NATALIA GINZBURG: A PROPÓSITO DE LAS MUJERES

Natalia Ginzburg Natalia Ginzburg (Palermo,1916 — Roma, 1991), Roma 1989.

¿Se puede hablar de lo femenino como algo objetivo y específico, o sólo es una distinción que obedece al prejuicio? Natalia Ginzburg (Palermo, 1916-Roma, 1991) entiende que sí existe algo peculiar en la condición femenina, pero no se trata de una esencia asociada a una presunta fatalidad biológica, sino de un conjunto de rasgos determinados por un modelo de sociedad que distribuye papeles desiguales y predispone a experimentar ciertas emociones. En la época que a Ginzburg le tocó vivir, no muy distinta de la actual, la mujer se muestra particularmente vulnerable a la tristeza: “las mujeres tienen la mala costumbre de caer en un pozo de vez en cuando, de dejarse embargar por una terrible melancolía, ahogarse en ella y bracear para mantenerse a flote”. Esa reacción “proviene del temperamento femenino y tal vez de una secular tradición de sometimiento y esclavitud, que no será nada fácil vencer”. Ginzburg escribe estas reflexiones en un breve texto que precede a un conjunto de relatos ambientados en las ilusiones, esperanzas y fracasos de varios personajes femeninos, con unas vidas marcadas por la posguerra europea.

Atrapada en un matrimonio infeliz, la protagonista de “Una ausencia” lamenta no ser un hombre para disfrutar de su independencia y libertad. El adulterio a veces representa la única oportunidad de conocer una dicha efímera, pero la sociedad desdeña a las mujeres que se atreven a comportarse como los hombres, saltándose las convenciones. “Giulietta” plantea la insatisfacción de la mujer condenada a ser la amante de un hombre que excluye convertirla en su pareja. Sus piernas amoratadas por las noches de pasión sólo ponen de manifiesto su fragilidad. En “Traición”, la joven Carlottina sufre un cobarde abandono, disfrazado de condescendencia. En “La casa junto al mar”, el amor se perfila como la única alternativa de salvación, pero no se trata de un sentimiento sincero, sino de una fantasía absurdamente romántica. En “Mi marido”, el compromiso nupcial basado en las conveniencias se revela como el camino más corto hacia el desastre. La desdichada esposa confiesa: “Me había marchitado, apagado”. En “Las muchachas”, la peripecia de las jóvenes se parece a “una carretera larga y polvorienta” que no conduce a ninguna parte. En “La madre”, la felicidad es un espejismo, una cálida luz detrás de un cristal que insinúa una tranquila y quizás ilusoria intimidad.

Ginzburg apunta que la infelicidad de las mujeres no es accidental, sino el fruto de una mentalidad propensa a la introspección: “Las mujeres piensan mucho en ellas mismas y piensa de una forma amarga y febril que los hombres desconocen”. Dado que raramente suelen identificarse con su trabajo hasta el extremo de olvidarse de sí mismas, su principal oportunidad de dicha se encarna en la posibilidad de engendrar vida. Por eso, no tener hijos constituye una tragedia. Sin una progenie a la que cuidar y ayudar a crecer y madurar, “todo se convierte en cenizas en sus manos”. No hay nada en el mundo que pueda paliar ese drama. De hecho, el mundo adquiere una tonalidad particularmente sombría bajo el prisma de la esterilidad. La vejez sólo agudiza ese malestar, pues el cuerpo se transforma en un yermo casi tan desolador como la perspectiva de dejar el mundo sin nada detrás. “Las mujeres son una estirpe desgraciada e infeliz”, insiste Ginzburg en las páginas preliminares de esta colección de cuentos, que nos deja conmovidos y aturdidos, obligándonos a meditar sobre nuestras propias vidas.

A propósito de las mujeres no se limita a adentrarse en el misterio de lo femenino. Sus historias de amor y frustración, de pasión y desengaño, exploran las infinitas facetas del ser humano, que afronta el paso del tiempo con unas expectativas desmedidas, añorando una plenitud –tal vez- inexistente. La prosa limpia, exacta y poética de Ginzburg infunde credibilidad a los personajes y las situaciones, logrando ese efecto dramático que caracteriza a la buena literatura. No hay sentimentalismo en su forma de contar, sino desgarro, desencanto, pesimismo. La felicidad no suele acompañar a los amantes, que muchas veces conviven como desconocidos, resbalando por la piel, pero sin acceder a un interior reacio a exponerse a las heridas. Sólo una finísima sensibilidad puede captar el latido más hondo de los afectos humanos. Ginzburg posee ese don, una verdadera llave maestra que abre el camino hacia un conocimiento riguroso y despiadado de la experiencia del amor y el desamor. No parece equivocarse cuando describe a la mujer como una estirpe infeliz, pero después de leer sus relatos la suerte del hombre no parece menos incierta y desdichada.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (10-03-2017). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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