FIDEL CASTRO SEGÚN REINHARD KLEIST

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Fidel Castro encendió una llamarada de esperanza en los años sesenta, cuando consiguió poner en marcha una revolución socialista en el patio trasero de los Estados Unidos, animando a otros pueblos a levantarse contra las dictaduras que los oprimían. Es evidente que su lucha en Sierra Maestra despierta más simpatía que su etapa como Presidente, sorteando los escollos que implica nadar contra corriente. Fidel encarna las paradojas del revolucionario convertido en hombre de Estado. Cuando García Márquez le preguntó en una ocasión qué era lo que más deseaba en este mundo, contestó sin dudar: “Pararme en una esquina”.

Reinhard Kleist (Colonia, 1970) obtuvo el reconocimiento de la crítica con Cash. I See a darkness, una novela gráfica sobre la vida del músico country Johny Cash, donde se apreciaba su talento para el dibujo y la narración. Kleist utiliza el blanco y negro para acentuar los contrastes dramáticos, consiguiendo profundidad en los retratos y dinamismo en las escenas  de conjunto. No es un dibujante realista, que busca la exactitud fotográfica o el alarde técnico en la recreación del detalle, sino un artista que simplifica para adquirir la fluidez del relato periodístico. Sus obras recuerdan el trabajo del corresponsal que intenta preservar la autenticidad de los hechos, sin renunciar a una reflexión independiente y veraz, lo cual no significa que sus juicios resulten siempre atinados. Kleist se ha acercado a Fidel Castro con una mezcla de admiración y reserva. El punto de partida es el sepelio celebrado el 5 de marzo de 1960 para honrar a las víctimas del vapor francés La Coubre, que había volado por los aires mientras permanecía atracado en el puerto de La Habana. Todo indica que Estados Unidos organizó el atentado. Durante la ceremonia, Fidel pronunció por primera vez la famosa consigna “Patria o muerte”. Alberto Korda aparece fugazmente, realizando la famosa fotografía del Ché. Karl Mertens, un periodista imaginario introducido por el narrador para hilar el relato, dirige su cámara una y otra vez a Fidel, seducido por su convicción revolucionaria. Guarda un carrete para fotografiar a Sartre y Simone de Beauvoir, que han acudido al acto, pero Korda le recomienda que no pierda el tiempo con unos intelectuales europeos. Los verdaderos protagonistas son Fidel y el pueblo cubano.

El ficticio Karl Mertens nunca regresará a Alemania, su país de origen. Fascinado por la revolución cubana y enamorado de una guerrillera, se establecerá en La Habana, convirtiéndose en testigo de los cambios que experimenta el régimen durante más de cuatro décadas. Desde que pisa la isla, descubre que el régimen de Batista es una brutal cleptocracia sostenida por la Administración norteamericana e implicada en los intereses de la Mafia, que se pasea impunemente por sus hoteles de lujo, casinos y burdeles. Hasta Frank Sinatra acude a La Habana para complacer al dictador y a sus buenos amigos, Lucky Luciano y Sam Giancana. Mertens se interna en Sierra Maestra con un par de guías para buscar a Fidel Casto, al que logra entrevistar después de superar los estrictos controles de seguridad. Castro le explica que la pobreza es una lacra intolerable. Los campesinos se resignan a perder a sus hijos, mientras los latifundistas los explotan sin compasión. La lucha revolucionaria no cesará hasta que haya trabajo, educación, sanidad y vivienda para todos. La violencia es necesaria porque una minoría ha concentrado toda la riqueza en sus manos y emplea la intimidación, la tortura y el asesinato para conservar sus privilegios. Fidel sabe de lo que habla. Sus compañeros de Sierra Maestra relatan a Mertens la infancia del carismático líder. Hijo de un rico propietario rural, su rebeldía se manifestará en seguida. La situación de los trabajadores de su padre primero lo conmueve y, más tarde, lo indigna y avergüenza, hasta el extremo de animarles a organizar una huelga para mejorar sus salarios. Su padre le propina una brutal paliza cuando lo descubre y le amenaza con echarle de casa. Su inconformismo también se manifiesta en la escuela, donde se enfrenta a los curas, preguntándoles por qué no hay niños negros en los pupitres. Fidel lee con pasión a José Martí, es temerario y competitivo (no soportar perder), se entiende muy bien con su hermano Raúl y siempre responde a las provocaciones, peleándose con adversarios más grandes que él o superiores en número. Su inteligencia es evidente. Su forma de hablar es hipnotizadora y enormemente persuasiva. Su cultura es asombrosa y su memoria infalible. Estudia leyes en la universidad, donde se desarrolla su conciencia política. Agitador incansable y orador elocuente, asumirá la necesidad de la lucha armada cuando la represión de Batista se recrudece, sembrando el terror entre sus opositores y las clases sociales más humildes.

El asalto del Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 finaliza con Fidel Castro detenido y acusado de sedición. Se defiende a sí mismo, invocando el derecho de resistencia a la tiranía reconocido por la Constitución y las leyes internacionales. Evoca a los caídos y asegura que la historia lo absolverá. Es condenado a quince años, pero se beneficia de una amnistía y queda en libertad a los dos. Conoce a Ernesto Guevara de la Serna, se embarca con 132 camaradas en el yate Granma y regresa a la lucha. El 8 de enero de 1959 entra en La Habana, aclamado por el pueblo. No pocos intelectuales celebran su éxito. Estados Unidos reacciona enseguida. El Presidente Eisenhower ordena que se organicen los preparativos para la invasión de la isla. Castro restablece las relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, interrumpidas por Batista, y confisca las compañías norteamericanas, incluyendo las refinerías de petróleo Texas Oil Company, Shell y Ess. El 18 de septiembre viaja a Nueva York para asistir a las sesiones de Naciones Unidas, pero al día siguiente la dirección del hotel Shelbourne exige a la delegación cubana que abandone sus habitaciones. El propietario del Hotel Theresa, situado en Harlem, les ofrece alojamiento. Acudirán a entrevistarse con Fidel, Nikita Jrushchov, Nasser, Nehru y Malcom X. Jrushchov afirma que ignora si el líder de la revolución cubana es comunista, pero admite que él se considera fidelista.

Estados Unidos, que ya no controla la explotación del azúcar, la electricidad y las comunicaciones en suelo cubano, responde con una acción de guerra. El 17 de abril de 1961 desembarcan 1.500 mercenarios entrenados por la CIA en Playa Girón y en Playa Larga de la Bahía de Cochinos. El Presidente Kennedy niega la implicación de Estados Unidos, pero autoriza en secreto la guerra sucia contra el régimen (Operación Mangosta), que incluye diferentes planes para asesinar a Castro. Fidel se proclama “marxista-leninista”. El Papa Juan XXIII lo excomulga y la Administración norteamericana decreta un embargo comercial, económico y financiero. Las circunstancias no favorecen el diálogo ni la transparencia. Los Comités de Defensa de la Revolución intervienen constantemente en la vida pública. Surgen las primeras defecciones. El caso del escritor Heberto Padilla, encarcelado por actividades contrarrevolucionarias, levanta una oleada de protestas, que disipa la simpatía de muchos intelectuales hacia el experimento cubano. Kleist refleja este giro, mostrando una imagen menos favorable de Fidel, que llega a pedir a sus colegas soviéticos un ataque nuclear contra los norteamericanos durante la crisis de los misiles. En Comandante (Oliver Stone, 2003), Castro desmintió este hecho y atribuyó la confusión a un problema de traducción entre interlocutores con idiomas diferentes. Kleist mantiene una perspectiva particularmente hostil hacia la figura de Ernesto Che Guevara, al que presenta como un comunista fanático, aficionado a las ejecuciones sumarias. La minuciosa biografía de John Lee Anderson sobre el  Che, elevado a los altares por una época hambrienta de mitos laicos, corrobora el carácter sanguinario del guerrillero, que ejecutó a sangre fría a prisioneros políticos y dirigió los juicios revolucionarios contra los partidarios de Batista celebrados en la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, donde los procesados no disfrutaron de ningún tipo de garantía jurídica y, en muchos casos, acabaron delante de un pelotón de fusilamiento.

Kleist finaliza su obra con Fidel en el hospital, reflexionando sobre su legado: “Intenté cambiar el mundo… Aunque tuviera que empezar de nuevo, tomaría el mismo camino. No es mi destino. Yo no nací para descansar al final de la vida. ¿Sabe lo que dijo una vez Bolívar? El que sirve a una revolución ara el mar”. La revolución cubana obtuvo importantes logros en materia social. Fue el primer país de América Latina en erradicar el analfabetismo y acabar con la desnutrición infantil, pero nunca toleró la disidencia. Se calcula que la represión posterior al triunfo de Fidel Castro incluyó 7.000 fusilamientos. El régimen aplicó la pena de muerte hasta 2003 y prohibió las libertades democráticas, encarcelando a los opositores políticos. García Márquez no escatimó elogios al comandante: “Fidel es la inspiración, el estado de gracia irresistible y deslumbrante, que sólo niegan quienes no han tenido la gloria de vivirlo”. Es indudable Fidel que encarna el mito del revolucionario romántico, con grandes dosis de audacia e inspiración, pero también es el último césar de un continente pródigo en dictadores.

RAFAEL NARBONA

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