ENTRELIBROS

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899-Ginebra, 14 de junio de 1986)

Los que amamos los libros soñamos con una biblioteca infinita, pero ese deseo es irracional, pues nuestra expectativa de vida apenas nos permitirá leer cinco o seis mil títulos. Los escritores son proclives a la mentira y la hipérbole. Thomas Edward Lawrence, arqueólogo, militar, diletante, espía, afirmó que había leído cerca de 1.000 obras durante uno de sus cursos académicos en Oxford. Esa cifra conlleva un ritmo de lectura altamente improbable, pues implica una disciplina de tres libros diarios. Al igual que otros mitómanos, Lawrence de Arabia opinaba que la inmolación de la verdad es un precio razonable, cuando está en juego la belleza. Su leyenda le parecía mucho más importante que la insidiosa objetividad. Por el contrario, Sigmund Freud nunca se permitió ese tipo de licencias. Minucioso y metódico, leía un promedio dos libros a la semana. Copiaba cada título y la fecha de lectura en unos cuadernos que lo acompañaron hasta el final de su existencia. Vivió 82 años. Su registro contempla 60 años de lecturas, arrojando un saldo de casi 6.000 libros. Si alguien fuera capaz de leer tres libros a la semana durante un período similar, la cifra ascendería a 8.640. Marcelino Menéndez Pelayo reunió una biblioteca de 80.000 volúmenes y Pío Baroja se acercó a los 50.000.  Ninguno presumió de haber leído todos los libros que atesoraban. Ninguno ocultó el placer que les proporcionaba vivir entre libros. Detrás de cada libro, hay un hombre que pide la palabra. Miles de libros son una multitud silenciosa, que recuerda a los séquitos condenados a compartir el viaje de su señor al reino de los muertos. Sin embargo, su destino no suele ser una tumba imperial, sino la dispersión, lo cual destruye su identidad, pues cada biblioteca es el hombre que convocó un parnaso irrepetible, con obras clásicas y libros pueriles, ediciones de lujo y ejemplares de bolsillo. La diáspora de una biblioteca es una segunda muerte, no menos dolorosa que la extinción biológica.

El tamaño de las bibliotecas de Baroja y Menéndez Pelayo contrasta con la parvedad de otras épocas. Cuando se inventarió la biblioteca de Baruch Spinoza (Ámsterdam, 1632-La Haya, 1677), la lista no llegaba a los doscientos títulos. Es imposible saber cuántos manuscritos pasaron por las manos de Platón o Aristóteles, pero en la Antigüedad se entendía que la sabiduría surgía del diálogo con pocos y preciados textos, no de proezas que privilegian la cantidad sobre la demora inherente al saber. Yo soy hijo de mi tiempo y mi biblioteca alberga miles de ejemplares. No he sucumbido a la superstición de contarlos, pero a ojo de buen cubero podría aventurar que bordeó los diez mil. No es una cifra asombrosa, pero cuando examino las estanterías, espigando títulos o celebrando las adquisiciones más recientes, experimento algo parecido a la vanidad. No me atribuyo méritos ajenos, pero tal vez mis ojos sienten lo mismo que Qin Shi Huang, el emperador chino que en 221 a. C. ordenó la construcción de la gran muralla. Mis libros no pretenden contener las invasiones bárbaras, pero sí constituyen un dique contra la barbarie y los malos modales. Los que aman los libros suelen concebir el mundo como un escenario estridente y enojoso, donde prosperan las pasiones más destructivas del ser humano. Una biblioteca no es una simple colección de obras con encuadernaciones diversas, sino una utopía que se despliega lentamente. Yo he heredado la biblioteca mi padre y algunos libros de mi abuelo. Siento predilección por los libros de la Editorial Aguilar, particularmente por su colección de obras completas en piel, con papel biblia, guardas ilustradas y cortes decorados. Esa forma de editar abarca el período comprendido entre 1953 y principios de los setenta, cuando el plástico –desgraciadamente- reemplazó a la piel. La primera lámina incluía una imagen del autor en otra clase de papel y el lomo, cuidadosamente repujado, reproducía de nuevo la efigie del escritor, sin introducir ningún color que alterase la elegancia del volumen, casi siempre en burdeos o en un marrón austero, casi conventual. Aunque era un simple trabajo en cuero, poseía la belleza de las estatuas clásicas, que eluden el artificio y la ostentación. El tacto del papel biblia parecía un gesto de ternura, indicándote que habías penetrado en un espacio solemne, reservado a las cosas del espíritu. Conservo al menos treinta títulos con estas características. Destacan las obras completas de Pérez Galdós en cinco volúmenes, con dibujos en los cortes de Isabel II, Alfonso XII, Espartero, el Congreso o la Plaza Mayor. No siento menos aprecio por las obras completas de Dostoievski en dos gruesos volúmenes, con una admirable traducción de Rafael Cansinos Assens. Sé que se tomaba muchas libertades, sacrificando la exactitud filológica al estilo. Sus traducciones eran traducciones creativas, que reflejaban el diálogo entre dos autores. Sus versiones de Goethe o Las Mil y una noches molestan a los pedantes aficionados a las largas notas a pie de página, pero son un ejemplo de recreación literaria. La traducción no es una simple traslación, sino una nueva creación. La frase que reproduce la belleza y la profundidad del texto siempre es más fiel al original que el escrúpulo filológico. Puede aplicarse el mismo razonamiento al injustamente denostado Luis Astrana Marín, que hizo unas estimables traducciones en prosa del verso blanco de Shakespeare. No quiero dejar de mencionar las obras de Santa Teresa de Jesús, Quevedo y Baltasar Gracián, con sus fantasías policromadas en los cortes. No cesan de proporcionarme horas de dicha, deslumbrándome con sus piruetas estéticas e intelectuales. Pensar que esos libros no me acompañarán en mi último viaje me ayuda a comprender el anhelo de eternidad de Miguel de Unamuno. Su deseo de trascender la muerte no es abstracto, sino humano y concreto. No quiere fundirse con la conciencia divina, como una gota en el océano, sino conservar todos los aspectos de su vida: sus libros, sus paradojas, su brasero, su caligrafía, su barba de pastor luterano, sus formas de ocio–amaba la papiroflexia- e incluso sus manías, que incluían hacer bolitas de pan en mesas ajenas.

Yo seguiré soñando con una biblioteca infinita y una improbable eternidad. Quizás Borges tenía razón y el paraíso tiene forma de biblioteca. El filósofo judío Hans Jonas elaboró a finales del siglo pasado una nueva prueba sobre la existencia de Dios. Dios es la memoria de la humanidad, el lugar que acoge y actualiza nuestra peripecia colectiva, preservando cada instante, salvando cada brizna de tiempo, prolongando el eco de nuestras pasiones, restañando las heridas abiertas por nuestros pecados, restituyendo la vida de los inocentes y asegurando la esperanza de todos, pues las horas y los minutos no fluyen hacia la nada, sino hacia la reconciliación y el reencuentro. Dios tal vez es una biblioteca y nuestras vidas son los libros que desembocan en sus innumerables estanterías. El universo no es polvo y estrellas, sino palabras que se resisten a desvanecerse como un sueño.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (29-03-2017). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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