QUEVEDO, EL POETA IRACUNDO

Francisco de Quevedo y Villegas, atribuido actualmente a Juan van der Hamen y a Diego Velázquez erróneamente en el pasado. Siglo XVII. (Instituto Valencia de Don Juan, Madrid).

Energúmeno en un país con una larga tradición de escritores expertos en injurias y exabruptos, intrigante, ambicioso, violento, resentido, rencoroso, soez y aficionado a las putas, Francisco de Quevedo y Villegas (Madrid, 1580-Villanueva de los Infantes, Ciudad Real, 1645) es probablemente el mejor prosista en lengua castellana. Hijo de cristianos viejos con importantes cargos palaciegos, estudió lenguas clásicas, filosofía y teología. Afectado por una cojera y una notable miopía, soportó burlas y desprecios. Se defendió con sarcasmos e ironía, que se convirtieron en rasgos de carácter, propiciando enemistades, disfrazadas de controversias estilísticas. Su enfrentamiento con Góngora es sobradamente conocido. Hizo carrera en la corte bajo la protección del duque de Osuna. Tras no pocos pleitos, consiguió el señorío de La Torre de Juan de Abad. Siguió al duque de Osuna a Sicilia, que le consiguió el hábito de Santiago. Su fidelidad le hizo implicarse en una conjura contra Venecia, lo cual le costó la cárcel y el destierro. Se le atribuye la muerte de un hombre por ofender a una dama, pero más bien parece una leyenda.

Como caballero de la Orden de Santiago, se opuso a que Teresa de Jesús disfrutara de la misma consideración que el apóstol. Su afición a coleccionar enemigos inspiró un famoso libelo, donde se describía a Quevedo como “maestro de errores, doctor en desvergüenzas, licenciado en bufonerías, bachiller en suciedades, catedrático de vicios y protodiablo entre los hombres”. La caída de Osuna le confinó en sus propiedades. Sin abjurar de su protector, intentó ganarse el favor de Olivares dedicándole la Política de Dios, gobierno de Cristo, tiranía de Satanás. Olivares agradeció el gesto y al poco le nombró secretario de Felipe IV. Amancebado durante diez años, Quevedo se casó con una viuda. El enlace apenas duró dos años, según los rumores, para mutuo alivio de ambos. Se dice que Felipe IV encontró bajo su servilleta una denuncia en verso contra el nepotismo de Olivares. Se atribuyó a Quevedo. Encarcelado hasta la destitución de Olivares, no regresó a la corte. Enfermo, cansado y amargado pasó sus últimos años en La Torre de Juan de Abad.

No conservamos ningún manuscrito autógrafo de El buscón, escrito entre 1603 y 1608,  víctima de añadidos, ajustes y retoques, pero las alteraciones sufridas no consiguieron menoscabar el valor de la obra, considerada una de las cumbres de la novela picaresca. La peripecia de Pablos se ha interpretado como una vida de Cristo invertida. Su oportunismo e inmoralidad reflejan la corrupción de la naturaleza humana. Esa visión de la novela se correspondería con el pesimismo y conservadurismo de Quevedo. El libre albedrío ha conducido al hombre al pecado y llevaría a las naciones al desastre, si los reyes no ejercieran su autoridad sobre el pueblo, más inclinado al vicio que a la virtud. A diferencia de Shakespeare, Cervantes o Dante, la fama de Quevedo no descansa en su poder representativo. Demasiado cáustico para ser emblema de una nación. Incluso, la imaginación popular le ha despachado como autor de chascarrillos. Su extravagante personalidad le ha emparentado con Valle-Inclán, ambos prodigiosos en filigranas estilísticas, los dos endemoniados con el mundo que les tocó vivir, ni mejor ni peor que el de otras generaciones.

Se ha dicho que Quevedo es un escritor para escritores, un literato en estado puro, sin otro objeto que el idioma. Sin embargo, Quevedo es algo más que un formalismo impecable. Sus Sueños (1627) son la expresión más lograda del desengaño barroco. El mundo por dentro está atravesado por la calle más larga del mundo: Hipocresía, donde todos tienen vivienda. Poeta prolífico, nos ha legado maliciosas caricaturas (“Érase un hombre a una nariz pegada”), versos memorables (“Polvo serán, mas polvo enamorado”), elegías rebosantes de nostalgia (“Miré a los muros de la patria mía”) o sonetos que ya pertenecen a la memoria colectiva (“Retirado en la paz de estos desiertos, / Con pocos, pero doctos, libros juntos, / Vivo en conversación con los difuntos / Y escucho con mis ojos a los muertos”). Borges escribió que “Francisco de Quevedo es menos un hombre que una dilatada y compleja literatura”, pero la obra de Quevedo no es sólo forma y concepto, arte puro sin otra inquietud que el placer estético. Detrás de cada página, se advierte a un hombre que medita sobre la Pasión, el Fracaso, la Virtud y la Muerte. Carne que se hace palabra para explorar el propio existir, conocer sus limitaciones y enfrentarse a su finitud con la insensata esperanza de hallarse algún días ante Dios, libre al fin de humillaciones y ofensas, disfrutando de un reino donde no habrá lugar para la mezquindad, la traición y la mentira.

RAFAEL NARBONA

Publicado en La aventura de la historia. Así se hizo España, nº 6, 2007.

Esta entrada fue publicada en LITERATURA. Guarda el enlace permanente.