SI DIOS HA MUERTO…

EL CABALLO DE NIETZSCHE

El caballo de Turín (2011), Béla Tarr y Ágnes Hranitzky

¿Es posible concebir el mundo sin la existencia de Dios? Indudablemente, pero ¿cuáles son las consecuencias de adoptar esta perspectiva? El ateísmo no es un invento de la edad contemporánea. Durante siglos, el ateísmo fue un fenómeno marginal y minoritario. Entre los griegos, sólo unos pocos pensadores se atrevieron a negar la existencia de lo sobrenatural, como Demócrito de Abdera, según el cual sólo hay átomos y vacío en un cosmos gobernado por el azar. Platón nunca escondió su odio hacia Demócrito. En sus diálogos, manifestó que sus obras deberían ser arrojadas al fuego. Tal vez por ese motivo sólo han sobrevivido unos cuantos fragmentos. En el siglo XVII, el filósofo judío Baruch Spinoza declaró que Dios y la Naturaleza eran indistinguibles. Dios es la causa primera de todas las cosas y la causa eficiente de su propia existencia, pero no es una Persona y el alma humana no es inmortal. Algunos le acusaron de ateísmo; otros, le situaron en la tradición panteísta. La comunidad judía de Ámsterdam le excomulgó y le proclamó maldito. No hay ni una sola calle en Israel con su nombre, pues entre los creyentes aún constituye materia de escándalo. En Sistema de la naturaleza (1770), Paul Henri Thiry d’Holbach afirma que el ser humano sólo es un ser natural sometido a las leyes de la física. Su destino es convertirse en polvo, pues Dios no existe, salvo en nuestra imaginación. La Naturaleza no es una creación de Dios, sino de la materia, que no es algo inerte, sino puro dinamismo con una creatividad intrínseca. En 1841, Ludwig Feuerbach publica La esencia del cristianismo, donde asegura que el hombre ha creado a Dios a partir de una proyección de sus mejores atributos. Dios es el ser humano idealizado, lo cual provoca que el hombre común se menosprecie, pues se siente miserable al compararse con la presunta perfección de su ficticio creador. Según Feuerbach, el hombre sólo supera ese estado de alienación, cuando advierte que “Dios no es más que la conciencia de la especie”. Dios no es un invento de los ricos y los poderosos –apunta-, sino de los hombres que sufren: “Dios es el eco de nuestro grito de dolor”. Dicho de otro modo: Dios encarna la esperanza, pero es una esperanza vana, irreal.
En 1845, Karl Marx examina con desdén las tesis de Feuerbach, manifestando que sus planteamientos desprenden “retórica escolástica”. Dios sí es un invento de las clases dominantes, que  alimentan la devoción y la piedad para narcotizar a las masas. La liberación del ser humano implica la destrucción de un mito que se ha convertido en “el opio del pueblo”. La clase obrera no saldrá de su estado de servidumbre hasta que pierda la fe en el más allá y comience a luchar por un cambio social. Escribe Marx: “La vida social es, en esencia, práctica. Todos los misterios que desvían la teoría social hacia el misticismo encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esa práctica”. Solo de ese modo, será posible avanzar hacia el ineluctable final de la historia: una sociedad sin propiedad privada ni clases sociales. “Los filósofos –se queja Marx- no han hecho más que interpretar el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Marx rechaza cualquier planteamiento espiritual o teológico, pero curiosamente profetiza que la historia se despliega necesariamente hacia la utopía comunista. No habla de un objetivo político, sino de una ley histórica que no difiere de cualquier ley natural, con una lógica estricta e irrevertible. Su efecto no es inmediato, pero antes o después se hará realidad. En 1859, Darwin publica El origen de las especies y en 1871 El origen del hombre. Darwin se declara agnóstico, no ateo. El evolucionismo es una poderosa objeción contra la fe, que rebaja los relatos bíblicos a simples mitos. En su correspondencia privada, Darwin llegó a plantearse si la idea de Dios se había interiorizado hasta convertirse en una tendencia espontánea de la psique, con rasgos de fatalidad genética. Freud desarrolló esta idea en El porvenir de una ilusión (1927), donde se describe la fe como una patología colectiva, instigada por la nostalgia de un padre omnipotente. La crucifixión sólo sería una variante del parricidio cometido por los hijos de la horda primitiva. Matar al padre y devorarlo es un gesto simbólico que aparece en diferentes cultos chamánicos.

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Friedrich Nietzsche

Ninguno de estos argumentos me parece tan agresivo como el “Dios ha muerto” de Nietzsche, que algunos han interpretado como un gesto a favor de la vida y la libertad. Me temo que esa interpretación falsifica la realidad. Si rastreamos la genealogía del pensamiento nietzscheano, hallamos en primer lugar a Arthur Schopenhauer, autor de El mundo como Voluntad y Representación (1819). Nihilista feroz, Schopenhauer reivindica el celibato universal. No pretender regular el número de nacimientos, sino interrumpir definitivamente el proceso de la natalidad. Las conclusiones de su filosofía son demoledoras: nacer es una desgracia; la vida es una fuente inagotable de sufrimiento; la desaparición de la especie humana acabaría con una aberración evolutiva; la conciencia, lejos de ser una ventaja, transforma al hombre en el animal más desventurado. Nietzsche se rebela contra este pesimismo, pero no por amor al hombre, sino por amor a la vida. Pero, ¿qué es la vida para Nietzsche? En El crepúsculo de los ídolos o como se filosofa a martillazos (1889), afirma categóricamente: “La vida es esencialmente apropiación, ofensa, avasallamiento de lo que es extraño y más débil, opresión, dureza, imposición de formas propias, anexión y al menos, en el caso más suave, explotación”.
La “muerte de Dios” no dejó otro camino que la exaltación de lo inmediato o el nihilismo más implacable. El culto a los placeres terrenales surge de la conciencia de una insalvable precariedad. André Gide expresó esta tesis en forma de ensayo (Los alimentos terrenales, 1897) y novela (El inmoralista, 1902) hacer realidad nuestros deseos, sin preocuparnos de sermones moralizantes. Según Gide, no debemos desperdiciar ninguna ocasión de gozar, pues el declive de nuestro cuerpo ya nos hará conocer la frustración y la impotencia. No debemos arrepentirnos de nada, excepto de ser felices. El yo es nuestro bien más preciado. Tenemos los días contados y sería una insensatez desperdiciarlos, preocupándonos de los otros, cuyos derechos muchas veces sólo son un obstáculo para nuestras pasiones. El hombre natural es cruel, pero sin maldad. Gide desemboca en tesis cercanas al marqués de Sade, reivindicando el “acto gratuito”. En Los sótanos del Vaticano (1914), un personaje comete un crimen gratuito por placer y sin experimentar remordimientos. Gide recrea la filosofía del marqués de Sade en un escenario más moderno, asumiendo sus máximas: “La crueldad, lejos de ser un vicio, es  el primer sentimiento que imprime en nosotros la Naturaleza”. La distinción entre el bien y el mal es un ardid de la conciencia religiosa, cuyo objetivo es aniquilar nuestra libertad. En estado natural, la crueldad es inocencia, juego, gozo, espontaneidad. El cristianismo ha convertido la crueldad en pecado, culpa, abominación, degradando al ser humano a la condición de esclavo o animal doméstico. “La idea de Dios –escribe el marqués de Sade- es el único error por el cual no puedo perdonar a la humanidad”. En 1969, el filósofo rumano Emil Cioran increpa a Dios en El aciago demiurgo: “La exhortación criminal del Génesis: Creced y multiplicaos, no ha podido salir de la boca de un dios bueno. Sed escasos, hubiese debido sugerir más bien, si hubiese tenido voz en el capítulo. Nunca tampoco hubiese podido añadir las palabras funestas: Y llenad la tierra. Se debería, antes de nada, borrarlas para lavar a la Biblia de la vergüenza de haberlas recogido”. Con este punto de partida, no es extraño que Cioran exalte el suicidio (“El suicidio es una realización brusca, una liberación fulgurante: es el nirvana por la violencia”) y fantasee con la ebriedad de “haber cometido todos los crímenes: salvo el de ser padre”.
Si la humanidad hubiera asimilado y ejecutado en su totalidad las enseñanzas de Sade, Schopenhauer, Nietzsche y Cioran, sólo quedarían vestigios de nuestra civilización. Ninguna especie se ha planteado llegar tan lejos. El suicidio no es un comportamiento natural. Las ballenas y delfines que mueren en las playas no se quitan la vida por una incomprensible melancolía. Simplemente, su sistema de orientación ha sufrido una alteración provocada por el sonar de embarcaciones que han invadido sus rutas migratorias. Sin embargo, el pensamiento de Nietzsche no es una ocurrencia temporal ni una simple anécdota en la historia del pensamiento. Los regímenes totalitarios y el capitalismo salvaje han seguido al pie de la letra su doctrina de la vida como apropiación, avasallamiento del más débil, opresión, dureza y explotación. La muerte de Dios no ha liberado a los parias de la tierra, pero sólo un fanático o un insensato abogaría por el regreso del Estado confesional. La teocracia es la institucionalización de la vivencia religiosa y su intención no es propagar la paz y la fraternidad, sino actuar como martillo de herejes. Si Dios ha muerto, el hombre debe aprender a soportar su insoportable levedad. Sólo es una especie que brotó por azar y algún día desaparecerá. La extinción de las especies no es una catástrofe, sino una ley de la evolución. Somos la conciencia de un rincón del cosmos. No podemos alardear de otra cosa. ¿Podemos decir algo más? Me atrevo a esbozar una posibilidad que contentará a muy pocos. Kafka compara al ser humano con Ulises, pero con la diferencia de que el viaje no finaliza en Ítaca, sino en un oscuro naufragio. “Esperanza hay –le comentó a su amigo Max Brod-, pero no para nosotros”. ¿Qué quiso decir exactamente? Pietro Citati, biógrafo del escritor checo, esboza una posible respuesta: “[Para Kafka], la eternidad no es algo que vaya a venir después, como afirman persas o cristianos. El mundo de la gracia, de lo que no es dado, está ya presente. La gracia ya está aquí, como un apacible lago de luz. Por consiguiente, ya estamos salvados”. Sin embargo, algunos no lo advierten y viven extramuros del Jardín del Edén. “El paraíso todavía existe, si bien vacío de nuestra presencia, y aún hoy está hecho para nosotros y destinado a servirnos”. No es fácil visualizar la interpretación de Kafka, pero es una poderosa intuición, que nos enseña a vivir sin Dios, conservando al mismo tiempo la dimensión religiosa, espiritual.

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Ordet (1955), Carl Theodor Dreyer

El teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer, ahorcado por el régimen nazi, formuló una teología atípica, que –desde mi punto de vista- representa la opción más ética de vivir una fe compatible con la libertad y la autonomía racional. “¡El Dios que está con nosotros -escribe Bonhoeffer desde la prisión- es el Dios que nos abandona (Mc 15, 34)! Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y por sus sufrimientos”. El Dios que aceptó la tortura y la humillación nos exige vivir sin esperar su intervención, no aguardar su mediación como el deus ex machina de la tragedia antigua. “Dios nos hace saber –añade Bonhoeffer- que hemos de vivir como hombres que logran vivir sin Dios”. Pienso que es necesario avanzar hacia una visión crítica y adulta de Dios, que excluye de su naturaleza la omnipotencia. El Dios tomista –todopoderoso, omnisciente, inmutable, inmóvil, absolutamente simple y absolutamente perfecto- es un ídolo, una triste réplica de los poderes temporales. El Dios crucificado no nos salva mediante grotescos milagros; nos acompaña, sufre a nuestro lado, fracasa y comparte nuestro desamparo. Nuestra insoportable levedad se hace más ligera, cuando notamos su presencia. Cristo nos enseña a amar la libertad y a mirar el tiempo con esperanza. Dios no está en las alturas, sino en la ternura, la caridad y fraternidad; en la denuncia profética de la injusticia, en la utopía de una plenitud cósmica, donde la vida -y no la muerte- será la última palabra; en el martirio de los que se niegan a ser cómplices o meros testigos de la violencia y la opresión. Sólo sabemos de Dios lo que nos has mostrado la vida de Jesús de Nazaret y Cristo fue humano, muy humano, hasta el extremo de llorar, sucumbir a la angustia y la desesperanza, pero sin renunciar en ningún momento a “ser-para-los-demás”.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Negra Tinta (22-02-2015). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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