LA SOLEDAD

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Hace unos días, paseé por la Gran Vía de Madrid. Nunca he sentido aprecio por la ciudad donde ha transcurrido la mayor parte de mi vida. Me mudé a las afueras hace diez años y no echo de menos sus calles ni sus plazas. Sólo me inspiran cierta nostalgia los parques, verdaderas islas que esbozan el espejismo de una existencia tranquila y solitaria. Siempre he parecido una persona extrovertida y comunicativa, pero nunca he ignorado que esa forma de ser sólo era una máscara concebida para disimular mi inseguridad, una estrepitosa huida hacia adelante que algunos confundían con aplomo, ambición o engreimiento. No advierto ninguno de esos rasgos en mi carácter. La verdad es que el contacto con los demás me hace daño. Por eso, he escogido vivir relativamente aislado, reduciendo cada vez más mi círculo de amistades. Sería absurdo atribuir esta decisión a la arrogancia. No contemplo a mis semejantes con desprecio, pero me han lastimado muchas veces y no quiero exponerme a nuevas desilusiones. Mis emociones son como una copa de cristal. Pueden romperse con facilidad y clavarse en la carne, provocando heridas profundas. Si el dolor psíquico dejara huellas en la piel, yo tendría la apariencia de un lienzo ferozmente apuñalado.
No me importa que mis días se copien unos a otros, intentando reproducir la misma rutina. Esa semejanza se parece a la eternidad, donde nada acontece y no hay pérdidas ni desengaños. Pocas cosas suceden en mi vida: los árboles del jardín pierden sus hojas en otoño y florecen en primavera; el cielo se aclara o se oscurece, anunciando el cambio de estación; los campos de trigo transitan del verde al amarillo y se tiñen de ocre cuando el hombre remueve sus entrañas; los cernícalos acechan a las palomas y a veces acaban con su vidas, ensangrentando el firmamento; los perros aúllan al oír las campanas de la iglesia, con un miedo atávico, ancestral; de vez en cuando se escuchan las esquilas de los rebaños o el lejano rumor de un riachuelo y cada mañana el espejo me recuerda que envejezco, con nuevas canas y nuevas manchas en la piel. Cuando paseo, rehúyo las zonas más frecuentadas. Hay un camino de asfalto pintado de rojo, con farolas y pinos a los lados. Desemboca en un estanque con patos y cisnes. Es el recorrido preferido de las familias con niños y de los que se acercan por primera vez al pueblo. Es un trayecto corto y bullicioso, donde los extraños intercambian saludos, prescindiendo de la reserva de las grandes ciudades. Sólo realizo ese recorrido los días de diario, preferiblemente por las mañanas, cuando es bastante improbable cruzarse con otro paseante. Al llegar al estanque, observo a los patos y los cisnes. A veces, nadan tranquilamente o abandonan el agua, esperando que les arroje algo de comida. En otras ocasiones, se pelean, pero sus riñas suelen ser breves e incruentas. En cierta medida, se parecen al ser humano, aunque en nuestra especie las reyertas pueden convertirse en guerras de exterminio. Los mecanismos naturales para inhibir la violencia han desaparecido, desplazados por las patologías de nuestra cultura, que incita a la destrucción del otro, del diferente, del que se opone a nuestros deseos o, simplemente, invade nuestro espacio.
La mayoría de las veces sigo los caminos rurales, casi siempre desiertos. La estepa castellana escatima la sombra y el frescor, pero a cambio prodiga horizontes interminables, que evocan la inmensidad del mar. De hecho, el movimiento de su manto de trigo o cebada se parece a un océano tranquilo, con olas de escasa envergadura y un sonido adormecedor. Su enorme vacío no me hace sentir insignificante, sino afortunado. No experimento la sensación de ser un punto minúsculo en una vastedad inabarcable. La naturaleza me parece infinitamente más acogedora que el ser humano. No está hecha a la medida del hombre, pues el hombre no es la medida del universo y su papel no es acomodar las cosas a su tamaño, sino ser el testigo de una grandeza que desborda su capacidad de comprensión. La naturaleza es un misterio inescrutable. La razón sólo logra agitar su superficie, lanzando palabras que dibujan ondas efímeras. Cuando hace unas semanas paseaba por Madrid, no experimentaba nada parecido. Las calles del centro sólo me producían tristeza y desolación. Las prostitutas y los mendigos revelaban la profunda insolidaridad de una sociedad que incumple la obligación de tender la mano al infortunado. Algunos mendigos eran drogodependientes; otros parecían alcohólicos, enfermos mentales o simples trabajadores en paro, que habían agotado sus subsidios y habían extendido un cartón en el suelo, sin otra compañía que un perro o un gato que dormitaban entre sus brazos. Sus miradas reflejaban derrota, abandono, desesperanza. Sus manos negras y sus mejillas deshidratadas eran el pecado de todos, pero casi nadie les prestaba atención, presuponiendo que su desgracia era tan inevitable como una riada o un incendio. Sólo lograba despertar la compasión de los transeúntes una señora mayor, de unos setenta años, bien vestida y con la mano tímidamente extendida. Tal vez porque su aspecto aún no se había deteriorado y muchos la percibían como algo cercano, casi una advertencia sobre lo que podría sucederle a cualquiera. Algunos se detenían y le daban unas monedas. Otros desviaban la mirada, con el espanto del que se observa en un espejo y descubre una horrible deformidad.
¿Es posible amar la soledad y albergar sentimientos de fraternidad? Creo que sí. Yo, por lo menos, no he perdido la capacidad de afligirme e indignarme con la desdicha ajena, pero evito el contacto humano, pues casi siempre me produce dolor, desasosiego o frustración. He conocido el amor de la pareja, los amigos y la familia, pero ya no me queda casi nada. Mi entorno se reduce a una sola persona que me quiere y respeta mi necesidad de vivir al margen de muchas cosas. No me agobia, acepta mis rarezas, excusa mis defectos y se muestra indulgente con mis contradicciones. Nuestra convivencia podría llamarse soledad compartida. Durante mi breve incursión en Madrid, hice un pequeño viaje en metro. Mientras bajaba las escaleras mecánicas, me crucé con un joven de aspecto universitario, que subía en dirección opuesta. Delgado, con el rostro aniñado y uno ojos azules apesadumbrados e insomnes, tardé en reconocer que era yo treinta años atrás, pensando en el futuro, con una mezcla de miedo y esperanza. No sabía qué me reservaba la vida, pero intuía que el dolor me acompañaría hasta el final. Intenté llamar su atención, agitando la mano, pero el joven desapareció escaleras arriba, confundiéndose con otros viajeros. Ahora me alegro de que no reparara en mi presencia. No habría logrado ahorrarle ningún fracaso o sinsabor. Su viaje hacia la soledad era tan inevitable como mi regreso a mi soledad cotidiana. Mis palabras no le eximirían de un largo y áspero aprendizaje, que le enseñaría a amar la soledad y a contemplar el vacío como una forma de plenitud.

RAFAEL NARBONA

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