PAZ EN PALESTINA

nakba

Refugiados palestinos en Jordania. 1968. Photo/G.Nehmeh, UNRWA Photo Archives

En la Franja de Gaza, viven casi dos millones de personas hacinadas en 360 kilómetros cuadrados. El paro  supera el 65% y la pobreza afecta al 90% de la población. Desde la victoria electoral de Hamás en 2006, Israel aplica restricciones en alimentos, medicinas, agua, electricidad y material de construcción. Después de examinar las condiciones de la zona, John Dugard, informador especial de Naciones Unidas, afirmó que el gobierno israelí obraba como si su único propósito fuera “construir una cárcel y arrojar las llaves al mar”. La organización israelí por los derechos humanos B’Tselem acusa a los sucesivos gobiernos de no establecer diferencias entre objetivos militares y civiles. Altos mandos del Tzahal han corroborado esta opinión, escarneciendo la retórica diplomática: “Para nosotros los pueblos son bases militares” (general Gadi Eizenkot); “el objetivo es infligir daños de los que no puedan recuperarse en mucho tiempo” (coronel Gabi Siboni). Avigdor Lieberman, actual Ministro de Defensa y, anteriormente, Ministro de Relaciones Exteriores, ha llegado más lejos, mostrándose partidario de arrojar una bomba atómica sobre Gaza: “Debemos seguir combatiendo a Hamás como hizo Estados Unidos con Japón durante la Segunda Guerra Mundial”. En 2002, defendió bombardear Teherán, Beirut y la presa egipcia de Aswan. Además, abogó por el asesinato de Arafat y la destrucción de Cisjordania. “No dejar piedra sobre piedra… destruirlo todo”.

La situación de Cisjordania no es mucho mejor que la de Gaza. La construcción de un muro de 721 kilómetros de longitud (aún sin terminar) y de autopistas de circunvalación exclusivas para ciudadanos israelíes ha permitido la anexión de un 20% del territorio cisjordano. En algunas zonas, el muro se ha adentrado hasta 22 kilómetros, dividiendo o aislando a pueblos y separando a familias. El objetivo es apropiarse de los recursos hídricos y de las tierras fértiles mediante la propagación de colonias ilegales. Naciones Unidas aprobó una resolución no vinculante que consideraba el muro ilegal, pero la condena no surtió ningún efecto. En Palestina: En la Franja de Gaza (2001), el historietista Joe Sacco relata cómo un grupo de soldados israelíes patrullan por Jerusalén bajo la lluvia, cuando se cruzan con un niño palestino de doce o trece años. Le ordenan quitarse la kuffiya y permanecer al raso, mientras ellos se resguardan debajo de un tejado. La situación se demora interminablemente entre risotadas y comentarios despectivos. “¿Qué le pasa por la cabeza a una persona ferozmente humillada?”, se pregunta Sacco. “¿Que un día habrá un mundo mejor y los soldados israelíes y los niños palestinos se saludarán como buenos vecinos?”. No es probable. No es una simple ficción, sino un reflejo de la política aplicada por el Estado de Israel. El Tzahal ha detenido a miles de niños palestinos por arrojar piedras contra sus tropas. Confinados en el Campamento Offer, que depende del departamento número 2 del Juzgado Militar, los menores son encarcelados sin juicio. No es un rumor, sino una horrible realidad denunciada por el diario israelí Haaretz, un medio liberal que no aprueba la política represiva del Likud y sus aliados. Algunos israelíes desconocen la existencia del Campamento Offer, al que se accede por la carretera 443 de Tel Aviv a Jerusalén, una vía prohibida para los palestinos, pese a que se ha construido sobre sus antiguos hogares y cultivos, expropiados por la fuerza y sin ninguna compensación económica. Amira Hass, periodista de Haaretz, entrevistó a una delegación de diputados laboristas que visitó la cárcel a finales de 2010. El diputado Richard Burden le relató conmocionado que ese día se esposó a los niños palestinos con las manos delante y no a la espalda, evitando a los parlamentarios una escena particularmente vejatoria. Un funcionario les explicó que esa postura les ahorraba un sufrimiento físico y psicológico “desgraciadamente necesario” para conseguir su colaboración durante los interrogatorios.

Los árabes nunca contemplaron con buenos ojos la presencia judía, pero las milicias que más tarde constituirían el Tzahal tampoco se platearon la posibilidad de una coexistencia pacífica. El 10 de marzo de 1948 un grupo de once hombres (viejos líderes sionistas y jóvenes oficiales de la Haganá o el Irgún) se reunieron a primera hora de la mañana en la desaparecida “Casa Roja” de Tel Aviv para organizar la expulsión sistemática de la población palestina de amplias áreas del futuro Estado de Israel, que se crearía el 14 de mayo de ese mismo año. Por la tarde, se enviaron las órdenes a las diferentes unidades militares, detallando los métodos que permitirían cumplir el objetivo fijado: asedio y bombardeo de las aldeas palestinas, expulsión de la población civil, incendio y demolición de las casas particulares, propiedades, bienes y comercios, colocación de minas entre los escombros para evitar el regreso de sus habitantes. Se tardó seis meses en completar la misión. El balance es desolador: 711.000 palestinos expulsados de sus hogares, 531 aldeas destruidas, once barrios urbanos despejados de árabes, al menos 24 masacres. Según la Cruz Roja Internacional, la masacre de Deir Yassin le costó la vida a 254 civiles. Sucedió algo semejante en al-Damaymah, con un centenar de víctimas. Los pueblos de Eilaboun, Saliha, y Farradiya enarbolaron banderas blancas, pero las milicias judías penetraron en el interior, fusilando a los hombres en edad militar. No se trató de excesos cometidos al calor de una guerra colonial, sino de órdenes directas de David Ben-Gurión, que sería Primer Ministro de Israel entre 1948 y 1954, y nuevamente entre 1955 y 1963.

En un informe elaborado en 1949 por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel, se valoró el problema de los refugiados palestinos en términos puramente darwinistas: “Los más aptos y flexibles sobrevivirán de acuerdo con el proceso de selección natural. El resto simplemente morirán. Algunos persistirán, pero la mayoría se convertirán en basura humana, la escoria de la tierra y se hundirán en los niveles más bajos del mundo árabe” (Archivos del Estado de Israel, Ministerio de Asuntos Exteriores, nº 2444/19). Años más tarde, Menájem Beguín, Primer Ministro entre 1977 y 1983, declaró: “No hubiera existido el Estado de Israel sin Deir Yassin”. No es un comentario sorprendente en los labios del antiguo líder del Irgún y el máximo responsable del atentado contra el Hotel Rey David, que causó la muerte de 91 personas -17 judíos- el 22 de julio de 1946. El objetivo era destruir los documentos incautados por los ingleses, después de invadir la Agencia Judía y, de paso, demoler el cuartel general del ejército y el gobierno civil británicos. A pesar de estudiar y documentar la Nakba –nombre utilizado por los palestinos para designar el éxodo de 1948-, el historiador israelí Benny Morris sostiene que “el Estado judío no habría nacido sin la expulsión de 700.000 palestinos. No había otra opción que expulsar a la población. […] Tampoco la gran democracia estadounidense se podría haber creado sin la aniquilación de los indios. Hay casos en el que el buen fin justifica los actos implacables y crueles que se cometen en el curso de la historia”. Morris afirma que el gran error de David Ben Gurion fue no expulsar a todos los palestinos en 1948. Su presencia en Gaza, Cisjordania e incluso dentro del propio Israel, pone en peligro la seguridad del pueblo judío y puede comprometer su futuro.

La Nakba solo fue la continuación de las campañas de hostigamiento de las milicias sionistas contra la población árabe durante los últimos años del mandato británico. Antes del 15 de mayo, 250.000 árabes abandonaron su lugar de residencia, huyendo de los atentados y los actos de sabotaje. ¿Se mostraron los árabes más tolerantes con la presencia judía? Desgraciadamente, no. Entre 1920 y 1939, los pogromos se sucedieron con la misma crudeza que en Europa. Los disturbios de Jaffa, la matanza de Hebrón, la masacre de Safed o la masacre de Tiberíades costaron centenares de vidas. Hajj Muhammad Amin al-Husayni (1895-1974), Gran Muftí de Jerusalén, instigó el odio a los judíos y promovió las matanzas. Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, colaboró con el Tercer Reich, ayudando a reclutar musulmanes bosnios y albaneses para las Waffen-SS, y negociando con Hitler en Berlín el exterminio de los judíos establecidos en el norte de África y Oriente Próximo. Al-Husayni se entrevistó con Hitler en 1942 y le propuso bombardear Tel Aviv, habitada casi en su totalidad por judíos. Durante su charla, acordaron que 400.000 judíos que Alemania pretendía deportar a Palestina fueran enviados a campos de exterminio. Al finalizar la guerra en Europa, Yugoslavia reclamó su extradición para juzgarlo por crímenes de guerra, pero el Gran Muftí murió en Beirut en 1974, después de que Reino Unido, Egipto y Líbano denegaran su extradición. Yasser Arafat le alabó públicamente en varias ocasiones, la última vez en el diario árabe Al Sharq al Awsat en agosto de 2002, donde se refirió a él como “nuestro héroe”. Es lamentable, pero no es menos cierto que el líder palestino nunca celebró o justificó la Shoah. En 1983, colocó una corona de flores en el gueto de Varsovia y en 1988 visitó el refugio de Anna Frank, declarando que nunca más deberían repetirse hechos semejantes.

¿Cómo resolver el actual conflicto entre judíos y palestinos? En primer lugar, quiero dejar muy claro que repudió las tesis racistas y antisemitas. La Carta Fundacional de Hamás (18 de agosto de 1998) afirma en su Preámbulo: “Israel existirá, y continuará existiendo, hasta que el Islam lo destruya, de la misma manera que destruyó a otros en el pasado”. Más adelante, leemos: “El Día del Juicio no llegará hasta que los musulmanes no luchen contra los judíos y les den muerte”. Mahmud Ahmadineyad, Presidente de la República Islámica de Irán entre 2005 y 2013, ha repetido varias veces la frase del ayatolá Jomeini: “El Estado de Israel debe ser borrado del mapa”. Después de sufrir persecuciones y matanzas durante siglos, es comprensible que el pueblo judío reivindicara el derecho a constituirse como nación en un estado libre y soberano. A estas alturas, apostar por la destrucción de Israel es una aberración moral, pues condenaría a seis millones de judíos a vivir como parias, expuestos a soportar nuevas masacres. En segundo lugar, considero que la Shoah no puede convertirse en el pretexto para continuar con la agresiva política israelí en Gaza y Cisjordania. Pienso que la única resolución ética y justa del conflicto ha sido formulada –entre otros- por el historiador Ilan Pappé y el activista Michel Warschawski, ambos israelíes. Desde su punto de vista, Israel no debería ser un Estado judío, sino un Estado binacional y laico que integrara con los mismos derechos a árabes y judíos en los territorios de la Palestina histórica. Warschawski afirma que es necesario abandonar el dogma de “un Estado, una cultura, un pueblo” para construir un “Estado plural, donde vayan de la mano una ciudadanía compartida y el reconocimiento de identidades colectivas diversas”. En ese proceso, la minoría árabe de Israel puede desempeñar un papel esencial: “El Estado sigue siendo un Estado judío, con prácticas y estructuras discriminatorias, pero la minoría palestina ha pasado de una situación de atomización e invisibilidad a ser una minoría nacional que reivindica la igualdad ciudadana en un país que pretende ser judío pero también democrático”. Tal vez es un planteamiento utópico, pero hasta ahora el pragmatismo ha fracaso en la región, encadenando una guerra tras otra. La convivencia pacífica de los pueblos no es quimera, sino una exigencia de la razón y la única alternativa para acabar con el odio y la incomprensión. En junio de 2014, el Papa Francisco invitó al Vaticano a Simón Peres y Mahmud Abbas, con el propósito de promover la paz y la reconciliación. Creo que sus palabras son válidas para creyentes y no creyentes: “Para conseguir la paz se necesita valor, mucho más que para hacer la guerra. Se necesita valor para decir sí al encuentro y no al enfrentamiento; sí al diálogo y no a la violencia; sí a la negociación y no a la hostilidad; sí al respeto de los pactos y no a las provocaciones; sí a la sinceridad y no a la doblez. Para todo esto se necesita valor, una gran fuerza de ánimo”. Espero que algún día se produzca el encuentro entre judíos y palestinos. La causa de la paz es la causa del hombre. Cuando se olvida este principio elemental, la desesperanza oscurece el mundo.

RAFAEL NARBONA

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