EL REINO DE DIOS

RUANDA 1

Fotografía de Jan Grarup, Genocidio de Ruanda, 1994.

El Reino de Dios no es un quimérico trasmundo. El Reino de Dios es una utopía que se realiza cada vez que brotan la fraternidad, la solidaridad y la ternura. El Reino de Dios es una manto tendida a los débiles y enfermos; una casa sin puertas que acoge al extranjero, al otro, al que huye de la violencia, la exclusión y el odio. El Reino de Dios es un mundo hecho a la medida del hombre, sin espacio para la desigualdad, la explotación o la miseria. El Reino de Dios es la redención de los pueblos crucificados. Es la alegría y la esperanza  de saber que los pobres al fin han tomado la palabra y caminan por el centro de la historia. La experiencia religiosa es un ejercicio de responsabilidad frente al mundo. Lo religioso implica hacerse cargo de los otros, cuidar la naturaleza, ampliar los límites de la ciencia y la creación artística, construir e impugnar valores. Paul Tillich no se equivocaba al afirmar: “el que sabe de profundidades sabe de Dios”. Dios es “una experiencia de apertura hacia todo y hacia todos”. Es esa simpatía universal que el budismo llama karuna y que implica desprenderse del yo. Dios no es una abstracción, sino el vínculo que nos religa al mundo y a los otros. Es el sentido de totalidad, que nos permite rebasar nuestra finitud. Estar afincado en Dios es la manera de ser hombre que nos libera de las pasiones subjetivas y nos revela que las nociones de individuo y comunidad, lejos de excluirse, se necesitan mutuamente para desarrollar toda su potencialidad. Dios está donde el pobre come, ríe, acude a la escuela, estudia, recoge el fruto de su esfuerzo y no es explotado.
El afán de inmortalidad es un sentimiento sin grandeza, cuando sólo está asociado al deseo de rebasar nuestros propios límites biológicos. “Hay que olvidarse de uno mismo –escribe Jon Sobrino-. Aquel para quien su propia muerte sea el escándalo fundamental y la esperanza de supervivencia su mayor anhelo, no alberga una esperanza cristiana”. Jesús no evangelizó a los pobres. Los pobres evangelizaron a Jesús. La gloria de Dios es que los pobres y hambrientos logren vivir con dignidad. La esperanza de los pobres es nuestra esperanza, pues sólo ellos pueden salvarnos de un mundo dominado por la codicia y el egoísmo. Dios se hizo hombre para sufrir como hombre y estar más cerca de los que sufren. Dios se hizo hombre para conocer la tortura, el miedo, el desamparo, la incertidumbre del que aguarda en su celda la ejecución, sin posibilidad de defensa. Dios se hizo hombre para anunciar que es posible “revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección” (Ignacio Ellacuría). Dios se hizo hombre para dejar claro que la salvación vendrá de abajo, de los pueblos esclavizados y exterminados, de los refugiados que crecen hacinados entre tiendas de campaña, de los que han perdido su tierra y sueñan con recuperarla, de los que se ahogan en unas aguas heladas.
No es posible ser cristiano y no ser consciente del agravio que cometen unos hombres contra otros. Lo cristiano es optar por los humillados, por los crucificados, por los que nacen y mueren ante la indiferencia de las sociedades opulentas. André Malraux, tantas veces malinterpretado, afirmó que el siglo XXI marcaría “la reasunción de lo religioso por el pensamiento humano”. Al reflexionar sobre las injusticias, Max Horkheimer, uno de los máximos exponentes de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, expresó un sentimiento irracional, pero con la fuerza de un gigantesco clamor: “Tiene que haber un mañana para las víctimas”. Las víctimas no pueden desaparecer por el desagüe de la historia, sin que algo compense su dolor y restituya su derecho a vivir, cruelmente escamoteado por los que les negaron el nombre, la palabra y el simple existir. No es la razón, sino el deseo utópico de justicia el que nos lleva al Reino de Dios. Dios está donde hay solidaridad, igualdad, libertad, dignidad. Algunos somos incapaces de concebirlo de otro modo.

RAFAEL NARBONA

 

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