LA VIDA PERRA DE LOS GATOS

GATOS AUDREY 2

Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes (Blake Edwards, 1961)

Los gatos llevan “una vida perra”. Al igual que sus competidores directos en el terreno de los afectos humanos, soportan el abandono y los malos tratos, pero –además- son injustamente vilipendiados. Se les atribuye un carácter arisco, frío y traicionero. Tal vez los más jóvenes no recuerden a los gatos siameses de La dama y el vagabundo (Walt Disney, 1955). Se trata de dos criaturas diabólicas que ejercen el terrorismo doméstico. Es famosa la escena en que intentan comerse a un pájaro y a un pez, mientras la dulce y encantadora Reina, una hembra de cocker spaniel de color canela, frustra sus planes. Los pérfidos felinos incluso planean asaltar la cuna de un bebé, pero una vez más Reina lo impide, con un despliegue de arrojo y heroísmo. ¿Son los gatos realmente tan malvados? ¿Es cierto que responden al cariño con indiferencia y deslealtad? Categóricamente, no. Sólo son mitos y leyendas que han circulado durante siglos por culpa la ignorancia y la superstición. Asociados a la brujería y a los ritos satánicos, los gatos negros aún nos producen un miedo irracional, si se cruzan en nuestro camino. Yo logré desprenderme de esos prejuicios hace unos diez años, cuando una de mis alumnas apareció en clase con un gatito diminuto. Lo había encontrado en mitad de una carretera, con los ojos llenos de legañas, inmóvil y, aparentemente, resignado a morir.
Mi alumna había improvisado una cuna con un papel, doblando las esquinas para crear la ficción de un espacio acogedor. En esa época, aún se respiraba tolerancia en los centros de enseñanza media y nadie se atrevió a prohibirle el acceso al instituto con un gato de escasos días. La chica sabía que yo convivía con cinco perros y un erizo que se había instalado en mi jardín, sin consultar mi opinión. Aficionado a la comida de gato, hibernaba todos los años en una caseta con un lecho de hojas secas. Vivo en una casa de campo, pero nunca he permitido que mis amigos pasen frío en el exterior. Sin embargo, el erizo es un animal salvaje y es ilegal mantenerlo en cautividad. Por eso siempre le deje a su antojo, limitándome a ejercer de anfitrión.
Incorporar a mi atípica manada un gato significaba exponerse a ciertos riesgos, pues –según la tradición- perros y gatos se odian a muerte, pero no podía negar asilo a un ser vivo caído en desgracia. Acepté el reto de agrandar mi familia y le acomodé en la mesa del profesor, despertando un regocijo generalizado. A la hora de comer, el gato ya tenía nombre, una colchoneta azul con manchas blancas y un par de cuencos para el agua y la comida. Los perros le olisquearon con cierta perplejidad, sin que se produjera ningún incidente. Enfermo de rinotraqueitis (o gripe felina), Sebastian –prescindimos del acento, pues de ese modo el nombre sonaba más aristocrático- se curó y creció hasta los actuales siete quilos. Nos costó trabajo explicarle que el sofá, los muebles y las cortinas no eran el lugar indicado para afilarse las uñas, pero gracias a unos rascadores, con pelotas giratorias y ratones de colores, cambió de hábitos. Sebastian hizo honor a su nombre y se convirtió en un auténtico dandi, que se paseaba por la terraza con el aire trágico de un Lord Byron y la chispeante mirada de un Oscar Wilde. No nos quedó otro remedio que llamarle Lord Sebastian. Aunque mantenía buenas relaciones con todos los perros, estableció una estrecha amistad con Dora, una mastina de ocho o nueve años que también había conocido la experiencia del abandono. Cuando dormían juntos bajo el sol, confundidos en una maraña de pelos blancos, negros y grises, transmitían esperanza, encendiendo una sonrisa en cualquier alma sensible.
Desgraciadamente, Dora murió de vieja, al igual que Nana, Tania y Violeta, pero el vacío que dejaron se mitigó con otros perros y… otros gatos, que hallaron en mi casa un hogar, después de sobrevivir a experiencias traumáticas. Merlín fue rescatado de una carretera, después de ser atropellado. Greta perdió a su madre y hubo que alimentarla con biberón. Clara maullaba en un contenedor, mientras el camión de basura se acercaba para triturar sus huesos. A veces, yo actué como rescatador; en otras ocasiones, fue un amigo o un desconocido. Si el grado de excelencia del ser humano se midiera por su actitud con el resto de las especies, obtendríamos un vergonzoso suspenso. Lord Sebastian me enseñó que los gatos son afectuosos, leales, simpáticos, divertidos, entrañables. Al observarlos mirando por una ventana, noto su vida espiritual, una forma de estar que raramente aparece en el hombre, salvo cuando medita, reza o lee un poema. Los gatos piensan sin conceptos, disfrutando del mundo sin la necesidad de analizarlo o desmenuzarlo. Piensan sin establecer distinciones entre el todo y la nada. Se dejan traspasar por la luz, experimentando la profundidad del silencio. Se sumergen en el fondo del ser y sueñan con misteriosos absolutos, que los humanos ni siquiera sospechamos. Se parecen a un maestro zen, que no pretende aleccionarnos, sino acompañarnos en nuestra búsqueda interior. La magia de la vida no es un secreto para ellos, sino una vivencia cotidiana. Vuelan con la imaginación, duermen con el pensamiento, respiran con la mirada. No conocen el apego a los bienes materiales, pero necesitan echar raíces. Son aventureros, pero entienden que la felicidad es una vivencia sencilla. No piden más que sentir la tibieza del sol, el aleteo del aire o el calor de una chimenea, crepitando como una cascada de intuiciones.
Desgraciadamente, la mayoría de los gatos lleva una “vida perra”, comiendo desperdicios, ocultándose en los bajos de un coche, pasando frío en invierno, huyendo de desalmados que los cazan por placer. Aún recuerdo a los dos jóvenes de las Nuevas Generaciones del PP que organizaron una macabra cacería en Talavera de la Reina, matando a decenas de gatos y fotografiándose sonrientes con sus víctimas. El Comité Ejecutivo Provincial de las Nuevas Generaciones del PP los expulsó por unanimidad, pero el juez les absolvió, considerando que no habían actuado con ensañamiento. No se hizo justicia, aunque se actuara conforme a derecho. No merece la pena citar el nombre de esos canallas, tan despreciables como “el miserable y sucio cobarde” que asesinó por la espalda a Jesse James. Estos hechos sucedieron en 2009. Saber que el agresor de una chica en un semáforo de Barcelona en 2015 también es de Talavera de la Reina revela que la crueldad con los animales y el maltrato de las mujeres suelen ir de la mano. Son conductas repugnantes asociadas a una cultura insoportablemente machista, por desdicha muy extendida en España. Ojalá la “vida perra” de los gatos acabe algún día y el ser humano, aligerado de presunción y arrogancia, aprenda a respetar su majestuosa dignidad, semejante a la de un lirio en todo su esplendor.

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Lord Sebastian

RAFAEL NARBONA

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