PIELES ROJAS

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Fotografía de Edward S. Curtis

Nací en 1963. He intentado muchas veces rescatar mi primer recuerdo, pero nunca lo he conseguido. Creo que todos los hombres experimentan la misma frustración. De nuestros primeros años de vida, sólo perviven imágenes difusas, aisladas, con una cronología imprecisa y una objetividad relativa. Si intentamos ordenar nuestros recuerdos, nunca lograremos desprendernos de la sospecha de haber perpetrado una falsificación. No podría decir cuándo vi mi primera película de indios y vaqueros, una verdadera mitología que educó tempranamente mi sensibilidad y enriqueció mi rudimentaria moralidad, fuertemente condicionada por los valores de la escuela católica y franquista. Sí recuerdo que, hasta mis ocho años, mi padre me compraba indios de plástico en una caseta del Paseo del Pintor Rosales. Una señora mayor –o quizá no tanto– vendía chucherías, pistolas de juguete, coches en miniatura, caretas, canicas y figuras de plástico divididas en tres categorías: soldados del mundo, caballeros medievales y personajes del Lejano Oeste, casi siempre yanquis, vaqueros o indios. Yo mostraba predilección por los soldados y oficiales confederados: no por lo que representaban –incomprensible a mi edad–, sino por su rareza. Los uniformes grises y la bandera del Sur eran tan insólitos y codiciados como los sellos de países exóticos. No he olvidado a la señora del quiosco: pelo negro con algunas canas, manos con manchas de color café, ojos castaños, piel morena. Casi siempre llevaba un pañuelo en la cabeza, un delantal y unas enormes faldas de colores que le cubrían hasta los pies, increíblemente diminutos. Su mirada llamaba poderosamente mi atención. Sus ojos parecían despintados, borrosos, casi a punto de borrarse o desvanecerse. Presumo que tenía cataratas, pero mi conciencia infantil apenas comprendía lo que significaba la vejez. ¿Estoy fantaseando o recreo fielmente mis recuerdos? Es imposible saberlo. Si fabulo o distorsiono, no incurro en una mentira, sino en esa creatividad inherente a nuestra memoria, que suprime, añade o combina, convirtiendo los recuerdos en una pequeña obra de arte.
En mis juegos infantiles, los indios desempeñaban inevitablemente el papel de salvajes que hostigaban a los colonos y luchaban contra el Séptimo de Caballería, cortando la cabellera de sus enemigos. Me seducían sus plumas y sus arcos, su habilidad para montar a caballo sobre una tosca manta, sus tipis con dibujos geométricos y sus tótems policromados, sus pinturas de guerra y sus hechiceros con gorros de piel de búfalo, adornados con unos amenazantes cuernos. Con los años, descubrí que los indios no eran los malos, sino las víctimas de la colonización europea. En mi adolescencia, Caballo Loco se reveló como un personaje infinitamente más atractivo que Custer, un militar ambicioso, histriónico y sin escrúpulos. Decepcionado, admití que el Séptimo de Caballería no era una trompeta lejana que anunciaba una milagrosa salvación, sino el regimiento que el 27 de noviembre de 1868 cargó sin previo aviso contra un poblado de sioux y cheyennes levantado a orillas del río Washita, asesinando indiscriminadamente a mujeres, ancianos y niños. Custer no se contentó con eso, sino que –además– mató a doscientos caballos, asegurando la aniquilación de un poblado nómada, cuya montura representaba la vida. Se calcula que murieron quinientos nativos, la mayoría civiles. El regimiento únicamente sufrió veinte bajas. Hasta los años setenta, sólo unos pocos historiadores se atrevían a nombrar la matanza del río Washita. No parecía apropiado mencionarla después de Little Big Horn, que había convertido al Séptimo de Caballería en un mito. Se ocultaba que, en su última batalla, Custer había actuado como un militar incompetente, lanzando un ataque contra unas fuerzas muy superiores. Caballo Loco exterminó a sus hombres, impidiendo que se repitiera una masacre como la del río Washita. El cine homenajeó el falso heroísmo de Custer enMurieron con las botas puestas (1941), una excelente película de Raoul Walsh, con un inolvidable –e inverosímil– Errol Flynn combatiendo con la alegre despreocupación de un adolescente en un lance deportivo. Arthur Penn restituyó la verdad histórica en Pequeño gran hombre (1970), un film con aires de tesis doctoral y unas gotas de comedia, concebidas para amenizar su vocación didáctica. Saber que una ficción puede ser infinitamente más seductora que la verdad nos obliga a reconocer la autonomía del arte, cuya grandeza no reside en su calidad moral, sino en su perfección formal.
El Séptimo de Caballería añadió una nueva página negra a su historia el 29 de abril de 1890, cuando asesinó en Wounded Knee a noventa guerreros y doscientas mujeres y niños. Se trataba de un grupo de indios lakota que vagaba sin rumbo, buscando algo de caza o la ribera de un río donde poder establecerse. La matanza se desató cuando Black Coyote, un viejo sordo y testarudo, forcejeó con los soldados para conservar su rifle, alegando que le había costado muy caro. El arma se disparó y los soldados abrieron fuego sin miramientos de ninguna clase, matando en la confusión a una docena de compañeros. Los soldados que acreditaron más bajas enemigas recibieron la Medalla de Honor. Se evitó hablar de las bajas causadas por el fuego amigo. Wounded Knee volvió a ser noticia en 1973, cuando doscientos miembros del Movimiento Amerindio se apoderaron de la localidad y proclamaron su independencia. Esta vez no hubo muertos, pues los activistas accedieron a negociar y se retiraron pacíficamente.
Las películas que han intentado desagraviar a los pueblos nativos norteamericanos no se han caracterizado por su inspiración. Robert Aldrich puso su mejor intención en Apache (1954), protagonizada por Burt Lancaster, pero Lancaster, con sus ojos azules, no era creíble como apache y la trama resultaba tediosa y poco original. En cambio, La venganza de Ulzana (1972) demostró el talento de Robert Aldrich para enfrentarse a verdades incómodas. Se trata de una película durísima que ofrece una visión demoledora de la condición humana. Un pelotón de apaches escapa de una reserva de Arizona y arrasa los ranchos de la zona, torturando sin piedad a sus víctimas. Burt Lancaster acompaña al ejército como explorador. Conoce las costumbres y las tácticas de guerra de los apaches. El joven oficial al mando se sobrecoge al descubrir el cadáver de un colono atado a un árbol y con señales de haber sido quemado vivo. «¿No odia a los apaches?», pregunta lleno de rabia. El viejo explorador contesta con calma: «En absoluto. Sería como odiar al desierto porque no tiene agua». Se acusó a Aldrich de adoptar un planteamiento racista, pero ocultar la ferocidad de los apaches es tan ridículo como negar las matanzas del ejército norteamericano. De hecho, las películas que procuraron dignificar a los pueblos nativos con planteamientos esquemáticos han caído en un justificado olvido. Soldado Azul (Ralph Nelson, 1970) recrea la masacre de Sand Creek con crudeza, pero sólo produce un espanto helado, complaciéndose en los aspectos más truculentos. Un hombre llamado caballo (Eliot Silverstein, 1970) se adentra en los ritos y costumbres de los sioux, pero con un discurso antropológico que recuerda al tramposo misticismo de Carlos Castañeda. Bailando con lobos (Kevin Costner, 1990) no carece de encanto, pero su visión ecológica de los indios maquilla el verdadero carácter de unos pueblos nómadas con un estilo de vida basado en la caza y la guerra. Los nativos norteamericanos no eran ecologistas que apostaban por el desarrollo sostenible, sino hombres y mujeres endurecidos por un entorno hostil, que les obligaba en muchas ocasiones a actuar con violencia. Lo cierto es que aún no se ha filmado una película que haga justicia a los mal llamados indios. Su cultura sigue constituyendo un misterio para el hombre blanco, que sólo es capaz de oscilar entre el prejuicio y el mito.
Conservo algunos de los indios de plástico que me regaló mi padre. Están desgastados y despintados, como los ojos de la señora del quiosco del Paseo del Pintor Rosales. A veces me he preguntado si se trataba de una india, quizás una mujer apache que había cruzado el Atlántico por azar y que hablaba castellano porque había crecido cerca de México. Es altamente improbable. La realidad no suele regalarnos prodigios semejantes. El quiosco desapareció, presuntamente la señora murió, los niños ya no juegan con indios de plástico, pero los pieles rojas continúan agitándose en el inconsciente colectivo. Como Caballo Loco, simbolizan la resistencia al mundo moderno, con sus pequeños horizontes y sus prosaicas rutinas. Tal vez me equivoque, pero creo que todos los que hemos superado los cincuenta años, alguna vez hemos soñado –y no sólo en la niñez– con ser pieles rojas, con su legendario estoicismo, su coraje sin límites, sus visiones oníricas y su indomable sentido de la libertad.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (27-05-2016). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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EL QUIJOTE: EL FRACASO COMO IDEAL

Don Quijote Gustavo Doré

Don Quijote. Ilustración de Gustavo Doré.

El cuarto centenario de la muerte de Cervantes nos invita a plantearnos una vez más el significado del Quijote, una obra que sus primero lectores consideraron un simple parodia, un entretenimiento intrascendente para mentes poco cultivadas. La visión satírica o didáctica se resquebrajó con el Romanticismo, que atribuyó a la novela una resonancia mucho más profunda. Desde una perspectiva más atinada, se apuntó que la mofa de los libros de caballería sólo era la pátina de un complejo lienzo. Las andanzas de Don Quijote componían una “epopeya del fracaso” que desprendía pesimismo existencial. Gracia a esta lectura, el hidalgo que había desafiado a los molinos dejó de ser un pobre necio para transformarse en la encarnación de un idealismo derrotado por la implacable realidad. La locura de Don Quijote constituyó a partir de entonces una rebelión contra los males de su tiempo, que aún siguen moviendo sus aspas con violencia ciega. Su aventura ya no era un desatino, sino la triste historia de un hombre que sueña con un porvenir sin mozos azotados, galeotes abocados a morir en galeras o mujeres coaccionadas para desposarse con hombres a los que no aman. Sucesivamente escarnecido por el cinismo de los poderosos y el embrutecimiento de los menesterosos, Don Quijote sólo recobra el juicio cuando admite su impotencia para alterar el rumbo de las cosas. Su tardía cordura es la claudicación del ser humano ante fuerzas infinitamente superiores.
La paradójica clarividencia del hidalgo se revela en sus consejos para gobernar una ínsula y en su descenso a la cueva de Montesinos, una viaje que evoca las experiencias de héroes míticos, ascetas y chamanes. Don Quijote aconseja a su escudero que respete como gobernador dos preceptos esenciales: teme a Dios (“porque en el temerle está la sabiduría”); conócete a ti mismo (“que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse”). Además, le pide que practique “una blanda suavidad guiada por la prudencia”, que no se avergüence de ser hijo de labradores -pues el linaje se hereda y la virtud se adquiere-, que busque siempre el justo medio, que no humille a ningún hombre –incluso si ha cometido un crimen y merece ser castigado-, que sea discreto, compasivo, clemente, objetivo y misericordioso. Cuando sale de la cueva de Montesinos, Don Quijote parece un Sócrates que en vez de contemplar el Mundo de las Ideas ha penetrado en el inconsciente: “todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles”. Sin embargo, lo imposible es la llave del conocimiento. Sólo ha permanecido una hora en la cueva, pero su memoria recuerda tres días. No está mintiendo. Sólo deja testimonio del carácter relativo del tiempo, que se dilata o contrae según el punto de referencia. No razona como un orate, sino como un alma ardiente y visionaria, que concibe lo onírico como un estrato más de la realidad, quizá el más hondo y clarificador. Don Quijote es un hombre de acción, que reflexiona como un filósofo y medita como un santo. Desconfía de los sentidos, busca la verdad y aspira a la virtud perfecta.
Los románticos españoles de ideas conservadoras postularon que el Quijote simbolizaba la esencia del carácter nacional, pues fundía catolicismo, vocación de imperio y apego a la tradición. El romanticismo liberal se opuso a esa visión, afirmando que el hidalgo se oponía al fanatismo con su fino criterio moral, su moderación y su templanza. Quizás la verdad se halle a medio camino. Cervantes reivindica una tradición renovada por la sensibilidad. No pretende borrar la gloria del imperio español, pero entiende que su misión es proteger a los más débiles y vulnerables, no esclavizarlos. La crueldad de los duques con Don Quijote y Sancho ofrece una imagen poco complaciente con el paisaje social de la época, pues los aristócratas se comportan como los rufianes que les han apaleado reiteradamente, burlándose de su idealismo. Don Quijote no es un majadero, sino un soñador. Detrás de su aparente locura, hay –con palabras de Jorge Guillén- “un fondo de gran estabilidad intelectual, moral, estética”. En ningún momento, despunta el egoísmo, la vulgaridad, la cobardía, la avaricia o la falta de integridad. El viejo hidalgo castellano es un auténtico caballero, pero el mundo le repudia y le humilla. Si es así, ¿puede afirmarse que representa el carácter nacional? ¿Puede ser el símbolo de un país que lo maltrata, obligándole a rectificar y a condenar sus aventuras desde el lecho de muerte?
Unamuno sostenía que Cervantes fue el padre de Don Quijote, pero ese dato no le parecía demasiado importante, ya que la esencia de cada ser, de cada existir –y los libros viven, existen-, no procede de la sangre paterna, sino de la inspiración materna, verdadera matriz y principal fuente de vida. La madre del Quijote fue el pueblo español del siglo XVI, su conciencia de decadencia, su insoportable sufrimiento en un momento particularmente trágico de su historia. Leo Spitzer no acepta la interpretación del Quijote, según el cual el héroe de Cervantes es la expresión más fiel del “supranacional y perenne carácter nacional español”, caracterizado “por la innata voluntad de alcanzar la inmortalidad a través del sufrimiento: el sufrimiento trágico de la vida de la raza española encarnada en las figuras del casi santo Nuestro Señor Don Quijote de la Mancha y de su evangélico escudero”. Spitzer considera absurdo postular como héroe nacional a “un necio divertido”, un personaje de novela “explícitamente condenado o puesto en entredicho por Cervantes”. Pienso que Spitzer no repara en que Don Quijote no es un héroe como Aquiles o Eneas, sino la conciencia colectiva de un fracaso. La crisis decisiva del imperio español se produce entre 1598 y 1620. Las dos partes del Quijote se publican en 1605 y 1615. Pierre Vilar cita al médico Cristóbal Pérez de Herrera para demostrar que entre 1599 y 1601 el hambre y la peste bubónica despueblan la España interior, causando infinidad de muertes: “el hambre sube de Andalucía, la peste baja de Castilla”. Los pobres mueren porque están “desprovistos de todos los medios de vida”. Los supervivientes emigran a las ciudades; el campo se queda vacío. En 1601, la situación se agrava porque la plata de las Indias comienza a escasear. La expulsión de los moriscos provoca que Valencia pierda un tercio de sus habitantes. La medida –populista, innecesaria, inmoral- perjudica a la economía, pues los labradores ricos y los burgueses asumirán los tributos de los expulsados y el déficit público se disparará. Los más bravos se echan al monte, huyendo del hambre y los atropellos. El bandolerismo se extiende por la costa Mediterránea, adquiriendo una presencia abrumadora en Barcelona. Mientras tanto, los nobles se dedican a organizar fiestas y cacerías, sin pensar en el futuro. “Se gasta, se importa, se presta dinero a interés, pero se produce poco –apunta Pierre Vilar-. Hacia 1600, el feudalismo entra en agonía sin que exista nada a punto para reemplazarle. Y este drama durará. Dura todavía, y por eso Don Quijote sigue siendo un símbolo”. En una España miserable y desigual, se exalta el honor, la amistad, la patria, el heroísmo, la justicia, la generosidad. Puede decirse que de alguna manera España elige fracasar, pues rechaza el espíritu del incipiente capitalismo: laboriosidad, ahorro, inversión, planificación, austeridad. Esa actitud continúa viva en la época de Unamuno. Por tanto, no es disparatado afirmar que Don Quijote encarna el sentimiento nacional. La conciencia del fracaso no promueve la adopción de nuevos valores, sino la exacerbación de los viejos principios del orden feudal. Si Cervantes pretendía que Alonso Quijano resultara ridículo, fracasó, pues el quijotismo ha pasado a la posteridad como ejemplo de nobleza. Don Quijote roza lo sublime; Alonso Quijano, en cambio, sólo es un pobre y melancólico hidalgo. Su existencia anodina es mucho más patética que sus floridas ensoñaciones.
Cervantes no se atrevió a matar a Sancho porque la novela trascendió su propia voluntad y rescató al escudero de un final que habría significado un amargo ataque contra el idealismo de Don Quijote. Unamuno especula que Sancho no murió, que cualquier día se echará a los caminos para “hacer triunfar de una vez el quijotismo sobre la tierra. Porque no nos quepa duda de que es Sancho, Sancho el bueno, Sancho el discreto, Sancho el sencillo; que es Sancho el que se volvió loco junto al lecho en que su amo se moría de cuerdo; que es Sancho, digo, el encargado por Dios para asentar definitivamente el quijotismo sobre la tierra. Así lo espero y deseo, y en ello y en Dios confío”. Ramiro de Maeztu consideraba que Don Quijote era un héroe decadente, pues nunca ignoró que se medía con gigantes y nunca podría salir victorioso. “Tomar los molinos por gigantes no es meramente una alucinación, sino un pecado”. Quizá en ese pecado está la esencia del carácter español. Tal vez Unamuno, reacio a la modernidad (“¡Qué inventen ellos!”), es el último autor español que vivió conforme a la ética del fracaso, un ideal donde la dicha personal se inmola en el altar de lo trágico y estéril, con la certeza atormentada de hacer lo correcto.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (25-05-2016). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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EL MOZOTE: EL GENOCIDIO DEL PUEBLO SALVADOREÑO

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Funeral de Óscar Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980 por defender los derechos del pueblo salvadoreño

Óscar Romero, asesinado el 24 de marzo de 1984 por el Ejército salvadoreño mientras celebraba la eucaristía, nunca se planteó la posibilidad de acabar con la pobreza y la desigualdad, promoviendo una insurrección armada. Ni siquiera puede afirmarse que suscribiera las tesis de la Teología de la Liberación. Jamás creyó que marxismo y cristianismo pudieran fundirse en un mismo discurso liberador, pues entendía que el marxismo prescindía de Dios y se basaba en una lucha de clases orientada hacia la dictadura del proletariado. Sin embargo, hay algo que sí vincula de forma inequívoca a Óscar Romero con Gustavo Gutiérrez, Jon Sobrino o Ignacio Ellacuría, tal vez el mártir más conocido de la matanza perpetrada por el Batallón Atlacatl en la Universidad Centroamericana (UCA) de San Salvador, donde otros cinco jesuitas y dos empleadas domésticas (madre e hija) fueron asesinados el 16 de noviembre de 1989. El vínculo que reúne a Óscar Romero con los teólogos de la liberación es su vivencia de Dios como el encuentro con el otro, particularmente en su forma de extrema vulnerabilidad.
Entre las víctimas de la matanza de la UCA, se hallaba Celina, una joven de dieciséis años. Su muerte simboliza la inmolación de los inocentes en un orden social que rebaja al ser humano a simple mercancía. Celina es el rostro donde se revela la trascendencia. En su mirada asoma el Dios que se acerca al pobre, el paria, el enfermo o el marginado para evidenciar que el mandato de amar a nuestros semejantes es la piedra fundacional de cualquier moral con pretensiones de universalidad. No tomar partido a favor del más débil, no acompañar al que sufre la exclusión, la tortura, el hambre o la cárcel, significa alejarse del Dios que se encarnó para ser una presencia viva, doliente, solidaria entre los que padecen cualquier forma de injusticia. Dios aparece donde hay fraternidad y sufre cuando se comete una iniquidad. Dios no es una deidad alejada del mundo, sino una vivencia que aflora cuando escuchamos la llamada del que sufre y nos sentimos interpelados, llamados a aliviar su dolor.
El Batallón Atlacatl fue entrenado en Fort Bragg (Carolina del Norte) por Fuerzas Especiales de Estados Unidos. Su misión consistió en exterminar a la guerrilla y la población civil que le prestaba su ayuda o, simplemente, simpatizaba con su causa. Entre sus blancos, se hallaban los activistas a favor de los derechos humanos: intelectuales, periodistas, sindicalistas, políticos o sacerdotes. Óscar Romero fue un mártir porque alzó la voz contra una oligarquía que había recurrido al terrorismo de Estado para conservar sus privilegios, exterminando comunidades enteras de campesinos, como en el caso de las aldeas (o cantones) de El Mozote, La Joya y Los Toriles, donde se torturó, violó y asesinó a cerca de mil campesinos entre el 10, 11 y 12 de diciembre de 1981, incluidos ancianos, mujeres y niños. Al evocar esta abominación, resulta imposible no pensar en la matanza de My Lai, la aldea vietnamita diezmada el 16 de marzo de 1968 por tropas norteamericanas, causando la muerte de al menos 500 civiles. En ambos casos, se aplicó el mismo procedimiento bárbaro e inhumano, lo cual prueba que el Batallón Atlacatl se limitaba a seguir las enseñanzas de sus instructores estadounidenses, expertos en técnicas de tortura, exterminio y eliminación de restos humanos. Se habla de la Shoah, pero lo que sucedió en la guerra de Vietnam o en la América Latina de los ochenta no se diferencia demasiado y, en este caso, el responsable no fue el nazismo, sino la Administración Reagan. Sólo en Guatemala se asesinó a 250.000 mayas, una cifra que no necesita excusas para adquirir la categoría de genocidio.
Los kaibiles, soldados de élite adiestrados por Estados Unidos, cometieron la mayor parte de las matanzas. Las atrocidades perpetradas contra las mujeres y niños del pueblo maya (menores violadas y decapitadas, iglesias incendiadas con familias vivas en su interior, embarazadas destripadas) no tienen nada que envidiar al espanto acontecido en Auschwitz, Treblinka o Sobibor. El genocidio del pueblo maya no es un crimen aislado, sino un capítulo más de la doctrina de la “seguridad nacional” inventada por Estados Unidos para acabar con la resistencia de unos pueblos maltratados y expoliados. Ningún país se salvó de esta ofensiva. En El Salvador, murieron unas 80.000 personas entre 1980 y 1992, la mayoría civiles. Rufina Amaya, una de las escasas supervivientes de El Mozote, contempló desde unos arbustos cómo decapitaban a su marido y mataban a sus cuatro hijos, con edades comprendidas entre los nueve años y los cuatro meses. Los soldados obraban con extrema violencia, pero no parecía un acto incontrolado. Su testimonio es estremecedor:
“Los soldados del Batallón Atlacatl llegaron el 10 de diciembre al caserío y obligaron a todos los habitantes a que salieran de sus casas y que se formaran en filas en la pequeña plaza del lugar. A la medianoche, se les ordenó a todos que regresaran a sus casas. El Mozote estaba atestado de gente, pues por el temor del operativo muchos otros moradores habían llegado a refugiarse. En total, se calcula que había entre seiscientas y ochocientas personas, la mayoría niños. En la madrugada del 11 de diciembre, los soldados comenzaron a golpear furiosamente las puertas y sacaron a la gente a la calle, formaron grupos de hombres, mujeres y niños. Los hombres fueron llevados a la iglesia y las mujeres y los niños fueron encerrados en una casa. Mientras se encontraban prisioneros, un helicóptero aterrizó en la plaza. Transportaba a los colaboradores de Monterrosa: Grijalva, Azmitia y Cabrera Cáceres. En ese momento, los habitantes del Mozote comprendieron que lo que sucedía no era un simple exceso de los soldados, sino que su captura había sido planificada y avalada por un importante sector entre los oficiales que prepararon el operativo”.
“Poco después -continúa Rufina-, el helicóptero despegó y los gritos de muerte comenzaron a resonar. En grupos de cinco y vendados y amarrados de manos, los hombres eran sacados de la iglesia y fusilados. Los pocos que quedaban agonizando eran brutalmente decapitados con golpes de machete en la nuca. A las doce del mediodía ya habían terminado de matar a todos los hombres. Mi esposo, Domingo Claros, fue uno de los primeros en morir. Iba en uno de los primeros grupos, pero comenzó a forcejear y le dispararon. Estaba vivo, un soldado se acercó y con un machete lo degolló. Las mujeres no corrieron mejor suerte. Los soldados entraron a la fuerza en la pequeña casa y comenzaron a seleccionar a las mujeres más jóvenes. La mayoría de madres se opuso, pero fueron sometidas con golpes de culata de fusil o a patadas. Algunas, para horror de los niños y las mujeres, fueron asesinadas en el mismo lugar. Las jóvenes fueron llevadas a las afueras del caserío para ser violadas. Un testigo que ha permanecido en el anonimato durante todo el proceso de investigación, un hombre obligado a servir como guía por los oficiales del Atlacatl, reconoció que las adolescentes fueron violadas durante todo ese día. Los soldados hablaban sobre las violaciones. Contaban y bromeaban sobre lo mucho que les habían gustado las niñas de doce años. Después de violarlas, los soldados las mataban a tiros o las decapitaban. Las mujeres fueron asesinadas con el mismo método practicado a los hombres: se les transportaba en grupos de cinco y se les fusilaba; posteriormente se decapitaban los cadáveres o a las que aún agonizaban”.
Aunque el gobierno negó los hechos, el Equipo Argentino de Antropología Forense exhumó los restos en 1992 y confirmó la versión de Rufina y otros testigos ocasionales. Susan Meiselas, fotógrafa norteamericana, visitó El Mozote poco después de la masacre y realizó una serie de fotos que documentaban el crimen. Muchos cadáveres permanecían insepultos y en posturas obscenas, pues se consideró que era una medida útil para propagar el terror. El Wall Street Journal se mostró escéptico con los relatos, pese a que el The New York Times publicó las imágenes de Meiselas y la periodista mexicana Alma Guillermoprieto escribió sobre la masacre en The Washington Post. El Congreso de los Estados Unidos afirmó que se trataba de burdas mentiras e incrementó las ayudas militares y económicas al gobierno. Nunca se ha juzgado a los culpables, pero el 23 de octubre de 1984 el FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional) consiguió volar el helicóptero donde viajaba Domingo Monterrosa Barrios, el oficial al mando del Batallón Atlacatl durante la masacre del Mozote. El gobierno decretó tres días de duelo. La exposición permanente del Centro de Historia Militar le menciona en una de sus salas, alabando su “gran legado a los salvadoreños”.
El día anterior a su asesinato, Óscar Romero se dirigió a los militares y policías salvadoreños, pidiéndoles que no mataran a “su propio pueblo” y recordándoles que la orden de matar carecía de legitimidad, pues vulneraba la ley de Dios. “Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. […] En nombre de Dios y de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”. Una bala de fragmentación le hizo callar para siempre. Óscar Romero sabía que su asesinato era cuestión de semanas o días, pues le habían amenazado de forma pública y privada y el país se encaminaba hacia la guerra civil. Su coraje no debe esconder el sufrimiento personal que experimentó durante los dos últimos meses, reviviendo el tormento interior de Jesús en el huerto de Getsemaní, cuando le invadió la angustia y el deseo de escapar a su trágico destino. Muchas veces he intentado imaginar la vigilia en el huerto de Getsemaní. Getsemaní representa la inminencia de una muerte violenta, como las de Ignacio Ellacuría y Óscar Romero. Las ideas no valen nada sin el testimonio personal y ambos encarnaron hasta el final sus convicciones. Pudieron mirar hacia otro lado, sellar sus labios o exiliarse. No lo hicieron y por eso les recordamos con admiración. Su sacrificio mantienen con vida a las víctimas de El Mozote y de cualquier otro pueblo destruido por un orden mundial que condena a millones de seres humanos a vivir en la pobreza y la inseguridad. Jon Sobrino, superviviente de la UCA, entendía que la raíz del compromiso cristiano no es la sed de eternidad, sino de justicia: “Cuando la humanidad llegue a ser un solo pueblo y un pueblo verdadero en el cual se establezcan las relaciones de justicias y fraternidad, entonces, habrá llegado el reino de Dios”. O, lo que es lo mismo, el reino del hombre, pues la causa de Dios es la causa del hombre. Decir lo contrario es superstición, idolatría o menosprecio por la dignidad del ser humano.

RAFAEL NARBONA

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MANUEL LONGARES: EL OÍDO ABSOLUTO

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Alejandro Sawa (Sevilla, 15 de marzo de 1862-Madrid, 3 de marzo de 1909)

La guerra civil española no es un horizonte que se aleja, sino una herida que aún palpita con el dolor de un antiguo pecado que se resiste a la posibilidad de la redención. Manuel Longares (Madrid, 1943) ha convertido su octava novela en un ejercicio narrativo que aborda el último siglo de nuestra historia desde una ambiciosa perspectiva, con rasgos de “obra total”. La historia de una biblioteca que pasa de una generación a otra hasta quedar confinada en un espacio público e impersonal no es un simple ardid narrativo, sino una clave hermenéutica que atribuye al lenguaje literario el poder de esclarecer, ahondar, preservar y recrear el pasado. Cada época se caracteriza por una música, cuyas notas sólo se revelan a un “oído absoluto”. La capacidad de “distinguir lo auténtico” es el atributo principal de la verdadera literatura, que no se deja engañar por el ruido y la furia. La historia puede aparentar caos, gratuidad e insignificancia, pero el escritor de raza sabe que siempre hay un sentido, un significado, cuyo misterio sólo puede desvelar la palabra.
Manuel Longares actúa como un arqueólogo, pero no utiliza pincel y espátula, sino una prosa audaz y creativa, que apenas oculta su deuda con Quevedo, Valle-Inclán y Gómez de la Serna. Quizás no está a su altura, pero sus piruetas verbales son verdaderamente notables y, en ningún caso, naufragan como hueros alardes de inventiva. En la prosa de Longares, hay verdad porque el sufrimiento es real y el juego, necesario. El oído absoluto es la parodia de una parodia, pues Max Bru es el reflejo sistemáticamente deformado de Max Estrella. Max Bru es un mediocre poeta de Pagán, un pueblo imaginario que ha llegado al siglo XX, ofreciendo una notable resistencia a la modernidad. No es el mejor lugar para materializar una chispeante ambición literaria. Bru abandona la localidad, tediosa y llena de prejuicios, e inicia una vida bohemia en Madrid, luchando por abrirse paso en la república de las letras. Dividida en tres partes (“Épica”, “Lírica” y “Dramática”), Longares completa la armazón con dos capítulos iniciales y un escueto epílogo. La acción arranca con Palmira, prima de Max, vendiendo al ayuntamiento de Pagán la biblioteca del poeta. Un manuscrito que desprecian los operarios de la mudanza contiene la dramática historia familiar. Palmira accederá de este modo a la historia del literato. Max conoció la penuria reservada a los poetas en el Madrid prebélico. La sublevación militar le costó la pérdida de su mujer, Eladia, fusilada por un pelotón de falangistas mientras representaba El caballero de Olmedo en la plaza mayor. Exiliado en Francia, asumirá de mala gana el cuidado de su hijo. Fracasará en la tarea de educarle y acabará sus días en el manicomio de Pagán. Su hijo alimentará una biblioteca que es un homenaje a una relación filial marcada por la incomprensión y el desencuentro.
Palmira advertirá al descubrir la crónica familiar que los libros son la única utopía posible para soportar nuestra finitud. La muerte parece menos real gracias a la experiencia de la lectura, que nos permite salir de nosotros mismos y descubrir la complejidad del mundo. Longares es un prosista brillante, que rescata la tensión creadora de nuestra Edad de Plata. Cuando Max llega a Madrid, no experimenta la sensación de pisar la Corte, sino “el arrabal de un villorrio”. Todo se reduce a un “panorama de chabolas al sol con algún campanario despuntando”. No atisba los “edificios de empaque escurialense ni las alamedas de trazado neoclásico ensalzadas por los nativos de la cáscara amarga y los extranjeros de la Ilustración, sino el rigor de una meseta sin abalorios, más cocida que un cangrejo y con sayal de cuaresma”. Longares no es menos eficaz en el diálogo:

“-Píntame tus encantos –alentó Bernardo-: Prominencias, oquedades, contornos…

-Canela fina.

-¿Tu desnudo?

-De carne dura.

-¿Hablas en la cama?

-Francés y griego.

-¿Atrevida?

-Pava.

-¿Fantasiosa?

-Las mil y una noches.

-¿Te sofocas?

-De Pascuas a Ramos”.

“Necesitaba libros para explicarme la vida”, afirma Palmira, mientras se enfrenta al fantasma del suicidio, que le tienta como una salida razonable de un mundo sucio, canalla e imperfecto. El último Quinteto de Schubert y la perspectiva de una biblioteca que renace como una promesa de vida alejan de su cabeza las fantasías autodestructivas. Es imposible leer las últimas páginas sin emocionarse y preguntarse por el sentido de todo. Lejos de cualquier respuesta grandilocuente, la novela finaliza con un mensaje sencillo: literatura es una buena razón para vivir. El oído absoluto es una excelente invitación al humor, a la belleza y a la vida. Y una llamada a favor de la reconciliación en un país que aún alienta odios cainitas.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Los Lunes de El Imparcial (23-05-2016). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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AMÉRICA LATINA, EL PATIO TRASERO DE ESTADOS UNIDOS

mexico pobreza

México. Fotografía Agencia EFE.

No es ningún secreto que Estados Unidos siempre ha considerado a América Latina su patio trasero. De hecho, ha intervenido militarmente o ha promovido golpes de estado en casi todos los países del subcontinente, aliándose con las oligarquías locales para defender sus intereses. En nombre de la libertad y la democracia, ha pisoteado y expoliado a los pueblos, entregando el poder a déspotas tan abyectos como Pinochet, Videla, Hugo Banzer, Batista, Trujillo o Anastasio Somoza, cuyas atrocidades aún perduran en la memoria colectiva como un ejemplo de terror, corrupción y perversidad. En Guatemala, al menos 200.000 personas desaparecieron entre 1960 y 1996. El pueblo maya sufrió un verdadero genocidio, que se ensañó especialmente con los niños. El objetivo era aislar a los guerrilleros de la población civil, “quitarle al pez el agua”, según la jerga de los paramilitares. Actualmente, Estados Unidos ha cambiado de táctica. De cara a la opinión pública internacional, resulta menos costoso desestabilizar el país desde dentro, avivando los conflictos internos hasta desembocar en un Estado fallido, lo cual justificaría una “injerencia humanitaria” y el establecimiento de bases militares permanentes.

LA ESCUELA DE LAS AMÉRICAS

La Doctrina de la Seguridad Nacional es un eufemismo para designar una política exterior basada en el terrorismo de Estado. Hasta 1984, Estados Unidos utilizó la Escuela de las Américas ubicada en Panamá para instruir en técnicas de contrainsurgencia a militares que más tarde se harían famosos por sus crímenes: el salvadoreño Roberto D’Aubuisson (responsable del asesinato de Óscar Romero y de los escuadrones de la muerte que mataron a 75.000 civiles entre 1980 y 1992); los argentinos Roberto Eduardo Viola y Leopoldo Fortunato Galtieri (ambos responsables de crímenes de lesa humanidad durante el infame Proceso de Reorganización Nacional, que costó la vida a 30.000 personas); el chileno Manuel Contreras (jefe de la siniestra DINA durante la dictadura de Pinochet, que hizo desparecer a más de 12.000 opositores); el dictador panameño Manuel Antonio Noriega (agente de la CIA y conocido narcotraficante que –por razones desconocidas- rechazó la petición de Collin Powell de utilizar su país para lanzar una invasión militar contra la triunfante Revolución Sandinista ); Ollanta Humala (actual Presidente de Perú, pese a su implicación en crímenes contra la humanidad); Heriberto Lazcano Lazcano, alias el Verdugo y jefe del violento cartel mexicano de Los Zetas (supuestamente, murió en 2012 en un tiroteo). Se dice que Klaus Barbie, el famoso criminal de guerra nazi, impartió clases en la Escuela de las Américas. La Escuela de las Américas elaboró siete manuales de tortura especialmente enfocados a militares latinoamericanos, que explicaban cómo destruir psíquica y físicamente a los secuestrados. El primer manual se llamaba KUBARK y, al igual que los otros seis, se distribuyó entre los servicios de inteligencia militar de casi todos los países de América Latina. En sus páginas, se recomienda realizar los arrestos (o secuestros) a horas intempestivas, desnudar la víctima, taparle los ojos, incomunicarla en calabozos oscuros e insonorizados, privarla de sueño, alimento y estímulos sensoriales, exponerla al frío y al calor, jugar con su miedo e impotencia. Si estos métodos no producen el efecto deseado, se detallan diferentes grados de presión física: electrocución, golpes, asfixia, suspensión, vejaciones sexuales. Por último, se aconseja ejecutar a la víctima y hacerla desaparecer, lo cual agrava el sufrimiento de las familias y de las personas de su entorno, implicadas o no en sus actividades políticas, propagando de este modo una sensación general del miedo y la inseguridad.

MÉXICO Y COLOMBIA

El fin de las asonadas militares de las pasadas décadas no significa que ya no se torture o se mate en proporciones terroríficas. Durante los seis años de gobierno de Felipe Calderón (2006-2012), 132.000 personas fueran asesinadas, según el Instituto Nacional de Estadística y  Geografía (INEGI). Supuestamente, la violencia que aún sacude a México, obedeció al propósito de acabar con los carteles de la droga. Algunos periodistas afirman que en realidad Felipe Calderón se alió con el cartel de Sinaloa, rompiendo el equilibrio de legislaturas anteriores, donde el negocio de la droga se dividía equitativamente entre las diferentes organizaciones criminales existentes. Todo indica que Estados Unidos y el gobierno de Calderón organizaron conjuntamente la batalla contra el narcotráfico para frenar el avance de la izquierda en México. Después del levantamiento zapatista en Chiapas en 1994 y los fraudes electorales de 1998 y 2006, que impidieron llegar a la Presidencia a Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador, Estados Unidos sintió que el pueblo mexicano cada vez rechazaba con más firmeza sus injerencias. El 18 de marzo de 1938, el Presidente Lázaro Cárdenas decretó la expropiación de las compañías petroleras norteamericanas, consiguiendo la independencia económica y la apertura a los mercados internacionales. El Presidente Carlos Salinas de Gotari (1988-1994) lanzó una verdadera contrarrevolución, privatizando la banca, las telecomunicaciones, la electricidad, el agua, las riquezas minerales, las zonas marítimas, los puertos y los aeropuertos. Todos estos sectores pasaron a manos de empresas norteamericanas. El golpe maestro de este saqueo se consumó con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), un verdadero instrumento de dominación que –según Noam Chomsky- “ha resultado más dañino para México que el colonialismo español”. De hecho, era evidente que la agricultura y la industria mexicanas no podrían competir en pie de igualdad con las exportaciones agroindustriales altamente subsidiadas de Estados Unidos ni con sus enormes corporaciones. Sin ninguna clase de medida arancelaria, los agricultores mexicanos no tuvieron otra alternativa que emigrar o cultivar marihuana y adormidera o “planta del opio”. La inmigración ilegal ha abastecido a las empresas norteamericanas de mano de obra barata, sin ninguna clase de derecho laboral o sanitario. Cuando el flujo se ha incrementado más allá de lo necesario, se ha militarizado la frontera para abrir o cerrar la esclusa. El TLCAN ha mejorado el comercio y la inversión extranjera, pero no ha incidido en la creación de empleos ni en la mejora de los salarios. Por el contrario, ha aumentado la concentración de riqueza en unas pocas manos. A finales de 2013, el gobierno de Enrique Peña Nieto aprobó una reforma energética que ponía fin al monopolio del Estado sobre los hidrocarburos y garantizaba el ingreso de capitales privados y extranjeros. Con esta medida, Estados Unidos vencía el último obstáculo para convertir el TLCAN, que incluye también a Canadá, en un bloque regional controlado por las grandes compañías norteamericanas. La creación en 2010 de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), que excluye a Estados Unidos y Canadá, encarna la posibilidad de un nuevo espacio de independencia y dignidad, pero las grandes compañías petrolíferas norteamericanas ya se están preparando para desembarcar en México y, si es posible, en Venezuela, que se ha convertido en un Estado fallido. ¿Quiénes son esas compañías? Entre otras, Exxon, Chevron, Schlumberger o Halliburton. La familia Bush, Dick Cheney y Donald Rumsfeld son sus principales accionistas y los creadores de la “guerra preventiva”, que ha permitido a Estados Unidos penetrar en Oriente Medio y apropiarse de sus riquezas, instalando bases militares permanentes y desestabilizando a los países de la región, con maniobras terroristas disfrazadas de querellas internas.
Desde los años sesenta, vivimos la globalización del narcotráfico. La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD) señaló que en 2008 se inyectaron 3.000 millones de dólares del narcotráfico a los mayores bancos estadounidenses, lo cual les salvó del colapso. Los beneficios obtenidos con el narcotráfico se reciclan y reinvierten en los mercados internacionales de armas. Estados Unidos vende más armas que la suma de todos los países del planeta implicados en la producción y comercialización de armamento. Estados Unidos está tejiendo una alianza con los gobiernos neoliberales de la costa del Pacífico: Chile, Perú, Colombia, Centroamérica –con la excepción de Nicaragua, otro “Estado fallido”- y, por supuesto, México. Es su apuesta para frenar a la CELAC y afianzar su dominio en la región. Dentro de este plan, Colombia desempeña un papel esencial. Colombia raramente aparece en las noticias, pese a que sufre los estragos de una interminable guerra civil, cuyo inicio se remonta a 1964. Según el Informe “¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad”, del Grupo Nacional de Memoria Histórica, han muerto al menos 220.000 personas y se han producido casi 2.000 masacres. El 67% de esas matanzas han sido perpetradas por el ejército y por los grupos paramilitares. Los grupos paramilitares no son unidades autónomas, sino escuadrones de la muerte instruidos por el gobierno bajo el asesoramiento de Estados Unidos. Se estima que hay dos mil fosas clandestinas en Colombia. Periodismo Humano ha recogido el testimonio de un paramilitar, relatando cómo a veces se optaba por descuartizar los cadáveres e incinerar los restos en hornos crematorios ocultos en la selva. En 2009, en el pequeño pueblo de La Macarena, región del Meta, 200 kilómetros al sur de Bogotá, se descubrió una fosa con 2.000 cadáveres. Al parecer, “falsos positivos” del Ejército Nacional, civiles asesinados y contabilizados como guerrilleros caídos en combate. De este modo, las unidades implicadas conseguían buenos porcentajes en sus presuntas operaciones contra la insurgencia y cobraban un complemento salarial por cada baja. En 2005, el ejército y los paramilitares cometieron una masacre en San José de Apartadó, vereda del municipio de Apartadó (Antioquía) como represalia por la muerte de un oficial y dieciocho soldados en una emboscada de las FARC. Tres niños fueron degollados y descuartizados. La matanza fue dirigida por el capitán Armando Gordillo. Aunque se le juzgó y se le impuso una pena de diez años de prisión, la ONU denunció que existía “un patrón de ejecuciones extrajudiciales” y que la impunidad abarcaba al 98’5% de los casos.

EL CASO MITRIONE

Detrás de estos crímenes, siempre se halla Estados Unidos, impulsando golpes de estado, organizando ejecuciones extrajudiciales y enviando a agentes de la CIA o el FBI para instruir en técnicas de tortura, como Daniel Anthony Mitrione, destinado a Brasil, República Dominicana y Uruguay como alto funcionario del United States Agency for International Development. En 1969, Mitrione llegó a Uruguay para transformar la tortura en un procedimiento rutinario de la policía. Su lema era: “El dolor exacto en el lugar exacto en la cantidad exacta para lograr el efecto deseado”. Mitrione utilizó el sótano de su propia casa en Montevideo para adiestrar sobre el uso de la electricidad en los interrogatorios. Cantrell, agente de la CIA, ha relatado que Mitrione ordenó secuestrar a cuatro indigentes (tres hombres y una mujer) y los torturó personalmente, aplicando diversos voltajes en las zonas más sensibles del cuerpo (ojos, encías, genitales). Los cuatro murieron. Mitrione apuntó que el asesinato y la desaparición del torturado era la fase final del proceso, pero mientras se utilizaba el interrogatorio, convenía mantener la expectativa de sobrevivir: “Siempre hay que dejarles una esperanza, una remota luz”. De lo contrario, el interrogado podría morir sin proporcionar ninguna información. Mitrione nunca experimentó problemas de conciencia: “Esta es una guerra a muerte. Esa gente es mi enemiga. Este es un trabajo duro, alguien tiene que hacerlo, es necesario. Ya que me tocó a mí, voy a hacerlo a la perfección. Si fuera boxeador, trataría de ser campeón del mundo, pero no lo soy. No obstante en esta profesión, mi profesión, soy el mejor”. El 31 de julio de 1970 los Tupamaros secuestraron a Mitrione, pidiendo la liberación de 150 presos políticos. El gobierno uruguayo se negó, después de consultar con Estados Unidos. El 9 de agosto Mitrione fue asesinado y su cadáver abandonado en un Buick estacionado el barrio de la Unión de Montevideo. El gobierno uruguayo condenó los hechos, afirmando que Mitrione era “un héroe silencioso que había actuado con la mayor dignidad en cometidos en pro de la pacífica convivencia de hombres y naciones”. Ronald Ziegler, secretario de Prensa de la Casa Blanca, afirmó que el pueblo americano “se unía al Presidente Nixon para condenar este crimen a sangre fría contra un ser humano indefenso. La dedicación de Mitrione a la causa del progreso pacífico en un mundo ordenado, permanece como ejemplo para los hombres libres”. Fank Sinatra y Jerry Lewis organizaron un concierto de homenaje en Richmond, recaudando fondos para la familia. El director de cine Costa Gavras recreó el secuestro y el asesinato en Estado de sitio (1972), logrando un brillante análisis de la injerencia estadounidense en América Latina.

¿ES POSIBLE UN MUNDO DIFERENTE?

Noam Chomsky ha citado muchas veces la famosa máxima de Tucídides: “Los fuertes hacen lo que desean y los débiles sufren sus abusos”. El crudo realismo de esta frase está lejos de las grandes especulaciones filosóficas, que explican la historia humana como el despliegue de la Razón, el Espíritu o las leyes de la Dialéctica. Estados Unidos no actúa con más crueldad que Roma, España, Inglaterra o Francia, cuando eran imperios y pisoteaban a otros pueblos. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos protegió a oficiales, médicos y científicos nazis para explotar su experiencia. La Gestapo desempeñó un papel pionero en el uso de la electricidad como instrumento de tortura y los servicios de inteligencia estadounidenses asimilaron la lección, no sin la ayuda de los militares franceses que habían empleado el mismo método para diezmar a los independentistas argelinos. La presencia de Klaus Barbie en la Escuela de las Américas revela que el “amigo alemán” mantiene una estrecha relación con “la bestia rubia germánica”. Los hornos usados en Colombia para deshacerse de los restos de sindicalistas, líderes campesinos o activistas sociales reflejan la misma inhumanidad que los crematorios de Auschwitz. ¿Se puede afirmar categóricamente que la fosa de La Magdalena es moralmente distinta de las fosas excavadas por los Einsatzgrüppen en el Este de Europa? En ambos casos, hay que hablar de políticas de exterminio. España no se quedó atrás en América Latina con su agresiva colonización y Francia mató a miles de argelinos para no perder el control de su antigua colonia. No hay muchos motivos para contemplar el futuro con esperanza, pero el pesimismo nunca es una alternativa. A veces, sólo nos quedan las palabras. No es poco, pues nos indican el rumbo a seguir. El teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, pionero de la Teología de la Liberación, apunta: “Sólo quiero que los que no tienen voz la tengan. Ellos solos no cambiarán la historia, pero mirándolos a ellos cambia todo”. No se me ocurre otro camino. La injusticia no se combate con violencia, que es otra forma de injusticia, sino con solidaridad y esperanza.

RAFAEL NARBONA

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