YO CONFIESO: HITCHCOCK Y LA PASIÓN DEL PADRE LOGAN

Yo confieso (Alfred Hitchcock, 1953)

El cine de Hitchcock suele asociarse al suspense, pero la habilidad para tejer una intriga es una virtud efímera, que se desdibuja después de pasar unas horas en vilo, atrapado por la tensión de un desenlace imprevisible. Sin embargo, el cine del británico es algo más que una trama milimétricamente urdida, con objetos recurrentes (el famoso MacGuffin) que empujan el argumento, creando cesuras y puntos de inflexión. Por eso, volvemos una y otra vez a sus películas, con el mismo fervor que experimentamos ante una sinfonía con un enorme caudal de sugestiones y un inacabable poder de renovación. Esta actitud se debe a que Hitchcock plantea algo más que un misterio. Cada película posee una atmósfera intensa y singular, que nos emociona y sacude con sus encuadres y diálogos, desbordando la pueril incógnita policíaca. La resolución siempre nos parece infinitamente menor que el problema expuesto. De hecho, muchas veces la conclusión sólo es un paréntesis, que nos sitúa al pie de un nuevo abismo, como sucede en Vértigo (1958), cuyo final nos deja sobrecogidos y perplejos.

Se considera que Yo confieso (I Confess, 1953) es una obra menor, pero lo cierto es que sus aspectos formales son tan notables como los temas abordados. Basada en una obra de teatro de Paul Anthelme (Nos deux consciences, 1902), magníficamente adaptada por George Tabori y William Archibald, la película se rodó en escenarios naturales de Quebec y en los platós de los estudios de la Warner, logrando ser nominada para el Gran Premio del Festival de Cannes. Montgomery Clift interpreta convincentemente al padre Michael Logan, excombatiente de la Segunda Guerra Mundial y antiguo novio de Ruth (Anne Baxter), casada con Pierre Grandfort (Roger Dann), un parlamentario al que respeta, pero al que no ama. Michael dejó de escribirle desde el frente y no soportó la soledad, celebrando un enlace de conveniencia. Años más tarde, el abogado Villette (Ovila Légaré) chantajeará a Ruth y al padre Logan, alegando que mantienen una relación adúltera. Es falso, pero se han visto alguna vez, lo cual alimenta la calumnia. En una ocasión les sorprende una tormenta en el campo y se refugian en el cenador de una villa, pasando la noche juntos. No saben que la propiedad pertenece a Villette y cuando éste los descubre a la mañana siguiente, les afea su comportamiento, afirmando que su conducta es inmoral. A partir de entonces, les acosará, exigiendo dinero para no organizar un escándalo. El problema se agrava cuando Villette es asesinado y la sospecha recae sobre el sacerdote. De nuevo, las apariencias apuntan a él, como las flechas que aparecen obsesivamente en los primeros fotogramas, reconstruyendo el itinerario del verdadero asesino, Otto Keller (O. E. Hasse), el jardinero de su parroquia. Keller se ha disfrazado con una sotana y un sombrero de ala corta para perpetrar el crimen. Pretendía robar al abogado, pero cuando éste lo sorprendió, le golpeó en la cabeza con una barra metálica hasta hundirle el cráneo. Hitchcock adopta la estética del expresionismo para mostrar su huida. Su sombra, agigantada al proyectarse sobre una pared, recuerda al Nosferatu de Murnau, proclamando el triunfo del mal. Los primeros planos de su rostro, con la frente perlada de sudor y la mirada enloquecida, agudizan la sensación de irrealidad que suele acompañar a un crimen. Keller se dirige a la capilla, desquiciado por lo que acaba de hacer. Se encuentra con el padre Logan y le agradece su bondad con él y con su mujer, la tímida y humilde Alma. Recuerda que seis meses atrás sólo eran un matrimonio de inmigrantes alemanes, sin porvenir ni sustento, pero ahora disfrutan de un techo y un salario digno gracias al sacerdote, que se compadeció de su desgracia, ofreciéndoles trabajo. Sin embargo, lamenta que las manos de su mujer siempre estén enrojecidas y agrietadas por su duro trabajo como criada. Keller habla con agitación, mezclando la gratitud, la autocompasión y el reproche. El padre Logan le pregunta si le sucede algo. Keller le pide confesarse y le cuenta que ha matado a Villette. El secreto de confesión es inviolable y el padre Logan persistirá en su silencio cuando el inspector Larrue (Karl Malden), un incansable sabueso, le acuse del crimen.

Educado en un colegio de jesuitas, Hitchcock explota la simbología católica para subrayar la dimensión ética y teológica de Yo confieso. Los crucifijos y las vírgenes ocupan un lugar destacado en las escenas. Durante el juicio contra el padre Logan, un enorme crucifijo cuelga sobre el jurado, insinuando que la justicia de los hombres sólo adquiere legitimidad cuando se basa en las enseñanzas del Evangelio. Los recurrentes tejados y campanarios de Quebec, con sus agujas apuntando al cielo, sugieren la presencia de lo sobrenatural, escrutando el interior de las conciencias. La fe del padre Logan es firme, pero soporta una durísima prueba. Antes de ordenarse ya había conocido la tensión entre lo espiritual y lo mundano, aceptando sacrificar sus fantasías románticas para consagrarse al servicio de Dios. No fue una decisión fácil, pero ahora la disyuntiva es mucho más trágica. El sacramento del sacerdocio le obliga a respetar el secreto de confesión, lo cual implica ser acusado sin culpa. No debería lamentarlo. En fin de cuentas, el sacerdote es un Cristo y Cristo fue el Cordero inmolado para la redención del género humano. Si el Hijo de Dios aceptó ser escarnecido, maltratado y ejecutado, ¿por qué debe un sacerdote ofrecer resistencia ante un agravio? Es inocente, pero también lo era Jesús, y de ahí su grandeza. Su dolor adquiere la trascendencia de la Pasión, cuando avanza por una acera convertido en una figura insignificante, mientras en un primer plano aparece un conjunto escultórico representando el camino al Gólgota, con un Cristo abrumado por el peso de la cruz y escoltado por dos legionarios romanos. La tensión dramática adquiere un tono más terrenal cuando el padre Logan pasa delante de un cine y aparece el cartel de The Enforcer (Sin conciencia, Raoul Walsh, 1951), con Humphrey Bogart en el papel de un veterano policía luchando contra reloj para demostrar la culpabilidad de un peligroso gánster. Al igual que el sacerdote, su situación es desesperada, pero conserva la calma y la determinación, sostenido por la convicción de hallarse en el lado correcto.

Hitchcock nos recuerda que el equilibrio de nuestras vidas es precario, que en cualquier momento puede desencadenarse una tragedia inesperada, frustrando nuestras expectativas más razonables. Un sacerdote de la parroquia del padre Logan se desplaza en bicicleta y suele guardarla en el pasillo de la entrada, pero el vehículo se desploma inesperadamente cuando la sombra de un crimen penetra en un espacio teóricamente ajeno a esa clase de incidentes. Los primeros planos de Montgomery Clift reflejan angustia, impotencia, desconcierto, pero en ningún momento expresan inseguridad o duda. Nunca se plantea romper el silencio sacramental, pues sabe que ese gesto pondría en crisis su vocación. Hitchcock quería que imitara a Cristo hasta las últimas consecuencias, aceptando una muerte injusta, pero los productores consideraron que la aplicación de la pena capital a un sacerdote constituía una alternativa demasiado truculenta. El desenlace es decepcionante y conformista, restando credibilidad a una historia que pretendía narrar la desdicha de los justos, dispuestos a perder la vida para mantenerse fieles a sus creencias. La empinada escalera que aparece en los primeros minutos puede interpretarse como el anuncio de un vía crucis, pero la presión de la industria cinematográfica, siempre preocupada por agradar el público, ahorrándole dudas y conmociones, interrumpió el itinerario, dejando al héroe a medio camino de su destino. Anne Baxter encarna con notable genio dramático a la mujer que transita de la pureza virginal al aparente adulterio. No es casual que durante su noviazgo con Logan aparezca vestida de blanco, bajando unas escaleras que semejan la forma de una hornacina. Aunque no consuma el engaño, su imagen cambia cuando ya está casada y no oculta que sigue enamorada del sacerdote. Con un vestido de noche negro que deja un brazo y parte de la espalda al aire, parece una pecadora con el poder de destruir a los hombres que desea.

El talento de Hitchcock despunta incluso en el final impuesto. Una sala de baile con aspecto de teatro sirve de escenario a una catarsis que incluye el arrepentimiento y el perdón. Yo confieso concluye con el padre Logan absolviendo a Keller. El sacerdote actúa hasta el último instante como un Cristo, perdonando al causante de sus males. Hitchcock se acerca al universo de Ingmar Bergman, pero sin incurrir en su pesimismo existencial. La fe puede ser una quimera, una simple ilusión, pero el ejemplo proporcionado por un hombre que decide vivir para los demás siempre es esperanzador.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (24-03-2017). Del blog Viaje a Siracusa. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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