JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS: POETA DEL CAMPO

José Antonio Muñoz Rojas (Antequera, 9 de octubre de 1909 – Mollina, 29 de septiembre de 2009). Fotografía de Nacho Alcalá.

Los clásicos a veces viven en una tranquila penumbra, sin disfrutar de la visibilidad que merecen. Pocos libros tan hermosos como Las cosas del campo, de José Antonio Muñoz Rojas (Antequera, 1909-Mollina, 2009), que se escribió por amor a los paisajes y las gentes de los campos de Antequera. Recién casado, el poeta vivía en la Casería del Conde, la finca familiar, y su hermano le regaló un libro encuadernado en piel y con las hojas en blanco. No eran hojas corrientes, sino papel del siglo XVII que demandaba unos apuntes líricos sobre la vida campesina. Aficionado a recorrer los caminos a caballo, el poeta desplegó su sensibilidad para captar indistintamente lo callado y lo profundo, lo solemne y lo humilde, lo sencillo y lo incomprensible. Corría el año 1944 y la poesía aún temblaba de espanto bajo el recuerdo de la guerra, que había silenciado –o desterrado- a algunas de las voces más luminosas e innovadoras del período comprendido entre 1902 y 1936, un segundo Siglo de Oro que comenzó en 1888 con la publicación de Azul, de Rubén Darío, y que la crítica posterior rebajó a Edad de Plata. Muñoz Rojas, esencial y machadiano, clásico y moderno, con algo de místico y no poco de escéptico, escribió al ritmo de las estaciones, siguiendo un devenir vagamente cronológico, que inició su vuelo el 30 de marzo de 1946 y finalizó el 31 de marzo de 1947, “un ciclo campesino completo”. Surgió de este modo un “diario se sucesos”, notas breves que abordaban con alegría, humor y delicadeza la vida secreta de los olivos, las idas y venidas de los pájaros, el estoicismo de los mulos, la parquedad de los viejos agricultores, la entereza de los niños familiarizados con el hambre y la pobreza. Nunca pasa nada en el campo, porque el campo vive en lo eterno, pero en esa eternidad hay vida, prodigios que se repiten cíclicamente, desgracias que se renuevan fatalmente. Cada primavera es un acontecimiento, pero no trae nada verdaderamente nuevo. Entre la tierra y el cielo, “vivir es ver volver”, como escribió Azorín. Sólo el avance de las ciudades y el progreso técnico han despertado al campo de su sueño, arrojándolo a la rueda del tiempo.

Muñoz Rojas no mostró mucho interés en publicar sus pequeños poemas en prosa. De hecho, el manuscrito permaneció inédito hasta 1950, cuando un grupo de amigos malagueños (Pepe Salas, Bernabé Fernández Canivell y Alfonso Canales) le pidieron un inédito para una primorosa colección de poesía titulada Arroyo de los Ángeles. Fernández Canivell se encargó de la edición, con una tirada de doscientos ejemplares –“mayormente para regalo”- e ilustraciones de Martita Wiessing Oropesa, “una joven medio holandesa y boliviana, […] de tez blanca, ojos verdes y pelo negrísimo”. Más adelante, se lanzaron nuevas ediciones aumentadas y corregidas. Todos los ejemplares acabaron en la Cuesta de Moyano como libros de saldo. Sólo en 1999, el libro empezó una segunda navegación gracias a la editorial Pre-Textos. En la nota preliminar escrita para la edición de 1975, que asumió la editorial Destino por mediación de su amiga Elena Quiroga y que incluía Las Musarañas y el inédito Las Sombras, Muñoz Rojas señalaba con melancolía: “Algo ha llovido desde que se escribió, va ya para treinta años, este libros de La cosas del campo”. En ese tiempo, se han producido grandes e inesperados cambios. “Algunas de estas cosas ya no existen”. Muchos oficios y quehaceres se han extinguido. Ya no hay mulos, las cuadras están vacías, ya no se oye el sonido del pienso cuando las manos lo acomodan en los comederos. El regadío usurpó el espacio de los  álamos blancos del Sotillo, derribados para dejar paso a nuevos cultivos. “No quedan bielgos, ni barcina, ni ninguno de aquellos instrumentos de verano que hacían vivas las eras. Apenas si sus nombres se conocen”. Las modernas cosechadoras han reemplazado a las viejas herramientas y costumbres. “El campo se ha quedado más solo”. Las golondrinas, los vencejos y las tórtolas continúan retornando, pero ahora anidan en cortijos abandonados, con los tejados hundidos y las paredes semiderruidas, o en olivos apartados y aparentemente ensimismados. Sin embargo, la belleza no ha desaparecido. El campo “advierte con su descansado silencio que sólo volviendo a él encontrarán los hombres lo mejor de ellos mismos”. Es decir,  ese anhelo de Dios que se manifiesta  como asombro ante el verdor, la claridad o el viento: “Yo me estremezco andando estas realengas, cruzando estas lindes, asomándome a estas herrizas. Me siento extrañamente eterno”.

El poeta se relaciona con el campo como un amante emocionado y agradecido: “A fuerza de pasar los ojos sobre este campo, lo vamos conociendo como el cuerpo de una enamorada, distinguimos todos sus señales, sabemos la ocasión del gozo, la de su esquivez. ¡Oh enorme cuerpo del amante!”.  Cuando llega la primavera, hay que abrir los ojos “para no perder tanta anunciación, tanto nacimiento, tanta esperanza”. La plenitud acontece bajo distintas formas y apariencias: “Cada árbol tiene su sazón y su manera de madurar; los hay tímidos, los hay airosos, los hay torpes”. No es posible un conocimiento perfecto, completo, de lo amado. Las palabras son insuficientes; los nombres se esconden: “¡Oh, jaramagos, lenguazas, zapaticos, nazarenos, ignoradas yerbas del campo!”. Siempre hay algo irreductiblemente virginal, selvático, ingobernable. Las herrizas, agrestes y aparentemente improductivas, engendran coscojas, acebuches, romero, tomillo, y, de vez en cuando, un lirio o un narciso: “¡Oh reino donde el arado no llega ni se hunde la planta del hombre! ¡Oh reino que bien puede compararse a la libertad!”. Las herrizas se parecen a esas vidas minúsculas que de lejos resultan insignificantes, pero que se revelan extraordinarias cuando puedes observarlas de cerca. El pobre Miguelillo, de catorce años, pasa hambre desde que murió su abuelo. Ambos vivían de comerciar con los zorzales, pero ha caído la aceituna y se han marchado. Narciso canta sin parar y esquiva el trabajo. Su voz no le proporciona ni un mendrugo de pan, pero su nombre ha dictado su destino y no quiere saber nada de arados, hoces o cepillos. Juanillo el loco pasa revista a los olivos, incitándoles a caminar como soldados. No lleva zapatos y no tiene oficio, pero es insensatamente feliz. Nicolás, ya un anciano, conoce la historia de cada cortijo. Es memoria encarnada, voz sin afán de protagonismo. El “pensador” prefiere filosofar sobre la muerte, el amor y el trabajo. El talador habla con los olivos, explicándoles con suavidad por qué poda sus ramas. Los aceituneros trabajan a destajo, recogiendo el fruto con avidez. Niños o viejos, son “hombres del campo, hechos al polvo y a la pena”. Su existencia no es fácil: “Se vive como se puede, malamente; se mantiene malamente la esperanza, nadie sabe de qué”.

El campo se muestra pródigo en contrastes. El tronco áspero y duro de la encina parece eterno. Soporta el frío, el viento, el sol abrasador. En cambio, sus flores amarillas son efímeras, humanas. “Goterones de ternura” que conmueven como el llanto de “un hombre fuerte y maduro”. Su seriedad contemplativa, de asceta acostumbrado a maltratar su carne “con mucho cilicio”, se transforma en locura de amor. Parecen “gigantes enamorados” de los que se burlan los pájaros y los campesinos que vuelven del duro trajinar. En primavera, el poeta quisiera dormir bajo una encina florecida, pero el frío le obliga a buscar otro cobijo, abandonando “tanta hermosura a la noche”. Los verdaderos poetas muchas veces son humildes labradores que no saben de estrofas o rimas. Las lluvias tardías de mayo avivan su ingenio, que halla la justa expresión sin pretenderlo. “Como está la tierra tan pegajosa se enlutan las rejas y no se puede arar”, se queja un campesino, sin reparar en la carga lírica de sus palabras. La inspiración y el coraje corren paralelos entre los cortijos y los olivares. Dos hermanas que rozan los setenta años, cazan furtivamente a caballo, con puntería certeza y temple de forajidos, eludiendo una y otra vez el cerco de la Guardia Civil. Son “dos sombras, […] parte de la tierra misma”.

Muñoz Rojas siempre tiene presente a Dios: “Silencio. Silencio que se hace grande, sobre el campo. Y Dios está arriba rodando, haciendo su música. Vamos viviendo”. Pasa el verano, pasa el otoño, llega el invierno. El hombre también pasa, pero no lo hace de balde, aunque muchas veces ignore lo que lleva en sus alforjas: “Parece que somos pozos oscuros, hondos, donde no llega nada”. Pero el corazón lleva la loma, el peñascal, los trigos, el primer soplo de otoño, las frías noches de invierno, la matalahúga, “que la siembra la luna”. El corazón vive en los ojos, los oídos, el olfato. “Lo sabe, lo acecha todo, lo espera todo”. El corazón sabe que “la belleza es un vuelo. […] No está quieta en las cosas y no se mueve de ellas. Dentro y fuera”. En el corazón está todo: “la desazón, la felicidad acechadora, la alegría que apunta, la sombra cernida. ¡Ay corazón, lento y oscuro!”. El poeta se pregunta qué es la luz. “¿Un temblor? ¿Una música?”. ¿Un atisbo de lo eterno? “Sola y eterna, tierra de arados, de sementeras y de olivar”. Nada muere, nada acaba. “Todo esto sigue. Y el sonar del campo, del río, entre estas riberas de cielo hermosísimas, deja un largo eco, una llamada eterna a la belleza”. No hace falta ser hombre para disfrutar de lo eterno. “¡Quién fuera abeja!”, exclama el poeta. Ser abeja “sobre todo cuando los tilos florecen, meterse follaje adentro, estar en la penumbra verde clara y olvidarse”. Muñoz Rojas no habla del campo con el punto de vista del hombre de ciudad que descubre tardíamente la vida rural y sólo la experimenta como una oportunidad de ocio. Vicente Aleixandre, con el que mantuvo una cálida amistad y una fructífera correspondencia, nos dejó un retrato que despeja cualquier duda: “Hijo de labradores acomodados, conoció pronto las faenas del campo (no en vano procedía de aquellos burgaleses que bajaron a pelear con el moro y se quedaron luego sobre las tierras antequeranas). Desde muy pequeño corrió con los vareadores. Vio el paso de las estaciones. Advirtió la rotación de las prosperidades y de las sequías. Subió en el carro de la barcina, trilló en la era, salió con los aceituneros en las madrugadas ciegas de invierno. Se sentó con los viejos, creció con los mozos. Se mezcló con mucho terrón craso, con mucho rocío, con algún granizo, con torrentes de sol”.

Muñoz Rojas escribe desde el campo, con la mirada del labrador. No se apropia del paisaje para expresar su intimidad. Sólo pretende dejar constancia de su amor por los caminos polvorientos, los barrancos y las veras, los jaramagos y los abejarucos, las gayombas y los álamos blancos, los melonares y los trigos. Al igual que Antonio Machado y Azorín, su propósito es recrear las cosas, captar su misterio, comprenderlas. Muñoz Rojas se define como “un agricultor que escribe”, cuya vida ha transcurrido entre Granada y Sevilla. Su Andalucía no es la Andalucía pintoresca. Es la Andalucía del olivar, que “se presta menos a la estampa y a la copla”. En su evocación, no hay tristeza, sino melancolía, nostalgia por el tiempo pasado. Muñoz Rojas cree en el campo y cree en Dios. “Este tirón del campo labrador –confiesa-, no sólo de la naturaleza del paisaje, ha sido con lo religioso, un fuerte conformador de mi vida”. La fe, inculcada por su abuela en la casa familiar y por los jesuitas en el colegio, ha perdurado como un impulso “irradicable” que ha sobrevivido a “vacilaciones, repulsas y alejamientos”. El Dios en el que cree el poeta es un Dios cercano y muy humano, que sale al encuentro en “el amarillo total, la gracia de la plenitud, la belleza de lo cumplido”.

Las cosas del campo es un libro que nace del amor. Del amor al paisaje, del amor al hombre, del amor a Dios. La poesía de sus páginas es la crónica de ese amor, de la necesidad de poner en palabras una vivencia carnal y espiritual, una experiencia total, que no ignora su impotencia para recrear el misterio y lo infinito: “Oh campo, esta hermosura no tiene página ni espejo y sólo, a veces, se deja seducir por el temblor de la palabra, por la insinuación de la poesía. Pero ¿recogerte, encerrarte? ¿Quién pone puertas al campo?”. O dicho de otro modo: ¿Quién pone puertas a Dios?

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (20-06-2017). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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