LEILA SLIMANI: CANCIÓN DULCE

Leila Slimani (Rabat, 1981)

¿Quién sabe lo que hay en el corazón de un ser humano? ¿Qué pasiones se movilizan para que una niñera cometa un espantoso crimen, asesinando a un bebé y a su hermana de cinco años? Leila Slimani (Rabat, 1981) obtuvo el Premio Goncourt 2016 con una historia aterradora, que explora sin inhibiciones el lado más sombrío de nuestra psique. Canción dulce narra la bajada a los abismos de Louise, una mujer de cuarenta años, de aspecto juvenil y rostro angelical. Myriam, una abogada de origen magrebí, asume la maternidad con ilusión, cuidando con alegría al recién nacido Adam y a la pequeña Mila, pero su fervor se desvanece enseguida. No soporta la rutina de una madre que ha roto sus lazos con el mundo exterior, limitándose a pasear por el parque y a jugar con desgana con sus hijos en un pequeño apartamento del centro de París. Mientras, Paul, su marido, prospera en su trabajo de agente y productor musical, pasando la mayor parte del tiempo fuera de casa. Myriam recurre a una niñera cuando nota que el amor hacia sus hijos se deteriora por culpa de la frustración.

A pesar de sus orígenes, no quiere que una africana o una marroquí se ocupen de Adam y Mila, pues estima que sólo les interesa el dinero y no el bienestar de las criaturas. Por eso, cuando aparece Louise, con sus modales impecables, su piel blanquísima y su sonrisa franca, experimenta una especie de flechazo. Mila simpatiza con Louise de inmediato y Adam acepta su presencia con regocijo. Louise no se limitará a cuidar de los niños. Limpiará la casa, preparará la comida, arreglará cualquier desperfecto, sin preocuparse por el tiempo o el dinero. Discreta, eficaz, silenciosa, poco a poco, se hará imprescindible, manejando los hilos de un hogar que se ha rendido a sus encantos. Louise “es Visnú, la divinidad nutricia, celosa y protectora. Es la loba a cuyos pechos ellos acuden a beber, la fuente infalible de la felicidad del hogar”. Nadie sospecha que su dedicación brota de la insatisfacción que le produce su vida. Viuda y con una hija de veinte años a la que no ve desde hace tiempo, su meticulosidad se transforma en negligencia en su apartamento alquilado. El vacío y la desolación de su hogar reflejan el desorden de sus afectos. Cuando viaja a Grecia con la familia de Myriam, reacciona con violencia ante la insistencia de los niños para que se bañe con ellos. No sabe nadar, pero eso no es tan determinante como sus fragilidades y carencias. Su miedo al agua contrasta con la fascinación que le produce el cuerpo abrasado por el sol de una mujer, chorreante de sudor y con ampollas. Louise siente que la soledad ha devorado su vida, que su existencia se parece al triste deambular de locos y mendigos por los parques públicos y las periferias, repudiados y malditos.

El asesinato de los niños se produce fuera de cámara, pero los signos que preludian la tragedia son terriblemente inquietantes. Una tarde, Louise maquilla a Mila como si fuera un travesti, convirtiéndola en una muñeca grotesca. Otro día, anota en su libreta con tapas de florecitas el diagnostico de un psiquiatra: “melancolía delirante”. La perspectiva de la vejez le resulta insoportable. De niña comía las sobras. Nunca tuvo un dormitorio propio. Ha vivido con emociones prestadas, inspiradas por la intimidad de las familias a las que ha servido. Si nada cambia, pasará sus últimos años en una residencia de la tercera edad. Un odio feroz se rebela contra sus impulsos serviles y su pueril optimismo. Myriam le pide que arroje a la basura un pollo de aspecto ajado, pero ella lo sirve a los niños y exhibe su esqueleto como un “tótem maléfico”, feliz de desafiar a la joven madre. El asesinato de los niños será el tributo que pagarán las familias satisfechas, ajenas a su infelicidad. “Se me castigará por no saber amar”, anticipa. Canción dulce es una excelente novela, que aborda sin miedo la frustración, la soledad, el resentimiento y la locura. Aunque el estilo es fluido y elegante, leerla produce angustia y desaliento. Es verdadera literatura, porque duele y perdura en la memoria como un eco helado y persistente, clamando que el odio sólo necesita grandes dosis de desamor para florecer y propagarse.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (31-03-2017). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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