ORQUÍDEAS NEGRAS

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Louise Brooks (Cherryvale, 14 de noviembre de 1906 – Rochester, 8 de agosto de 1985)

Nos gustan las ninfómanas porque el sueño de cualquier hombre es extraviarse en el cuerpo de una mujer. Nos gustan las ninfómanas porque viven cerca de un lago llamado Utopía, ocupándose de las niñas perdidas con enorme dulzura. Nos gustan las ninfómanas porque no se enamoran de sus amantes. Sólo pretenden dejarlos felices y exhaustos. Las ninfómanas no desean un novio que les compre una caja de bombones el Día de los Enamorados. Las ninfómanas odian el Día de los Enamorados. Odian el romanticismo y las palabras bonitas. Les gusta que les tiren del pelo y les susurren obscenidades al oído. No les gusta el amor, sino el sexo. Las ninfómanas no duermen. Dedican las noches a complacer su cuerpo, solas o acompañadas de multitudes, que manchan sus sábanas de sangre, semen y heces. Por el día, buscan amantes en los pasadizos subterráneos de Madrid. Su territorio de caza son las inmundas letrinas de los cafés, los descampados donde mendigos y yonquis de la generación de El Cojo Manteca apuran sus últimos días, los túneles del Metro habitados por leprosos que ocultan sus deformidades, los aseos de las estaciones de ferrocarril, atestados de bujarrones y chaperos, las salas de autopsias, donde a veces se entregan a la necrofilia. Las ninfómanas odian los jardines con nenúfares. Odian los sitios bonitos. Odian lo delicado y exquisito. Las ninfómanas no se acuestan con chicos guapos, sino con enfermos, viejos y toxicómanos. Las ninfómanas nunca llevan ropa interior, pero esconden sus pezones con celofán o cinta adhesiva. Sus pezones apenas puede respirar, pero nadie escucha sus gemidos.

Nos gustan las ninfómanas porque hacen el amor debajo del agua. Las ninfómanas se cuelan en nuestro inconsciente y lo llenan de macetas con fantasías perversas. El incesto es una planta que crece en un cuarto oscuro. Las ninfómanas se columpian en el incesto como niñas que atan un neumático en la soga de un ahorcado. Nos gustan las ninfómanas porque orinan miel y su saliva es ambrosía con sabor a zumo de piña.  Las ninfómanas vomitan macedonia aderezada con coñac. El coñac incendia sus intestinos y la fruta acelera su respiración, estremeciendo sus pechos. Los pechos de las ninfómanas son arbustos encantados, donde se embocan los duendes para sodomizar a los poetas adolescentes. La piel de las ninfómanas no es blanca, sino de suave carmesí. Es como las mejillas encarnadas de una pequeña niña tímida. Las niñas tímidas se casan con hombres duros. Las ninfómanas no se casan ni tienen niños. Si formaran una familia, enseñarían a leer a sus hijos con El libro de los Cantares. Es mucho más perverso que las fantasías del Marqués de Sade.

Las nalgas de las ninfómanas son ensaimadas perfectas. Puedes comértelas y volverán a crecer, mientras el hojaldre aún se deshace en tu lengua y serpentea entre tus dientes. La lengua de las ninfómanas es una fresa con joyas incrustadas. Cuando besan a sus amantes, les hacen cortes en los labios y si desean jugar, decapitan el glande y lo divide en dos trozos, como si fuera una sandía. Después, se lo comen y escupen el frenillo, pues es tan difícil de masticar como los nervios de un bistec.

La vagina de las ninfómanas es una cueva encantada. Muchos se han extraviado en sus galerías y aún siguen buscando la salida, asustados por las sombras espectrales que se deslizan por sus paredes, extraños muros con mensajes de otros infortunados que murieron entre las trompas de Falopio y los ovarios. Las ninfómanas no tienen útero porque odian los fetos. Un feto sólo es hermoso en un frasco de formol, flotando en un líquido transparente que muestra sus terribles deformidades. Los fetos malogrados son cuadros de Francis Bacon. La supervillana Margaret Thatcher  dijo que las telas de Bacon sólo eran  “asquerosos trozos de carne”. Las ninfómanas se ponen enemas y vacían sus intestinos sobre la fotografía de Margaret Thatcher, que abre la boca para beber hasta la última gota de un líquido transformado en purpurina dorada. Los intestinos de las ninfómanas son el crisol de antiguos alquimistas, donde se consuma el viejo sueño del chiflado rey Midas. Todo lo que pasa por su aparato digestivo se transforma en oro.

Las ninfómanas no deyectan heces, sino pelotas amarillas que sirven para combatir el estrés. Son blandas y suaves y huelen a limón recién recogido de una rama. Los limoneros son tan compasivos como las ninfómanas. Ofrecen su sombra a un abatido Antonio Machado, viudo prematuro y hombre inseguro, que se casó con una niña de 15 años, cuando él ya había cumplido 34. La putrefacta Margaret Thatcher le habría acusado de pederasta y los poemas a Leonor Izquierdo se habrían prohibido como obscena pornografía. El Dúo Dinámico cantaba con alegría “Quince años tiene mi amor”, pero ahora el amor está regulado por el Código Penal. Los jueces no leen a Antonio Machado. Las ninfómanas sí lo leen y se conmueven al escuchar: “Señor, ya me arrancaste lo que más quería / […] Sentí tu mano en la mía / tu mano de compañera, / tu voz de niña en mi oído / como una campana nueva, / como una campana virgen / de un alba de primavera”.

Las ninfómanas son más honestas que las puritanas con esmalte transparente de uñas. Las ninfómanas no necesitan esmalte, porque sus uñas son caracolas marinas. Las uñas de las ninfómanas abren tumbas y sepulcros, liberan a los muertos y logran que se empalmen como adolescentes vírgenes, hambrientos de una primera experiencia eternamente aplazada por miedos y prejuicios. Hay ninfómanas ilustres: Theda Bara, hija de una concubina egipcia y un poeta francés, que bebía ajenjo y coleccionaba espingardas. Theda Bara hizo de Cleopatra en 1917 (J. Gordon Edward) y engendró el mito de la vampiresa cinematográfica.

Theda Bara, la Muerte Árabe (“Arab Death”), encendió la pasión de los hombres casados y los jóvenes impúberes. Theda Bara no sufrió la censura de la hipócrita sociedad norteamericana, porque los comités de moralidad que se entrometían en las películas aún no habían aparecido con su aliento putrefacto y sus ojos de hiena. Theda Bara pudo aparecer semidesnuda, riéndose de los hombres que se enamoraban de ella y lo perdían todo, después de someterse a sus juegos. Fue la primera Vamp. Se acercaba a los idiotas que fantaseaban con quitarse la vida por despecho y les susurraba: “Kiss me, my fool”. Hembra fatal de hipnóticos ojos negros, su voz brotaba de la vagina, lubrificando cada palabra, hasta conseguir que se deslizaran por los oídos de los puritanos. Algunos morían en el acto, fulminados por una pasión que provocaba hemorragias cerebrales.

Las ninfómanas no utilizan las cuerdas vocales, porque nacen con una vagina parlante y un ano aficionado a los sarcasmos, que improvisa con el ingenio de Quevedo. Louise Brooks fue una ninfómana precoz, un espíritu libre que se atrevió con todo. En La caja de Pandora (Georg Wilhem Pabst, 1928), hizo de Vamp, algo previsible, pero no se conformó con ser la perdición de los hombres. Fue más allá, escandalizando a un público filisteo y pacato. Por primera vez en el cine, apareció el tema del amor lésbico. Lulú, el nombre de su personaje, encarna esa libertad que tanto asusta a los que sueñan con quemar libros y ahorcar herejes. Louise Brooks siguió en la misma línea con Diary Of a Lost Girl (1929) y Prix de Beaute (1930), rodada en Francia. La censura se ensañó con ambas películas y Hollywood incluyó a Louise Brooks en su lista negra, excluyéndola de futuras producciones. Demasiado sexo, demasiada sinceridad, demasiada libertad.

Louise Brooks era la Orquídea Negra de Hollywood, una nínfula sin maldad, que se encerró en una habitación del Hotel Ambasador de Nueva York con Charles Chaplin y otra pareja. Durante ocho semanas, explotaron todas las posibilidades del sexo, regando sus excesos con alcohol y combatiendo el cansancio con metanfetamina. En esas ocho semanas, inventaron la palabra parafilia, aplicada al sexo creativo que no se contenta con la rutina. Marginada de los estudios, Louise Brooks trabajó de escort durante un tiempo, alternando el amor venal con la lectura de Aldous Huxley. Murió en 1985, pero se reencarnó en 1988 con el nombre de Marina Ann Hantzis, futura Sasha Grey. Sasha Grey es nuestro ángel de la guarda. Nunca nos abandona. Sólo necesitamos encender el monitor para encontrarnos con sus tiernos ojos castaños y su voz embriagada de placer. ¡No sabes cuánto te queremos! Nos gustaría navegar por tus entrañas y ahogarnos en tu vejiga, donde no hay líquidos impuros, sino Voll-Damm Doble Malta, con sus 7’2 grados de amor.

RAFAEL NARBONA

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