LA REDENCIÓN DE LORD JIM (JOSEPH CONRAD)

Józef Teodor Konrad Korzeniowski, más conocido como Joseph Conrad (Berdyczów, entonces Polonia, actual Ucrania, 3 de diciembre de 1857 – Bishopsbourne, Inglaterra, 3 de agosto de 1924)

George Steiner sostenía que las alusiones, reflexiones o especulaciones sobre Dios suelen ser la nota distintiva de la excelencia literaria. Una obra que ignora o elude esa cuestión pertenece a un dominio menor. Sus méritos formales pueden ser indiscutibles, pero le falta hondura, humanidad y una genuina ambición intelectual. No ignoro que se trata de una opinión polémica, especialmente en una época caracterizada por el descrédito de la religión. Martin Buber habla del “eclipse de Dios” como signo de nuestro tiempo. Ese ocultamiento, sin embargo, no ha acabado con las inquietudes espirituales. El hombre es un animal problemático que busca respuestas al sorprendente hecho de vivir. El Dios de Abraham, Isaac y Jacob tal vez deambula por las periferias de nuestro paradigma cultural, pero su lenguaje continúa impregnando nuestra experiencia cotidiana. Y su huella vibra con especial intensidad en ciertos clásicos literarios que flotan en el inconsciente colectivo, modulando nuestra percepción, representación e interpretación de la realidad. Hannah Arendt ya señaló en La condición humana (1958) que la pervivencia de los conceptos no conlleva la aceptación de su dogma de procedencia. Las ideas de redención y perdón se gestan en la tradición cristiana, pero sobreviven en las sociedades laicas, lo cual evidencia que el espíritu sigue actuando con astucia, sorteando los obstáculos que intentan frenar su curso. Sin la idea de perdón, el ser humano viviría esclavizado por sus actos. El pasado parece inmutable. Aparentemente, una vez escrito no puede ser reelaborado desde una perspectiva diferente. Gracias a la idea de perdón, el pasado deja de ser algo inerte y se convierte en una fuerza viva, cambiante y moldeable, con el poder de configurar –e iluminar- el presente. La redención del agravio cometido no conlleva tan sólo la transformación del pasado, sino un nuevo comienzo que rompe abruptamente la continuidad entre la culpa y la angustia, la falta (o pecado) y el anhelo de expiación. La redención no debe contemplarse como una agonía, sino como una auténtica liberación que abre el paso a la dicha.

En 1900 moría Nietzsche, el profeta del superhombre que había proclamado la “muerte de Dios”, y en esa misma fecha aparecía Lord Jim, la extraordinaria novela de Joseph Conrad que narra las peripecias de un desdichado marinero británico, atormentado por su conducta vergonzosa como primer oficial del Patna, un barco que viajaba hacia La Meca con varios centenares de peregrinos musulmanes: “Ochocientos hombres y mujeres se habían congregado allí, cada uno con su fe y sus esperanzas, sus afectos y sus recuerdos. Venían del norte, del sur, de las regiones extremas del este. Habían recorrido a pie los senderos de la selva, descendido ríos, navegado en prahus a lo largo de costas cuajadas de arrecifes. Habían pasado en piraguas de isla en isla, habían soportado toda clase de sufrimientos y visto lo nunca visto, acosados por extraños temores, sostenidos por un único deseo”. El riesgo de naufragio tras chocar con los restos de otro buque hace que Jim y el resto de la tripulación abandonen la nave en los botes salvavidas, presuponiendo que los peregrinos morirán sin remedio, pero el Patna será rescatado por otra embarcación y los periódicos airearan el caso. Aunque sus compañeros rehúsan comparecer ante la comisión que investiga el incidente, Jim acude y acepta su responsabilidad. Se libra de la cárcel, pero se convierte en un ser indigno y miserable, condenado a vagar por el mundo como un exiliado, sin otra patria que el anonimato y el olvido. Algo infantil e inmensamente soñador, Jim fantaseaba con ser un héroe, con adquirir renombre por una acción extraordinaria y perdurable en el recuerdo, pero su conducta le ha arrojado a la turbia penumbra de la culpa, el oprobio y el desprecio. La sombra del Patna le perseguirá toda su vida. Charles Marlow, la ubicua e infatigable voz narrativa de Conrad, se compadece de su infortunio. Después de atisbar la locura del poder absoluto en la trágica figura del agente comercial Kurtz, efímero reyezuelo de una aldea a orillas del río Congo, conoce el corazón humano y sabe que el coraje puede despuntar o esconderse, de acuerdo con las circunstancias y las oscilaciones del carácter. El hombre que ha desafiado grandes peligros puede huir como un conejo asustado en un momento determinado. El miedo no es un vicio, sino un mecanismo imprevisible, que humilla y degrada a los hombres, arrebatándoles su libertad. Nadie es inmune a su zarpazo, pero las heridas pueden sanar y restablecerse la dignidad maltrecha. Por eso Marlow ofrece a Jim un trabajo en la marina mercante, sin ignorar que el pasado siempre estará ahí, agazapado como un depredador hambriento y con una paciencia infinita, dispuesto a saltar sobre su presa al menor descuido. Jim renuncia su puesto cuando el incidente del Patna reaparece como una vieja melodía, que comienza a sonar en el lugar más inesperado. No es posible escapar al eco de una acción vergonzosa. La culpa nunca se cansa de pedir una expiación, que borre o repare el mal desatado.

Marlow no abandona a Jim, quizás porque sabe que cualquier hombre puede desmoronarse bajo la presión del miedo o hacer cualquier cosa tentado por el afán poder. Su amigo Stein acepta contratar a Jim como su representante en Patusán, una remota comarca habitada por malayos y bugis, que soportan las exacciones del bandolero Sherif Ali y el despótico caudillo local, el Rajah Tunku Allang. Jim se identifica con el pueblo oprimido y actúa como un liberador, logrando el respeto de la comunidad indígena, que le dispensa el título de Tuan, una distinción reservada a los hombres de probado valor. Enamorado de Joya, una joven mestiza, la sombra del Patna parece disiparse en el olvido, pero el ataque de una partida de forajidos encabezada por el cínico Gentleman Brown resucita los sentimientos de culpa y expiación. Esta vez Jim no huirá, sino que aceptará morir para reparar el daño causado, pues entiende que ha provocado indirectamente la muerte de Dain Waris, hijo de Doramín, jefe de la comunidad buginesa. Tuan Jim escoge un final a la altura del tratamiento obtenido gracias a su valor. La idea de la muerte no le resulta tan intolerable como estar huyendo interminablemente de la culpa y la vergüenza. Jim encarna la exasperación del héroe romántico que no acepta vivir por debajo de sus expectativas. Es un alma inquieta e insatisfecha que se atribuye un destino. No cumplirlo significa traicionarse a sí mismo. Según Conrad, pertenece a esa clase de personas, “pocas en verdad y rara vez vistas en aquellas tierras”, que “llevaban una vida misteriosa, adivinándose en ellas indestructible y concentrada energía, con carácter de pirata y ojos de soñador. Parecían vivir en alocado laberinto de proyectos, esperanzas, peligros y grandes empresas, como avanzadas de la civilización en los oscuros senderos del mar; y su muerte era el único acontecimiento de su fantástica existencia que se presentaba, pensando razonablemente, como de segura realización”. El héroe siempre es un inadaptado que salva a la sociedad de las peores calamidades, pero -una vez finalizada su tarea- se convierte en un extraño o un paria incapaz de llevar una existencia normal. Su inconformismo resulta incómodo y potencialmente desestabilizador. De ahí que poco a poco se le margine y, en algunos casos, se le destruya. El héroe puede ahorrarse esa amarga experiencia, coronado sus hazañas con una muerte gloriosa. Su inmolación es el precio de su hybris, de su ambición desmedida y su desprecio por las normas. Su afán de sobresalir, de no ser masa, acarrea su propia aniquilación.

Peter O`Toole en Lord Jim (Richard Brooks, 1965)

Como sabía Thomas Edward Lawrence, otro hombre soñador y torturado por sus demonios internos, el destino no es un regalo, sino una maldición que suele materializarse en los escenarios más ásperos y hostiles, casi siempre con la forma de algo prosaico, sucio e insignificante. El Patna “era un vapor del país, viejo como las colinas, flaco como un galgo, comido de óxido como un depósito de agua en desuso”. Concebido como un cuento por entregas, Lord Jim creció hasta ser una novela con una atmósfera sofocante y perturbadora. En una nota preliminar escrita en 1917, cuando la obra ya había circulado como libro, cosechando elogios y objeciones, Conrad comentaba la reacción de una señora italiana que no ocultaba su desagrado ante una historia que movilizaba los afectos más intensos del ser humano. “¡Todo aquello es de un carácter enfermizo!”, clamaba. Perplejo, Conrad medita sobre el comentario, preguntándose si la dama realmente era italiana o siquiera europea: “un temperamento latino no podía haber detectado nada de morboso en la aguda conciencia del honor perdido. Una conciencia de ese tipo puede ser equivocada, o acertada, o se la puede condenar por artificial, y, tal vez, mi Jim no sea un arquetipo de los más comunes. Pero, sin posibilidad de error, les puedo asegurar a mis lectores que no se trata del producto de un pensamiento frío y pervertido. No es tampoco una figura procedente de las Nieblas del Norte. Una mañana soleada, en el ambiente vulgar de una rada oriental, lo vi pasar: conmovedor, relevante, envuelto entre sombras y absolutamente silencioso. Como debe ser. Me correspondía a mí, con toda la comprensión y afecto de los que fuese capaz, buscar las palabras apropiadas para lo que él representaba. Era uno de los nuestros”.

Lord Jim se parece a esas mariposas que colecciona Stein, pinchando un alfiler dorado en su abdomen. Su existencia es frágil y perecedera, pero sus ensoñaciones “muestran un esplendor no marcado por la muerte”. No puede vivir mucho tiempo, pues su destino es el desarraigo y el ser humano necesita echar raíces, permanecer en contacto con la tierra y sentir que forma parte de ella. Su corazón es tan vasto que puede contener el mundo, pero el mundo deja de ser su hogar cuando salta del Patna y acepta que sus pasajeros mueran ahogados. ¿Se cumple en la novela de Conrad, con su estilo denso, introspectivo, lírico y apasionado, el criterio de George Steiner? Conrad no habla de Dios, pero sí de sufrimiento, soledad, culpa y redención. Son conceptos religiosos que cualquier mente profana conoce o ha experimentado. Jim podría haber borrado de su cabeza el incidente del Patna, pero su conciencia se muestra implacable. Al igual que Caín, sabe que no puede esconderse, que ningún puerto será un refugio seguro, que ninguna ciudad le salvará de la vergüenza y el deshonor. Jim no quiere morir, pero no desea prolongar su huida hacia ninguna parte. Su muerte será el precio de reescribir su historia, de no perder su condición de hombre honorable. Quiere ser recordado como Tuan Jim, no como el oficial que desertó de su puesto. El perdón no consiste simplemente en limpiar la conciencia, sino en restablecer el equilibrio de las cosas, alumbrando un mañana para las esperanzas malogradas. Lord Jim es un clásico porque muestra con enorme crudeza y deslumbrante belleza la paradoja de ser hombre. Vivimos bajo la compulsión del instinto, pero la razón nos exige justificar nuestros actos, subordinándolos a un sentido que nos trasciende.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (22-03-2017). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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