¿ES AUSCHWITZ EL MAL RADICAL?

Auschwitz se ha convertido en un teatro que simboliza la forma más obscena del mal. Los actores se hallan ausentes, pero el decorado permanece, con su poder de invocación intacto. Desde la perspectiva psicoanalítica, las atrocidades cometidas por los nazis representarían el triunfo del instinto sobre las fuerzas represivas de la cultura. Libre de inhibiciones, el instinto habría actuado de acuerdo con sus pulsiones básicas. Los brutales Einsatzgruppen (unidades de las SS encargadas de los fusilamientos masivos de judíos, comunistas y gitanos de los países del Este) no serían más que grupos de hombres emancipados de la represión ejercida por la razón. 

Conviene recordar que estas unidades estaban compuestas exclusivamente por voluntarios. Sus integrantes procedían de todos los segmentos sociales, pero el mando siempre correspondía a profesionales cualificados. Médicos, abogados o maestros, los oficiales de los Einsatzgruppen ejercían su cometido con un espíritu festivo y desinhibido. Eran metódicos y escrupulosos, con “un elevado sentido del deber”, según Karl Jäger, coronel de una de estas unidades. No dejaban nada al azar y presumían de la eficacia de sus hombres. En su polémico libro, Los verdugos voluntarios de Hitler, el profesor Daniel Jonah Goldhagen describe el ambiente de camaradería que reinaba durante las ejecuciones. Cada vez que se producía una matanza, no era raro que algunos de los soldados se fotografiaran con los cadáveres de sus víctimas bajo sus altas botas prusianas.

Muchas veces, utilizaban estas fotos como postales para enviárselas a sus familiares, donde les explicaban el júbilo de participar en una guerra de exterminio contra los enemigos de la cultura alemana. Se ha dicho que Goldhagen, al reconstruir minuciosamente los crímenes (soldados que se internan en el bosque con niños judíos o gitanos para dispararles un tiro en la cabeza, mujeres apaleadas hasta la muerte, ancianos obligados a cavar su propia fosa), ha creado un subgénero de la investigación histórico-política, que podríamos llamar “pornografía del horror”. Lo cierto es que el retrato psicológico de estos asesinos, “hombres corrientes” convertidos en criminales por las circunstancias históricas, nos aproximan a las especulaciones sobre la naturaleza humana vertidas en el testamento del imaginario Dr. Jekyll.

Anticipándose a Freud, Stevenson buceó en la trastienda de la mente humana, descubriendo que la sociedad se había constituido sobre la represión del instinto. El “malestar” al que se referiría Freud medio siglo después, ya se encontraba en esas páginas premonitorias. Poco antes de morir, el respetado Dr. Jekyll explica sus temerarios experimentos. Gracias a ellos, había logrado desembarazarse de la servidumbre de los escrúpulos morales. Harto de comportarse como un ciudadano ejemplar, de conducta irreprochable e inclinaciones filantrópicas, había logrado eliminar todos sus reparos, con la ayuda de una pócima concebida en la intimidad de su laboratorio. Hasta entonces, había disfrutado del respeto de sus conciudadanos, pero la aprobación de los demás no había impedido que en su interior creciera la insatisfacción.

Mr. Hyde, con su aspecto infrahumano y sus lamentables modales, le hará sentirse “más joven, más ligero, más feliz físicamente”. Gracias a él, descubrirá “una fogosidad impetuosa”; por su imaginación desfilará “una sucesión de imágenes sensuales en carrera desenfrenada”. “Sentí –anotará en su testamento-que se disolvían los vínculos de todas mis obligaciones y que una libertad de espíritu desconocida, pero no inocente, invadía todo mi ser”. “Jekyll –prosigue la confesión- sufría quemándose en el fuego de la abstinencia”. Hyde “huía del escenario de sus excesos a la vez exultante y tembloroso, su sed de mal satisfecha y estimulada, y su amor a la vida exacerbado al máximo”. Se podría decir que con sus actos, opuestos a las convenciones morales de la Inglaterra victoriana, había consumado la “inversión de los valores” que por esas mismas fechas profetizaba Nietzsche ante la indiferencia general. Más allá del bien y el mal y El Dr. Jekyll y Mr. Hyde se publican en el mismo año: 1886. Es improbable que ambos autores llegaran a conocer mutuamente sus escritos, pero la coincidencia temporal revela que sus ideas estaban en el espíritu de la época.

Durante el gobierno nazi, el Dr. Franz Six, decano de la Universidad de Berlín, se convirtió en general de las SS y tuvo a su mando una unidad del Einsatzgruppen B. Procesado después de la guerra, se le consideró responsable del asesinato de más de 50.000 judíos. Sentenciado a 20 años de prisión, apenas cumplió cuatro, pues Estados Unidos estimó que podía ser útil en su servicio de contraespionaje. Las fotos que se conservan de Six se ajustan a la imagen convencional de un profesor universitario: rostro estólido, avanzada calvicie, ojos de miope aumentados por el grueso cristal de unas antiparras de buzo. Su aspecto nos recuerda poderosamente al Dr. Jekyll, tan adusto y reservado.

¿No podrían explicarse sus crímenes con los mismos argumentos que utiliza Stevenson para determinar lo que mueve a Mr. Hyde? Si respondemos afirmativamente, el genocidio cometido por los nazis quedaría reducido a un triunfo pasajero del instinto sobre las fuerzas de la civilización. Esta explosión de irracionalidad apenas sería más que un accidente histórico, una involución temporal, un regreso hacia nuestro origen, cuando la cultura aún no nos había separado del resto de las especies. Dramático por el número de víctimas; insignificante por su incidencia en el devenir de la historia humana. Freud, al que un cáncer de mandíbula eximió de conocer la magnitud de la tragedia desatada por el cabo de Bohemia, habría encontrado en el Holocausto una insuperable verificación de sus teorías antropológicas.

El mal radical no surge de la liberación del instinto, sino la corresponsabilidad del hombre común en las políticas de exterminio. Podría afirmarse que el mal radical es la consecuencia de anteponer lo particular a lo universal, pero lo universal casi siempre es el pretexto que justifica la aniquilación de lo particular. La catástrofe moral que representa el mal radical surge de una disociación entre el Yo y el Tú. No es extraño que el comandante de Treblinka asimilara los cargamentos humanos con el ganado destinado al matadero. El mal radical es impotencia. Su alarde de poder es engañoso, pues no produce ni crea nada. Sólo destruye al procesar al hombre como materia fungible.

Es una regresión hacia el narcisismo infantil, hacia el yo inmaduro, incapaz de reconocer al otro como sujeto y menos aún de establecer límites al deseo. El mal radical produce más espanto del que puede soportar la conciencia racional. Por eso, acontece en sótanos, letrinas, cárceles clandestinas. Aunque a veces se justifique con la idea de progreso o con el pretexto del mal menor, rehúye la exposición pública, pues sabe que ninguna sociedad puede legitimar sus actos sin liberar fuerzas autodestructivas. Es el “trabajo sucio” que algunos consideran necesario, pero que a medio plazo deja al hombre sin alternativas. Las matanzas son una hipoteca que se ejecuta en el futuro. Los efímeros doce años de Hitler en el poder son un pozo negro que aún no ha cesado de rebosar inmundicia.

RAFAEL NARBONA

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