EL HOLOCAUSTO Y EL CINE

KAPO 3

Kapo (Gillo Pontecorvo, 1960)

La Shoah no deja de producir perplejidad, pero lo cierto es que no se trata del primer genocidio de la historia. Quizás su singularidad radique en la explotación de los avances científicos y tecnológicos para exterminar y reducir a cenizas a millones de ciudadanos europeos (y no del Tercer Mundo), casi siempre integrados en la cultura de los países que participaron en el Holocausto. De hecho, algunos de los supervivientes más célebres nunca habían atribuido mucha importancia a su condición de judíos, pues ni siquiera creían en Dios. Es el caso de Primo Levi, Jean Améry o Imre Kertész. El antisemitismo es un viejo prejuicio cristiano que ha inspirado infinidad de pogromos. En Sobre los judíos y sus mentiras (1543), Martin Lutero escribió: «Seremos culpables de no destruirlos». Los nazis adoptaron este lema, responsabilizando a los judíos de ser el origen y el substrato del internacionalismo, el marxismo y la democracia, tres doctrinas incompatibles con la utopía racista de la Sangre y el Suelo.

Durante la Segunda Guerra Mundial, las políticas de exterminio del Tercer Reich se consideraron una cuestión menor. Las cosas empezaron a cambiar en los años cincuenta, cuando una nueva generación planteó preguntas incómodas. En 1955, se estrenó Noche y niebla, el documental de Alain Resnais, que mostró con crudeza la magnitud del genocidio y apuntó sin rodeos la responsabilidad colectiva de la sociedad alemana y buena parte de la cultura europea. Desde entonces, el cine ha desempeñado un papel esencial en el conocimiento y análisis del holocausto. En 1985, apareció Shoah, el poético, exhaustivo y sobrecogedor documental de Claude Lanzmann, que incluyó la óptica de los verdugos, entrevistando mediante cámaras ocultas a Franz Suchomel, miembro de las SS y guardián del campo de Treblinka, cuyo testimonio frío y desapasionado reconstruyó el funcionamiento de un proceso concebido para procesar seres humanos como si fuera animales destinados al matadero.

Tal vez las aproximaciones más esclarecedoras al universo de los campos de concentración haya que buscarlas en Kapo (1960), de Gillo Pontecorvo, y en La zona gris (2001), de Tim Blake Nelson. Kapo muestra la transformación de Edith, una adolescente judía (Susan Strasberg), en esclava sexual y, más tarde, en prisionera de confianza y celadora (Kapo) de un Lager. Al margen del giro algo sentimental de la última media hora (Edith recupera la compasión al enamorarse de un prisionero de guerra soviético), Kapo transmite credibilidad en su recreación de la crueldad impersonal del exterminio sistematizado a escala industrial. La imagen de una hilera de prisioneros (entre los que se encuentran los padres de Edith y algunos niños) avanzando desnudos hacia las cámaras de gas en un blanco y negro deliberadamente ensombrecido para disipar cualquier efecto de luminosidad, nos acerca al intolerable sufrimiento de ese anticosmos, donde la ley moral ha invertido su obligación de preservar la vida para instituir la norma de garantizar la muerte.
La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993), espléndida en sus inicios y decepcionante en su resolución final, o La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), particularmente emotiva en la relación paternofilial, no son menospreciables, pero el horror está más contenido o transige con el sentimentalismo. La zona gris relata la rebelión del Sonderkommando duodécimo de Auschwitz-Birkenau, basándose en la autobiografía del patólogo judío de nacionalidad húngara Miklós Nyiszli, colaborador forzoso del tristemente célebre doctor Josef Mengele. Austera, minimalista, cruel con el espectador, levemente poética, con vocación documental, convincente en sus diálogos y sobrecogedora en sus silencios, La zona gris muestra la rutina de los Sonderkommandos, incluyendo algunos errores notables, como mezclar los sexos en el interior de las cámaras de gas, cuando es de sobra conocida la segregación sistemática por géneros.

Estas imprecisiones conviven con secuencias memorables: el primer plano de un Sonderkommando preparándose para entrar en las cámaras de gas, mientras escucha los gritos de quienes agonizan en su interior; el monólogo de uno de sus compañeros, evocando su vida en Budapest, cuando podía sostener su mirada en el espejo y experimentar autoestima; la resistencia de las tres jóvenes polacas implicadas en la rebelión, soportando la tortura (según Malraux, una experiencia que convierte la muerte en algo irrelevante); la conciencia abrumada del patólogo judío, que ejerce su trabajo con rigor, justificándose con la esperanza de salvar a su esposa e hija, también confinadas en Auschwitz.

Se conservan algunas fotografías clandestinas de las incineraciones al aire libre. La incapacidad de los hornos para asumir la destrucción total de los cadáveres obligó a utilizar este recurso, recreado en La zona gris en una breve secuencia, donde se aprecian los restos de un recién nacido. El director rebaja el espanto recortando el plano. Sólo aparece la mitad del cuerpo, evitando el rostro. El carácter anónimo de las víctimas se rompe cuando una joven de unos quince años sobrevive al gas y el Sonderkommando se plantea organizar su fuga. El fracaso del plan se resuelve con un plano subjetivo, donde la huida de la joven finaliza con el disparo de un oficial. El plano, que ha reproducido la carrera de la adolescente judía, se interrumpe con violencia y, poco después, se escucha su voz por primera vez, hasta entonces reprimida por el miedo. Los miembros del Sonderkommandohan destruido un crematorio. Su acción les costará la vida, pero al menos morirán con la dignidad parcialmente restituida. Reemplazados por otros deportados, se escucha la voz de la joven asesinada, describiendo el procesamiento de sus propios restos:

Después de la rebelión, quedan en pie la mitad de los hornos y nos llevan a todos hasta allí. Yo me quemo muy rápido. La primera parte de mí se eleva en un denso humo que se mezcla con el humo de los demás; luego quedan los huesos, que se convierten en ceniza; barren las cenizas para llevarlas hasta el río y al final quedan motas de nuestro polvo flotando en el aire, mientras el nuevo grupo trabaja. Esos fragmentos de polvo son grises. Nos depositamos en sus zapatos y en sus caras y en sus pulmones y se acostumbran tanto a nosotros que pronto ni tosen ni se esfuerzan en quitársenos de encima, cepillándose la ropa. Llegados a ese punto, sólo se mueven y respiran, se mueven y respiran como cualquier otro aún vivo en este lugar. Y así es como el trabajo continúa.

Se ha destacado la originalidad de El hijo de Saúl (László Nemes, 2015), galardonada con el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, pero lo cierto es que la trama se parece extraordinariamente al argumento de La zona gris. La innovación es formal, no temática. En este caso, no se trata de una joven de quince años, sino de un niño de nueve o diez, que sobrevive al gas, pero no a un médico de las SS. Tras examinarlo, el doctor lo asfixia con sus manos y encarga una autopsia, pero Saul Ausländer (Géza Röhrig), miembro de unSonderkommando, luchará durante toda la película para rescatar el cuerpo y enterrarlo con la presencia de un rabino que rece el kaddish. Nemes rueda en 35 milímetros, con un arriesgado formato de 4:3, primeros planos con cámara al hombro –procedimiento explotado por Spielberg en La lista de Schindler– y encadenamiento de prolongados planos-secuencia. Con un sonido hiperrealista, una cámara que se sitúa la mayor parte del tiempo detrás del protagonista y una limitada profundidad de campo, Nemes consigue sumergir al espectador en la espeluznante rutina del exterminio industrializado. Sacrifica la perspectiva a la vivencia, pues el objetivo es transmitir angustia, miedo y desesperanza. Saul acapara casi todo el protagonismo. No podía ser de otro modo. Su experiencia subjetiva es ese punto opaco que suele escapar a cualquier ejercicio de representación. Los gestos de resistencia de los Sonderkommandos ilustran ese resto de dignidad que subsiste en la conciencia humana en medio de la degradación más inconcebible. La rebelión final en el crematorio o las fotografías clandestinas de las incineraciones al aire libre revelan que los deportados no se resignaron a morir sin pelear o, al menos, sin dejar un valioso testimonio de las atrocidades perpetradas. Quizás uno de los momentos más estremecedores del film es la parodia que hace un miembro de las SS de un baile judío, obligando a Saul a ocupar el lugar de su hipotética pareja. Se ha especulado mucho sobre el niño que aparece al final de la película. Probablemente, Nemes decidió ceder la última palabra a la vida, no a la muerte.

¿Se ha agotado el tema de la Shoah en el terreno del cine, o se ha convertido en un subgénero con el riesgo de trivializar el sufrimiento de las víctimas? Los nazis nos repelen, pero también nos fascinan, pues aparentemente encarnan el mal en estado puro. Sin embargo, se trata de una falsa apreciación. Los nazis no eran seres extraordinarios, sino hombres y mujeres comunes, semejantes a nosotros. Quizás ésa es la tarea pendiente del cine: mostrar la prosaica realidad, dejar claro que el crimen no exige talento, sino odio, estupidez y autocomplacencia; profundizar en el hombre ordinario, que se deja seducir por consignas y declina la ardua tarea de pensar por sí mismo, aceptando el riesgo de equivocarse y la obligación de rectificar. Europa ha logrado un largo período de paz y democracia, pero el totalitarismo puede reaparecer. El populismo avanza en todos los frentes, demonizando al adversario. Es el primer paso hacia escenarios que por el momento nos parecen inimaginables. No es casual que Saul se apellide Ausländer, que significa extranjero. Todos somos extranjeros. Cuando lo olvidamos, el impulso primario del arraigo nos hace contemplar al otro como enemigo. En esa tensión se gesta la diferencia entre civilización y barbarie. No debemos avergonzarnos de reivindicar la libertad, la igualdad y la fraternidad como si se trataran de palabras hueras y vacías. Son nuestra seña de identidad y el horizonte que nos permite avanzar en la dirección opuesta a Auschwitz.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (01-07-2016). Del blog Viaje a Siracusa. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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LA SOMBRA DEL FRANQUISMO EN LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA

GRISES 1

Universidad Complutense de Madrid. 1968.

El general Franco murió en la cama, pero España no era un país resignado a la dictadura, sino una de las naciones de Europa con más agitación social y estudiantil. Conviene recordar que en 1976 hubo 1.438 días de huelga por cada 1.000 trabajadores, cuando la media en la Comunidad Europea era de 390 días. En los sectores industriales, la cifra se disparó hasta los 2.085 días, lo cual significó que se perdieran 150 millones de horas de trabajo. El Tribunal de Orden Público trabajó sin descanso entre 1970 y 1975, abriendo 12.000 procesos. Esa tendencia represiva aún está presente en el primer gobierno de la Monarquía, cuando el Consejo de Ministros presidido por Arias Navarro aprueba la militarización de todos los empleados de Correos, Telégrafos, Telefónica, Ferrocarriles, agua, gas y electricidad. A pesar de la medida, prosiguen las movilizaciones y los sectores más aperturistas del régimen se muestran partidarios de avanzar hacia la democracia. Juan Carlos I nombra Presidente de Gobierno a Adolfo Suárez, que asumirá el compromiso de cambiar y modernizar España.

La Transición reconoció la libertad de expresión e información, legalizó los partidos políticos –incluido el PCE-, implantó el sufragio universal y garantizó los derechos fundamentales de una sociedad democrática. Negar o minimizar esos logros es una insensatez. Desgraciadamente, los militares y policías implicados en asesinatos y torturas se beneficiaron de una amnistía sin fundamento jurídico, pues los crímenes contra la humanidad nunca prescriben y no se puede invocar la soberanía de un país para exonerar a los responsables. También se beneficiaron de la amnistía los presos de ETA. La mayoría volvieron a las armas, situándose otra vez fuera de la ley. Era previsible, pero en cambio resulta inaceptable que conocidos torturadores como Manuel Ballesteros, alto cargo de la Brigada Político Social, retomaran su carrera de funcionarios públicos. Ballesteros había participado personalmente en numerosos interrogatorios, incluido el del dirigente comunista Antonio Palomares, sometiéndole repetidas veces al “tostadero” (un somier metálico conectado a la electricidad que causaba dolorosas descargas). Palomares, futuro diputado de las Cortes valencianas, no delató a sus compañeros, pero pagó un alto precio: tres vértebras soldadas, el diafragma deformado, graves alteraciones respiratorias y dos centímetros menos. Corría el año 1968. Otros detenidos que pasaron por las manos de Ballesteros relatan simulacros de ejecución, descargas eléctricas, costillas fracturadas, dedos rotos, vejaciones sexuales, asfixia inducida con una bolsa de plástico. En 1982, José Barrionuevo, Ministro del Interior del gobierno de Felipe González, le nombró Jefe de Operaciones Especiales y le situó al frente de la guerra sucia contra el terrorismo. En 1985, la Audiencia de Bilbao le acusó de organizar el ametrallamiento del bar “Hendaya”, donde murieron dos personas y otras diez resultaron gravemente heridas. Aunque la Audiencia de Bilbao condenó a Ballesteros, el Tribunal Supremo le absolvió. Cuando fallece en 2008, el ABC y El País le elogian por su papel en la lucha antiterrorista.

No es el único caso. Roberto Conesa Escudero, jefe de la Brigada Político Social, colaboró activamente con Rodolfo Martín Villa durante su período como Ministro de la Gobernación. El historial de Conesa es sobrecogedor. En 1939, se infiltra en el Socorro Rojo Internacional, consiguiendo la detención de varias jóvenes, la mitad de ellas militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas. Se trata de las “Trece Rosas”, un grupo de muchachas con edades comprendidas entre los 18 y los 29 años, que serán fusiladas el 5 de agosto de 1939 en una tapia del Cementerio de la Almudena de Madrid, después de ser torturadas y condenadas en un juicio sumarísimo, sin ninguna clase de garantía legal. Conesa también participa en la detención de Heriberto Quiñones, responsable de la organización clandestina del PCE. Fusilado el 2 de octubre de 1942, Quiñones no puede sostenerse en pie, pues le han roto la columna vertebral durante los interrogatorios. Atado a una silla, muere gritando “¡Viva la Internacional Comunista!”. A principios de los 50, Conesa se marcha a la República Dominicana para instruir a los “escuadrones de la muerte” de Rafael Leónidas Trujillo, un sátrapa sin escrúpulos que en 1937 organizó el exterminio de 30.000 inmigrantes negros de origen haitiano y liquidó a más de 20.000 opositores durante sus treinta años de gobierno. Cuando un atentado acaba con la vida del dictador en 1961, Conesa regresa a España y recupera su cargo de policía. En 1977, consigue la liberación de Emilio Villaescusa, presidente del Consejo de Justicia Militar, y de Antonio María de Oriol, presidente del Consejo de Estado, ambos secuestrados por los GRAPO. La prensa empieza a llamarle “superagente” y “supercomisario” y se le concede la Medalla de oro al Mérito policial.

Antonio González Pacheco, alias “Billy el Niño”, es el discípulo más aventajado de Conesa. Destinado a la Brigada Central de Información, el ala más dura de la represión en los primeros años de la Transición, se hace famoso por su brutalidad en los interrogatorios. En 1977, Rodolfo Martín Villa le concede la Medalla de plata al Mérito Policial, organizándole una cena de homenaje. La condecoración le deja a un escalón de Conesa, su maestro y mentor. No es el único torturador franquista que sube en el escalafón policial con la democracia. Los tres agentes que en 1969 asesinaron al estudiante de derecho Enrique Ruano recibieron numerosas condecoraciones después de 1975. Francisco Luis Colino, Jesús Simón Cristóbal y Celso Galván torturaron hasta la muerte a Ruano por su pertenencia al Frente de Liberación Popular. Después arrojaron el cadáver por una ventana, alegando que se había suicidado. El diario ABC publicó un falso diario del estudiante, que mostraba signos de desequilibrio mental y supuestas tendencias suicidas. Años más tarde, Torcuato Luca de Tena admitiría públicamente que Manuel Fraga, Ministro de Información y Turismo, le coaccionó para que participara en el complot. El padre de Ruano habló con Fraga por teléfono, pidiéndole explicaciones. El ministro le recordó que tenía otra hija y que debería preocuparse por su bienestar. Durante el gobierno de Felipe González, Celso Galván llegaría a ser escolta de la Casa Real, Jesús Simón Cristóbal se convertiría en comisario de Torrejón de Ardoz y Francisco Luis Colino ocuparía un importante cargo en la Delegación del Gobierno de Madrid. Nunca manifestaron el menor signo de arrepentimiento o pesar por su crimen. En 2005, Juan Antonio Gil Rubiales fue nombrado Jefe del Cuerpo Nacional de Policía en Santa Cruz de Tenerife. En 2008, se le enterró con honores y se le concedió la Cruz al Mérito Policial con distintivo rojo.

Durante los años de la Transición, la impunidad policial es la nota dominante, lo cual contribuye a exacerbar el clima de violencia. El 3 de junio de 1979, el guardia civil José Martínez Salas mató de un disparo a la ecologista venezolana Gladys del Estal, mientras protestaba en Tudela (Navarra) contra la Central Nuclear de Lemóniz y el Polígono de tiro de Bárdenas. Según algunos testigos, el agente disparó a sangre fría. En cambio, la justicia consideró que el disparo fue accidental. El agente fue condenado a dieciocho meses por imprudencia, pero sólo cumplió una mínima parte de la condena. Algo parecido ocurrió con el comisario José Matute, que en 1975 torturó hasta la muerte a Antonio González, militante del Partido de Unificación Marxista de Canarias, y que casi acabó con la vida de Manuel Trujillo Ascanio, afiliado a la Liga Comunista Revolucionaria. Matute  se benefició de la Amnistía de 1977 y en 1983 participó en los registros masivos del Barrio del Pilar, buscando al comando de ETA que había secuestrado a Diego Prado y Colón de Carvajal. Esta clase de tragedias se repetían con una frecuencia escalofriante. En 1978, el anarquista Agustín Rueda fue apaleado hasta la muerte por un grupo de funcionarios de la Cárcel de Carabanchel. El director y los médicos ocultaron los hechos, pero el caso salió a la luz y fueron juzgados. Ninguno de los inculpados permaneció más de ocho meses en prisión.

El 3 de marzo de 1976 se produjo uno de los acontecimientos más trágicos de la Transición. La Policía Armada disparó contra los obreros en huelga que se habían refugiado en una iglesia de Vitoria-Gasteiz. No era una protesta política, sino laboral. Murieron seis trabajadores, uno de ellos con 17 años (Francisco Aznar Clemente) y otro con 19 (Romualdo Barroso Chaparro). Nunca se juzgó a los autores materiales ni a los que autorizaron abrir fuego: Manuel Fraga Iribarne, Rodolfo Martín Villa y el general Campano, director de la Guardia Civil. El 6 de junio de 2011 el PP, el PSOE y UPyD impidieron con sus votos en el Parlamento vasco que se reconociera a los trabajadores asesinados como “víctimas del terrorismo”. A los pocos días de la tragedia, Lluis Llach compuso una hermosa canción, “Campanades a mort”, que rendía un homenaje a los caídos.

Las víctimas de la represión policial casi siempre fueron jóvenes con conciencia política y social. Javier Verdejo, estudiante de biología en la Universidad de Granada y militante de la Joven Guardia Roja, rama juvenil del Partido del Trabajo de España (PTE), sólo tenía 19 años, cuando murió tiroteado en la madrugada del 13 al 14 de agosto de 1976. Su delito consistió en realizar una pintada en los muros del Balneario de San Miguel de Almería. Su propósito era escribir “Pan, Trabajo y Libertad”, pero sólo pudo pintar “Pan, T”. Unos compañeros vigilaban y le avisaron de la aparición de la Guardia Civil. Todos huyeron, dispersándose en distintas direcciones. Javier corrió hacia la playa e intentó esconderse en una caseta, pero un agente acabó con su vida. La versión oficial afirmó que había sido un desgraciado accidente. El guardia “tropezó y su arma, un Z-62, se le disparó”. Sin embargo, los compañeros de Javier aseguraron que el tiro se efectuó de frente y a cuatro o cinco metros de distancia. El padre de Javier, Guillermo Verdejo Vivas, había ejercido de alcalde de Almería durante la dictadura franquista y declinó realizar una denuncia. El entierro de Javier Verdejo convocó a 2.000 personas que trasladaron el féretro a hombros durante cuatro kilómetros. Más tarde, se concentraron en la Plaza de San Pedro, exigiendo justicia. Rafael Alberti le dedicó un poema: “Pintad con mano segura, la Libertad en la luz, no en una prisión oscura”. Juan de Loxa escribió con rabia e impotencia: “Pan y Trabajo, siempre se escapa el tiro pa los de abajo, que mala pata no les saliera el tiro por la culata”. Otros artistas manifestaron su solidaridad con canciones y acuarelas.

En esa época, morir en una manifestación era una posibilidad nada remota. Arturo Ruiz era un estudiante de 19 años que perdió la vida el 23 de enero de 1977, cuando un ultraderechista argentino, que militaba en la Triple A, le pegó un tiro en un callejón de la Gran Vía. Al día siguiente, María Luz Nájera, de 21 años y estudiante de Ciencias Políticas y Sociología, murió a consecuencia de las heridas provocadas por un bote de humo que impactó en su cabeza a corta distancia, de acuerdo con las conclusiones de la autopsia. El 24 de enero de 1977 un comando ultraderechista asaltó el despacho de abogados laboralistas de Comisiones Obreras, situado en el número 55 de la calle Atocha, y asesinó a sangre fría a cinco personas. Otras cuatro, quedaron gravemente malheridas. Suárez consideró una prioridad detener a los asesinos, que ni siquiera habían huido de Madrid, confiados en que el gobierno miraría hacia otro lado. Se identificó a los autores materiales y a sus cómplices. Condenados por la Audiencia Nacional a penas que sumaban 464 años de cárcel, siempre se consideró que los planificadores de la masacre se libraron de la justicia. Jaime Sartorius, abogado de la acusación particular, declaró años más tarde: “Faltan las cabezas pensantes. No nos dejaron investigar. Para nosotros, las investigaciones apuntaban hacia los servicios secretos, pero sólo apuntaban. Con esto no quiero decir nada”. Los crímenes no cesaron. Manuel José García Caparros, un joven malagueño y militante de Comisiones Obreras, murió de un disparo de la Policía Armada el 4 de diciembre de 1977, mientras intentaba izar una bandera andaluza en la Diputación Provincial de Málaga. El 16  de noviembre de 1995 el Ayuntamiento de Málaga le dedicó una calle y en 2013 se le nombró Hijo Predilecto de la Provincia a título póstumo. En cambio, Javier Verdejo nunca ha recibido un homenaje o un desagravio.

El 8 de julio de 1978 los antidisturbios dispararon a bocajarro contra el estudiante Germán Rodríguez en Pamplona, causándole la muerte. El disparo le perforó la frente. No se juzgó a los responsables. Podría citar los nombres de otras víctimas, pero creo que la tragedia de Yolanda González simboliza el sufrimiento de toda una generación de jóvenes que lucharon por la libertad y el fin de la dictadura. Yolanda González nació en Bilbao el 18 de enero de 1961. Hija de una familia obrera, militó brevemente en la Liga Comunista Revolucionaria. En octubre de 1979 participó en la fundación del Partido Socialista de los Trabajadores. Se trasladó a Madrid, buscando un porvenir. Se matriculó en el Centro Profesional de Vallecas y consiguió trabajo como empleada de hogar. Delegada de la Coordinadora Estudiantil de Madrid, adquirió en seguida el reconocimiento de sus compañeros de lucha política, que apreciaron su capacidad de liderazgo. Secuestrada por Emilio Hellín e Ignacio Abad, apareció con tres disparos en la cabeza en una cuneta cerca de San Martín de Valdeiglesias. Los asesinos pertenecían a Fuerza Nueva. Ambos fueron detenidos quince días más tarde. Hellín declaró que la orden había partido de Martínez Lorca, ex guardia civil, jefe de seguridad de Fuerza Nueva y estrecho colaborador de Blas Piñar. El atentado fue reivindicado por el “Grupo 41″ del Batallón Vasco. Algo más tarde, se descubrió la implicación de Juan José Hellín, hermano de Emilio y miembro de la Guardia Civil, y del policía nacional Juan Rodas Crespo. Emilio Hellín relató que antes de matar a Yolanda, le dijo al oído: “Aquí se acabó el paseo, roja de mierda”. Después de golpearla salvajemente, la obligó a bajar del coche y le disparó dos tiros en la cabeza. Ignacio Abad le propinó un tercer tiro de gracia. Yolanda acababa de cumplir 19 años. El entonces diputado Juan Barranco declaró: “Este asunto se achaca en su superficie a elementos de la extrema derecha, pero va más allá y se relaciona con instituciones del Estado”. Siempre se sospechó que detrás del crimen se encontraba la Brigada Especial Operativa, dirigida por el comisario Manuel Ballesteros.

No quiero dejar de mencionar el caso Almería. El 10 de mayo de 1981 aparecieron los cuerpos calcinados de tres jóvenes en un barranco de la carretera de Gérgal. La Guardia Civil aseguró en un primer momento que se trataba de tres militantes de ETA, pero en realidad eran tres trabajadores (Juan Mañas Morales, Luis Montero García y Luis Manuel Cobo Mier) que habían sido confundidos con los miembros de un comando. El teniente coronel Carlos Castillo Quero ordenó el traslado de los detenidos a un cuartel abandonado en Casafuerte (Almería), donde once agentes participaron en una sesión de torturas que finalizó con la muerte de los tres jóvenes. Después de descubrir el error, intentaron borrar las pruebas, introduciendo los cadáveres en el Ford Fiesta en el que viajaban y arrojándolo por un barranco, no sin antes quemarlo y tirotearlo. Pese a la versión oficial de Juan José Rosón, Ministro del Interior, según el cual el coche de las jóvenes se había precipitado al vacío durante un intento de fuga, sale a la luz toda la verdad, pero sólo se procesa y condena a tres agentes, incluido el teniente coronel Quero, que en 1987 ya disfruta del tercer grado y en 1992 queda en libertad condicional. La familia de Juan Mañas ha solicitado inútilmente a diferentes organismos que los tres jóvenes torturados y asesinados sean reconocidos como víctimas del terrorismo.

En esos años, los atentados de ETA y los GRAPO no fueron menos deleznables y desestabilizadores. La sombra del franquismo se mezcló con la retórica revolucionaria de la extrema izquierda para boicotear el proceso democrático, alegando que la reforma era innecesaria o insuficiente. Lo que hoy se llama “régimen del 78” no constituyó la realización histórica de una utopía, pero abrió paso a una época de derechos y libertades, con algunas zonas grises impropias de un sistema democrático (régimen de incomunicación, ficheros FIES, corrupción política, abusos policiales). Hasta el cese de la actividad armada de ETA el 20 de octubre de 2011, la sociedad española convivió con el tiro en la nuca y el coche bomba. El 23-F y los crímenes del GAL son el reflejo deformado de un pistolerismo disfrazado de gesta revolucionaria. Desde un punto de vista ético, no hay argumentos para absolver a los asesinos de José María Lacalle o Fernando Múgica, ni para justificar a los verdugos de Lasa y Zabala, enterrados en cal viva después de ser brutalmente torturados en el cuartel de Intxaurrondo. Sólo cuando logremos construir un relato objetivo de unas décadas particularmente convulsas, podremos afirmar que hemos honrado a las víctimas del odio y la intransigencia. Esconder, justificar o negar los hechos, no ayuda a mejorar la convivencia de un país que aún no ha superado las heridas de la guerra civil.

RAFAEL NARBONA

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ELLOS Y ELLAS: SER MUJER EN EL SIGLO XXI

ELLOS Y ELLAS

Ellos y ellas (Guys and Dolls, Joseph L. Mankiewicz, 1955)

Ellos y ellas no es una redundancia que podría simplificarse con un solo término. Ellos y ellas es una forma de referirse a los hombres y las mujeres, evitando un concepto que delata una interpretación excluyente del ser humano. Ellos y ellas (Guys and Dolls, 1955) es una divertida comedia musical de Joseph L. Mankiewicz que recrea la guerra de sexos. Es una película deliciosa, donde se puede disfrutar de un desenfadado Marlon Brando cantando y bailando, pero es una película que ofrece la perspectiva de una época donde persistían infinidad de discriminaciones y estereotipos. Sería absurdo descalificar una comedia por estas razones, atribuyendo a sus creadores la capacidad de anticiparse varias décadas a un cambio social que aún no se ha producido. Sin embargo, ya no hay excusas para no adoptar una posición beligerante en la defensa de una igualdad total, real, entre hombres y mujeres. La humanidad está compuesta por hombres y mujeres y el lenguaje debe reflejar esa diversidad. Especialmente porque muchas mujeres no se sienten representadas por una hemiplejia del idioma que no establece distinciones entre sexos.

Durante muchos siglos, el menosprecio de la mujer disfrutó del apoyo de la Iglesia Católica, que se desvió de la visión liberadora del evangelio. Terturliano (160-220) describió a la mujer como “la puerta del demonio”. San Agustín (354-430) afirmó que no apreciaba nada estimable en la mujer, “salvo la función de concebir niños”. San Ambrosio (340-397) aseguró que en el corazón de la mujer “reina una malicia insondable”. En su Encíclica Casti conubbi (Del matrimonio casto, 1930), Pío IX declaró que la causa de la emancipación de la mujer era “un crimen horrendo”. En esas fechas, ya se había aprobado el dogma de la infalibilidad papal (Concilio Vaticano I, 1870) y la palabra del Santo Padre se consideraba la palabra de Dios. Martin Lutero (1483-1546) no presumía de infalibilidad, pero su forma de hablar revelaba la inspiración de un energúmeno que repetía argumentos escandalosamente similares: “si la mujer muere en el parto, no hay que afligirse. Para eso está. Es la voluntad de Dios”. Ya en nuestra época, el pastor evangelista Pat Robertson, amigo personal de George Bush y presentador de un influyente programa televisivo, afirmó que “el feminismo es un movimiento socialista contrario a la familia, que estimula a las mujeres a abandonar a sus maridos, matar a sus hijos, practicar la brujería, destruir el capitalismo y a convertirse en lesbianas”. El apoyo de Pat Robertson a la candidatura de Bush fue decisivo. Bush ha declarado en repetidas ocasiones que Pat Roberston es su fuente de inspiración.

Yo creo que el machismo no expresa odio hacia la mujer. El machismo expresa odio hacia el ser humano, hacia la vida, hacia el cuerpo, hacia la libertad. El Papa Inocencio III (1161-1216) escribió en De miseria humanae vitae: “Tú, hombre, andas investigando hierbas y árboles; pero estos producen flores, hojas y frutos, y tú produces liendres, piojos y gusanos; de ellos brota aceite, vino y bálsamo, y de tu cuerpo esputos, orina y excrementos”. ¿Por qué este odio al cuerpo? ¿Por qué ese odio a la mujer? El cuerpo no es un saco de inmundicias. El cuerpo es lo que nos inserta en el mundo. No hay nada despreciable en el cuerpo. El cuerpo es hermoso en todas las etapas de su existencia. El cuerpo es hermoso en la infancia, la juventud, la madurez, la vejez e incluso en la muerte. Su finitud no le resta un ápice de dignidad. El cuerpo de un niño enfermo o el de un discapacitado, el cuerpo de un anciano o el del que agoniza entre el afecto de los otros o en una inmerecida soledad, no ha perdido su belleza. Menospreciar nuestro cuerpo es menospreciar a la persona, al ser humano, al hombre y a la mujer en su devenir por el tiempo. El cuerpo nos permite tener una historia, vivir y recordar que hemos vivido, observar nuestra piel –fresca o deshidratada, elástica o cubierta de arrugas- y comprobar que la huella del tiempo no es una horrible humillación, sino un lenguaje que se escribe sin palabras.

Jesús de Nazaret se rodeó de mujeres y evitó una lapidación. Tal vez ahora no apreciamos el valor de ese gesto, pero en ese tiempo una adúltera era lo más despreciable y abyecto a ojos de la sociedad. No importa que el relato bíblico no se corresponda con hechos históricos. Defender a una adúltera significaba enfrentarse a judíos y gentiles. Jesús de Nazaret se rodeó de prostitutas y marginados y en su agonía sólo le acompañaron un puñado de mujeres, exceptuando al joven Juan, casi un adolescente. Fueron esas mujeres las que encontraron el sepulcro vacío, según el relato evangélico. No importa que los hechos no reproduzcan fielmente la realidad, pues su sentido último no hay que buscarlo en la fría objetividad, sino en lo que simbolizan.

Pablo de Tarso, que no conoció a Jesús y escribió sus cartas –cuya autenticidad aún despierta debates históricos y teológicos- con anterioridad a la redacción de los evangelios, no disimula su desprecio hacia las mujeres y hacia la vida, alejándose de las enseñanzas del joven rabí Jesús de Nazaret, al que algunos consideran el Cristo y otros “un gran hombre” (Ignacio Ellacuría). Pablo de Tarso nos dice que no hay que transigir con las flaquezas de la carne, que las mujeres deben callar en las iglesias y si quieren informarse deben preguntar a sus maridos (Corintios 14, 34-35), nos dice que la mujer debe aprender en silencio con total sumisión (Timoteo, 2, 9-15). Además, las mujeres son las responsables del pecado original y sólo se salvarán por la maternidad. El Corán no se muestra más tolerante: Dios prefiere los hombres (4, 34); la mujer debe someterse a los deseos de su marido para que pueda “labrar su carne a placer” (2, 223) y el marido puede golpearla sin necesidad de justificarse (2, 228). Incluso en caso de un litigio judicial, el testimonio de una mujer vale la mitad que el de un hombre porque su credibilidad es menor. ¿Por qué ese odio a la mujer en todas las culturas? En su Tratado de ateología (2006), el filósofo francés Michel Onfray, que ha concebido su obra como un ataque sistemático contra el dogmatismo religioso, afirma: “Las mujeres son demasiado. Demasiado deseo, demasiado placer, demasiado exceso, demasiadas pasiones, demasiado desenfreno, demasiado sexo, demasiado delirio”. Hay algo que no me gusta en estas palabras, pues sólo aluden a la mujer como un irresistible polo de atracción sexual. Las mujeres son demasiado, en efecto, pero yo diría más bien que en las mujeres hay demasiada ternura, demasiada inteligencia, demasiado equilibrio y sin duda demasiada pasión. Pasión por la vida, por la igualdad, por la libertad. Pasión por ser mujer, pues como apuntó Simon de Beauvoir, “no se nace sino que se deviene mujer”. Se deviene mujer porque a veces la mujer nace con las discriminaciones interiorizadas. Ni siquiera Simon de Beauvoir escapó de esa trampa. Por eso escribió: “Hay mujeres que son alocadas y hay mujeres de talento: ninguna tiene esa locura del talento que se llama genio”. Evidentemente la frase es una estupidez. Los hombres también deberían devenir mujeres. No se trata de cambiar de sexo, sino de adquirir conciencia de la intolerable violencia que sufren las mujeres. Entre 1993 y 2012, se cometió un verdadero feminicidio en Ciudad Juárez (México), sin que las autoridades adoptaran las medidas necesarias para esclarecer los crímenes. En España, nos hemos acostumbrado a que se asesine a una mujer cada dos o tres días. Los periódicos apenas reservan una columna para la noticia.

Se puede ser mujer sin haber nacido mujer. Se puede ser mujer de corazón, identificándose con su sufrimiento, luchando por sus derechos, enfrentándose a cualquier forma de exclusión, exigiendo una igualdad plena, verdadera, real. La lucha por la igualdad comienza por las cosas pequeñas. Por eso hay que escribir hombres y mujeres, padres y  madres, hijos e hijas, diputados y diputadas, jueces y juezas, escritores y escritoras, pintores y pintoras, poetas y poetisas. Ellos y ellas sólo era una película, pero esos dos términos contienen toda la diversidad del ser humano. Ellos y ellas significa que la humanidad no es el hombre, sino tod@s los que sueñan con un mundo sin violencia, desigualdades ni discriminaciones. Entre tod@s puede ser posible. Lo imposible sólo es un límite y los límites pueden ser destruidos y rebasados. Ningún muro puede resistir el empuje de una humanidad hambrienta de utopías.

RAFAEL NARBONA

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SOLANA: LA ESPAÑA NEGRA QUE NO CESA

semana santa

Semana Santa, José Gutiérrez Solana

Las incursiones de los pintores en la literatura suelen producir obras asombrosas, pues su sensibilidad imprime a la palabra luz, color, textura, transformándola en materia rebosante de vida. La España negra, del pintor José Gutiérrez Solana, apareció en 1920 y, si no me equivoco, no volvió a editarse en condiciones hasta 1998, cuando Andrés Trapiello rescató, revisó y prologó el texto original, respetando su peculiar sentido de la puntuación y sus conflictos con la ortografía. Es digno de agradecimiento el trabajo de Trapiello, pues restituyó una obra que había sufrido la pátina de la censura, oscureciéndose más allá de sus planteamientos tenebristas. En la época de Antonio Maura y los centuriones africanistas, la censura no podía pasar por alto la autopsia de un país que aún rendía culto a la santa intransigencia. Dedicada a Ramón Gómez de la Serna, La España negra no es un retrato de un pasado felizmente superado, sino un retablo que refleja los estratos más profundos de una nación reacia a la modernidad. A medio camino entre Azorín y Valle-Inclán, Solana utiliza una prosa descarnada y minuciosa para narrarnos sus viajes por España. En el prólogo, se describe a sí mismo como un muerto con los ojos del alma muy abiertos. Su viaje por distintas ciudades y regiones no es un simple itinerario geográfico, sino una travesía interior que no rehúye las zonas en penumbra, donde la razón se debate con el instinto.

Solana escoge como primer destino Santander. Deambula por la orilla del muelle, contemplando sus viejas casas; observa la caseta de la banda municipal; se asoma a las tiendas comestibles, donde se habla en inglés, y “señores graves con grandes levitones” comentan las oscilaciones de la Bolsa. El mar inunda la ciudad de marineros que se gastan su sueldo en alcohol y putas, enzarzándose en reyertas por cualquier motivo. En los antiguos cafés, comerciantes y militares juegan al chamelo, una variedad del dominó. Mientras, “las señoras toman chocolate elaborado en los conventos”. Solana recorre el paseo de la Concepción, recordando que pasó parte de su infancia en una de sus casas, hechizado por a los barcos que entraban y salían del puerto bajo un azul parpadeante. Sin embargo, la procesión del día de los Santos Mártires rompe cualquier ensoñación nostálgica. El sentimiento religioso fluye como un enfermizo culto a la muerte y el dolor, arrojando las almas al infierno de la culpabilidad. Un entierro solemne, la torre de piedra negra de la Catedral, un horrible manicomio y la cárcel, un edificio ruinoso situado en una lejana montaña, muestra la faz de una España bárbara y atrasada, incapaz de sacudirse la podredumbre de la Inquisición y la felonía de los malos reyes, como Fernando VII.

El catolicismo convive con las fiestas paganas. Ese contraste alumbra una mentalidad supersticiosa, que se complace en las anomalías de la naturaleza: mujeres barbudas, enanos, gigantes, jorobados. Un rudimentario museo de cera reproduce esa galería de fenómenos, cuestionando las diferencias entre lo presuntamente normal y lo supuestamente monstruoso. La fiesta del Sagrado Corazón sólo añade más espanto a la triste mojiganga de una España afincada en el Concilio de Trento y el semblante huraño del Duque de Ahumada. La procesión parte de una iglesia de la Compañía de Jesús. Desfilan beatas, hermandades, un obispo achacoso y un gobernador con frac. Cierra la comitiva la Guardia Civil, apartando a una multitud fanática y excitada. Un marinero no se descubre al pasar la Virgen y se salva de milagro de un linchamiento.

La prisión de Santoña es un lugar lúgubre y cruel, paraíso de ratas y toda clase de parásitos. No hay ninguna clase de indulgencia hacia los reclusos, mal alimentados, sin atención sanitaria y con las celdas llenas de inmundicia. Un preso recién llegado es empujado a culatazos a un oscuro calabozo, con grilletes en pies y manos. El trato dispensado procede de la Benemérita, a la que Solana describe con tanta hostilidad como Valle-Inclán: “En la oscuridad se ven mover los pesados capotes de los guardias civiles, el brillar asesino de sus tricornios de hule y los fusiles bajos que llevan a mano”. En la planta baja, se encuentra el manicomio, con los enfermos abandonados a su suerte: desnudos, con la piel estragada, a veces atados con fuertes correas en catres rebosantes de excrementos o azuzados entre sí para entretenimiento de los carceleros, que disfrutan con sus peleas. Las corridas de toros discurren con la misma brutalidad. Como la plaza carece de desolladero, “sacan los cadáveres de los caballos a la calle, a muchos todavía vivos y cubiertos sus lomos de sangre, dándoles allí la puntilla, frente al mar”. Los niños contemplan “este espectáculo, que tanto instiga los instintos criminales, con los ojos muy abiertos”.

En Medina del Campo, el panorama no es menos desalentador. Los mozos se emborrachan y pelean a navajazos. Incluso alguno ha llegado a clavar una banderilla en el vientre de su adversario. Los frailes son sucios y holgazanes. No necesitan recurrir a las casas de lenocinio, pues en los conventos hay mujeres con menos remilgos. Los caballos que han sido corneados en las corridas de toros agonizan en el patio de la plaza: “la gente se sube a su panza y les dan patadas en los dientes y en las cabezas y les clavan sus navajas”. Los tesoros artísticos son saqueados por el clero, que los vende sin escrúpulos a cualquier chamarilero. La noble y vetusta Valladolid huele a cera e incienso. Los jesuitas pululan por la ciudad como una plaga de chinches y en la fachada de estilo gótico de la iglesia de San Pablo, hay un relieve del “canalla de Torquemada, primer inquisidor de Castilla”, un “pájaro” que ordenó quemar a centenares de infelices en horrendas piras. La casa en que nació Felipe II es una construcción de piedra con pesadas rejas. Allí vivió el rey “fanático y cruel”, siempre “vestido de negro” y “con el libro de misa en una mano y en la otra pasando constantemente las cuentas frías de su rosario”. Felipe II presidía los autos de fe desde las habitaciones sombrías de su palacio. El hedor a carne quemada aún circula –o se presiente- en las calles de Valladolid. El Cristo de Juan de Juni del Museo de la ciudad no sólo “asusta”. Además, “parece un patán”.

Segovia es un lugar triste: “se come poco y hay mucha hambre”. En cambio, “los canónigos se pasan todo el día comiendo y por la tarde se van a la catedral a sentarse en sus buenos sillones y dar berridos”. Sus vientres abultados contrastan con la escasa talla y el vientre plano del hombre segoviano, “gente sufrida y dura como la tierra”, que parecen “tallados en madera”. La fantasía popular atribuye el Acueducto al demonio, pues las piedras se mantiene juntas sin argamasa. “Algo de razón tienen en esto”, apunta Solana, “pues no se puede dar una construcción más descabellada y de más belleza y grandeza”. Ávila parece “una inmensa sepultura apartada del mundo”. Toda la ciudad está infectada por “el espíritu de Teresa de Jesús, esa docta mujer histérica y farsante que hablaba con Dios”. Las monjas que invocan su ejemplo son “muy murmuradoras y ruines, y no piensan más que en el dinero”. Pasan por las calles “con la cara siempre rabiosa, fruncido el entrecejo, narigudas y con algo de bigote; […] casi todas son tripudas y ajamonadas, […] no tienen cejas, pero muy culonas”. En una botica, se exhiben solitarias. La de un maestro es “amarilla y delgada”; por el contrario, “la del canónigo Pedro Carrasco estaba gorda y era tan larga y bien alimentada que llenaba casi el frasco”. La casa de la reformadora del Carmelo exhibe “un dedo repugnante” y unas disciplinas apolilladas. Solana recuerda la casa de Ignacio de Loyola en Manresa, llena de reliquias asquerosas. No puede esperarse otra cosa del fundador de “la secta más miserable que han visto los siglos”.

Oropesa no es diferente de Ávila. Por todas partes se ven frailes “con los pescuezos peludos, como tienen los cerdos sus partes genitales” y guardias civiles de “ojos duros y fieros”. Cuando hay elecciones, “la gente se lanza a la calle con estacas y garrotes”. No es nada extraordinario, pues sucede en todos los pueblos de España. En El Tembleque, Solana ayuda a un anciano harapiento a bajarse los pantalones y hacer sus necesidades. Piensa que alguna vez se encontrará en una situación semejante. El pintor se conmueve con la dura vida de los bueyes y despotrica una vez más contra los curas, que “no piensan más que en comer y dormir y en sacar dinero”. Cuando se aleja de Plasencia en tren, se queda extasiado con el ancho cauce del río Tajo, “ribeteado por hermosos y frondosos árboles”. En Calatayud, se cruza con una hilera de presos, “atados inhumanamente, como perros, de piernas y brazos”. Son gitanos que han matado a unos guardias civiles. Los agentes que les escoltan no disimulan sus ansias de venganza. En toda España, hay huellas de antisemitismo. La Iglesia Católica ha propagado el odio a los judíos, presuntos asesinos de Cristo. En Zamora, se topa con el cortejo fúnebre de una niña. Solana finaliza su libro con un epílogo insólito, hablando de Zuloaga, la tertulia del café Pombo y la pintura de Goya, “el mejor pintor del mundo”. Confiesa que se siente viejo y cansado. No manifiesta ninguna expectativa de cambio. Cinco siglos de oscurantismo no se disiparán así como así. La crisis de la España de la Restauración no parece el preludio de un régimen de libertades, sino la antesala de un golpe militar, que reemplazará la farsa del parlamentarismo por la mano de hierro de un tribuno.

La España negra destila el pesimismo y la melancolía de la generación del 98, pero sin esbozar ese desplazamiento hacia posiciones regresivas que marcará el rumbo de plumas como Unamuno, Ramiro de Maeztu y Azorín. Su espíritu está mucho más cerca del Valle-Inclán anarquista de los esperpentos, con un radicalismo que se tiende a ocultar o minimizar. Valle-Inclán es mucho más jacobino que Antonio Machado, pues en la versión extendida de Luces de bohemia –también publicada en 1920- pide una “guillotina eléctrica en la Puerta del Sol”. Solana no es un prosista brillante, pero su estilo posee tanta fuerza como sus cuadros. Puro expresionismo que explota el contraste y la nota dramática. Su perspectiva aberrante es como un espejo del Callejón del Gato. Por él desfilan espadones, obispos y caciques, con sus vicios exagerados hasta la clarividencia. Su deformidad es más verdadera que cualquier pretensión de ecuanimidad. Nuestro país ha cambiado mucho desde entonces, pero la ferocidad ibérica sigue latiendo como una herida sin cicatrizar. La España luminosa y alegre aún espera su hora.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (24-06-2016). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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SOLDADOS DE PLÁSTICO

joe roshental

Soldados estadounidenses plantan la bandera de su país en la cumbre del monte Suribachi, el 23 de febrero de 1945. Joe Rosenthal (AP)

Durante mi niñez, nadie cuestionaba los juguetes bélicos. Jugar a la guerra parecía tan natural como asistir a la escuela o coleccionar cromos. Todos los padres regalaban a sus hijos varones pistolas de plástico y, a cierta edad, una carabina de aire comprimido, que solía utilizarse para hacer saltar por los aires cualquier objeto ligero, como una caja de cerillas, un paquete vacío de tabaco o un tapón de plástico. Las latas aparecieron algo más tarde y no resultaba sensato destruir los envases de cristal de los refrescos, pues se pagaba una pequeña cantidad por su devolución. Por desgracia, en las zonas rurales y en la periferia de las grandes ciudades, las carabinas de aire comprimido se cobraban la vida de pájaros, ranas y lagartijas. Mi madre no me compró una carabina y, en cualquier caso, yo jamás habría disparado contra un ser vivo. Eso sí, otros chicos me prestaban sus preciadas escopetas de perdigones y yo, en un alarde de incivismo, les imitaba, disparando contra los cristales de las farolas. A los doce años, el sentido ético es un sentimiento difuso que retrocede ante la perspectiva de perpetrar una salvajada. De hecho, disparar contra las farolas del Parque del Oeste se consideraba un gesto de arrojo que estimulaba el aprecio de los chavales del barrio. Normalmente, nos escondíamos en un lugar poco transitado para atentar contra el alumbrado urbano. Creo que lo hice dos o tres veces. No lo recuerdo con orgullo, pero en ese momento sólo pensé que hacía algo peligroso y prohibido, desafiando al mundo adulto, con sus tediosas y opresivas normas.

La antesala de las carabinas de aire comprimido eran las pistolas de latón y los soldados de plástico. Los indios y vaqueros competían con los ejércitos de la Segunda Guerra Mundial. Aunque cueste trabajo reconocerlo, los aliados eran mucho menos codiciados que los nazis, con sus uniformes deslumbrantes y algo barrocos. El atuendo de los marines era demasiado austero. En cambio, los alemanes –particularmente, los oficiales– destacaban por su elegancia. Sabíamos que eran los malos, pero ocupaban un lugar preferente en nuestra imaginación. Yo jugué mucho con los soldados de plástico la Segunda Guerra Mundial, recreando los famosos desembarcos en Normandía, Sicilia o el norte de África. La guerra del Pacífico nunca atrajo la atención de los niños de mi generación. No descarto que se vendieran soldados de plástico japoneses, pero no han dejado ningún recuerdo en mi memoria. ¿Pertenezco a una generación con una mentalidad belicista? No lo creo. El servicio militar obligatorio era muy impopular y, apenas surgió la oportunidad, miles de jóvenes prefirieron realizar la prestación social sustitutoria, alegando objeciones de carácter moral o religioso. Disparar contra una farola no era lo mismo que apuntar a un ser humano y acabar con su vida. Yo pasé dieciocho meses en Cruz Roja realizando tareas de carácter social para no vestir el uniforme de las Fuerzas Armadas y asumir el compromiso de utilizar la violencia contra un hipotético enemigo.

Conservo mis soldados de plástico, pues siempre he experimentado un fuerte apego sentimental hacia los objetos que me han proporcionado momentos de felicidad. Muchos están rotos o despintados, pero algunos han sorteado los años relativamente bien. Su leve deterioro no puede ocultar su aire de otra época, casi incomprensible para las nuevas generaciones. Sé que algunos videojuegos reproducen grandes batallas de la Segunda Guerra Mundial, con un asombroso grado de realismo, pero es evidente que este simulacro no puede compararse con el reto de embarcar a un puñado de soldados de plástico en una peripecia capaz de ocupar la mente durante horas, sobreponiendo a la realidad una ficción con los elementos necesarios para no desembocar en un aburrimiento mortal. Dado que mis soldados de plástico eran escasos, no me quedaba otra opción que resucitarlos al final de cada escaramuza o batalla. Algunos chicos podían permitirse quemarlos o mutilarlos con petardos, pero yo no podía permitirme el lujo de perder ni un efectivo. Además, no me agradaba la idea de orquestar una ceremonia tan truculenta. Una muerte heroica, limpia y perfectamente reversible, me parecía una alternativa mucho más adecuada.

Hace unas semanas rescaté la caja en la que guardo mis soldados de plástico de la Segunda Guerra Mundial. Había marines, alemanes, un par de soldados rusos y un oficial británico, pero ningún japonés. El azar quiso que unos días más tarde me topara con una serie de reportajes sobre la guerra del Pacífico. Escuché testimonios de supervivientes japoneses y norteamericanos de las batallas de Iwo Jima y Okinawa. Los marines reconocían que su preocupación esencial era sobrevivir y se emocionaban al recordar a los compañeros muertos. Muchos no podían contener las lágrimas y admitían que aún sufrían pesadillas. Los japoneses no se mostraban menos traumatizados. Contaban que los habían enviado al frente con la orden de no rendirse. La muerte en combate o por suicidio era honorable; la derrota, en cambio, constituía una vergüenza. En Iwo Jima, sólo sobrevivieron unos doscientos soldados japoneses de una fuerza compuesta por casi veintiún mil hombres. Las bajas norteamericanas fueron más numerosas, pues rozaron los veinticinco mil, pero se había movilizado a noventa mil combatientes. Al finalizar la batalla, los escasos supervivientes japoneses pasaron meses en los túneles excavados, practicando en algunos casos el canibalismo. Se alimentaron de los cadáveres de sus caídos para no morir de inanición. Finalmente, los norteamericanos les hicieron salir al exterior, rociando los túneles con napalm. Milagrosamente, unos pocos escaparon a una de las armas más crueles y letales de la historia.

En Okinawa se repitió la historia, pero con una importante diferencia. Iwo Jima era una roca volcánica escasamente poblada. Por el contrario, Okinawa era una isla con importantes núcleos de población. Ciento cincuenta mil habitantes perecieron durante una batalla que se prolongó durante casi tres meses. Se habla de las víctimas de Hiroshima y Nagasaki, pero apenas se presta atención a esta tragedia o a los cien mil civiles que murieron durante los bombardeos de Tokio, cifra que algunos historiadores consideran excesivamente baja y poco creíble. Cuando finalizaron los reportajes sobre la Guerra del Pacífico, recordé a los marines de Toy Story, que siempre han encendido mi nostalgia. Está claro que la realidad y los juegos son cosas completamente diferentes. Yo sentía lástima por cada uno de mis soldados de plástico y, de hecho, los salvé de su destino habitual: el cubo de la basura. Casi todos mis compañeros se desprendían de sus juguetes al cumplir los trece o catorce años. Yo no soy un coleccionista, pero sí contemplo con cierto fetichismo el paisaje de mi infancia, intentando rescatar y conservar ciertos vestigios arqueológicos. No sé por qué los soldados japoneses eran una rareza en mi infancia, pero después de conocer algo mejor algunos aspectos de la Guerra del Pacífico, pienso que la nacionalidad era irrelevante, al menos en el pequeño mundo de un niño de mi generación. Aquellos juegos no inculcaron en mi interior ningún ardor guerrero, sino una simpatía universal hacia el ser humano, con independencia de su lugar de origen. Es algo extraño y difícil de explicar, pero yo sentía que detrás de cada figura latía una vida digna de ser preservada. Quizás algún día me den la razón, desplegándose por mi casa, como sucede en Toy Story, con la determinación de rescatar a un compañero caído en manos de mis sobrinos, aficionados a destripar y mutilar mis viejos juguetes.

Por cierto, lamento lo de las farolas del Parque del Oeste. Imagino que mis fechorías han prescrito.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (24-06-2016). Del blog Viaje a Siracusa. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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