ROALD DAHL, UN ESCRITOR EN UNA TAZA DE CHOCOLATE

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Roald Dahl (Llandaff, Cardiff, Gales, 13 de septiembre de 1916-Oxford, Inglaterra, 23 de noviembre de 1990)

Roald Dahl debe su nombre a Roald Amundsen, el capitán de la expedición que llegó por primera vez al Polo Sur y que perdió la vida mientras participaba en una misión de rescate de un explorador rival. No creo en la predestinación, pero en este caso la expectativa de una vida heroica y aventurera se cumplió con la fuerza de un destino enemistado con el azar. Hijo de padres noruegos, nació en 1916 en Cardiff, Gales, y estudió en colegios ingleses, donde sufrió los sinsabores de una educación estricta, monótona y autoritaria. En esas fechas, la fábrica de chocolates Cadbury enviaba a los alumnos sus productos para realizar estudios de mercado. El deseo de inventar e innovar surgió entonces en el pequeño Dahl, incitándole a crear una chocolatina irresistible, que deslumbrara a niños y adultos. Años más tarde, esa fantasía inspiraría uno de sus libros más célebres, Charlie y la fábrica de chocolate. Aunque perdió prematuramente a su padre y a un hermano, nunca se consideró un niño especialmente desdichado. Al finalizar los estudios, hizo honor a su nombre, explorando Terranova. Más tarde, un contrato con Shell Oil Company le llevó a Dar-es-Salaam. Se dice que luchó contra leones y terroríficas hormigas.

Cuando Hitler embarcó al mundo en una cruenta guerra, se alistó en la RAF como piloto. Con escasas horas de vuelo, comenzó a realizar misiones, sufriendo un gravísimo accidente en Libia, que le causó fractura de cráneo y una ceguera temporal. Cuando recobró la vista, se enamoró perdidamente de su enfermera, la primera imagen que disipaba la oscuridad provocada por el impacto de su avión contra una roca del desierto. A pesar de que los médicos se oponían, volvió a subirse a un avión de combate y derribó a un bombardero enemigo. Es inevitable pensar en Antoine Saint-Exupéry, con un historial parecido, pero con un final más trágico. En 1942, publicó su primer relato, A piece of cake, que narraba su accidente, revelando una temprana habilidad para narrar y caracterizar personajes con unas pocas frases. En la línea de los grandes escritores anglosajones, eludía cualquier concesión a la retórica, sin renunciar a un lirismo intenso basado en unas pocas pinceladas sobre el paisaje y las emociones, que no entorpecían o diluían la trama. Su estilo vigoroso y libre de sentimentalismos, mostraba cierta semejanza con el expresionismo. El editor consideró que el título de Dahl era poco comercial y lo cambió por Shot down over Libya, con una resonancia más épica. En 1943, el incipiente autor aceptó un encargo de Walt Disney, que le pidió un libro sobre los extraños duendecillos a los que una vieja tradición inglesa responsabilizaba de las averías de los aeroplanos. La pieza se tituló Los Gremlins. Se iniciaba de este modo una fructífera colaboración con el cine que incluiría guiones para Disney (Chity Chity Bang Bang), adaptaciones de Ian Fleming (Sólo se vive dos veces) y episodios de la serie Alfred Hitchcock presenta. En 1971, se adaptó por primera vez al cine Charlie y la fábrica de chocolate. Dahl se sintió decepcionado por los cambios introducidos en la historia y desechó nuevas adaptaciones. Es imposible saber qué habría opinado de las versiones que se han realizado desde su muerte, con un resultado desigual.

Dahl se casó en 1953 con la actriz Patricia Neal. El matrimonio duró treinta años y alumbró cinco hijos. Su estabilidad afectiva convivió con grandes tragedias. Olivia, una de las niñas, murió de encefalitis, y Theo, el único varón, desarrolló hidrocefalia a causa de un accidente. Roald se involucró en la invención de una válvula para aliviar la patología y, más tarde, desplegó una notable trayectoria como benefactor en el campo de la neurología, la hematología y la alfabetización. En 1983, se divorció y se casó con Felicity Ann d’Abreu Crosland, la amiga más íntima de su ex mujer. Pienso que la historia podría haber inspirado a Bergman, aficionado a los enredos matrimoniales y los adulterios. En 1990, la leucemia acabó con su vida en su casa de Buckinghamshire. Dejaba atrás una fecunda carrera literaria, con un lugar destacado en la historia de la literatura infantil y juvenil, y varias polémicas sobre su presunto antisemitismo y su encubierta misoginia. Ambas acusaciones son discutibles. Dahl criticó al Estado de Israel, particularmente sus bombardeos sobre Beirut, que causaron un sinfín de bajas civiles. Eso no le convierte en detractor del pueblo judío. Y su presunta antipatía hacia las mujeres sólo se deduce a partir de ciertas caracterizaciones literarias, no a partir de declaraciones estridentes. Isaiah Berlin describió a Dahl como un hombre impulsivo y caprichoso, pero esos mismos epítetos podrían aplicarse a Berlin, un liberal de reacciones atrabiliarias. En fin de cuentas, escritores e intelectuales casi siempre se mueven en el imprevisible terreno de la neurosis, alimentando la sospecha de que la inteligencia y la creatividad no son dones, sino síntomas de un desequilibrio interior.

No soy un gran admirador de la literatura infantil, que presupone la ingenuidad de un lector poco exigente, pero he de reconocer que Dahl –lejos de agraviar al joven lector con un planteamiento estético pueril- resalta su perspicacia y nobleza. Antiguamente, se decía que los niños eran malos, egoístas, absurdamente rebeldes. Ahora, se rinde culto a la infancia con una creciente y preocupante memez. Dahl no incurre en ninguno de esos extremos. Sus niños son como los adultos. Cada uno es distinto, irrepetible, imprevisible. Los niños que acompañan a Charlie a la fábrica de chocolate del señor Wonka son insufribles, pero el excéntrico Willy no es menos caprichoso e inmaduro. Charlie -y no Willy Wonka- es el protagonista de una fábula moral que exalta el afecto, la lealtad y el altruismo, sin caer en el sermón didáctico y moralista. En James y el melocotón gigante, la fantasía del niño contrasta con la mezquindad de sus tías, que lo explotan y maltratan. Las peripecias de James son un canto a la libertad y al afán de aventura. Los adultos responsabilizan a una manzana de la perdición de la humanidad, pero el mágico melocotón que lleva a James hasta América encarna la posibilidad de hallar la tierra prometida. La inteligente Matilda descubre la esperanza en la literatura, repudiando la odiosa televisión, con su efecto alienante y embrutecedor. No utiliza sus poderes telequinésicos para abusar o hacer el mal, sino para librarse de la señorita Trunchbull, la despótica directora de primaria que maltrata a los alumnos con castigos sádicos y retorcidos. En Las brujas, un niño de siete años desenmascara la maldad de mujeres aparentemente corrientes, pero con una maldad sobrenatural. En definitiva, los niños juegan un papel liberador y los adultos suelen conspirar contra la libertad y la imaginación.

Durante mucho tiempo, el éxito de las obras para niños y jóvenes oscureció el resto de la producción narrativa de Dahl. Afortunadamente, se ha corregido ese punto de vista, subrayando el valor de sus cuentos. Dahl es un maestro del relato. Con una prosa precisa, incisiva y cinematográfica, explora la condición humana, mezclando lo ordinario y lo fantástico. Los niños salpican algunos de sus relatos, casi siempre como criaturas vulnerables que no entienden la violencia de los adultos. A veces, Dahl introduce reflexiones indirectas sobre la creación literaria, el azar o la imperfección. “Hombre del sur” es uno de sus cuentos más conocidos y no se muestra nada complaciente con la condición humana. La compasión es un sentimiento marginal en un mundo dominado por la codicia, la deslealtad y la banalidad. Una apuesta banal puede esconder el afán de dominación de unos hombres sobre otros.

A los cien años del nacimiento de Dahl, podemos decir que ha soportado inmejorablemente el examen crítico de la prosperidad. Su prosa directa y sencilla, sus personajes repletos de vida y su inventiva desbordante continúan seduciendo. Su mundo no es luminoso y optimista, sino cruel y grotesco, pero con grandes dosis de humor e inconformismo. Sus cuentos para adultos pueden leerse como breves chispazos o estremecedoras alucinaciones. Sus piezas infantiles son tan fantásticas como una realidad que no deja de sorprendernos, con sus paradojas y misterios. Abrir uno de sus libros es como enfrentarse al porvenir. No sabemos lo que nos espera, pero sin duda intuimos que nos desconcertará. Quizá tanto como un escritor viajando en una taza de chocolate hacia una eternidad compuesta de ríos de golosinas y árboles de regaliz.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (13-09-2016). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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