VÍCTOR JARA Y LA BATALLA DE CHILE

victor jara

En la España de los ochenta prosperaba la frivolidad. La canción protesta ya no estaba de moda. Sus letras parecían ingenuas y aburridas. La movida escogió nuevos símbolos para una juventud despolitizada, que se reía de los convencionalismos burgueses, pero que ya no creía en las revoluciones. Alaska y los Pegamoides se convirtieron en un icono generacional y el cine de Almodóvar desplazó al de Buñuel. Víctor Jara, que encarnó como pocos el compromiso con la lucha de los trabajadores, cayó en un inmerecido olvido, pero ahora que el capitalismo ha recobrado su rostro inhumano, podría servir de inspiración a los indignados que deambulan por las plazas, exigiendo libertad, justicia e igualdad.

Se recuerda a Víctor Jara por su música y por su trágico fin, que no añadió nada a su legado, salvo espanto. Afiliado al Partido Comunista de Chile, los militares sublevados lo secuestraron el 11 de septiembre de 1973, mientras se encontraba en la Universidad Técnica del Estado, con un grupo de 600 profesores, académicos y estudiantes. Trasladado al Estadio Chile, fue torturado durante días. No se han esclarecido por completo las circunstancias de su muerte, pero la autopsia reveló unos datos escalofriantes: 30 fracturas óseas, 44 heridas de bala. Su cuerpo fue arrojado en unos matorrales, cerca del Cementerio Metropolitano. Su esposa, la coreógrafa inglesa Joan Turner, lo identificó en el depósito de cadáveres entre las incontables víctimas de la represión. Sus restos fueron inhumados en una discreta ceremonia en el Cementerio General de Santiago de Chile. Treinta años después se homenajeó su memoria, cambiando el nombre al Estado Chile, que pasó a llamarse Estadio Víctor Jara.

El infame Pinochet nunca llegó a ser juzgado por sus crímenes, pese a los esfuerzos de Baltasar Garzón. El gobierno de Tony Blair recurrió a toda clase de estratagemas legales para anular la orden de detención emitida por el juez de la Audiencia Nacional. Margaret Thatcher visitó a Pinochet y charló con él amigablemente, con una taza de té en la mano. Ni España ni Gran Bretaña deseaban juzgar a un dictador que se había hecho famoso por su encarnizamiento con la oposición, institucionalizando la tortura y el asesinato de sus adversarios, como el general Carlos Prats y el economista y diplomático Orlando Letelier, destrozados por sendas bombas colocadas en su vehículos, pese a hallarse exiliados en otros países. Prats se había refugiado en Buenos Aires y Letelier en Washington. Prats murió con su esposa Sofía Cuthbert y Letelier con su ayudante norteamericana Ronni Moffitt. Un comando de la DINA (policía secreta chilena) y el mercenario y antiguo agente de la CIA Michael Townley, apoyados por la Administración norteamericana, las dictaduras del Cono Sur y Centroamérica y los grupos anticastristas, perpetraron los asesinatos dentro de la Operación Cóndor, un plan criminal concebido para liquidar a los líderes políticos y sindicales de la izquierda latinoamericana durante las décadas de 1970 y 1980.

Los más de 3.000 asesinados, los 30.000 torturados y los 700.000 exiliados no conmovieron al gobierno inglés ni al español, que respiraron aliviados cuando el general golpista regresó a Chile, donde le recibieron con entusiasmo sus compañeros de armas. Sus problemas de salud –reiteradamente alegados para evitar la extradición- desaparecieron apenas pisó el aeropuerto. Al igual que Nosferatu, se levantó de la silla de ruedas y repartió abrazos. Pinochet murió de un infarto de miocardio a los 91 años, convirtiéndose en un símbolo de la impunidad de los genocidas respaldados por Estados Unidos. Víctor Jara  estaba a punto de cumplir 41 años cuando fue asesinado. Pinochet siempre estará asociado al odio, el crimen, la tortura y el terrorismo institucional. Los escándalos económicos que aún afectan a su familia por evasión de capitales y malversación de fondos públicos sólo confirman que los dictadores siempre actúan impulsados por los intereses más mezquinos.

Durante su detención, escribió Víctor Jara su último poema: “Somos cinco mil / en esta pequeña parte de la ciudad. / Somos cinco mil. / ¿Cuántos seremos en total / en las ciudades y en todo el país? / ¡Cuánta humanidad / con hambre, frío, pánico, dolor / presión moral, terror y locura! […] ¡Canto que mal me sales / cuando tengo que cantar espanto! / Espanto como el que vivo /como el que muero, espanto. / De verme entre tanto y tantos / momentos del infinito / en que el silencio y el grito / son las metas de este canto. / Lo que veo nunca vi, / lo que he sentido y que siento/ hará brotar el momento…”. El impacto que causó el asesinato de Víctor Jara es semejante al que provocó el fusilamiento de García Lorca. La indignidad de sus asesinos sólo ha crecido con los años. Pinochet y Franco privaron a sus compatriotas y al mundo de un canto que se hallaba en la cima de su poder creativo. Sólo por eso merecen ser despreciados y execrados durante generaciones.

Hijo de campesinos, Víctor Jara trabajó en el campo desde muy pequeño, urgido por la pobreza que afligía a los humildes habitantes de Quiriquina, una pequeña localidad de San Ignacio, provincia de Ñuble. Su madre se preocupó de que acudiera a la escuela y le inculcó su afición a la música. En una región con un arraigado folclore, Amanda, la esposa de Manuel Jara, tocaba la guitarra y cantaba. Desgraciadamente, falleció cuando Víctor sólo tenía quince años. La búsqueda de “un amor profundo y diferente” que le ayudara a soportar la pérdida le empujó a ingresar voluntariamente en el seminario de la Congregación del Santísimo Redentor, donde practicó canto gregoriano. No permaneció mucho tiempo en el seminario. Sin vocación religiosa, grabó su primer disco a los 27 años (dos villancicos chilenos), después de que Violeta Parra reconociera su talento y le animara a seguir cantando. Años más tarde, Víctor Jara evocará a Violeta Parra, con afecto y convicción: “Su presencia es como una estrella que jamás se apagará. Violeta, que desgraciadamente no vive para ver este fruto de su trabajo, nos marcó el camino; nosotros no hacemos más que continuarlo y darle, claro, la vivencia del proceso actual”.

En 1961, Víctor Jara compuso su primera canción: “Paloma quiero contarte”, donde clama: “Lloro con rabia pa fuera, pero muy ondo pa dentro”. En esa época, Víctor Jara combina la música con la dirección teatral. Más adelante, participará en el montaje de El círculo de tiza de Bertolt Brecht y de la Antígona de Sófocles, y con el tiempo, llegará a ser profesor de interpretación de la Universidad de Chile. Director artístico del grupo Quilapayún graba su primer LP como solista en 1966, que tituló Víctor Jara. El álbum incluye “El Arado”, un tema que recrea el sufrimiento del campesino abocado a envejecer sobre una tierra que no le pertenece, pese al sudor derramado: “Aprieto firme mi mano, / y hundo el arao en la tierra / hace años, que llevo en ella / ¿Cómo no estaré agotao? / Vuelan mariposas, cantan grillos / la piel se me pone negra / y el sol brilla, brilla y brilla / el sudor me hace zurcos, / yo hago zurcos a la tierra sin parar. / Afirmo bien la esperanza / […] Cómo yugo de apretao / tengo el puño esperanzao / porque todo cambiará…”. Cada vez más comprometido con la izquierda socialista, participa en un acto mundial contra la guerra del Vietnam celebrado en Helsinki. 

En 1967, publica su tercer trabajo, El verso es una paloma, que dedica una canción al Che, titulada “El aparecido”: “Abre sendas por los cerros, / deja su huella en el viento, / el águila le da el vuelo, / y lo cobija el silencio. / Nunca se quejo de frío, / nunca se quejo del sueño, / el pobre siente su paso / y lo sigue como ciego. / Su cabeza es rematada, / por cuervos con garra de oro, / como lo ha crucificado / la furia del poderoso. / Hijo de la rebeldía, / lo siguen veinte más veinte, / porque regala su vida.”.  En 1969 aparece Pongo en tus manos abiertas…, un álbum que incluye el tema Preguntas por Puerto Montt, donde se evoca a las once víctimas mortales de la masacre de Pampa Irigoin. Durante el gobierno del democristiano Eduardo Frei Montalva, 90 familias pobres ocuparon un terreno sin explotar, intentado forzar su expropiación, de acuerdo con la legislación vigente, que contemplaba esa posibilidad cuando una finca no era aprovechada por su propietario. No se trataba de un caso aislado. Muchas familias recurrían a esta iniciativa para construirse un hogar y cultivar la tierra. En el caso del sector llamado Pampa Irigoin en Puerto Montt, el regidor socialista Luis Espinoza apoyó la ocupación, que se realizó pacíficamente. Los Carabineros no intervinieron inicialmente. Durante cuatro días se negoció sin que nada insinuara la posibilidad de un desalojo violento, pero el quinto la policía cargó contra las familias, matando a once personas, incluido un bebé de nueve meses, que murió asfixiado por los gases lacrimógenos. Los carabineros actuaron obedeciendo órdenes del Ministro del Interior, Eduardo Pérez Zujovic. En su canción, Víctor Jara se dirigía al político: “Usted, debe responder, señor Pérez Zujovic, por qué al pueblo indefenso contestaron con fusil. Señor Pérez, su conciencia la enterró en un ataúd y no limpiará sus manos toda la lluvia del Sur”. El 8 de junio de 1971, un comando del grupo Vanguardia Organizada del Pueblo, interceptó el coche de Pérez Zujovic y acabó con su vida. Sería ridículo responsabilizar a Víctor Jara, pues el ministro se había atraído muchas antipatías por su implicación en la matanza de campesinos sin tierra en Puerto Montt.

Pongo en tus manos abiertas… incluía una versión poema de Pablo Neruda, “Ya parte el galgo terrible” y una canción dedicada a Luis Emilio Recabarren, padre del movimiento obrero chileno de orientación marxista: “Pongo en tus manos abiertas / mi guitarra de cantor/ martillo de los mineros, / arado del labrador. […] / Árbol de tanta esperanza / naciste en medio del sol / tu fruta madura y canta / hacia la liberación”. En abril de 2008, la revista Rolling Stone escogió el álbum como el quinto mejor disco chileno de todos los tiempos. En 1971, publica El derecho de vivir en paz, que contiene la “Plegaria a un labrador”, que ganó el primer premio en el primer festival de la Nueva Canción Chilena. Se trata de un hermoso himno, que invita los campesinos a luchar por sus derechos, anunciándoles la esperanza de un mundo mejor: “Levántate y mira la montaña / de donde viene / el viento, el sol y el agua/, tú que manejas el curso de los ríos / tú que sembraste el vuelo de tu alma, / levántate y mírate las manos / para crecer, estréchala a tu hermano / juntos iremos unidos en la sangre / hoy es el tiempo que puede ser mañana, / líbranos/ de aquel que nos domina / en la miseria / tráenos tu reino de justicia / e igualdad; / sopla como el viento la flor / de la quebrada /, limpia como el fuego / el cañón de mi fusil / hágase por fin tu voluntad / aquí en la tierra / danos tu fuerza y tu valor / al combatir/ […] juntos iremos unidos en la sangre, / ahora es la hora / de nuestra muerte, / amén”.

Víctor Jara nunca dejó de apoyar a Salvador Allende y a los candidatos de la Unidad Popular. Allende había conseguido la presidencia en 1970, con el respaldo del 36% de los votantes. Su programa preconizaba la reforma agraria y la nacionalización del cobre, principal riqueza de Chile, controlada por empresas norteamericanas. Richard Nixon ordenó de inmediato una campaña de desestabilización, alarmado por la posibilidad de que se propagará el socialismo por América Latina. Apoyado por los sectores menos favorecidos, Allende cumplió su promesa de nacionalizar el cobre y rehusó pagar indemnizaciones a los propietarios, las familias Rokefeller y Rothschild, alegando que sus ganancias habían sido excesivas y carecían de legitimidad. Estados Unidos respondió con un embargo sobre las exportaciones de cobre. Durante los tres años de gobierno de Allende, aumentó la conflictividad social (la derecha no se resignaba a perder sus privilegios, la izquierda exigía cambios más profundos), pero eso no impidió que se produjera una explosión cultural en las letras, la música y las artes plásticas. Víctor Jara defiende la vía hacia el socialismo del Presidente Allende, con sus letras y canciones, sin olvidar que “la mejor escuela para el canto es la vida”. En una entrevista radiofónica afirma: “Yo soy un trabajador de la música, no soy un artista. El pueblo y el tiempo dirán si yo soy artista. Yo, en este momento, soy un trabajador. Y un trabajador que está ubicado con conciencia muy definida”. Es nombrado Embajador Cultural del Gobierno de la Unidad Popular. Viaja a la Unión Soviética y a Cuba y dirige el homenaje organizado para celebrar la concesión del Premio Nobel de Literatura a Pablo Neruda. Durante la huelga de los camioneros promovida por la oligarquía financiera, realiza trabajos voluntarios, intentando salvar al país de una catástrofe económica, orientada a precipitar la caída de Allende. La huelga provoca un desabastecimiento general de los mercados. Aparece el mercado negro y se desboca la inflación. Allende intenta negociar con la Democracia Cristiana, pero le cierran todas las puertas. La situación es tan grave que decide convocar un plebiscito para determinar su continuidad en el poder. Escoge como fecha el 11 de septiembre y como lugar la Universidad Técnica del Estado.

La alocución no llega a celebrarse, pues los militares se anticipan, sacando los tanques a la calle. Salvador Allende acude al Palacio de La Moneda para defender la democracia y pronuncia un último discurso a través de la radio: “No tengo condiciones de mártir, soy un luchador social que cumple una tarea que el pueblo me ha dado. Pero que lo entiendan aquellos que quieren retrotraer la historia y desconocer la voluntad mayoritaria de Chile; sin tener carne de mártir, no daré un paso atrás. Que lo sepan, que lo oigan, que se lo graben profundamente: dejaré La Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera, defenderé esta revolución chilena y defenderé el Gobierno porque es el mandato que el pueblo me ha entregado. No tengo otra alternativa. Sólo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad que es hacer cumplir el programa del pueblo. Si me asesinan, el pueblo seguirá su ruta, seguirá el camino (…). La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor”. Los militares bombardean el Palacio de La Moneda y Salvador Allende es abatido a tiros. Se ha afirmado que se trató de un suicidio, pero no hay pruebas definitivas y no hay que descartar el deseo de encoger el mito, presentando su muerte como un gesto de desesperación.

Víctor Jara esperaba a Allende en la Universidad Técnica del Estado para apoyar su discurso. Cuando le informan del golpe, decide permanecer en el recinto, acompañado por los estudiantes y profesores que pretendía mostrar su solidaridad con el Presidente. Al día siguiente, los militares asaltan el lugar con piezas de artillería y les detienen por la fuerza. Les encierran en Estadio Chile, donde se viven escenas de terror. Víctor Jara es torturado hasta la muerte y su cuerpo arrojado a una cuneta, con el de otros seis prisioneros. Sólo la intervención de un trabajador de la morgue, que le reconoce por azar, evita que su cuerpo acabe en una fosa común.

Víctor Jara es una de los símbolos de la horrible dictadura que acabó con la vía al socialismo de Allende. No es difícil matar a un hombre, pero es imposible silenciar a un poeta. Sus palabras siempre le sobreviven e inspiran a los que las recogen y cuidan, conscientes de su enorme valor. Víctor Jara no enseñó que “la luna es una explosión / que funde todo el clamor. / El derecho de vivir en paz”. Nunca pretendió ser una estrella: “Yo no canto por cantar / ni por tener buena voz, / canto porque la guitarra / tiene sentido y razón. / Tiene corazón de tierra / y alas de palomita, / es como el agua bendita / santigua glorias y penas. / Que no es guitarra de ricos / ni cosa que se parezca / mi canto es de los andamios / para alcanzar las estrellas”. A pesar de todos los escollos, Víctor Jara nunca perdió la esperanza: “Nuestra vida no ha sido hecha / para rodearla de sombras y tristezas”. El pueblo al final vencerá: “Vamos por ancho camino / nacerá un nuevo destino. / El odio quedó atrás, / no vuelvas nunca /, mira hacia el mar, / tu canto es río, / sol y viento /, pájaro que anuncia la paz”.

Se ha dicho que hay músicos que aman la música y músicos que aman al pueblo, como Víctor Jara, que concibió su canto como la espuma de un futuro más humano. No es necesario escribir su epitafio. Los poetas siempre se anticipan a su muerte y nos dejan las palabras que nos impedirán olvidarlos: “Ahí, debajo de la tierra / tú estás dormido hermano, compañero / tu corazón oye brotar la primavera / que como tú soplando irá en los vientos. / Ahí enterrado cara al sol / la nueva tierra cubre tu semilla / la raíz profunda se hundirá / y nacerá la flor del nuevo día”. Su canto truncado es la luz que nos indica la inminencia de un deslumbrante amanecer.

RAFAEL NARBONA

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