HISTORIA DE VIOLETA

Hace mucho tiempo que deseaba escribir sobre ti, pero una profunda tristeza me lo impedía. Desde tu muerte el pasado 1 de diciembre, sabía que nos reencontraríamos gracias a las palabras, no para despedirnos definitivamente, sino para iniciar una nueva vida, donde los recuerdos se prolongarían interminablemente. No he olvidado nuestro primer encuentro. Algún desalmado te abandonó a finales del verano de 2004 y te refugiaste en nuestra casa, aún en obras. Vivimos en mitad de la estepa castellana, cercados por campos de trigo y arbustos, sin otro frescor que el de un arroyuelo con una hilera de chopos, álamos y fresnos. Aún no habíamos plantado las higueras ni las acacias. Los tilos, las catalpas, el plátano y el pruno aún no existían y la madreselva aún no trepaba por los muros. Nuestro jardín sólo era un rectángulo de tierra y la casa una estructura inhabitable, con el ladrillo al descubierto y las ventanas sin cristales. Mi madre acababa de perder a Ida, una perrita mestiza que había pasado cerca de diez años a su lado. Cuando me hablaron de ti, pensé que el azar a veces reúne a los que han sufrido y necesitan afecto y ternura para no perder la esperanza y la alegría.
Me acerqué con cuidado, intentando no asustarte. Era de noche. Una noche de septiembre, fresca y sin otros sonidos que los del campo, insinuando que la vida palpitaba con fuerza detrás de una oscuridad atenuada por la luna llena. A lo lejos, se divisaba Madrid, con sus luces amarillas y blancas, flotando como un trasatlántico en una penumbra azulada. En esa época, ya no conservaba ningún vínculo con una ciudad donde siempre me sentí un extraño. Salvo en la niñez, cuando Madrid sólo era para mí un arco tendido entre el Parque del Oeste y el Templo de Debod, nunca había experimentado aprecio por una urbe sucia y desordenada, áspera y falsamente cosmopolita, apenas un poblado manchego que ha crecido desordenadamente, enlazando calles y suburbios sin poder ocultar una secreta desolación interior. Para mí, Madrid es la ciudad de las pérdidas, las ausencias y los desengaños. Un lugar del que huir y no un espacio donde envejecer.
Escuché tus ladridos cuando llegué al pie de la escalera situada a la entrada. Bajaste unos peldaños, con pasitos cortos y el rabo alzado, fingiendo una seguridad inexistente. De inmediato, noté tu miedo y pensé que habías conocido la crueldad y el maltrato. Eras uno de los miles de perros abandonados durante el verano, con escasas posibilidades de no acabar en una cuneta, con el cuerpo destrozado. Calculé que no pesabas más de seis kilos. Tus enormes orejas puntiagudas, descomunalmente grandes para su tamaño, recordaban a Bambi o al desdichado Dumbo. Tenías el pelo corto y de color canela y las patitas blancas. Eras un simple chucho, sin ese aire aristocrático de las razas inventadas por el hombre a costa de alterar el curso de la naturaleza. No había en ti ninguna arrogancia, pero sí una sencillez que revelaba un alma limpia y temblorosa, donde el anhelo de cariño luchaba contra el temor a ser herido. Aún no tenías nombre o, mejor dicho, habías perdido sin remedio el que te habían asignado, probablemente un nombre sin gracia ni poesía. Ese nombre sólo era una espina en tu memoria. Si alguien intentaba liberarte de ella, sentirías una mezcla de dolor y alivio. No conocía tu historia anterior y nunca llegué a conocerla. Una herida mal cicatrizada en la pata trasera explicaba tu timidez. Apenas me acercaba, retrocedías y agachabas la cabeza, tal vez temiendo un golpe. Necesité una hora para que vencieras tus vacilaciones. Cuando al fin toleraste mi cercanía y permitiste que te acariciara, sonreí con la convicción de que nuestras vidas se habían enredado para siempre. Pasaríamos los próximos años juntos, sin pensar en la muerte y los desencantos. Aunque en esa época luchaba contra una depresión con fantasías suicidas, presumí que tu vida sería más corta que la mía. Ha sido así y no puedo quejarme, pues me alegro de estar vivo, pero me rebelo contra la brevedad de tu existencia.

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Te subí al coche y partimos hacia Madrid. Te esperaba un nuevo nombre. No lo escogí yo, sino mi hermana Rosa, que enseguida resolvió que te llamarías Violeta. Mi madre te abrazó con dulzura y decidió que dormirías a su lado, ayudándole a combatir la soledad de un lecho vacío por culpa de una viudez prematura. Te acostó a sus pies y te cubrió con una manta de cuadros. Ahí has pasado los ocho años, tranquila y dichosa. De vez en cuando, compartías unas semanas con nosotros. No eras alocada ni especialmente juguetona. Tal vez habías aprendido a inhibir tus impulsos por miedo. Te conformabas con tumbarte en el sofá y ovillarte como un niño con frío. No te molestaba la presencia de mis perros y mis gatos, que te olisqueaban con curiosidad y te invitaban a jugar, casi siempre sin éxito. Al principio, te asustaba mi presencia. Casi siempre los maltratadores de humanos y animales, pertenecen al género masculino y yo era el único hombre. Necesitaste meses para no agacharte cuando me acercaba. Cada vez que te encogías, pensaba en los hombres de esta tierra dura, donde aún se ahorca a los galgos y se envenena a los gatos. Cuando paseaba por la dehesa que hay detrás de mi casa y me cruzaba con los cazadores con sus escopetas y sus jaurías, reparaba en sus ojos y no advertía vida ni alegría, sino ira, rudeza, incapacidad para amar y el placer atávico de herir al más débil. Me preguntaba si podía absolverlos por su ignorancia, pero muchos eran señoritos que se desplazaban hasta allí en potentes todoterrenos. Siempre que aparecía un cazador con su ropa de marca y sus armas con aspecto de recién salidas de una armería, con los cañones brillantes y la madera impecable, me preguntaba si eran la clase de hombres que mataron a García Lorca en el barranco del Víznar. Nunca les oculté mi antipatía y ellos no disimulaban su desprecio hacia un paseante que se entrometía en su bárbaro entretenimiento.
Viajaste al Mediterráneo con mi madre y mi hermana, pero no te acercabas al mar. No sé qué había en tu cabeza cuando te sentabas debajo de una sombrilla y observabas su extensión inabarcable, a veces alterada por el viento o perfectamente en calma, casi un cristal imperturbable. Desgraciadamente, la ley de costas expulsó a los perros de sus litorales, confirmando que España es un país áspero, antipático, que preserva ritos ancestrales y cruentos, pero es incapaz de apreciar que los humanos y los animales notan por igual las dentelladas del rechazo, la intolerancia o el desamparo. Violeta siguió contemplando el mar desde el balcón de un apartamento y paseando con mi madre y mi hermana por los jardines de Campoamor, la urbanización donde pasaban los meses de julio y agosto. Nunca se enzarzó en una pelea, jamás hizo un mal gesto, siempre se mostró paciente y delicada con los niños que celebraban sus orejas y preguntaban si era un duende. Sin embargo, no era una perrita con suerte. Primero sufrió un atropello en el Paseo de Pintor Rosales. Un conductor ignoró un paso de cebra y la golpeó en una cadera. Mi madre la llevaba con una correa y casi sufre la misma suerte. El miserable que manejaba el volante ni siquiera se detuvo. Violeta se quedó en el suelo, aullando lastimosamente. Mi madre la cogió en brazos y se echó a llorar. En esas fechas, ya había cumplido ochenta años. Siempre ha parecido más joven, pero su vejez ya era evidente y nadie se detuvo a preguntarle qué sucedía, por qué lloraba y por qué tenía sangre en las manos. El golpe había roto la cadera a Violeta y un neumático le había aplastado una patita, provocándole heridas graves. Durante dos o tres manzanas, mi madre avanzó con ella y nadie se ofreció a ayudarla. Lo recuerdo y siento rabia, vergüenza, pena. La falta de compasión es el fracaso más imperdonable, un pecado que nos mancha y nos hace infinitamente pequeños, con la pequeñez de lo mezquino y lo infame.

Afortunadamente, Violeta se recuperó. Después de una operación y unos clavos, volvió a caminar con normalidad. La tranquilidad duró poco tiempo. A los pocos meses se manifestaron los primeros síntomas de la leishmaniosis. No necesité acudir al veterinario para identificar la enfermedad. Ya había pasado otras veces por el mismo trance con otros perros. Violeta soportó bien el tratamiento y continuó con su vida, con la serenidad del que se obstina en sobrevivir a cualquier fatalidad. Se la notaba algo más viejecita. Ya no le gustaba tanto salir a la calle y de noche, cuando el frío y la lluvia convertían el parque en un lugar inhóspito, comenzaba a tirar de la correa para volver a casa. Hace apenas dos años, mi madre aún bajaba a pasearla. Con ochenta y seis años, aún conservaba la ilusión de escuchar las hojas de los árboles, crujiendo bajo sus pisadas o sentir la lluvia bajo un paraguas verde, que adelantaba ligeramente para proteger a Violeta del agua. No le molestaba mojarse y raramente se acatarraba. Todo el mundo pensaba que tenía diez o incluso quince años menos. Sus ojos azules aún manifestaban alegría y curiosidad. Ahora apenas se levanta de la cama y no pisa el parque. A pesar de sus ochenta y ocho años, conserva intacta su lucidez y no tiene ningún problema de salud, pero está abatida, pensando que ya ha excedido su tiempo y que cada día es un exceso, algo que ya no le corresponde y que tal vez está de más. El abatimiento de mi madre coincide con los últimos meses de Violeta. En octubre, el riñón comenzó a fallar. Dejó de comer y adelgazó. En pocos días, perdió más de dos kilos, casi un tercio de su peso. Ingresada en una clínica de Madrid, pasó quince días luchando por su vida. Nos comentaron que probablemente tenía más de doce años y nos dieron pocas esperanzas. Sin embargo, mejoró poco a poco y le dieron el alta. Durante ese tiempo, mi hermana y yo la visitábamos a diario, a veces por separado. Noviembre fue un mes triste y lluvioso. Abrigada por su impermeable, Violeta caminaba lentamente. No podíamos pasear más de diez minutos, pues la medicación intravenosa no podía interrumpirse demasiado tiempo. Una tarde me olvidé de las horas y me senté con ella en las escaleras de Teatro de la Zarzuela. Recordé que hacía muchos años escuché allí con mi mujer a Barbara Bonney, cantando lieder de Schubert y arias de Mozart. A nuestro lado, se sentó una señora mayor, que siempre rondaba las salas de concierto, buscando alguna entrada sobrante. Con unos botines feos y gastados, una rebeca gris con hilos sueltos y unas gafas con un esparadrapo en el puente, parecía una mendiga que sobrevive escarbando en las papeleras y los cubos de basura. Unos cristales gruesos, casi ahumados, escondían unos ojos remotamente azules. Su aspecto contrastaba con el del resto del público, que no vestía de etiqueta, pero sí con trajes elegantes y corbatas o pañuelos de seda. Unas enormes bolsas de El Corte Inglés que sujetaba entre sus piernas contribuían a fomentar la sospecha de que su vida era penosa y precaria. Hablamos un poco con ella y de inmediato advertimos que era una mujer culta, de modales suaves y nada indiscreta. Nos dijo que casi siempre lograba una entrada sin pagar. “Suele ser gente que no puede acudir por cualquier tontería. Yo les agradezco el detalle, pero meneo la cabeza. No hay ningún pretexto para no acudir a un buen concierto. ¿Acaso hay algo más importante que la música?” Indudablemente, ya ha muerto, salvo que haya superado los cien años.
Pasé cerca de media hora con Violeta en las escaleras del Teatro de la Zarzuela. Cada cierto tiempo, se acercaba alguien y me preguntaba por su estado, pues el catéter colocado en una de sus patas delanteras revelaba que algo no marchaba bien. Agradecía las palabras de afecto y me consolaba pensar que la sociedad había cambiado, pues veinticinco años atrás no eran habituales estas manifestaciones de solidaridad. Pensé que tal vez era nuestro último paseo, que simplemente cumplíamos con la ceremonia del adiós, intercambiando miradas rebosantes de tristeza. Sin embargo, yo alentaba la tibia esperanza del reencuentro en otro lugar, donde el tiempo se transformaría en eternidad viva y bulliciosa. Tal vez sólo es una ilusión, pero no quiero renunciar a ella, pues me proporciona cierto consuelo. Violeta me parecía más frágil y más pequeña, con su impermeable verde y sus patitas blancas. Agachaba las orejas cada vez que pasaba la mano por su cabeza y a veces suspiraba. No podía resignarme a que todo se acabara y no volver a caminar a su lado, presenciando su curiosidad de niña retraída, que observa el mundo con una mezcla de estupor y alegría. Cuando regresamos a la clínica, me regañaron por la demora. Me despedí de ella con un beso en su cabeza, preguntándome si volvería a casa, al menos a pasar sus últimos días. No se obró un milagro, pero el riñón nos concedió una tregua y le dieron el alta. El reencuentro con mi madre fue particularmente emocionante. Las dos se alborozaron como pájaros que retozan en una rama, rozando sus picos. Abrazadas, lloraron durante unos minutos. Mi madre con lágrimas. Violeta con muecas y parpadeos. Creo que fue una de esas ocasiones en que dos corazones se conciertan y palpitan al unísono, impulsados por un vendaval de ternura. Durante quince días, Violeta comió y dio pequeños paseos por mi jardín. Ya no mostraba la misma curiosidad por las cosas, pero agradecía la caricia del sol. Se tumbaba al lado de una morera sin hojas y alzaba la cara, con el gesto de un mendigo que disfruta de una mañana cálida y luminosa, feliz de saber que nadie puede arrebatarle ese instante.
Una mañana Violeta se negó a comer. Al día siguiente, tampoco mostró interés por su plato. No hubo otra alternativa que regresar a la clínica e ingresarla otra vez. Dos días más tarde, no había mejorado y los análisis arrojaban datos incompatibles con la vida. Su delgadez se había acentuado. Nos explicaron que ya no podían hacer nada y que era mejor adelantar el fin, pues el deterioro sería imparable y los analgésicos apenas podrían aliviar el dolor. No quise que nadie me acompañara a la dolorosa despedida. Mi madre no lo soportaría y mi hermana tampoco. Mi mujer, que la había cuidado con enorme delicadeza y afecto, insistió en estar a mi lado. Algunos amigos también se ofrecieron, pero yo no quise, pues la pena me parecía más tolerable como una experiencia íntima y sin testigos. No me movía el pudor o una presunta entereza, sino un rasgo de mi carácter difícil de explicar. No soy huraño, pero la soledad me parece reparadora en las situaciones más hirientes. El veterinario que se ocupó de todo era un chico joven, que había perdido recientemente a sus abuelos. Habló de su experiencia y se mostró extremadamente amable y comprensivo. Nos dejó a solas cuando yo se lo pedí. Violeta se mantenía en pie, pero su cuerpo era el de un santo maltratado por largos ayunos. Hablé con ella, recordé en voz alta cómo nos habíamos encontrado y los años que habíamos pasado juntos, casi siempre lastrados por mis tendencias depresivas. Sólo el que ha notado el hálito helado de la muerte invitándole a partir, puede comprender el consuelo que puede proporcionar la mirada de un perro. Cuando todo acabó, salí de la clínica con los ojos arrasados por las lágrimas y conduje hasta mi casa, embotado, confuso y con sensación de irrealidad. Sólo me consolaba pensar que Violeta al menos había conocido a Mindy, con un pasado igualmente desdichado e idéntica ternura.

Han pasado casi tres meses. No he sido capaz de escribirte antes, pero creo que lo comprendes y me perdonas. No sé qué más decirte. Las palabras a veces son demasiado pequeñas para expresar el verdadero amor, el que nace espontáneamente, sin obedecer a ninguna motivación egoísta. Es cierto que te rescaté del abandono y de un porvenir incierto, pero tú nos has dado mucho más de lo que recibiste. Has acompañado a mi madre durante años, ayudándole a sobrellevar su vejez e incitándola a pasear por el Parque del Oeste, contemplando a las ardillas que os hacían burla desde una remota rama. Has pasado largas horas sobre el regazo de mi hermana, regalándole el afecto que le han escatimado los humanos por su rara enfermedad. Para ti, no era una minusválida o una discapacitada, sino una persona que bebía la ternura de tus ojos y sonreía esperanzada. Has soportado mis tristezas y mis insomnios, acercando tu cuerpo a mi costado, cuando no lograba cerrar los ojos y pensar que la dicha no era algo improbable, sino la alegría que brota entre dos seres heridos y maltratados por la vida. Has hecho que Piedad sonriera al notar tu hocico húmedo, suplicando una golosina. Creo te hemos dado muy poco y tú nos has dado todo. Al igual que Dora, Tania y Nana, ahora sólo eres polvo en una cajita, pero yo sigo escuchando tus pasos, invitándome a salir al jardín y a celebrar que los árboles han comenzado a florecer, anunciando el triunfo de la vida sobre el obsceno aleteo de la muerte.

RAFAEL NARBONA

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