ÁNGELES CAÍDOS

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James Mason James Mason (Yorkshire, Reino Unido, 15 de mayo de 1909 – Lausana, Suiza, 27 de julio de 1984)

Nos gustan los canallas porque son ángeles caídos. No nos gustan los canallas del mundo real: odiamos a Charles Manson y todos los que compiten con él en infamia. Nos gusta Lee Marvin en Los sobornados (1953), demostrando que se puede ser un malvado, sin avergonzarse de actos tan perversos como arrojar café hirviendo sobre la cara de la hermosa Gloria Grahame. Nos gusta Richard Widmark en El beso de la muerte (1947), interpretando al gánster Tommy Udo, que se deshace de una anciana paralítica, maniatándola con el cable de una lámpara y lanzándola escaleras abajo. Sabemos que la anciana sobrevivió y eso nos tranquiliza.

Nos gusta Humphrey Bogart en El bosque petrificado (1932), disparando a bocajarro a Leslie Howard, un poeta sin inspiración que acuerda con él su propia muerte, tras descubrir que jamás escribirá un buen verso. Duke Mantee, que se ha pasado la mitad de su vida en la cárcel y el resto lo pasará en la tumba, cumple el pacto. El gánster y el poeta están hechos de la misma pasta. La sociedad los prefiere muertos. Nos gusta el cinismo de Claude Rains en Casablanca (1942), que aprovecha su cargo de jefe de policía para vivir falsos romances, con jovencitas desesperadas por conseguir un pasaporte. Nos gusta Sydney Greenstret en El halcón maltés (1941), con su elocuencia elegante, que hipnotiza a Humphrey Bogart, un detective sin muchos escrúpulos que investiga la muerte de su socio, pese a engañarlo con su mujer mientras vivía. Bogart se dejará llevar por la conversación, sin advertir que le han ofrecido un whisky con narcóticos para dormir a un rinoceronte. Nos gusta James Mason en Con la muerte en los talones (1959), con su flema británica, asumiendo su derrota con la sonrisa de un jugador de cricket que no pierde la compostura, cuando pierde definitivamente la partida. Nos gusta Martin Landau, su hombre de confianza. Astuto y atildado, no conoce los problemas de conciencia y desconfía de todos. Creo que Manson y Landau componen una de las parejas de villanos más memorables de la historia del cine.

Nos gusta Tom Ripley, el personaje inventado por Patricia Highsmith. Es guapo, simpático, avispado, amoral. Es un vividor sin problemas de conciencia, que nos conquista desde la primera línea, desde el primer fotograma. Deseamos que todo le salga bien. Saber que la policía es estúpida (al menos en la literatura y el cine) nos alivia, pues Ripley se merece disfrutar del fruto de sus crímenes, gracias a los cuales asciende de golfo a mecenas del arte.

Nos gusta Omar, el pistolero de The Wire. Se merece un lugar de honor en la galería de los canallas, con su horrible cicatriz surcándole el rostro. No se lo hace con tías. Sobrevive robando los alijos de los grandes camellos. Es un rey, con una escopeta de dos cañones y una gabardina negra hasta los pies, que recuerda a los forajidos sudistas de los tiempos de los James y los Younger. Es negro en un barrio de negros, pero se enamora de un chico blanco, “un ángel” que morirá entre horribles torturas sin delatar su escondite. Amor en estado puro, amor que no se encoge ante la inmundicia de la muerte. Omar trabaja con dos chicas con más huevos que muchos tíos. De hecho, manejan una pistola con una precisión mortífera. Nos gusta Avon Barksdale, un soldado que hizo sus pinitos en el boxeo, pero cambió los guantes por la pistola.

Nos gusta Tommy de Vito y Nicky Santoro, almas gemelas que se desdoblan en Goodfellas (1990) y Casino (1995). Feroces, despiadados, imprevisibles, Vito y Santoro nunca pierden el humor y el sentido de la amistad. Disfrutan con su condición de bandidos. Santoro (Joe Pesci) es capaz de hundir la plumilla de una elegante estilográfica en el cuello de un insolente que ofende a Sam “Ace Rothstein” (Robert De Niro), hasta hacerle implorar clemencia y lloriquear como una niña asustada. Su violencia no es real. Como diría Omar, “This is the game”. Si no te gusta, no empieces, pues es un juego sin reglas ni límites. En los casinos de Las Vegas, pasan estas cosas.

Nos gusta “El Jarabo” interpretado por Sancho Gracia, afirmando en comisaría: “Señora, España y yo somos así”. Es el señorito macarra destilado hasta las esencias. Nos gustan los periodistas que se inventan las noticias, demostrando que la realidad sólo es una creación del ingenio humano. Nos gusta Judas Iscariote, con su trágico destino predeterminado por una Providencia inescrutable. Nos gusta Rober Mitchum en La noche del cazador (1955), fingiendo que escucha a Dios antes de apuñalar a sus víctimas, gritando como una fiera malherida al contemplar cómo se alejan los niños a los que ha dejado huérfanos, recreando el conflicto entre el bien y el mal con sus dedos tatuados.

Nos gusta Charles Laughton, malvado implacable en Rebelión a bordo (1953), magistrado sin entrañas en El proceso Paradine (1948), marido de Elsa Lanchester, (La novia de Frankestein, 1935) que le difamó acusándole de no ser amante de los niños, razón por la cual su matrimonio no fue fructífero. Pobre Laughton, que amaba a los niños y deseaba ser padre, pero que sólo se sentía atraído por el amor de los efebos. Nos gusta el Lex Luthor interpretado por Gene Hackman, el cerebro criminal más grande del planeta, pero que será incomprensiblemente derrotado una y otra vez por el memo de Superman.

Nos gusta la Bruja de Blancanieves. Aún nos estremecemos de horror al evocar su imagen, extendiendo su mano con la famosa manzana roja. Consideramos que en su forma anterior, cuando era reina y madrastra, era más hermosa que la insufrible Blancanieves, con su voz angelical convocando a los animalitos del bosque. ¿Por qué no apareció Harry el Sucio y le hizo callarse con su fálico Magnum 44? Se lo debería haber metido hasta la garganta y hacer que vomitara su alma pura y sin pecado. Nos gusta Scar. Nos gusta mucho Scar, con su cicatriz, un inequívoco signo de identidad de los villanos (Scarface, Omar, Chucky), que los hace inconfundiblemente malos. Scar se despide de la trampa tendida a su hermano Mufasa y su sobrino Simba, asegurando que la broma “será para morirse”. Scar es más escurridizo que un político y más ambicioso que cualquier general golpista, pero no posee iniciativa. Sólo es elocuente, mendaz, desleal. Sería capaz de pactar con Zurg para conquistar el universo, pero cuando su poder se hiciera total e imbatible no sabrían qué hacer. Sin enemigos, su vida carece de sentido.

Nos gusta Jabba el Hutt, con su lengua de sapo y, algo menos, Darth Vader, que se inmola para salvar a su hijo. ¿Por qué los canallas se arrepienten en el último momento, buscando su redención con un gesto fatal? Fu Manchú, Luzbel, Hannibal Lecter y Drácula nunca se arrepintieron de sus crímenes y ahí están, ocupando la cúspide del mal.

RAFAEL NARBONA

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