CUENTO DE NAVIDAD

CHAPLIN 3

Cerca de mi casa hay un rastrillo que vende muebles nuevos y de segunda mano. Es un almacén de tres alturas con forma de cubo. Pintado de amarillo y azul, se levanta a las afueras de un pueblo de la zona este de la Comunidad de Madrid. Se accede al recinto después de superar una glorieta, donde los coches circulan a un ritmo desigual. La glorieta es un lugar de paso. Casi nadie vacila, pero algunos describen vueltas aparentemente desorientados, incapaces de tomar ninguna salida. En esas ocasiones, la glorieta parece un tiovivo que esboza una metáfora sobre la vida. La mayoría de los vehículos avanzan con un destino, pero algunos se limitan a observar la vida de los otros, preguntándose cómo es posible albergar certezas, incluso las más pueriles. Durante mis crisis depresivas, solía conducir de noche, fantaseando con las existencias ajenas. Si me cruzaba con un coche a las tres de la madrugada, pensaba que la infelicidad no era una experiencia insólita, sino la rutina de muchos hombres y mujeres, obligados a circular de noche por la ansiedad, la tristeza o el insomnio. Adentrase en la oscuridad de un camino desconocido es sumamente tentador para el que huye de sí mismo. Las carreteras nunca se acaban y la penumbra parece a un mar silencioso, ofreciendo la paz de sus aguas a los que desearían dormir y no despertar.
Algunas noches, después de recorrer varios kilómetros al azar, me acercaba a la glorieta y dibujaba círculos, contemplando el edificio pintado de amarillo y azul. No sabía qué me empujaba hasta allí, pero mientras giraba el volante, sentía que recuperaba mi fe infantil, esa confianza en Dios que raramente sobrevive a nuestros primeros destellos de racionalidad o a nuestras primeras decepciones. Sabía que el edificio pertenecía a una organización de carácter humanitario, comprometida en la lucha contra la pobreza, la marginación y la drogodependencia. No ignoraba que se movía en la órbita de la fe evangélica y me preguntaba si su labor era transparente, honesta y libre de proselitismo. Cuando la mente enferma, suele buscar alivio en la religión. Dios es una llama que infunde esperanza. Tal vez sólo sea un espejismo, pero casi todos experimentamos en algún momento la tentación religiosa. Las vivencias particularmente traumáticas nos acercan a Dios. A veces para abrazar su misterio y proporcionar al espíritu un horizonte que trasciende la muerte, la soledad y el miedo. Otras, en cambio, para afianzarnos en nuestra desesperación, pues Dios nunca responde a nuestras plegarias. Quizás porque sólo es el hijo de nuestra impotencia o tal vez porque habla con incomprensibles silencios.

CHAPLIN 7

Hace unas semanas, me acerqué al edificio pintado de azul y amarillo. Ya no sufría el acoso de la depresión ni anhelaba morir. Ya no me arrojaba de noche a las carreteras, sin otro impulso que apretar el acelerador, flirteando con el peligro y la muerte. Esta vez, sorteé la glorieta sin titubeos y entré en el recinto, aparcando ante la puerta. Paseé por la planta baja, examinando los muebles de segunda mano. Había mesas, sillas, espejos, cabeceros de cama, estanterías, lámparas, sillones. Me pregunté si los muebles de mi casa acabarían en un lugar parecido, pues no tengo hijos ni sobrinos. Mi familia se extingue como una dinastía maldita o como una tribu confinada en una reserva, sin apenas agua ni tierras fértiles. Vi una estantería llena de libros viejos, que esperaban una mano compasiva, dispuesta a rescatarlos del polvo o incluso de compañías no deseadas. Un libro de Manuel Sacristán, filósofo español marxista, soportaba la cercanía de un ensayo de Manuel Fraga, ministro franquista y notable energúmeno. No deseo nada parecido para mis libros, si bien es cierto que poseo ejemplares de escritores abominables, como Agustín de Foxá, Rafael García Serrano o Camilo José Cela. En casi todas las bibliotecas hay monstruos, que se conservan por una curiosidad malsana o por la necesidad de descifrar las causas de la malicia y la crueldad. Imagino que mis libros se dispersarán como una partida de guerrilleros sin armas ni provisiones, incapaz de continuar luchando contra un enemigo infinitamente superior. En este caso, el enemigo es la desgracia de envejecer sin haber engendrado nuevas vidas. Nunca me atreví ser padre. Desde muy joven, pensé que carecía del optimismo necesario. La existencia me parecía un esfuerzo baldío y presumía que mis hijos heredarían mis tendencias autodestructivas. Ser el último de una familia diezmada por la depresión y los suicidios me parecía lo más sensato, casi un gesto ético y necesario.
Por fin, subí a la segunda planta y atravesé varias salas con dormitorios, aparadores, lámparas, espejos, armarios, mesas y sillas de todos los estilos. Buscaba un baúl. Si me impulsaba otro motivo, no era consciente, pero cualquier búsqueda suele exceder las expectativas iniciales. No es insólito que aparezca lo inesperado o incluso lo impensable. Es decir, lo que se piensa (o se vive) y nos deja perplejos, sin hallar una respuesta racional. En mi caso, lo impensable se llama Pablo. Pablo se acercó a mí para ofrecerme su ayuda, pero un simple intercambio comercial no tardó en convertirse en un charla de algo más de dos horas. Era sábado por la tarde, llovía y el establecimiento se hallaba semivacío. No creo que esas circunstancias expliquen una conversación tan prolongada. Intuyo que los dos advertimos las heridas ajenas y como dos animales malheridos nos lamimos mutuamente las llagas, buscando algo de consuelo. Sólo han pasado dos o tres semanas y nuestro encuentro permanece fresco en mi memoria. Pablo es griego, pero lleva dos años en España. A los dieciséis años, jugaba de base en un equipo juvenil de baloncesto y soñaba con ser profesional. Al parecer, su sueño no era una simple ilusión adolescente, sino un futuro probable, pues manejaba bien el balón, poseía buena visión de juego, era un buen anotador y repartía asistencias con eficacia, logrando unos buenos porcentajes por partido. No tardamos en emocionarnos, hablando de nuestros jugadores favoritos. Nos separan veinte años, pero figuras como Michael Jordan, Scottie Pippen o Magic Johnson trascienden las diferencias generacionales. Yo no soy aficionado al deporte, pero siempre me ha fascinado el baloncesto. Lo he jugado con escaso éxito, limitado por mi pequeña estatura y todavía me relajo con las proezas de Jordan y Scottie Pippen, desafiando a la gravedad o encestando desde una distancia inverosímil. Hace años no era posible, pero Youtube ha puesto al alcance de la mano el pasado reciente, a veces en alta definición. Pablo y yo hablamos de la época dorada de la NBA y de los encarnizados duelos entre los Chicago Bulls y sus rivales en los play-off, disputándose el codiciado anillo.
-Yo era bueno, pero todo se acabó cuando detectaron drogas en mi orina –se lamentó Pablo-. Conocí a una chica muy guapa y empezamos a fumar porros como locos. Cuando reuníamos algo de dinero, nos metíamos una raya de cocaína. Podría culparla a ella, pero fue cosa de los dos. Nos gustaba colocarnos y hacer el amor. La relación se fue a la mierda cuando me echaron del equipo.
-¿Qué pasó después?
-Seguí con los porros y la cocaína. Después, me enganché a la heroína. Engañé a mis amigos, robé a mis padres, cometí pequeños hurtos. Acabé viviendo en la calle. Dormía en los portales, cubriéndome con periódicos. Tenía las manos negras, la ropa sucia y la piel deshidratada. Parecía un leproso. Al final, no podía soportar tanto sufrimiento y decidí suicidarme. Busqué un edificio vacío y me metí una dosis brutal. Desperté en urgencias.
-Menos mal.
-No experimenté alivio. Al revés, me cabreé mucho. No quería vivir. Me dijeron que un hombre me había salvado, acercándome al hospital con su coche. No sentí gratitud, sino rabia. Pensé que nadie tenía derecho a inmiscuirse en mis decisiones. Dos semanas más tarde, volví a intentarlo. Y sucedió lo mismo. Sobreviví gracias al mismo hombre. No podía creerlo. Me había metido mierda para matar a un elefante y parecía imposible que la misma persona hubiera intervenido por azar. Sin embargo, no cambié de opinión. Enfurecido, lo intenté por tercera vez. Es cierto que pude buscar otro lugar, pero volví al mismo sitio. Me inyecté toda la mierda que pudieron soportar mis venas y perdí el conocimiento. Tal vez no lo creas, pero se repitió el milagro.
-Desde luego parece un milagro.
-No hablo en sentido figurado –comentó Pablo, con una sonrisa-. Fue un milagro. Nadie puede aguantar las dosis que yo me metí. Y es imposible que un desconocido aparezca tres veces en el mismo lugar para evitar la muerte de un yonqui harto de vivir.
-No encuentro una explicación racional, pero a veces pasan cosas muy extrañas.
-Fue un ángel –insistió Pablo, suavemente-. Ahora lo sé. Dios me ayudó a seguir adelante, enviándome un ángel. Algunos no lo creerán, pero yo lo siento así. ¿No es más irracional atribuirlo todo al azar?

CHAPLIN 9

Asentí, pensando que sólo un imbécil se pondría a discutir su interpretación de una vivencia tan traumática. Pablo habla el español con fluidez y muy poco acento. Su idilio con la heroína acabó hace más de dos años y parece feliz. Menciona constantemente su relación personal con Jesús y no desperdicia la ocasión de citar algún fragmento del Evangelio. No actúa como un fanático, sino como alguien que ha contemplado de cerca el rostro de la muerte y ha logrado escapar por los pelos. Los ojos de Pablo rebosan vida y entusiasmo. Es simpático, cercano. Tiene don de gentes y cuesta trabajo imaginarlo en la calle, pinchándose en un descampado o en un edificio deshabitado. Le sorprenden mis conocimientos bíblicos, pero le explico que soy profesor de filosofía y he estudiado dos años de teología.
-Además –continúo-, hice el bachillerato en los jesuitas. Durante años, escuché una misa diaria, con sus homilías.
-Lo importante es no olvidar esas enseñanzas.
-No recuerdo con simpatía ni afecto a los curas. Eran violentos e intolerantes. Nos pegaban por cualquier pretexto.
-Lo importante es Jesús –afirma Pablo-. Nos dijo: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Yo antes era un esclavo de la heroína. Ahora vivo con dignidad y libertad.
Pablo me acompañó hasta la puerta, después de comprarle un baúl. No le confesé que era para mis cuentos infantiles. Acabo de desmontar la vivienda de mi madre, que ahora vive con nosotros, pues roza los 90 años y, aunque conserva la lucidez, ha perdido su autonomía. No he sido capaz de tirar casi nada. Mi casa se ha convertido en un gigantesco baúl de recuerdos, donde los objetos invaden poco a poco todo el espacio disponible. Sé que ese equipaje no podrá acompañarme al otro lado, pero me gustaría que alguien evitara su dispersión. A fin de cuentas, refleja una vida, una historia, una manera de pasar por el mundo.
Al salir al exterior, había anochecido y llovía. Tenía que atravesar la glorieta para volver a casa. Saqué el intermitente y me incorporé a la rotonda. Sólo necesitaba recorrer unos metros para salir por el primer desvío, pero algo me hizo girar el volante y comenzar a describir círculos. Pensé en San Manuel Bueno, mártir, la famosa novela de Unamuno que relata el drama interior de un sacerdote católico incapaz de creer en Dios. La pérdida de su fe es una tragedia íntima, secreta, que sólo comparte con Lázaro, un hombre culto, escéptico y anticlerical. Lázaro acabará convirtiéndose al catolicismo de forma pública y notoria. Sigue sin creer en Dios, pero el sacerdote le ha convencido de participar en un engaño que proporciona consuelo, esperanza y paz interior. Muchos hombres y mujeres no podrían vivir sin la expectativa de un mañana, donde la justicia y la fraternidad se materializan como la realidad última y definitiva. ¿Por qué negar cualquier forma de trascendencia, cuando la mecánica cuántica ha destruido las certezas de la física newtoniana? Recordé una frase de Schrödinger: “la ciencia guarda un espantoso silencio sobre todo lo que realmente está cerca de nuestro corazón, sobre todo lo que realmente nos importa”. Algunos teólogos niegan la omnipotencia de Dios y le atribuyen una naturaleza falible y dubitativa. ¿Es posible un Dios impotente que se debatió entre el ser y la nada, cuando se enfrentó a la posibilidad de la creación? ¿Acaso el dolor es inevitable en una trama compleja que desborda nuestra comprensión? Mis especulaciones no me llevaron a ninguna parte. Harto de dar vueltas, enfilé el camino hacia casa y me detuve en una gasolinera. En los surtidores había un hombre de mi edad, echando combustible a una furgoneta. Un perro negro, con aspecto de labrador, asomaba ligeramente la cabeza por la rendija de una ventanilla:
-Tiene miedo de que lo abandone –exclamó el hombre-. Lo recogí hace seis meses. Deambulaba por una autovía, cojeando y con cara de terror. Lo habían abandonado y algún coche le golpeó en la cadera, probablemente al esquivarlo. Le curé como pude y ahora es un buen amigo que no se separa de mi lado. Es lo único que me queda. Se llama Max. A los dos la vida nos ha pateado a conciencia.

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Observé al hombre y descubrí su situación de precariedad. Llevaba un anorak viejo, con manchas y costurones. Tenía las manos ennegrecidas y la cara llena de escamas. La furgoneta no mostraba mejor aspecto, con un lateral hundido y un faro roto. Advirtió que le examinaba y sonrió, ligeramente avergonzado:
-Lo he perdido todo. La maldita crisis me ha dejado sin nada. Y si no pago el seguro de la furgoneta, ya no podré circular con ella. Max y yo tendremos que buscar un polígono industrial abandonado y pudrirnos poco a poco. Tal vez lo más sensato sería conectar una manguera al tubo de escape, arrancar el motor y soltar amarras.
El perro ladró y meneó la cola. En sus ojos flotaba una alegría inconsciente. Su tristeza se había disipado al sentir afecto y era incapaz de sospechar que las penalidades aún no habían finalizado.
-¡Pobrecito! No se entera de nada. Algunos días sólo comemos patatas fritas o un bocadillo frío. Ningún albergue aceptaría su presencia y yo no estoy dispuesto a desprenderme de él.

Le di veinte euros para aliviar mi conciencia y me alejé, pisando el acelerador. No me atreví a mirar por el espejo retrovisor, pues temí que apareciera mi propia imagen. Ese hombre podría ser yo. Si hubieran fallado unas cuantas cosas, podría vivir en la calle, sin otra compañía que un perro abandonado por cualquier canalla. Si hubiera seguido el rastro de algunos amigos, podría ser Pablo, pero tal vez no habría aparecido ningún ángel y sólo sería una herida infinita en el corazón de mi madre. Bajé del coche y abrí la puerta de mi casa. Acudieron mis perros a saludarme. Casi todos proceden de situaciones de maltrato o abandono. Al igual que Max, Martuka avanzaba por una carretera, sin otra expectativa que morir bajo las ruedas de un coche. Pensé en la glorieta una vez más. Tuve la sensación de que ese lugar poseía un poderoso campo gravitatorio, donde mi mente giraba sin cesar. No tengo respuestas, sólo preguntas y ni siquiera soy capaz de formularlas con claridad. Todo sugiere que las cosas suceden por una combinación de azar y necesidad. Dios parece una hipótesis innecesaria. Sin embargo, me gustaría pensar que un ángel vela por nosotros, soplando dulcemente sobre nuestras mejillas, cuando la soledad, la pobreza o el desánimo nos hacen vagabundear de noche por las carreteras, anhelando desaparecer en la oscuridad.

CHAPLIN 5

RAFAEL NARBONA

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