UN PERRO BAJO LA LLUVIA

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The Artist (Michel Hazanavicius, 2011)

Immanuel Kant se mostraba optimista sobre el porvenir de la humanidad. A pesar de las guerras y las calamidades, apreciaba una tendencia hacia el progreso moral y social. Yo no soy tan optimista, pero creo que a veces se producen cambios esperanzadores. La reciente reforma del Código Penal ha convertido en delito el maltrato animal y los jueces comienzan a dictar sentencias contra los desalmados que ahorcan a sus perros, matan a palos a un gato o dejan morir de hambre a un caballo. Después del Quijote, el libro más representativo de la literatura española es Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Ambas obras tratan con humor y ternura a los animales. Rocinante y el rucio de Sancho son figuras homólogas al idealismo del caballero andante y su escudero. Platero es la encarnación de la sencillez y la inocencia. La sombra del erasmismo planea sobre los dos clásicos, que exaltan implícitamente el cristianismo primitivo, cuando Jesús era representado como un Buen Pastor, con aspecto de adolescente, cautivando a los animales con su dulzura. En el Evangelio de San Juan leemos: “Yo soy el buen pastor. El pastor da la vida por sus ovejas” (10: 11). Cristo se hizo carne por amor a la humanidad, pero su amor no es puramente antropocéntrico, sino que se extiende a nuestra casa común, la naturaleza: “Contemplad cómo crecen los lirios del campo: no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos” (Mt 6: 28-29). Con su encíclica Laudato si’, el Papa Francisco ha reavivado el espíritu de San Francisco de Asís, cuya vida es una ejemplar y meticulosa imitación de Cristo, donde resplandece un profundo amor hacia la totalidad de lo creado. En su Laudes Creaturarum o Cántico de las criaturas, San Francisco celebra la vida, apuntando que todos los seres deberían tratarse como “hermanos” y “hermanas”, pues todos son obra de Dios: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, / la cual nos sostiene y gobierna / y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas”.
San Juan Pablo II dijo que “los animales tienen un soplo vital o aliento recibido de Dios”. No está de más rescatar esta reflexión en estas fechas, cuando muchos se plantean comprar un perro o un gato como regalo de Reyes, sin pensar demasiado en las consecuencias de convivir con un ser vivo, capaz de experimentar alegría, miedo, bienestar y desamparo. En España, se abandona a 400 perros al día. Al parecer, es la cifra más alta de la Unión Europea. De los gatos ni se habla, pese a que establecen vínculos afectivos con los seres humanos tan estrechos como los perros. La Guardia Civil mantiene una espléndida página en Twitter, recordando una y otra vez que los perros no son juguetes ni caprichos, sino un miembro más de la familia acreedor de cuidado y afecto. De vez en cuando, la Benemérita cita una preciosa frase del dramaturgo francés Jean Anouilh: “En algún lugar bajo la lluvia, siempre habrá un perro abandonado que me impedirá ser feliz”. Creo que todo el mundo debería releer en estos días Perros e hijos de perra, la recopilación de artículos de Arturo Pérez-Reverte que apareció el año pasado, pero que conservará durante mucho tiempo su condición de grito airado a favor de los perros. El libro –beligerante, apasionado- comienza con una cita de El coloquio de los perros, donde Cervantes menciona que algunos canes son “tan agradecidos que se han arrojado con los cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura, […] sin apartarse de ellas, sin comer, hasta que se les acababa la vida”. Aficionado a decir las cosas sin morderse la lengua, Pérez-Reverte evoca la pérdida de uno de sus perros, con unas palabras emotivas, no exentas de rabia: “Cada vez que desaparece un animal silencioso, bueno y leal como era el perro del que les hablo –se llamaba Sombra-, este mundo de mierda resulta menos generoso, menos habitable y menos noble”. Agraviamos injustamente a los perros, cuando llamamos “hijos de perra” a los canallas de distinta índole que pululan por nuestro planeta. Los perros son leales y valientes. Pérez-Reverte cita la gesta de Jemmy y Boxer, dos perros de la caballería inglesa que participaron en la heroica carga contra una batería rusa durante la guerra de Crimea. “Todo será más noble y luminoso mientras junto a un perro que lucha haya un buen perro valiente”, asegura el escritor, que a veces se muestra tan vehemente como Schopenhauer. El filósofo alemán, gran defensor de los derechos de los animales, afirmaba que “prefería la compañía de su perro a la de los humanos”. Pérez-Reverte no se anda por las ramas: “Con chuchos de por medio, lo cívico me importa una puñetera mierda. Ningún ser humano vale lo que valen los sentimientos de un buen perro”.
Durante estos días, más de uno se dejará seducir por la mirada de un perro y, meses más tarde, mirará hacia otro lado, esquivando su expresión de desamparo, mientras se aleja a toda prisa, abandonándolo a su suerte en una carretera. Ante semejante infamia, no caben tibiezas. Por eso, suscribo las palabras que  Pérez-Reverte dedicó en el verano de 1995 a ese anónimo canalla: “Ojalá se le indigeste esa paella […], o se le pinche el flotador del pato y se ahogue, cacho cabrón. Porque ya quisiéramos los humanos tener un ápice de la lealtad y el coraje de esos chuchos de limpio corazón”.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Imparcial (02-01-2016). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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