GABRIEL MIRÓ, EL PASTOR Y EL CORDERO

caballo carlos

Carlos Guijarro. Ilustración realizada por Carlos Guijarro para El caballo de Nietzsche, el blog animalista de El diario.

Casi nadie lee a Gabriel Miró, que nació en Alicante en 1879 y murió en Madrid en 1930. Es uno de nuestros mejores clásicos, pero su prosa poética e introspectiva exige una disposición semejante a la que demanda un poema o un cuadro. Miró trabaja como un miniaturista. Esculpe cada palabra, labra cada frase, explora hasta el fondo la relación entre el lenguaje y el concepto. Ese procedimiento le permite recrear lo aparentemente insignificante: un pueblecito olvidado, la melancolía de un niño, el dolor de un animal. En nuestros días se presta mucha atención a la infancia. No sucedió así en un pasado reciente, cuando los niños comían en una mesa aparte, segregados de los adultos. Si retrocedemos hasta el mundo antiguo, descubrimos que fenicios, cartagineses y sirios inmolaban niños a Moloch, símbolo del fuego purificante, prohibiendo a sus padres llorar o exteriorizar su pena. Agamenón, rey de Micenas, sacrificó a su hija Ifigenia en las costas de Áulide para aplacar la ira de Artemisa, que había detenido el viento, impidiendo la partida de las naves fletadas para cercar Troya. Algunas versiones del mito afirman que en el último momento Artemisa sustituyó a Ifigenia por una corza. Algo semejante sucedió en el Monte Moriah con Abraham e Isaac. Cuando el viejo Abraham levanta el cuchillo sobre su primogénito, Yavé envía un ángel para que un carnero ocupe el lugar de Isaac. Hemos repudiado estos mitos, pero sólo en un aspecto. Seguimos aceptando que la vida humana es incomparablemente más valiosa que la de cualquier animal, sin plantearnos que el hecho de infligir dolor físico y psíquico es un mal objetivo.

No es necesario torturar y matar a individuos de otras especies para garantizar nuestra supervivencia. Hay alternativas más éticas. Los animales no son objetos de consumo. Su dolor es muy real y nada mítico o ancestral. Gabriel Miró, que siempre contempló con desagrado el rigor y la intransigencia de los adultos de su época con los niños, no disimuló el espanto que le producía la violencia contra los animales. En El libro de Sigüenza (1917), recrea una jornada de tiro de pichón en una explanada redonda con tapiales blancos y una red que marca los límites de la competición. El arrullo de las palomas cautivas recuerda el rumor de un río, pero el ensueño se disipa con los primeros escopetazos. Los tiradores usan unos cartuchos largos, cuyo objetivo es destrozar, pulverizar. La explanada está a orillas del mar y los pichones más afortunados esquivan los plomos, internándose en la inmensidad azul, pero la mayoría son abatidos. Los más infortunados agonizan entre las rocas del puerto, malheridos, hasta que llegan los perros o los niños, que se los disputan con una mezcla de alborozo y ferocidad. Sigüenza, “alter ego” del escritor, se pregunta: “¿No es inmoral que los niños aprendan a gozar y apetecer la muerte de un palomo?” Un amigo le acusa de ser un hombre ridículo: “Tus lástimas son enfermizas. […] Guarda esas querellas y lamentaciones para mejores causas”. Presumo que muchos le darán la razón, pero se trata de un argumento falaz. Todas las buenas causas son ridiculizadas, escarnecidas, minimizadas. Los que pedían la abolición de la esclavitud soportaron las burlas de los que justificaban la servidumbre, alegando que los salvajes –africanos, asiáticos, nativos americanos y otros pueblos supuestamente inferiores- carecían de raciocinio e incluso de alma.

En el Libro se Sigüenza, Gabriel Miró relata con idéntico pesar el sacrificio de un cordero. El animal pasa dos días en la oscuridad, sin beber ni comer, pues a fin de cuentas sólo le espera la muerte. A pesar de todo, se alegra al ver al pastor. Cuando éste le derriba, atándole los brazos y las piernas, lame la cuerda, quizá por sed o hambre. O por un incomprensible afecto hacia su verdugo. Sigüenza espera que el pastor emplee un enorme cuchillo de matanza, pero esgrime un cuchillo viejo y sin afilar, que hunde lentamente en el cuello: “Se oía el ruido de pellejo, de carne, de garganta, de tendones rotos”. El cordero dilata las pupilas, mientras el cuchillo “rudo y corto” le lima el cuello. Al desatarlo, el recental sufre una convulsión horrible. Aún vivo, intenta levantarse, con la cabeza colgando, pero enseguida se desploma. El cabrero empieza a desollarlo, sin preocuparse del resuello que se escapa por el horrendo tajo. Sigüenza le suplica que espere un poco, hasta que el animal haya muerto del todo. El matarife le hace caso de mala gana. Mientras limpia la sangre del cuchillo en la blanca lana de su víctima, exclama: “Tuviera vista de poder la cordera, la madre, que está allá, en aquel casal, y a buen seguro que veía lo que hemos hecho con su hijo…”. El corazón de Sigüenza tiembla ruidosamente, pero aún tendrá nuevos motivos para sobrecogerse. El pastor agujerea una de las ancas con la baqueta de un fusil viejo y sopla hasta hinchar monstruosamente al corderito, separando con destreza la piel del cuerpo. Después, cuelga la carne –desnuda y azulada- de un gancho y comienza a extraer los órganos, comentando con brutal sinceridad: “¿Qué le parece, si se pudiera hacer lo mismo con algunos, teniendo igual pena que por este?” Al igual que en el tiro de pichón, un enjambre de niños presencia todo, celebrando cada incidencia con risas.

Aunque en los pueblos todavía se mata a los animales en público, convirtiendo su agonía y descuartizamiento en un festejo, las ciudades prefieren la discreción de los mataderos industriales, que funcionan –casi- como centros clandestinos donde nadie ajeno al proceso puede husmear. Yo pasé un par de horas en uno de esos complejos. Desde fuera, las naves parecían sarcófagos, con la techumbre plana y sin ventanas. De vez en cuando, aparecía un camión o un grupo de trabajadores, casi siempre extranjeros con cara de fatiga. La aparente inactividad del recinto me desconcertó, provocándome la impresión de deambular por una central nuclear abandonada. Me sorprendió el silencio. Detrás de los muros que me rodeaban, se mataba en cadena, pero no se escuchaba ni un quejido. Sabía que era una sensación falsa, pero no comprendí la magnitud del dolor que escondían hasta que llegué a casa y leí los pasajes de Gabriel Miró que he comentado. Los grandes escritores son la voz de los que viven, sufren y mueren en silencio. Miró fue propuesto para ocupar un sillón en la Real Academia de la Lengua, pero la Compañía de Jesús organizó una campaña contra él, acusándole de anticlerical por El obispo leproso (1926), una novela extraordinaria que muestra la hipocresía de la Iglesia Católica, tan alejada de la dulzura del evangelio. La prensa conservadora no escatimó insultos, asegurando que en los libros de Miró se apreciaba “un repelente homosexualismo”. No han cambiado mucho las cosas. Los animales siguen sufriendo, mientras miramos hacia otro lado, y los que defienden sus derechos soportan los mismos ataques que los abolicionistas o los que prestan –o prestaron- su pluma a los más débiles y vulnerables. La literatura de Gabriel Miró representa la utopía de un porvenir más compasivo, pero sólo unos pocos han reparado en su caudal de ternura y su anhelo transformador. El mundo sería un lugar mejor si hubiera más lectores de Años y leguas, El obispo leproso o El libro de Sigüenza.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Caballo de Nietzsche, blog animalista de El diario (02-06-2015). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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