THE WIRE: OMAR LITTLE REINVENTA EL MITO DE SÍSIFO

Cuando Omar regresaba de la escuela, llamaba tres veces a la puerta. Si no había respuesta, sabía que su madre estaba ocupada con un cliente. No le molestaba esperar. Se sentaba en los escalones, rescataba del bolsillo de la cazadora un trozo de hamburguesa y observaba a los chicos de las esquinas, que traficaban con crack. Casi todos llevaban anillos y cadenas de oro. Parecían felices, despreocupados, lejos de las inquietudes de la escuela o las obligaciones del trabajo.

A veces se planteaba ser como ellos, pero algo en su interior se resistía a seguir ese camino. Se le daban bien los estudios. Era bueno en casi todas las asignaturas, pero ¿de qué le serviría? Un negro no llega muy lejos con un diploma de secundaria. Su madre estudió hasta los dieciséis, pero la heroína se cruzó en su camino y tuvo que buscarse la vida, sin hacer ascos a nada: prostitución, robos, confidente de la policía. Había cumplido varias penas de prisión. Entre una condena y otra, nació Omar. Omar Little Devone. No conocía a su padre y jamás averiguaría su nombre. Su madre le había confesado que podía ser cualquiera de los hombres que le pagaban por echar un polvo. “Será un capullo. Todos lo son. No te pierdes nada”.
Los clientes apenas reparaban en el niño que esperaba en las escaleras. Dana les acompañaba hasta la puerta y les despedía con un gesto obsceno, acariciándoles las nalgas o el pene. Algunos se lo pensaban mejor y volvían a entrar, mientras Dana se reía a carcajadas, asegurándoles que la segunda vez siempre era mucho mejor.

Omar era un chico de estatura media, delgado y fibroso, que había cumplido doce años. En la escuela, no era particularmente conflictivo. Se limitaba a hacer las tonterías que le garantizaban el respeto de sus compañeros. Nunca le habían expulsado por faltas graves. Las sanciones casi siempre se resolvían con una hora extra de permanencia, que a veces Omar agradecía, pues en invierno las escaleras resultaban especialmente inhóspitas. Su profesora de matemáticas mostraba mucho interés por él. Era el mejor de su curso. Su mente era ágil e intuitiva. No se le resistía ningún problema. En los exámenes, le sobraba tiempo y si algún compañero se atascaba en la pizarra, ocupaba su lugar, finalizando el ejercicio con asombrosa facilidad. Además, le gustaban la historia, la literatura, las ciencias naturales. Los mitos de la Antigüedad le fascinaban. Había memorizado infinidad de nombres y relatos. Por eso, cuando el resto de la clase se rió al escuchar las penalidades de Sísifo en la clase de historia, Omar hizo un gesto de sorna, hundiendo la barbilla en el pecho.
-¿Por qué sonríes, Omar? –le preguntó la profesora.
-Estos negros ignorantes no entienden nada.
-No hables así de tus compañeros.
-¿Por qué? Son negros. Como yo. Y son unos ignorantes.
-Tienen un nombre y algunos son más listos que tú.

Omar se encogió de hombros, sin alterarse. Su profesora pretendía darle una lección, pero en el fondo no creía en sus palabras. Los dos sabían que Omar era más inteligente que sus compañeros. Algunos apenas sabían leer y no eran capaces de resolver una sencilla división con decimales. Muchos habían pasado de curso gracias a la promoción automática que alegaba razones sociales para no dejar a ningún alumno rezagado.
-A ver, Omar. Dime por qué te reías.
-Porque estos negros…
-¡Omar!
-Está bien. Lo siento. Mis compañeros –enfatizó- no entienden que ese fulano empuja la roca porque no puede hacer otra cosa. No comprenden que la vida es así. Hacer las mismas cosas una y otra vez. Curso tras curso, años tras año. Puedes estar aquí, con el culo pegado al asiento o en la calle pasando mierda, pero en el fondo es lo mismo. Todos los días se parecen al anterior y al final te mueres. Eso es todo.
-Puedes explicar las cosas, sin decir groserías.
-Lo siento, señora, pero es la costumbre. En la calle no se habla como en la escuela. En realidad, en ninguna parte se habla como en la escuela. La escuela es un juego. Lo que pasa aquí no es real.
-No te comprendo, Omar.
-La calle es el único juego. Es un juego de verdad, donde no puedes equivocarte sin pagar un precio. No se conforman con echarte de una esquina. La escuela imita algo que no existe. Por eso no vale para nada.
-Todo eso es muy profundo, pero te recuerdo que Sísifo no muere.
-Sí que muere, pero no voy a revelar cómo. Eso lo tiene que descubrir cada uno por su cuenta. Sólo puede decirle que la muerte se pasea por todas partes y a veces se disfraza de niño, fingiendo que pasa de ti. Pero no es así. Nunca te quita el ojo de encima.

La profesora de matemáticas era la tutora de Omar. Seguía sus pasos con una mezcla de afecto, contrariedad y fatalismo. Sabía que Omar era especial. No se hacía muchas ilusiones sobre su futuro. La calle se lo tragaría antes o después, imponiéndole sus reglas y su violencia. Su talento se perdería en fechorías que revelarían su ingenio, sin librarle de una muerte prematura, previsible, inútil.
-Omar no es como el resto –comentó la profesora de historia-. Explicó el mito de Sísifo de una manera increíble. Sus compañeros le escucharon con la boca abierta. Incluso se permitió reelaborar e interpretar el mito. Tiene imaginación y creatividad.
-Ya –asintió la tutora-. No me descubres nada, pero su inteligencia no siempre juega a su favor. Dudo que siga estudiando. No resistirá la tentación de ganar dinero fácil.
-Odia las drogas. No se cansa de repetirlo.
-Odia las drogas porque su madre es yonqui y ejerce la prostitución en sus narices, pero eso no significa que haya descartado cometer otros delitos.
-No es un niño violento.
-Pero sabe controlar sus emociones. Eso no es bueno en un chico de doce años. Ha perdido la espontaneidad. Nunca actúa por impulsos. Su cerebro trabaja muy deprisa, calculando todas las opciones antes de escoger una. Esa forma de comportarse sólo puede ser una consecuencia de lo que ha sufrido. No se permite decir lo primero que piensa. Siempre está en tensión, aunque sonría con aparente tranquilidad.

Omar había crecido con la heroína en el baño, la cocina, los dormitorios, el salón. Su madre se colocaba en su presencia y dejaba las jeringuillas en cualquier lugar. Sufría constantes cambios de humor y a veces le pegaba sin motivo. En otras ocasiones, se echaba a llorar, expresando sentimientos de culpabilidad. Un shock anafiláctico casi acaba con su vida. Si Omar no hubiera llamado a una ambulancia, un chute rutinario se habría convertido en un imprevisto adiós. Durante dos días, Omar cuidó de su madre, preparando la comida, limpiando la casa y alejando a los clientes. Apenas 48 horas, que esbozaron el espejismo de una existencia normal, donde madre e hijo intercambiaron afecto, pequeñas complicidades y bromas desenfadadas. Dana se había asustado de verdad. No sabía si había sufrido una alucinación, pero en la ambulancia experimentó una visión cenital de sí misma. El miedo a morir le hizo plantearse dejarlo, pero el mono no tardó en aparecer: ansiedad, sudores, náuseas, fiebre, dolores musculares. Omar intentó tranquilizarla, pero Dana le agarró de los brazos y le sacudió con fuerza, exigiéndole que se echara a la calle para buscar un cliente. Cuando Omar protestó, le abofeteó y le tiró del pelo.
-Esto es inaguantable –chilló fuera de sí-. Tráeme un tío para que le haga una mamada y podré colocarme. Eres mi hijo. Tienes que hacerlo por mí.
Omar comenzó a deambular por las esquinas, aturdido y avergonzado, incapaz de abordar a los hombres para ofrecerles el coño de su madre. La heroína aún no había deteriorado a Dana hasta el extremo de convertirla en una mujer repulsiva. No cobraba lo mismo que una chica sin el VIH, pero sí lo suficiente para comprar a diario dos o tres gramos de caballo.

Omar se acercó a unos negros que hablaban delante de un pequeño supermercado con dependientes orientales.
-Estos putos chinos se están haciendo los dueños del barrio, Ali –se quejaba un chaval con una gorra roja de los Chicago Bulls-. Deberíamos cortarles los huevos y quedarnos con sus negocios. Es nuestro barrio, joder.
-No dices más que gilipolleces, Dennis –exclamó Ali, que llevaba una camiseta de los Lakers-. No son chinos, sino coreanos.
-Para mí son iguales. Intrusos de piel amarilla. Cada vez que les compro algo, siento deseos de meterles una escopeta por el culo. Son unos putos buitres, unos chupapollas con ojos de rata.
-Son unos putos coreanos haciendo negocios. Igual que nosotros. Ellos van a lo suyo y nosotros a lo nuestro. No nos molestan.
-Hablas como un predicador, Ali. Esos chinos de los cojones vienen aquí a sacarnos el dinero y luego se marchan con un Lexus.
-Son listos. Deberíamos imitarlos.
Dennis y Ali se enzarzaron en una discusión sobre chinos, coreanos y negros que les mantuvo entretenidos durante unos minutos. Parecían alterados, pero no enfadados. De todas formas, Omar esperó a que los ánimos se calmaran. Se acercó poco a poco, sin ignorar el riesgo. Podían patearle el culo, reírse de él, echarle de malas maneras. Abordó a Ali con un susurro:
-¿Quieres pasar un buen rato? Te saldrá barato.
-¿De qué hablas, negrito?
-¡No le escuches! –intervino Dennis-. Su madre es una puta yonqui que te la chupa por cinco dólares. Tiene el SIDA, pero se lo haría con su hijo, si pudiera pagarle un pico.
-¡Vete de aquí, enano! –gritó Ali-. Y dile a tu madre que no te meta en estas cosas. Puta colgada de mierda. ¿Por qué los yonquis se empeñan en tener niños?
Dennis se burló de él, meneando las caderas:
-Si tienes una hermana, puedes traérmela. Después de hacerlo, me dará las gracias y no me cobrará.
Omar le hizo un corte de mangas y le señaló con el dedo.
-Puto enano de mierda. Ven aquí y te ensañaré lo que es el respeto.
-Déjalo en paz –dijo Ali-. Ya tiene bastante con ser el chulo de una madre yonqui.

Omar se marchó con el corazón rebosante de ira. No tuvo más éxito en tentativas posteriores, con otros negros y con un blanco que echó a correr, pensando que iba a atracarle. Desanimado, se sentó en un banco del parque y pensó que cometer un atraco no era una mala idea. Eso sí, no atracaría a cualquiera. Si tenía que dar un palo, buscaría a un hijo de puta que se lo mereciera. Regresó a las esquinas, con el rostro ensombrecido. Dennis y Ali ya no discutían. Ligeramente escondidos en un portal, no se apreciaba lo que hacían, pero Omar dedujo que contaban el dinero. Cada cierto tiempo, pasaba un coche y recogía la recaudación de las últimas horas. Probablemente, preparaban la siguiente entrega. Cuando terminaron, le entregaron una mochila a un chaval, que se situó en la acera en actitud expectante. Omar decidió que era su oportunidad. Se acercó ocultando el rostro en la capucha de su sudadera. Casi pasó de largo, pero se giró de repente, empujó violentamente al chaval y le quitó la mochila. Se alejó a toda velocidad, con Dennis y Ali pisándole los talones.
-¡Enano cabrón, suelta la bolsa! –gritó Dennis, que en seguida aventajó a Ali. Ninguno de los dos parecía dispuesto a dejarlo escapar. Sabían lo que se jugaban. En el mejor de los casos, tendrían que reponer el dinero. En el peor, perderían sus esquinas y tal vez sus propias vidas.
Omar sorteaba vallas y obstáculos sin dejar de mirar hacia atrás. Dennis desapareció de su campo visual y Ali se acercaba peligrosamente. Supuso que intentaban rodearlo. Sus especulaciones se confirmaron al sentir que le embestían por el costado derecho. Dennis le tiró al suelo y le aplastó el pecho con las rodillas. Omar se defendió a puñetazos, consciente de su inferioridad. Mientras luchaba, descubrió un cuchillo en la cintura de su oponente. El azar le proporcionaba una oportunidad. Agarró el cuchillo y lo hundió una y otra vez en el pulmón, la espalda, el pecho. Al principio, Dennis no se dio cuenta, pero de repente se mareó y se desplomó.

Omar se levantó y se encontró de frente con Ali, que se mantuvo a una distancia prudencial.
-La has cagado, chaval. Si te llevas esa mochila, no descansaremos hasta encontrarte y, en cualquier caso, pagarás muy caro lo que has hecho. Sería mejor que te clavaras ese cuchillo en el estómago. No vamos a conformarnos con pegarte un tiro.
-¿Conoces a Sísifo? –preguntó Omar, jadeando y apuntándole con el cuchillo.
-Nunca he escuchado ese nombre, pero no te engañes. Ese tío no podrá hacer nada por ti. Estas en nuestro territorio.
-Pues deberías conocer a Sísifo.
-¿Hablas de un negro, enano?
-Hablo de un tipo que hace lo mismo todos los días. Semana tras semana, mes a mes, año tras año. Y no puede cambiar de vida. Es su destino.
-¿Estás colgado? Te has cargado a Dennis y me hablas del destino. ¿De qué vas?
-¿Está muerto? –preguntó Omar, sobrecogido.
-¡Mira el puto charco de sangre! ¿Es que no tienes ojos?
Dennis agonizaba en posición fetal, con los ojos perdidos y la boca entreabierta.
-Aún respira.
-Por poco tiempo. Está perdiendo sangre muy deprisa.
-No se puede hacer nada. Le ha llegado su hora. Sísifo hacía lo mismo todos los días, pero eso no le libró de morir.
-Te equivocas, negro. Ya sé de quién hablas. Yo también fui a la escuela. Sísifo empujaba una roca gigantesca por una cuesta empinada y la dejaba caer una y otra vez. No morir formaba parte de su castigo. Según ese cuento, aún sigue empujando la roca.
-Seguro que Dennis no conoce esa historia. No parece muy listo.
Dennis ya no boqueaba y sus ojos habían adquirido una inmovilidad mineral.
-Se acabó –dijo Omar-. Está muerto, como Sísifo. En la escuela, la cagan, contándote una historia falsa. Sísifo muere aplastado por la piedra. El aburrimiento le hace perder la concentración. La piedra le mata y se acaba el juego. La única forma de vivir un poco más es no relajarse. Hay que vivir con los cinco sentidos, pero no sé si merece la pena.
-Tú sabrás, negrito. De momento, tendrás suerte si mañana estás vivo. ¿Vas a matarme con el cuchillo o vas a seguir corriendo? ¿No pretenderás que nos quedemos aquí hasta que aparezca alguien? Si la policía llega primero, tendrás problemas, pero si mi gente les toma la delantera, será mucho peor. Estás en la calle y no en un puto mito.

Omar desapareció por una esquina sin soltar la mochila. No podía regresar a casa sin exponerse a caer en una trampa. Tenía que avisar a su madre para que se marchara en seguida. Buscó un teléfono y marcó el número una y otra vez, pero Dana no le respondió. Decidió arriesgarse. Intentó ganar tiempo, avanzando por los callejones. Le tranquilizó encontrar la puerta cerrada, pero en el interior no había nadie. Miró debajo de las camas y en los armarios, bajó por la escalera de incendios hasta la calle, subió a la azotea. Cuando se hallaba arriba, observó que se acercaban dos coches. Uno se detuvo en el portal y el otro bordeó la manzana. Si no se marchaba inmediatamente, acabaría como Dennis. Sus piernas se resistieron a obedecerle, pero al final se escabulló por una azotea contigua, situada a escasos metros. De un salto, dejó atrás el pasado, pensando que a partir de ahora sólo podría contar con sus propios recursos para sobrevivir.
Omar no volvió a saber nada de su madre. A veces, intentaba convencerse a sí mismo de que vagaba por las calles, prostituyéndose por una miseria para poder pincharse una nueva dosis, pero sabía que no era cierto. Antes o después, habría escuchado algo. Probablemente, salió a pillar algo de caballo y se encontró con los matones que le buscaban por la muerte de Dennis. Probablemente, la torturaron para averiguar su paradero. Dana no sabía nada y eso sólo sirvió para prolongar su agonía. Omar nunca podría acudir a una tumba con unas flores. Hacer desaparecer los cuerpos formaba parte del negocio. Un cadáver siempre causa problemas y Dana pasaría el resto de la eternidad en un bidón de metal, arrojado a cualquier vertedero.

Omar comenzó una vida clandestina. Por las mañanas, dormía en cualquier lugar y por la noche cometía pequeños atracos. Se deshizo de la mochila, arrojándola de madrugada en un contenedor de basura, pero conservó el dinero. Era su primer palo. Dos mil dólares. No estaba nada mal. Lo gastaría poco a poco. Si hacía grandes dispendios, dejaría un rastro  que no pasaría inadvertido en las calles de Baltimore. Se acostumbró en seguida a su nuevo estilo de vida. Cuando se despertaba hacia las cinco o las seis de la tarde, sonreía y pensaba: “Otro día más. Igual que Sísifo. Siempre es lo mismo. Y acabaré como ese tío. La roca me aplastará antes o después. Apenas me descuide pasará por encima de mí, pero hay algo en el mito que nadie cuenta. Sísifo se sentía poderoso empujando la roca. Sísifo sonreía cada vez que llegaba hasta la cima”.
Le hubiera gustado volver a la escuela y contarle su versión a los niños, pero no pudo hacerlo. Se conformó con soltar la historia a sus compañeros eventuales. No le hicieron mucho caso. Ninguno sobrevivió a los tiroteos con los traficantes a los que robaban la mercancía. Sólo Omar se libraba una y otra vez. Llegó a creer que la roca se había olvidado de él, pero la roca siempre está ahí, aguardando su oportunidad. Omar se confió y le dio la espalda para comprar cigarrillos. Mientras le atendía una mujer de mediana edad, con aspecto de china, filipina, tailandesa o coreana, la roca apareció con aspecto de niño y le apuntó a la cabeza con una pistola. Omar ni siquiera reparó en su presencia. Sonó un disparo y su cerebro se convirtió en espuma, coral, alga marina. Un banco de peces jugó con su niñez, que fulguró durante un instante, insinuando un futuro diferente, donde Omar no era un forajido, sino un chico aplicado, que volvía de la escuela con la ilusión de pasar la tarde leyendo libros de mitología. Omar Devone Little, rey de Baltimore, pudo ser un inofensivo profesor de instituto, pero el destino lo escogió para ser un mito y los mitos nunca conocen la paz ni la felicidad.

RAFAEL NARBONA

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