EL SILENCIO DEL MUNDO

Campo de exterminio de Treblinka, Polonia.

Siempre he amado la música. Cuando me despierto me abruma el silencio del mundo. Siento que un estruendo inaudito ha borrado todos los sonidos y que nunca más escucharé una nota en lo alto de una escalera, encendiendo mis sentidos. Sin embargo, la música reaparece enseguida, acudiendo a mi llamada como un cervatillo que espera mi presencia para abandonar la penumbra del bosque y pisar un claro nimbado por una luz dorada y otoñal. La música es una caricia que estremece y hace soñar. Es algo más que sonido, brotando de unos instrumentos. Es algo más que escalas de rigor geométrico produciendo melodías y ensoñaciones. La música se despliega como tiempo, pero nos habla de una eternidad desconocida, donde el ser renuncia a sus máscaras y se muestra en su desnudez elemental. Cuando escucho una partita de Bach o un quinteto de Dvorak, advierto que la soledad es un estado del alma, gracias al cual podemos penetrar en nuestro interior, con la serenidad del que se aventura en una estancia luminosa, feliz de poder asomarse a una ventana y contemplar una hilera de árboles adormecidos por el rumor de un río. La música nos libera de los harapos de la razón y nos enseña a escuchar nuestra propia voz.

Este mes se ha cumplido un año de mi retiro de la enseñanza. No siento nostalgia de las aulas. He descubierto que la soledad me ayuda a aplacar mis demonios internos. Mis días se encadenan sin cambios y no me molesta. No me interesa el mundo exterior, pues el trato con los otros me produce ansiedad y sufrimiento. No soy indiferente al dolor ajeno. Escribir es una forma de acercarse a los demás. Las palabras siempre presuponen un diálogo, no importa que el interlocutor sea invisible. Su rostro siempre está ahí, enredado en la escritura, interpelándote sin compasión. La escritura no es palabra muerta, sino palabra que fluye hacia el otro, sedienta de fraternidad. Hace unos días releí El lobo estepario, de Hermann Hesse. Lo hice con el temor del que se reencuentra con un amante después de muchos años. No sabes si las caricias que en otro tiempo te sedujeron, hoy te causarán repulsión o indiferencia. Después de unas páginas, descubrí que mi miedo al desengaño era absurdo. No me sentí decepcionado ni experimenté la exaltación de mi adolescencia ante el temple heroico de Harry Haller. Simplemente constaté que se trataba de otro libro y que yo también era otro. Es imposible escapar al río de Heráclito. Nada permanece. Harry Haller ya no me pareció el inconformista que se complace en su aislamiento y desafia a la sociedad burguesa, sino un hombre de mi edad que desconoce el arte de vivir, incapaz de apreciar el valor de lo ínfimo y lo minúsculo. Ahora sé que la prosa ardiente de Hermann Hesse brotó de una crisis personal que cuestionaba su estilo de vida y su ridícula pretensión de esculpir una personalidad con los rasgos del genio alemán, un visionario que basa su grandeza en su capacidad de mirar de frente al sufrimiento y no rehuir su compañía.

Harry Haller ha despertado la fascinación de los jóvenes inadaptados, que no han comprendido su carácter fatuo y egocéntrico. El lobo estepario es un libro sobre el aprendizaje tardío de un misántropo que no sabe amar. El genio alemán no conoce la plenitud del amor y el sexo hasta que baja al Sur y se baña en su claridad, asimilando que el yo sólo es un mito dañino. Hay que disolverse en el otro y fragmentar nuestra identidad para liberarse definitivamente de las fantasías de culpabilidad y expiación. Al leer a Hesse, pensé una vez más en Levinas y su epifanía del rostro. ¿Dónde está el otro en mi vida solitaria y monótona? Paso semanas encerrado en mi casa, rehuyendo el contacto humano. Mi mujer y mis animales son mi única compañía. Son el otro, pero también son una parte esencial de mí y no puedo deslindarlos de esa burbuja que me permite vivir al otro lado del cristal, sustrayéndome de un mundo que observo desde fuera. Creo que el otro está en la música, en la escritura, en los paseos que me hacen deambular por el mismo paisaje, mostrándome que nada es idéntico a sí mismo, pues un campo de trigo es una trama interminable de formas, matices y colores. En la estepa castellana, el amarillo se alía con el viento para producir una música antigua, solemne o un canto alegre y esperanzador. Ya no escucho la llamada del suicidio. He enterrado ese eco bajo una enorme piedra negra y espero que no vuelva a brotar como la mala hierba, siempre tenaz y maléfica.

Creo que el otro está en Dios, no en el Dios omnisciente, omnipotente y providente de las grandes religiones monoteístas, sino en el Dios que sufre, padece y soporta una dolorosa impotencia. Dios está incompleto hasta que no experimenta las formas más intolerables de humillación y maltrato. Dios es el testigo ontológico del mal y el viento profético que rebasa el tiempo para garantizar un mañana a las víctimas inmoladas por el odio y el fanatismo. Dios se manifiesta de muchas formas, pues necesita objetivarse para comprender su propio existir, tan cambiante y ligero como las aguas que soñó el sabio de Éfeso. Dios se manifiesta en la música y no como una voluntad ciega y turbulenta, sino como anhelo de comunidad y fraternidad.

La música me acompaña desde el día hasta la noche. Incluso en mis paseos está dentro de mí, como un soplo que mantiene frescas mis mejillas e incendia suavemente mi corazón. La música está en mis dudas, mis esperanzas y mis contradicciones. La música me ayuda a no perder la estima por el ser humano, cuando recuerdo los campos nevados de Auschwitz, con las ruinas de los crematorios y sus alambradas. Pienso en las infames orquestas de cámara organizadas por los nazis para aliviar su tedio y humillar a los deportados. Imagino que esas orquestas interpretaron piezas de Mozart, Beethoven, Schumann o Schubert. Por supuesto, no de Mendelssohn, judío y repudiado por el grandilocuente e inmundo Wagner. Pienso en el violín sonando en esas mañanas heladas, mientras ardían los seres humanos y creo que su sonido es la mejor objeción contra la barbarie. Creo que el Concierto para dos violines y cuerda en Re Menor, BWV 1043, es la indudable prueba de que el ser humano sólo podrá salvarse mediante la verdad y la belleza. La chimenea de Auschwitz sigue humeando en la memoria, pero la música de Bach nos habla de la resurrección de las víctimas, un milagro que acontece cada vez que un ser humano se aflige ante la desgracia ajena.

RAFAEL NARBONA

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