BALTASAR GRACIÁN EN LA MANSIÓN DE LA ETERNIDAD

Detalle de El sueño del caballero, Antonio de Pereda, 1650. Óleo sobre lienzo. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

La vida de Baltasar Gracián y Morales no conoció las vicisitudes, penurias y escándalos que salpicaron las biografías de Quevedo, Cervantes, Lope o Calderón. Quizás por eso es un clásico confinado en bibliotecas y universidades, materia de eruditos y profesores fascinados por los prodigios del idioma y las piruetas del ingenio. Su existencia insípida no se presta a novelerías, ni a ficciones cinematográficas. Nació en Belmonte de Gracián, Calatayud, probablemente el 6 de enero de 1601, fecha de su bautismo. Su padre era “doctor médico”. Algunos han utilizado ese dato y su apellido toponímico para insinuar unos orígenes judeoconversos, pero lo cierto es que ingresó en el noviciado de los jesuitas de Tarragona presentando los documentos que exigía la Compañía para acreditar su limpieza de sangre. Con varios familiares eclesiásticos, se dijo que los Gracián eran “gente limpia, cristianos viejos”, pero no es improbable que su estirpe se asemeje a la de Teresa de Ávila o Fernando de Rojas, hijos de una “edad conflictiva”, de acuerdo con la expresión de Américo Castro.  Después de realizar sus votos perpetuos, Gracián enseñó filosofía y teología moral en el colegio de Gandía, una especie de universidad privada para jesuitas. De esa época procede un retrato atribuido a Velázquez o a los pintores de su taller, donde aparece con aspecto de cortesano.

Volvió a Huesca como predicador y confesor, logrando la atención de Vincencio Juan de Lastanosa, notable mecenas, erudito, coleccionista y gentilhombre, que financió la edición de la mayoría de sus obras. Empleó el pseudónimo de “Lorenzo Gracián” para eludir el permiso preceptivo de la Compañía, irritando a sus superiores, que descubrieron el ardid y lo amonestaron, acusándole de desobediencia pertinaz. Se le recuerda principalmente por El Criticón, admirable novela de ideas que procura “juntar lo seco de la filosofía con lo entretenido de la invención, lo picante de la sátira con lo dulce de la épica”. Publicar la tercera parte de la obra le costó una reprobación pública del provincial de Aragón, que le impuso un período de ayuno forzoso y le separó de su cátedra de Escritura de Zaragoza, prohibiéndole incluso disponer de pluma, papel y tinta.  “Viejo, fatigado, pensativo”, según Sancho Terzón y Muela, uno de sus más enconados enemigos, Gracián admitió su imprudencia: “Confieso que hubiera sido mayor acierto el no emprender esta obra, pero no lo fuera ya el acabarla”. Después de un breve destierro en Graus, se le asignó el desempeño de cargos menores en el Colegio de Tarazona. Se conserva un retrato anónimo de esa etapa, donde aparece con hábito, bonete y una pluma. Las canas acompañan a un rostro delgado y despierto. Al final de sus días, pidió autorización para abandonar los jesuitas e ingresar en una orden mendicante. Murió el 6 de diciembre de 1658. Se desconoce el paradero de sus restos, si bien se presume que yacen en la fosa común del Colegio de Tarazona. En 1880, Valentín Carderera dibujó un retrato póstumo que insinúa humildad y timidez, pero ese recato no parece corresponderse con el de un clérigo rebelde, un predicador vehemente –se le llamó “Padre de la Victoria” por sus arengas durante la batalla de Lérida-, un jesuita con una frustrada vocación de cortesano, y un escritor que compuso su única novela con “sucios, groseros y vilísimos andrajos” tomados de comedias, romances y libros de caballería, según las palabras del canónigo Manuel de Salinas y Lizana.

Gracián pertenece a la época de las homilías encendidas, ruidosas, aficionadas a “las formas que vuelan”, por utilizar la fórmula de Eugenio D’Ors para definir el Barroco. Cuando en uno de sus sermones afirma que ha recibido una carta de los infiernos, quizás se excede –de hecho, le reprendieron-, pero ese exceso de dramatismo no brota del capricho, sino de una conciencia generalizada de decadencia, que influye en su concepción del mundo. La Paz de Westfalia de 1648 significó el fin de la hegemonía española, que se había interpretado como un designio de la Providencia para extender el catolicismo por todo el orbe. Ni siquiera perduró el sueño de una Europa sin divisiones religiosas, pues la Reforma se consolidó en la misma medida en que el imperio de los Habsburgo se resquebrajaba. La rebelión de Cataluña puso incluso en peligro a la monarquía hispánica, que logró sofocar el intento de colocar el principado bajo soberanía francesa, pero que no sería capaz de abortar la independencia de Portugal. Agotado y despilfarrado el oro y la plata de las Indias Occidentales, España se hunde en la penuria. La demografía retrocede, la inflación se desboca y decae la producción agrícola. Felipe IV escribe a su amiga y confidente sor María Jesús de Ágreda: “Esto nace de tener enojado a Nuestro Señor”. En este clima de desaliento se gestó la obra de Gracián.

En un período de veinte años, publicó El Héroe (1637), El Político (1640), El Discreto (1646), Oráculo manual y arte de prudencia (1647), Agudeza y arte de ingenio (1648), El Criticón (1651-1657) y El Comulgatorio (1655). Cuatro tratados de moral y política, un tratado de estética literaria y un libro piadoso, la única obra publicada con su nombre y con licencia de la Compañía de Jesús. Quizás esa brevedad obedece a los escrúpulos de un ideario estético que postula el encuentro de “la vivencia del ingenio y el acierto del juicio”. Su estilo es sentencioso, lacónico, elíptico. Nunca se deja llevar por la improvisación o el exceso. Su amor por las ideas prevalece sobre cualquier extravío sensual. Al margen de las figuras literarias que explota con audacia, su prosa pivota sobre el antagonismo y el contraste: “Todo este universo se compone de contrarios y se concierta de desconciertos”. Es innegable la intención didáctica, pero no se trata de simple y torpe adoctrinamiento, sino de una paideia matizada por un realismo práctico. En El Héroe, dedicado a “Felipe el Cuarto”, Gracián enuncia las cualidades del “varón máximo, esto es, milagro en perfección; y ya que no por su naturaleza, rey por sus prendas, que es ventaja”. Es un tratado sobre la virtud (areté) que no cree en absolutos, sino en la intuición o “despeje”, un concepto que puede interpretarse como kairós (sentido de la oportunidad) o como el término medio aristotélico, con su fecunda plasticidad. El “varón máximo” debe poseer juicio, voluntad, ingenio, gusto, eminencia, excelencia, gracia, simpatía, autodominio, dinamismo, pero sin mostrar todas sus cartas: “todos te conozcan, ninguno te abarque. Que con esta treta lo moderado parecerá mucho, y lo mucho, infinito, y lo infinito, más”. El Político estudia “aquella gran arte de ser rey”, ensalzando a Fernando el Católico, que –con su “buena razón de estado”, tan alejada del maquiavelismo político- “conquistó reinos para Dios, coronas para tronos de su cruz, provincias para campos de la fe, y al fin, él fue el que supo juntar la tierra con el cielo”. Dedicado al joven príncipe Baltasar Carlos, El Discreto intenta identificar los “realces” del hombre de buen natural. El discreto no ocupa un lugar preeminente. Sólo busca la excelencia en la vida social. Su distinción reside en su señorío, paciencia, galantería, firmeza, generosidad, clemencia, gravedad, templanza, entereza. Miguel Salinas, por entonces su amigo, afirma que El Discreto “enseña a un hombre a ser perfecto”. La regla principal es adecuarse a cada momento, sin dilaciones innecesarias: “Mide su vida el sabio como el que ha de vivir poco y mucho. La vida sin estancias es camino largo sin mesones, pues ¡qué si se ha de pasar en compañía de Heráclito! La misma naturaleza, atenta, proporcionó el vivir del hombre con el caminar del sol, las estaciones del año con las de la vida, y los cuatro tiempos de aquél con las cuatro edades désta!”.

Oráculo manual y arte de prudencia es una de las cimas del arte de Gracián. Aunque está dedicado a don Luis Méndez de Haro, privado de Felipe IV, su destinatario es la humanidad, pues propone unos preceptos de cordura para ser persona, para adquirir legítimamente la condición de ser racional y social. Gracián rescata aforismos de sus obras anteriores para alumbrar un arte de prudencia que ya no repara en las distinciones de clase, sino en la peculiaridad de la naturaleza humana, cuyo raciocinio le exige actuar de forma cauta y reflexiva. La prudencia demanda perspicacia, sutileza, sagacidad, pero necesita al ingenio para atinar en lo correcto: “Genio y ingenio: los dos ejes del lucimiento de prendas; el uno sin el otro, felicidad a medias”. En esa época, el desencanto ya se ha apoderado de Gracián y le ha instruido en la necesidad de ser prevenido e intuitivo: “Arte de artes saber discurrir; ya no basta: menester es adevinar, y más en desengaños. No puede ser entendido el que no fuere buen entendedor. Hay zahoríes del corazón y linces de las intenciones”. Saber vivir es el verdadero saber y para eso hace falta algo más que filosofía, pues especular no vale nada sin hechos. El saber libresco no es baladí, pero el hombre docto es más vulnerable al engaño, pues vive entre libros y no entre escollos. Arte y agudeza de ingenio nace del propósito de saldar una cuenta: “He destinado algunos de mis trabajos al juicio, y poco ha al Arte de prudencia; éste dedico al ingenio, la agudeza en arte”. El ingenio es más ambicioso que el juicio: “No se contenta el ingenio con la sola verdad, como el juicio, sino que aspira a la hermosura. Poco fuera en la arquitectura asegurar firmeza, si no atendiera al ornato”. La agudeza puede ser simple –un solo concepto- o compuesta –varios hábilmente engarzados-, pero nunca debe faltar en un discurso. “El entendimiento sin agudeza ni conceptos es sol sin luz, sin rayos”. El concepto es la relación o correspondencia que se establece entre dos objetos. No es una simple asociación, sino una verdadera y compleja teoría de la literatura: “Son los conceptos vida del estilo, espíritu del decir, y tanto tiene de perfección cuanto de sutileza, más cuando se junta lo realzado del estilo y lo remontado del concepto hacen la obra cabal”.

Menos leído que el Quijote o La Celestina, El Criticón rebate las objeciones de Borges contra la alegoría. Personificar una abstracción no es necesariamente un error estético y, de hecho, los personajes que pueblan las novelas sólo perviven cuando trascienden su individualidad, convirtiéndose en símbolos, como Gregorio Samsa, Meursault o Leopold Bloom, que encarnan la inadaptación, el vacío y el desarraigo del hombre contemporáneo. Publicado en tres partes con el pseudónimo “García de Marlones”, El Criticón narra el peregrinar del anciano Critilo y el joven Andrenio por un mundo dominado por la corrupción y el desorden: “Todo va al revés […]: la virtud es perseguida, el vicio aplaudido; la verdad muda, la mentira trilingüe; los sabios no tienen libros y los ignorantes librerías enteras. Los libros están sin el doctor y el doctor sin libros”. Andrenio, un joven salvaje, rescata al docto y anciano Critilo, que ha naufragado en las aguas de la isla de Santa Elena. Critilo enseña a Andrenio a hablar y ambos empiezan su peregrinaje por España, Francia y Roma, buscando la virtud y la sabiduría.  Aparentemente, la razón se revela impotente en el mundo terrenal, donde sólo prosperan los vicios y las pasiones. Vivir es “ir muriendo cada día”, pues “el engaño [está] a la entrada del mundo y el desengaño a la salida”. Schopenhauer no escatimó elogios a El Criticón, asegurando que se trataba de una de las mejores alegorías de la historia de la literatura.

El pesimismo no es la última palabra de Gracián, pese a lo que se ha dicho muchas veces. De hecho, la última escala de Critilo y Andrenio no es el Infierno, sino la “Isla de la Inmortalidad”, “la mansión de la Eternidad”. La virtud triunfa sobre el vicio, el ideal desarma al escepticismo, el bien prevalece sobre el mal. El desengaño muda en esperanza y la duda en certeza. “Peregrinos del vivir”, Critilo y Andrenio se hacen plenamente humanos, personas, en el sentido tomista: prudentes, sabios, juiciosos. Han batido armas con el Engaño, la Fortuna, la Vanidad, el Tiempo, sin extraviarse en la Soberbia o el Orgullo. José Antonio Maravall señala que Critilo simboliza el mito prometeico, con su carga de ambición y desmesura, y Andrenio, la fábula adánica, con su inocencia prerracional y su rebeldía primordial. La razón y el apetito albergan monstruos que pueden desbordar la voluntad. El peligro que señala Maravall no llega a materializarse, pues ni Critilo prepara el camino a Fausto, ni Andrenio vuelve sobre los pasos de Caín. No los salva el Amor, sino la virtud adquirida tras una larga y peligrosa travesía, con ecos de la gesta de Odiseo. Su recompensa no es Ítaca, sino escapar de la rueda del Tiempo. Un anhelo que perdura en el hombre de nuestros días, pero que cada vez parece más irrealizable. La Mansión de la Eternidad parece tan ilusoria como las Islas Afortunadas, perfumadas por las brisas del Océano y con tres cosechas anuales, según los relatos de Hesíodo y Píndaro.

Las bibliotecas y las universidades no son mala morada, pero Gracián no debería ser el privilegio de los eruditos, sino lectura de discretos, de hombres comunes que no renuncian a la excelencia. “Es corona de la discreción el saber filosofar, sacando de todo, como solícita abeja, o la miel del gustoso provecho o la cera para la luz del desengaño –concluye Gracián en El Discreto-. La misma Filosofía no es otro que meditación de la muerte, que es menester meditarla muchas veces para acertarla hacer bien una sola después”. Gracián escarbó la cera del desengaño, pero nos dejó la miel de su pensamiento, cuidadosamente envuelto en su prosa danzante, como corresponde –según Nietzsche- al auténtico saber. Quizás es una impresión excesivamente subjetiva, pero al releer su obra he sentido que redescubría nuestro idioma.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (20-04-2017). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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