TIEMPOS DE GLORIA

Charleston, Carolina del Sur, 17 de julio de 1863
Querida madre:

Mañana lanzaremos la ofensiva contra Fort Wagner. Los hombres del 54 saben que nuestras posibilidades de éxito son escasas y no ignoran que el número de bajas será altísimo. Cuando se me encomendó el mando del primer Regimiento de soldados negros, nadie creyó que llegarían a convertirse en una unidad eficiente y disciplinada, con moral de combate y enorme capacidad de sacrificio, pero después de una durísima instrucción y una escaramuza con cuarenta y dos bajas, han demostrado que pueden luchar en las circunstancias más adversas, sin acobardarse o retroceder.

Hace unos minutos, me despedí de los oficiales. Todos son blancos, de acuerdo con las normas impuestas por el Congreso de la Unión al crear el Regimiento. Nos limitamos a intercambiar unas palabras cordiales, evitando cualquier sentimentalismo. Por el contrario, los soldados de color del 54 del Massachusetts permanecen reunidos alrededor de una hoguera, cantando y bromeando. Acostumbrados a penalidades inconcebibles, no temen expresar sus emociones. Hablan abiertamente de la muerte y no ocultan su apego al Regimiento. Algunos lo consideran su única familia, pues han nacido esclavos y en seguida les separaron de sus padres. Creo que su único temor es volver a soportar nuevas formas de servidumbre. Es doloroso pensar que la mayoría caerán bajo el fuego enemigo. Si yo me encuentro entre las bajas, espero que mi cadáver no reciba ningún trato de privilegio. No me importaría acabar en una fosa común entre mis hombres, pese a que los oficiales del Sur lo consideren el peor ultraje. Si luchamos por el fin de la esclavitud, no podemos esperar diferencias en la muerte y yo no he conocido a soldados más valientes y leales.
No pretendo apenarla, pero tal vez esta sea mi última carta. No es fácil despedirse de la vida. Sin embargo, no se puede atribuir mucha importancia a la existencia individual en mitad de una guerra. En la batalla de Antietam, se produjeron 23.000 bajas en un solo día. El general Lee realizó una hábil maniobra de repliegue y evitó que su ejército fuera destruido, pero tuvo que retirarse a Virginia y, poco después, Lincoln dictó la Proclamación de Emancipación. Yo fui herido levemente. Una bala de cañón deshizo la cabeza del oficial que me precedía y una esquirla se incrustó en mi cuello. Perdí el conocimiento durante unos minutos. Los enterradores pensaron que había muerto. No desperté hasta sentir unas manos levantando mi cuerpo. Se disponían a arrojarme a una carreta atestada de cadáveres, cuando abrí los ojos y tosí. No mostraron ningún asombro, pues ya están familiarizados con las situaciones más inverosímiles. Me trasladaron a la enfermería, donde me extrajeron el proyectil. Me atendió un enfermero, con un delantal de hule manchado de sangre. Los dos comentamos los incidentes de la batalla, fingiendo no reparar en el trabajo de un cirujano que amputaba una pierna, ayudado por unos soldados, que habían inmovilizado al herido con correas. Las reservas de cloroformo no contemplan una masacre como la de Antietam. El serrucho seccionaba el hueso entre espantosos gritos y suplicas, pues se habían agotado todos los recursos para aliviar el dolor. Se trataba de un hombre joven, más o menos de mi edad. Comprendo su desesperación. Para muchos, es preferible morir a quedar mutilado o desfigurado. Una cortina intentaba simular algo de intimidad, pero el hospital de campaña se encontraba repleto de heridos, algunos moribundos o con la mirada enajenada. Ya he visto enloquecer a muchos hombres. Algunos canturrean como niños y otros deambulan como fantasmas, repitiendo incoherencias. Desgraciadamente, de vez en cuando se produce algún suicidio. No todos pueden soportan la tensión del frente. Es lamentable que un hombre se quite la vida, pero nadie tiene derecho a juzgar la desesperación ajena. Creo que Dios perdonará a todos los que cometen esta locura, pues en esos momentos no elige la razón, sino la angustia y la angustia a veces derrota a la voluntad, especialmente cuando has contemplado los horrores de la guerra.

En Antietam, seguimos utilizando las tácticas napoleónicas, pero nos enfrentamos por primera vez a rifles de repetición Spencer y a ametralladoras Gatling. Son armas modernas y letales, que barrieron las primeras filas y dispersaron al resto, desatando el caos y la confusión. Se están ensayando nuevas estrategias, donde las tropas se dividen en unidades pequeñas para no ofrecer un blanco tan visible. El mundo no cesa de transformarse y la guerra ya no puede limitarse a repetir las pautas del pasado. Nos acercamos al umbral de una nueva era y el soldado deberá aprender a combatir de otro modo. Es trágico que una nación se desangre en una lucha interna, pero las hileras de refugiados negros nos recuerdan que combatimos por un futuro de libertad y dignidad, donde unos hombres no esclavicen a otros y nadie esté privado de voz. Sé que en el Norte, donde apenas hay negros, el abolicionismo es una causa relativamente extravagante y, de hecho, en mi primera juventud llegué a plantearme si sus demandas tal vez no eran excesivas, pero ahora me avergüenzo de esas vacilaciones, que atribuyo a mi escasez de juicio. Después de instruir a un Regimiento de soldados negros, he descubierto que el sufrimiento prolongado de la esclavitud les ha convertido en hombres con un gran autodominio y con la capacidad de liberar fácilmente su mente después del trabajo intenso y el esfuerzo físico. Su fortaleza mental es notablemente superior a la de los soldados blancos. No se ha producido ninguna deserción y no he visto un solo caso de histeria o neurosis. Después de la primera escaramuza, los heridos sólo manifestaban el deseo de volver a combatir, negándose a ser evacuados. Se rindió honor a los caídos, con solemnidad y sincera camaradería, pero nadie cuestionó la necesidad de continuar luchando. Estoy muy orgulloso de estar al mando del Regimiento y no dejo de aprender cosas que ni siquiera había sospechado, como la posibilidad de preservar la dignidad en mitad del infortunio más intolerable. Estamos construyendo un futuro que tal vez no veamos, pero de alguna manera ya formamos parte de él. Será una aurora deslumbrante, semejante a la revolución que nos libró de los ingleses y los franceses. Somos un país joven, pero que no cesa de producir historia y grandeza.

Antes de la batalla de Antietam, fui ascendido a capitán, no por méritos de guerra, sino porque el cuerpo de oficiales estaba diezmado. En esta ocasión, la suerte me sonrió en forma de un nuevo galón. Es la segunda vez. En mi primera acción de guerra, una bala dirigida a mi hígado impactó en mi reloj de bolsillo. No creo en el destino, pero sí en el azar y en la razón. El azar no puede anticiparse y la razón nos muestra las cosas con una dolorosa claridad, sin preocuparse de nuestras esperanzas. No me hago ilusiones sobre el asalto contra Fort Wagner. Sus defensas son casi imbatibles y poseen numerosas piezas de artillería, incluido un cañón Columbia capaz de volar las puertas del infierno. La guarnición está compuesta por mil hombres, armados con baterías del 32, que disparan proyectiles de 42 libras. Tendremos que avanzar entre dunas, aprovechando las depresiones del terreno y un desfiladero natural. Sólo unos pocos llegarán al pie de la fortaleza. No sé si algunos lograrán sortear las defensas y penetrar en el interior. Si así sucede, constituirá una importante victoria moral, pero sólo podremos hablar de éxito militar, si conseguimos abrir una brecha para el siguiente Regimiento, más fresco, menos fatigado y con la ventaja de enfrentarse a un enemigo debilitado. Es esencial tomar Fort Wagner y otras guarniciones costeras para asaltar Charleston. Al margen de lo que suceda, los hombres del 54 de Massachusetts serán recordados por su gesta, evidenciando que el color de la piel sólo es algo accidental y no un rasgo que determine el valor de un ser humano. Los hombres que combatirán mañana aún no han compuesto ningún poema, pero representan la posibilidad de un futuro donde nuestras letras se enriquecerán con una nueva generación de hombres libres. El ejemplo de Frederick Douglass corrobora mis palabras. A pesar de nacer esclavo, Douglass aprendió a leer, incumpliendo las leyes que prohíben la alfabetización de los negros en el Sur, y logró fugarse, con una mezcla de coraje e ingenio. Desde entonces, no ha dejado de asombrar al mundo. Recuerdo una de sus frases más célebres: “Habéis visto como un hombre se convertía en esclavo. Ahora veréis como un esclavo se convierte en un hombre”. Me gustaría pensar que en el 54 de Massachusetts se ha hecho realidad esta transformación. Los soldados del Regimiento ya no son esclavos, sino hombres con un gran sentido de la dignidad. Si yo he aportado algo en este proceso, mi vida estará justificada. La muerte no podrá arrebatarme mi modesta contribución en una causa justa y necesaria, que convertirá nuestra nación en el hogar de todos sus habitantes, sin esclavitud, familias trágicamente separadas o castigos inhumanos.

Cuando me ofrecieron el mando del Regimiento, recordará que titubeé. No confiaba en mi carácter ni en mi fuerza de voluntad, pero consideré que el destino me planteaba la posibilidad de averiguar mi valía personal. Estos meses me han enseñado que la milicia es una forma de trascender nuestra condición de individuos. Ya había advertido algo semejante en la escuela, particularmente cuando las diferentes clases de un mismo curso se enfrentaban en simulacros bélicos. Nunca he destacado por mis cualidades atléticas, pero cuando se pelea lo esencial es la voluntad de vencer el miedo y resistir hasta el final. La embriaguez de actuar como un solo hombre supera cualquier forma de vanidad. El yo se revela infinitamente pequeño cuando un grupo de individuos logra olvidar sus diferencias para entregarse a un objetivo común. No puedo quejarme de mi educación. He sido muy afortunado. Nací en Boston y estudié en Nueva York, Suiza, Italia, Hannover, Noruega y Suecia. Aunque me gradué en Harvard para trabajar en la firma mercantil del tío Henry, nunca sentí un verdadero interés por el mundo de los negocios. El estallido de la guerra me ayudó a desviarme de un destino que no me agradaba, alistándome con veintitrés años en el Séptimo Regimiento de Infantería de Nueva York. Después del ataque a Fort Summer, fui trasladado a Washington, donde el Presidente Lincoln accedió a recibirme, dedicándome unas palabras afectuosas. No ignoro que ser hijo de unos padres que han dedicado su vida a la política y las letras me ha concedido el privilegio de conocer a personalidades tan notables como Nathaniel Hawthorne, William Lloyd Garrison, Harriet Beecher Stowe (la pequeña mujer que –según Lincoln- encendió la llama de la guerra al conmover a toda la nación con La cabaña del tío Tom), Frederick Douglass o Ralph Waldon Emerson. Siento una enorme admiración por cada uno de ellos, pero nunca he ocultado mi singular aprecio por la literatura de Emerson, donde el ingenio humano se despliega con un soplo sobrenatural. Le agradecí mucho que me enviara hace unos meses sus reflexiones. Me han ayudado a pasar muchas noches de insomnio, preguntándome si alguna vez entraríamos en combate o nos reservarían tan sólo para realizar tareas pesadas. Mis hombres han obedecido todas las órdenes, ocupándose de talar árboles, levantar empalizadas o abrir caminos en la espesura, pero su desánimo era evidente. La frustración de algunos se manifestaba en pequeñas negligencias, como descuidar el uniforme o no limpiar las armas con la frecuencia necesaria, pero apenas los oficiales les llamaban la atención se aplicaban de nuevo y recuperaban su esmero habitual. Las horas de inactividad resultaban especialmente penosas. Parecíamos un velero en alta mar, incapaz de avanzar por la falta de viento. A veces, estallaba alguna rencilla, pero los ánimos se aplacaban en seguida. Yo pensaba en la frase de Emerson: “Lo trágico de la guerra es que echa mano de lo mejor del hombre para emplearlo en lo peor de las obras humanas: destruir la vida”. Sin embargo, sabía que sin acción mis hombres se deslizarían hacia un estado cada vez más lamentable, malogrando las cualidades adquiridas durante los meses de instrucción.

Cuando el Congreso de la Confederación anunció que fusilaría sin juicio a cualquier soldado negro y a cualquier oficial blanco al mando de una unidad de hombres de color, sin aplicarles la condición de prisioneros de guerra, sino la de esclavos fugitivos o la de simples forajidos, el Presidente Lincoln ofreció la licencia absoluta a todo el que lo solicitara. Pasé toda la noche en blanco, paseando por mi habitación y refugiándome en las sentencias de Emerson: “La amistad es un amigo con el que puedes pensar en voz alta”. Disfruto de la compañía del mayor Forbes, buen amigo de la infancia y compañero de tantos veranos en nuestra casa de Boston, pero esa noche nos separamos, eludiendo intercambiar impresiones. Entiendo que en estas situaciones cada hombre necesita hablar consigo mismo. El miedo es un poderoso adversario y a veces sólo es posible vencerlo en solitario. Al día siguiente, me levanté con la expectativa de encontrarme con un Regimiento reducido a simple compañía, pero nadie se había movido. Estaban todos, incluido Forbes, evitando cualquier alarde o gesto de presunción. Sentí una alegría inmensa, que se reflejó en mi semblante, con una sonrisa incontenible. Todos me respondieron con un gesto semejante. Sentí que habíamos trascendido el simple vínculo de la milicia para convertirnos en hermanos de sangre. Cuando el Congreso envió instrucciones para que los soldados negros cobraran diez dólares y no trece, como es lo habitual, surgió un pequeño motín. Los soldados rechazaron la paga entre gritos de protesta. Yo saqué el revólver y disparé al aire. Se hizo el silencio y todas las miradas se concentraron en mí. Sin dudarlo, hice trizas el recibo de mi paga, anunciando que los oficiales se sumaban al boicot. Noté que los rostros se iluminaban y los gritos renacieron, exigiendo un trato igualitario. Yo me contuve, pero me regocijé al descubrir que había desaparecido cualquier signo de sumisión. Realmente, los hombres del 54 de Massachusetts son hombres libres. Pocas semanas después, se revocó esta injusta discriminación.

Hasta ahora, la prensa no ha mostrado mucho interés por el Regimiento, pero mañana será diferente. Encabezamos un ataque directo contra una fortaleza casi inexpugnable. Si no regreso, si caigo entre mis hombres, sólo ruego que los periodistas relaten a la nación, lo que sucederá entre la marisma y los muros de Fort Wagner. Si no vuelvo a casa, no se entristezca demasiado. He vivido de acuerdo con las convicciones que me inculcaron. Necesité algún tiempo para comprender la necesidad de involucrame en los acontecimientos. La Historia no camina a ciegas, sino de acuerdo con la dirección que le impone el ser humano. Padre ha dedicado su existencia a construir un mundo más justo y usted siempre ha permanecido a su lado, identificada con sus ideas y respaldando su compromiso. Yo me he limitado a seguir su ejemplo, intentando no defraudarles. Ha comenzado a amanecer. Las fogatas aún humean y escucho a los soldados preparando su equipo. No se respira un ambiente trágico, sino profundo y solemne. Estamos preparados física y mentalmente. Sabemos que participamos en algo grande y necesario. Sería presunción negar el miedo, pero me infunde más temor rehuir la oportunidad de demostrar nuestro valor y entereza. Sé que nos encaminamos hacia un probable fracaso pero una vez más recuerdo las palabras de Emerson: “El verdadero carácter no necesita el éxito para continuar”.

Dele recuerdos a mi padre.

P. S. El 54 de Massachusetts fue diezmado por las defensas de Fort Wagner. La mitad del Regimiento cayó en las marismas o cerca de la fortificación. El coronel Robert Gould Shaw logró avanzar hasta el foso principal, donde levantó una pequeña barricada. Inmovilizados por el fuego enemigo, Robert abandonó el parapeto con un pequeño grupo, gritando: “Adelante, 54”, pero un disparo en el pecho lo mató en el acto. El abanderado cayó a su lado. El resto de los hombres continuaron el ataque. Algunos lograron penetrar en la fortaleza, pero ninguno sobrevivió. Al día siguiente, el general confederado Johnson Hagood se negó a devolver el cuerpo del coronel Shaw, alegando que si hubiera comandado un regimiento de blancos, le habría enterrado con honores, pero al ser el cabecilla de una partida de negros, no merecía otro destino que la fosa común. Después de la guerra, se planteó recuperar el cuerpo de Shaw, pero su padre Frank escribió: “No debemos moverlo del lugar donde se encuentra, rodeado de sus valientes soldados. No imagino mejor compañía para mi hijo”. Al contemplar el altorrelieve en bronce realizado por Augustus Saint-Gaudens y Stanford White en Beacon Street para homenajear al coronel Shaw y a los primeros soldados afroamericanos, William James exclamó: “Ahí van los defensores de un mundo mejor”.

RAFAEL NARBONA

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