INFIEL

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Hedy Lamarr (Viena; 9 de noviembre de 1914 -Orlando; 19 de enero de 2000)

Nos gustan las mujeres infieles porque convierten nuestra vida en una película de intriga. Nos gusta vivir intranquilos, no saber qué nos espera, no distinguir la verdad de la mentira. La mentira es una dama refinada, que añade misterio y fantasía a la triste rutina de cada día. La mentira es tan excitante como una vagina que se ha hundido en un río amarillo, ondulándose para jugar con dos peces de colores que luchan como gladiadores. Las mujeres infieles  son compasivas. Cuando se acoplan con otro cuerpo, la angustia que nos devora por dentro cesa lentamente, hasta producir un raro ensueño. El ensueño de ser amado por una mujer que nos mantiene con el alma en vilo, pero que siempre regresa, con el pelo enredado y la mirada encendida, impaciente por reanudar la pasión interrumpida.

Una mujer infiel es un sauce que se estremece al rozar la piel de un hombre dormido. Una mujer infiel es un comediante que ensaya la ceremonia del adiós. Un mujer infiel es mitad sombra, mitad viento. Es una imagen sin nombre, una palabra extraviada, un nocturno de Chopin en la cruel rutina del mundo. Una mujer infiel es un disparo a bocajarro que incendia tu cerebro. Tu cerebro celebra arder, quemarse en un cielo turbio e impuro, donde se mezcla la ceniza y el fuego, el desengaño y el placer. Una mujer infiel es un rumor incandescente que palpita como un seno inmenso. Sus muslos son primavera, sol, ternura, esperanza, malicia. Su carne es una mirada infinita que llama a todas las puertas. Su lengua es un pájaro que agoniza entre páginas desnudas, aleteando con desesperación.

Nos gustan las mujeres infieles porque cada traición renueva nuestro deseo. El deseo es el lado más aciago de nuestra imaginación. El deseo es una espada que nos abre el vientre, feliz de sentir los espasmos de nuestras entrañas. El deseo es una bomba de fósforo blanco, que se ríe de nuestros gritos de dolor. Las mujeres infieles nos ofrendan una dicha violeta, que estrangula nuestras esperanzas. No es posible gozar y dormir tranquilo. El deseo es un descenso por una ladera escarpada, donde los pies se desuellan y el alma se rompe como un lienzo viejo. Las mujeres infieles nos ayudan a soportar el dolor, dibujando su sombra en una pared levemente iluminada. La sombra de las mujeres infieles se recorta en la oscuridad con la nitidez de un crisantemo. Es una sombra liviana, que sortea océanos y cordilleras. Los muros se agrietan cuando descansa sobre ellos. Para las mujeres infieles, no hay un antes y un después. Las mujeres infieles viven en una eternidad encarnada.

Nos gustan las mujeres infieles porque nos hacen soñar con lo improbable. Nos hacen soñar con armarios de luna flotando en un río de aguas incesantes. Nos hacen soñar con el vuelo de una grulla en una taza de té. Las mujeres infieles nunca declinan. Su existir se confunde con el flujo de la vida. Sólo se detienen en lo imperceptible, en el tenue tacto de la tarde, cuando la luz resbala por el horizonte, insinuando que el mundo tal vez se oscurezca para siempre. Si te has enamorado de una mujer infiel, no lamentes tu suerte. El amor de una mujer infiel te revelará la belleza del cuerpo. Te enseñará a amar la materia y lo caduco. El cuerpo que habitas no es un templo ni una cárcel. El cuerpo es la morada a la que siempre regresarás. Las mujeres infieles se ríen de los tabúes. Su ano palpita como un cervatillo asustado, esperando que alguien lo acaricie. La lengua que lo circunda aplaca su temblor, el pene que lo traspasa es la lumbre que espanta su frío, el semen que navega por su interior es un lirio que se inmola a un dios antiguo.

Nos gustan las mujeres infieles porque son divertidas e ingeniosas. Si fueran estúpidas, nunca buscarían un lecho ajeno. Se conformarían con unas sábanas limpias, que las amortajarían poco a poco, hasta dejar helado su corazón. Las mujeres infieles viven en las comedias de Howard Hawks. Son tan caprichosas y encantadoras como Katherine Hepburn, que rescata a Cary Grant de un espeluznante idilio con una paleontóloga fascinada por la costilla intercostal de un Brontosaurus. Son tan alocadas e imprevisibles como Sasha Grey, que odiaba el instituto y a los profesores, con su voz áspera e inexorable. Ariel Rot también odiaba el instituto, aunque no es una mujer infiel, sino un argentino seductor que introdujo en España el rock and roll. No fue el único, pero es de los pocos que ha sobrevivido. Ariel Rot es un poeta y los poetas, al igual que las mujeres infieles, aborrecen las cosas vulgares. Los institutos matan el espíritu y la rebeldía. Sasha Grey se rebeló contra la escuela debutando en el porno apenas cumplió los dieciocho años. Seguía la estela de Traci Lords, otra mujer infiel, que flirteó con el increíblemente desdichado Humbert Humbert. Humbert  Humbert se enamoró de una nínfula y acabó en la cárcel, abominado y despreciado por todos. Nabokov escribió su historia, mientras cazaba mariposas con unos ridículos pantalones cortos.

Sasha Grey ama a la nínfulas, pero su primer amante fue Oscar Wilde. Después comenzó su carrera de felatriz. Una felatriz es una actriz que desafía a Maria Callas y Renata Tebaldi. Su garganta hace prodigios, inspirada por el deseo de crear cosas bellas. Sólo un idiota juzgará la comparación improcedente. No hay nada deleznable en una felación. Una felación es más hermosa que la Gioconda. Oscar Wilde despeja cualquier duda con una frase inapelable: “Los que encuentran intenciones feas en las cosas bellas son corruptos sin encanto”. Sasha Grey es la mujer infiel que todos soñamos. Sasha Grey nunca nos prometerá amor eterno. No nos cuidará en la vejez ni engendrará hijos que dupliquen el espanto de ser hombre. Sasha Grey hará algo mucho más hermoso. Nos hará creer que su cuerpo es el universo y que se nos ha concedido el raro privilegio de contemplar su belleza sobrenatural.

RAFAEL NARBONA

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