo ni valen los descargos. Uno es como es, como ha sido. Y no hay más.
Tu, hijo, fuiste para mí algo entrañable, algo en lo que puse mi fe atormentada. Cuando volvía a casa, pensaba esperanzado en tu sonrisa, en tu alegría pura e ingenua al recibirme, en tus palabras cariñosas y nobles. Hasta que un día, contra mis pronósticos, todo se vino abajo. Posiblemente dirás, y pensarás, convencido que yo tuve la culpa; que no supe tenderte mi mano, que no hice nada por comprenderte ni por llegar a un entendimiento contigo. Lo grave es que cada uno tiene sus razones en el drama humano. Todos nos equivocamos, porque es fácil errar en un mundo apasionado y vehemente; pero, te aseguro que siempre me llevó hacia ti mi amor desinteresado y mi preocupación al saber que, tarde o temprano, tendrías que enfrentarte con un mundo cruel. Siempre te vi y te consideré como un ser indefenso, necesitado de amparo. Impresión que, en el fondo, conservo aún. Hoy eres ya hombre e intuyo que en lo más oculto de ti mismo sigue habiendo un tesoro de sentimientos que te obstinas en ahogar, aparentando la mayor indiferencia.
Me has juzgado como un padre frío, egoísta, pero yo he intentado darte lo mejor de mí mismo. Ahora que se acerca mi final, no sirven de nada las justificaciones ni los arrepentimientos tardíos. Noto la proximidad de mi muerte y todo me resulta pequeño, insignificante, sin valor alguno; todo me parece risible hasta cierto punto; ridículo, superfluo. He conseguido las cosas que ambicionaba cuando ya no me importaban. Llego tarde a todas partes, incluso a mi propia muerte. Todo me parece triste; desoladoramente triste. Ya sólo me queda la nostalgia de ti, de lo que pudo haber sido una amistad profunda. No lo fue. Un muro alto de incomprensiones y silencios nos distanció y nos convirtió en dos extraños, pese a ser padre e hijo. Para otros hombres, el anuncio de un hijo supone por lo general una alegría esperanzadora. Para mí, no. Yo pensaba, y lo sigo pensando, que traer un hijo al mundo es como echar un cervatillo a la avidez de las fieras hambrientas. Nunca he podido eludir el peso de la responsabilidad de mis actos. Debo confesarte que hasta que tuviste unos meses no te sentí como hijo, como algo ligado a mí mismo, al latido de mi propia sangre. Después, empecé a sentir cada separación como algo doloroso. Cuando ya eras un hombre, te acompañé muchas veces a los aeropuertos y las estaciones de tren. Una vez me dijiste:
-No hemos tenido suerte. Siempre se ha interpuesto algo entre nosotros.
Después, me diste la mano y tus ojos de niño triste e inteligente hicieron un terrible esfuerzo para contener las lágrimas:
-Adiós.
-¿Por qué tanta solemnidad? –te pregunté-. Tus palabras parecen una despedida.
-Entre tú y yo lo parecen siempre.
Me marché con el corazón encogido. Desde el punto de vista afectivo he sido siempre harto vulnerable. No soy un hombre blando, pero me vence el sufrimiento ajeno. Y mi hijo Juan Luis nunca ha parecido feliz. Siempre le acompaña una sombra de infortunio. Nunca podré perdonarme mi incapacidad de apartar esa sombra y lograr que encarara la vida con fe y esperanza. Es sorprendente la pequeñez de la miseria humana. Las hormigas se afanan, como las personas, en un mundo minúsculo. Siempre que observo esa lucha infatigable por destruirse los unos a los otros, vuelvo a pensar en las ínfimas y feroces hormigas. Las he visto batallar cruelmente, y aún cortadas por la mitad, revolverse y atacar hasta sucumbir. No se inmutaba ninguna; las demás, ajenas al combate, indiferentes al drama de vivir o morir, seguían su camino, en interminables hileras, tenaces, tozudas, disciplinadas, egoístas, míseras. A veces he estado a punto de aplastar a centenares de ellas con la suela de mi zapato. En el fondo, sentía asco, decepción; porque el instinto de aniquilar a los demás y continuar hacia delante, es un impulso humano, fieramente humano. Desde París me escribiste una carta donde afirmabas que yo no significaba nada para ti: “Piensa que he muerto. París es una ciudad con millones de muertos. Yo estoy muerto. Muerto para ti. Nunca hemos profundizado nuestra relación, nunca hemos sabido el uno del otro. Por eso no nos amamos. Dudo que llegue a ser feliz. A veces estoy tan desesperado que me gustaría volver al vientre materno. Desnacer. A veces te odio por haberme traído al mundo. Me has abierto una puerta que no deseaba cruzar”.
La inadaptación al mundo te impidió avanzar, hacer algo de provecho y no me refiero al trabajo o al éxito. Hablo de tus metas personales, de tus deseos. Empezabas a escribir y nunca estabas satisfecho. Siempre rompías las páginas que se habían fraguado en una noche de insomnio. Hiciste lo mismo con tus dibujos y con tus fotografías, pese a las palabras de aprecio de un fotógrafo consagrado que alabó tu ambición y destreza. La insatisfacción te anulaba. Yo te comprendía porque me había sucedido lo mismo, pero al menos yo indulté unas cuantas páginas y publiqué algunos libros. Tu malestar era una mezcla de indiferencia y hastío; como una subestimación de la vida y del esfuerzo humano ante un empeño que, si se analiza, pocas veces merece la pena.
No podía culparte ni exigirte demasiado. En ti se repetía idéntica inadaptación al medio que a mí me descentró y que sufrí frente a una incomprensión cerrada, hostil. A tus años fui igual: rebelde, descontento, introvertido, desdeñoso. No podía, por tanto, censurarte; sólo me cabía esperar. Pero ¿esperar a qué? Tú habías tirado la toalla y no mostrabas interés por nada. Parecía que deseabas cerrar esa puerta que tanto odiabas, la puerta que yo te abrí sin pretenderlo. Heredé la rebeldía de mi padre, que perdió sus privilegios por mantenerse fiel a sus principios. Ya sabes que era magistrado, un juez que pidió la abolición de la pena de muerte, cuando nadie cuestionaba su aplicación. Se reía cuando yo no estudiaba y pasaba las horas leyendo a Baroja, Valle-Inclán y Dostoievski. Miraba los libros de texto y comentaba: “Esto es la tumba del saber. Aquí sólo hay mentiras o medias verdades. Sigue así, aunque no apruebes ninguna asignatura”. Tu abuelo murió orgulloso de haberse negado a firmar las sentencias de muerte exigidas por los militares alzados contra la República. Le costó el cargo y casi la vida. Pasó sus últimos años en la miseria, consolándose con los libros de Baroja, Valle-Inclán y Dostoievski. Tu abuelo es el primer eslabón de la cadena. Yo nunca he podido renunciar a mi rebeldía, a mi amor por la libertad y a mi preferencia por los humildes. Desde Londres, me escribiste: “Pertenezco a esa familia trashumante y universal que puebla el mundo: los indiferentes. Sigo creyendo que me hallo al margen de todo. No sé realmente dónde empieza y dónde acaba mi duda. Todavía estoy buscándome”. Yo escribí a tu edad algo parecido. Lo peor es que volvería a escribirlo. Me he pasado la vida intentando encontrarme a mí mismo; intentando encontrarme en los demás. La vida es una búsqueda incesante de los unos y de los otros. Ha sido en vano; un empeño inútil. Siempre he acabado volviendo a la soledad, que es el estado natural del hombre. A veces, esa soledad nos fortalece; las más, nos disuelve, tal vez porque en ella revivimos el pasado, añorándolo con excesiva nostalgia. No importa que haya sido amargo, porque lo que añoramos es la vida que se nos va de las manos. La vida está llena de recuerdos, de evocaciones, más tristes que alegres, de cosas, frustradas o no, que se fueron malogrando, quedando atrás y dejándonos un cerco de angustia. Lo grave es cuando se tiene pena y no se sabe de qué; cuando esa pena, en el fondo, es la pesadumbre de muchas cosas juntas: de nuestros fracasos, de lo que hemos soñado, de lo que hemos creído o esperado en vano.
Yo he sido y soy un hombre con una niebla dentro de mí mismo. Una niebla que al pasar de los años se ha hecho más espesa, más densa aún. A veces, un rayo de sol levantaba esa bruma; pero, al final, volvía a alzarse la niebla. En ella y entre ella he vivido. Ahora mismo vuelvo la vista atrás y todo lo que a ti se refiere –mis sobresaltos, mi ansiedad, mi ternura- lo contempló a través de una nebulosa, sin esa claridad que nos lleva a comprender lo que no entendemos: tu actitud, tu despego, tu menosprecio. No me ofendieron nunca; sí me dolieron siempre. Creí haber obrado bien contigo. Tal vez me equivoqué, porque los seres humanos tenemos un concepto inexacto de nosotros mismos. Intenté ser un buen padre, pero son los hechos lo que cuenta, no los propósitos. Una vez me dijiste que no querías llevar mi nombre, que apenas pudieras te desprenderías de mi apellido. Desde Londres, me enviaste muchas cartas: “Aquí piensan que soy inglés. Mis ojos claros, mi estatura y el inglés aprendido en el Colegio Británico promueven la confusión. A veces me callo y no digo nada, pero si digo que soy español, las chicas me prestan más atención. Las que hacen una carrera universitaria, me preguntan si soy un exiliado político. Yo miento y digo que sí. Eso despierta su interés. He llegado a decir que he pasado una temporada en Carabanchel, acusado de militar en el Partido Comunista. Ese relato conmueve a unas chicas que duermen con el retrato del Che sobre el cabecero de la cama. Me he acostado con muchas mujeres y eso no me ha hecho feliz. Ha sido algo triste, sin ternura. Cada vez que te hundes en el cuerpo de una mujer a la que apenas conoces, sientes que te aproximas a algo que nunca llega. Es como perseguir una sombra. Siempre se te escapa de las manos. Te confieso que se me está muriendo la fe en el hombre; no puedo creer en nada, estoy lleno de dudas, me encuentro aislado entre intelectuales, artistas y cocineros. Ya sabes que lavo platos para subsistir. A veces, me parece lo único digno de mi vida. Me han comentado que en ocasiones se dirigen a mí y no contesto. No es por descortesía, sino porque mi cabeza no descansa, pensando en qué me espera. A veces, deambulo al azar, sin recordar por qué empecé el paseo. Estoy perdiendo la memoria a corto plazo y sólo tengo 24 años. Mi camino es un camino lleno de dudas, donde avanzas un poco para retroceder siempre; y siempre solo. En estos momentos, me interesa más la muerte que la vida. Al menos por ahora pienso así”.
Finalizabas la carta, acusándome de ser egocéntrico, egoísta, frío, narcisista y autocomplaciente: “Nunca te ha interesado saber qué hay dentro de mí. Mi sufrimiento nunca te ha inquietado. A veces, me ridiculizas, alegando que juego a ser el protagonista de una novela. No puedo evitar sentir odio, rabia, frustración. Renuncio a que me comprendas. Ya no espero nada de ti”. La necesidad de justificarme protesta contra esas acusaciones. Pienso que son injustas e inmerecidas. Me enfado y me pregunto cómo has podido creer esas cosas. Yo no soy así. O eso creo. Tal vez soy así y no lo advierto. Me cuesta trabajo creerlo, aunque no es imposible.
En otra carta, me decías: “El recuerdo que conservo de ti es el de un asceta encerrado en su celda, ajeno al sufrimiento de los que te rodeábamos. Te encerrabas en tu despacho a trabajar, lejano siempre, siempre pensativo. Parecía que eso era lo único importante. Yo me sentía insignificante, un estorbo en tu rutina. Lo triste es saber que a pesar de todo nada vuelve, que el mismo presente está hecho de olvido, que tú y yo moriremos trágicamente enfrentados, absurdamente enfrentados. Hay en ti una cosa que no acepto: la falta total de claridad”. Ciertas observaciones, ajenas a uno, nos dejan perplejos. O me conozco mal y mi hermetismo me hace parecer otro, según deduzco de tus palabras, o soy realmente como me pintas, cosa que me desconcierta. Siempre he intentado obrar con transparencia. Siempre he rehuido la ambigüedad, la hipocresía, las medias tintas. Siempre he detestado la falsedad, el equívoco, el miedo al compromiso, pero tú me ves de otra manera. Una duda me asalta: ¿es que con los seres que amamos somos distintos?
Hace años que no te veo. Sé que estás bien porque Inek, tu primera mujer, se ha acercado al hospital y me habla de tu vida: relaciones rotas, cambios de humor, inestabilidad, un pesimismo cada vez más negro. Sé que viajas constantemente por razones de trabajo. Sé que disfrutas de una buena posición económica. Nunca entendí por qué rompiste con Inek, esa holandesa tan dulce, que no pudo soportar tu negativa a tener hijos. Inek es muy hermosa. Siempre me llamó la atención su melena pelirroja y sus ojos verdes, temblando como un niño aterido, preguntándose por qué la adversidad se propaga con más facilidad que la dicha. Creo que sigue preguntándoselo, pero no me comenta nada, pues sabe que el tiempo se me acaba y no quiere apenarme más. Cuando se marcha, tengo la sensación de hallarme en una isla. Una isla en medio de una ciudad populosa que ignora, o que no quiere saber, que entre las paredes blancas de los sanatorios hay seres desgraciados que sufren y mueren cada día. Aquí se juega cada noche el drama de la desesperación humana: pústulas repugnantes, estados febriles, donde una deposición fecal es el factor decisivo de la existencia, o la expulsión de gases, la máxima felicidad ansiada. Aquí todo se minimiza de modo irritante y el estiércol es una especie de rosa milagrosa entre las manos de las monjas.
Me hubiera gustado darte un fuerte abrazo antes de partir. Ya no queda tiempo: crece la angustia y mengua la esperanza. Sé que cuando las luces del alba empiecen a levantar las nieblas del nuevo día, mis ojos se habrán cerrado para siempre, y el mundo desconocido que ante mí se abre, acaso no sea nada tampoco. No sé qué puedo legarte, salvo un afecto que nunca creíste sincero. Espero que el tiempo te ayude a perdonar mis errores y que la experiencia de ser padre te ayude a disculpar mis torpezas, mi incapacidad de ayudarte a ser feliz y a habitar este mundo con esperanza, sin experimentar la sensación de que vivir es una condena, donde las cuatro paredes de tu encierro viajan contigo. La felicidad es posible. Debe ser posible. Y espero que tú la encuentres. Tal vez entonces puedas perdonarme y recordarme con indulgencia. Cuando yo muera, nada se detendrá. La rutina que me rodea proseguirá su marcha: las risas de los niños, el aletear de una campana, el chirrido de los coches, al tomar la curva de la calle, la alegría de unos, la esperanza de otros; el relevo de los enfermos, el día, la luz, la vida. El enigma siempre, frente al misterio de la muerte.

P. S. Carta al hijo apareció en 1970. Es la última novela de mi padre. Recrea su relación con mi hermano Juan Luis. He rescatado algunos fragmentos y he añadido algunos párrafos, que reflejan mi perspectiva de los hechos, permitiéndome alguna licencia. Mi padre murió de un infarto de miocardio el 2 de junio de 1972. Tenía 60 años. Mi hermano Juan Luis se suicidó el 2 de junio de 1982. Tenía 40 años. Dejó una hija de dos años que apenas llegó a conocer. A veces, la vida se muestra compasiva. Al menos, eximió a mi padre del terrible golpe de perder a un hijo en circunstancias particularmente dramáticas. El 2 de junio de 1982 reprodujo el 2 de junio de 1972 con una misteriosa exactitud. El sol le puso a Madrid una corona de espinas y, por la noche, la ciudad aún jadeaba con síntomas de asfixia. En esos diez años, no logré dormir ni una sola hora. Mis ojos se mantenían abiertos, preguntándome si lo que había pasado era cierto. El 2 de junio debería desaparecer de los calendarios. Para mí, es la página más triste, la que arranco todos los años, pensando que encierra un maleficio.

 

RAFAEL NARBONA

También traducido en catalán y en francés:

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