IRAZOKI Y SU ORQUESTA DE DESAPARECIDOS

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Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954)

Los poetas son el alma de los pueblos, no porque expresen esa entelequia dudosa que llamamos identidad colectiva, sino porque nos recuerdan la existencia del individuo, su tenaz resistencia a disolverse en la masa, su irreductible singularidad y su legítima rebeldía contra lo tribal y lo gregario. El verdadero poeta es un ciudadano, no un visionario. Es una voz independiente, no el corifeo de consignas y banderas. Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) es un poeta auténtico. Nunca ha sucumbido a la llamada de la grey, incitando a la violencia para materializar una ensoñación mítica.

Orquesta de desaparecidos, su último poemario, puede leerse como el canto de un hombre que rastrea su pasado, convocando a los muertos y a los vivos mediante el lirismo, el humor y la ternura: «Los días que viví se han unido y hablan en voz baja». Hablan en voz baja –tal vez– porque Irazoki es un poeta tranquilo, un hombre apacible, incapaz de experimentar ira o rencor. Hablan en voz baja porque no instigan a la desesperación, ni al desengaño, sino a la contemplación serena de las cosas. Irazoki no flirtea con el malditismo. Su poesía es profunda porque nace de la voluntad de conocimiento y de la alegría, no del estéril pesimismo. Es evidente que la poesía es una forma de belleza, pero su raíz no está en el afán de adornar el mundo con metáforas o intuiciones puramente estéticas, sino en «una intensidad de la mirada que despierta a la conciencia». La mirada del poeta no puede conformarse con producir asombrosas combinaciones y simetrías. Debe buscar sin miedo la verdad y celebrar la vida, desmontando las naderías de «los que caminan en el interior de los abismos». La verdadera lucidez es decir sí a la vida, sin lamentar sus limitaciones. Irazoki es un poeta que «se sabe efímero y ensalza la vida que consume». Es una declaración poco frecuente en nuestras letras. Jorge Guillén sufrió toda clase de imprecaciones por afirmar que «el mundo está bien hecho». Su cántico se transformó en clamor para apaciguar a los que asocian el nihilismo a la hondura y la clarividencia.

Irazoki no habla a la ligera. Conoce el sufrimiento. Un accidente en la niñez ha dejado una huella indeleble en sus huesos. Sin embargo, ese desdichado percance no ha afectado a su pasión por la vida. Su punto de vista contrasta con el de Leopoldo María Panero, con una biografía ensombrecida por la locura. Son muchos quienes elogian al poeta loco que ha paseado sus delirios por los patios y los pasillos del manicomio de Mondragón, pero Irazoki vislumbra al hombre real, «profundo, solitario, con temblores de abandono». La exhibición de sus ansiedades y sus barrocas paranoias era menos sincera que su incendio interior. Irazoki nunca se dejó seducir por una representación concebida para amurallar una intimidad herida. Lo trágico produce respeto, pero cuando se convierte en dogma o poética deviene en mera simpleza. Una poética ambiciosa busca las palabras para comprender, descifrar, expresar, no para causar desolación con aparatosas caídas. Los poemas de Irazoki no caen. Suben hasta la transparencia más exigente, sin transigir con imposturas. No pretenden aleccionar, sino enseñar y compartir. Por eso, evocan a los desaparecidos, a esos hombres y mujeres que se han fundido con la muerte, pero sin borrarse de la memoria. La poesía no los resucita. Sólo testimonia su presencia en un presente que se ilumina con su recuerdo.

Irazoki «lleva en su bolsillo toda la extensión de su tierra». Eso explica su firme oposición al terrorismo de ETA y a la retórica que justificaba sus crímenes. Mientras duró el sombrío reinado de los asesinos, el color verde del paisaje parecía inseparable del miedo. En «La casa de mi padre», un bellísimo poema en prosa, la nostalgia se esgrime para luchar contra «la pureza y sus banderas ensangrentadas». La casa del padre no es un territorio cerrado y excluyente, sino un espacio abierto por «una brecha en el tejado» que franquea el paso a «los idiomas y músicas venidos de tierras desconocidas o remotas». No es un recinto que preserva su integridad a cualquier precio, sino un universo que se dispersa y expande con una generosidad indiscriminada: «regalaré cada una de sus piedras, ventanas y escaleras; alzarán el vuelo bajo de nuestros espíritus». La casa del padre suprime las fronteras, escarnece el orgullo, ridiculiza lo tribal, impide que «los hombres sean extranjeros». Sus enemigos son «un clavo enfermo» que calló «ochocientas veintinueve veces», disfrazando el crimen de épica y la cobardía de gesta. En la casa del padre, Irazoki escondió un diccionario sustraído –no sin una punzada de culpabilidad– en la escuela. Sus páginas le descubrieron palabras como «tundra», «alud» y «estepa». Nunca devolvió «aquella llave de culpa y felicidad» que le reveló el misterio de la literatura y lo empujó a comprar varios libros de Pío Baroja, una de las bestias negras de la izquierda abertzale. La casa del padre es la morada de la madre –una niña de pies descalzos que camina sobre la bruma– y del padre, un hombre imperturbable, recto y equilibrado, cuya imagen compareció años más tarde en las aguas del Ganges, enseñando al poeta que lo más cercano sólo se muestra con nitidez en la lejanía.

Para Irazoki, la patria es la hermana muerta, que lo acompañó hasta el umbral de una soledad indulgente y afable. La patria no es «el vacío íntimo» de los que vituperan el castellano, alegando que protegen el euskera. «Quien ama un idioma ama todos los idiomas». Sólo quien vocifera desmesuras puede contemplar con desdén ese «bosque asfaltado» que se conoce como Madrid. Su encanto es distinto del bosque inmóvil de la tierra natal, pero ambos son lugares que prodigan maravillas. Sólo quienes viven atrapados por «el ácido lisérgico de la patria» escatiman el asombro y la admiración. Ignoran que «el triunfo consiste en no haber herido». La historia les juzgará con dureza. Las víctimas del Gulag (Mandelstam, Ajmátova, Babel) prestaron sus ojos a las víctimas del Gulag vasco, mostrando el dolor y la impotencia de quienes viven bajo la amenaza del terror. Las utopías políticas no llevan al cielo, sino a un pequeño y hórrido infierno, donde los gritos no pesan tanto como los silencios. Irazoki no reconoce otra utopía que la música o la poesía. Billie Holiday, Sonny Rollins, Jimi Hendrix, Mozart, viven en nuestro interior, con la misma vibración que los seres queridos arrebatados por la muerte: «Las personas que se alejaron de mi vida forman la orquesta. Sus muertes o desamor se han convertido en música». Irazoki no sueña con la gloria. No pide ser recordado como un poeta laureado, sino como una presencia circunspecta: «Me gustaría que sobre mi muerte se plantase el árbol de la discreción».

Es difícil ejercer la crítica literaria cuando se aborda la obra de un poeta. Lo más tentador es recurrir a la redundancia, pero lo cierto es que el crítico no puede limitarse al epíteto laudatorio y a la analogía, o al vituperio más o menos ruidoso. La pregunta siempre es la misma: ¿qué virtud esconde la poesía enjuiciada? En el caso de Irazoki, que escribe pequeños poemas en prosa, se me ocurren varias respuestas. En primer lugar, se trata de una poesía accesible, de fácil comprensión, pero que no renuncia a la excelencia artística. Irazoki se caracteriza por una delicada sensibilidad que produce imágenes deslumbrantes: «Acabado el concierto, cada componente del público vuelve a adentrarse en mí y la orquesta de desaparecidos ve mi disolución en el paisaje». Lejos del prosaísmo de ciertos poetas contemporáneos, Irazoki elabora cuidadosamente los poemas, logrando notables resultados estéticos. En segundo lugar, cada página transmite honestidad. La palabra esencial, cabal, barre la palabrería, sembrando en el lector la convicción de asistir al despliegue de una visión del mundo compuesta por vivencias, lecturas y reflexiones sin un gramo de impostura. En tercer lugar, la introspección convive con una exquisita sensibilidad para el paisaje rural y urbano. No se trata de una poesía costumbrista, sino moderna, que propicia el encuentro entre el yo y un mundo cambiante. Por último, lo poético convive estrechamente con lo cívico, sin incurrir en ningún momento en el sermón o el panfleto.

Al igual que Fernando Aramburu, Irazoki nos ofrece un relato necesario del conflicto vasco. Sería monstruoso igualar a víctimas y victimarios. La guerra sucia contra el terrorismo es una página negra de la historia de nuestra democracia, pero jamás se habría producido si ETA hubiera abandonado las armas durante la Transición o –aún mejor– si jamás las hubiera empuñado. Los excesos policiales no pueden servir de excusa, pues el objetivo del terrorismo no era normalizar la convivencia, sino exasperarla para lograr la rendición de las instituciones. ETA debe pasar a la historia como una organización criminal y no como un grupo revolucionario. «La casa de mi padre» es un excelente ejercicio de memoria histórica que revela la miseria del nacionalismo. La patria no es una bandera que exige holocaustos, sino un espacio de encuentro y acogida. Cuando no es así, se convierte en fetiche, ídolo, espeluznante reliquia.

Orquesta de desaparecidos no es un libro más de poesía, sino una lección de vida y esperanza, que perdura en la memoria como una nota de Mozart. Leerlo es un gesto de resistencia contra la violencia, la intolerancia y el pesimismo. Quizá su principal mérito consista en despertar el amor por la vida, sin deplorar su finitud o imperfección.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (23-09-2016). Del blog Viaje a Siracusa. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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LA VOLUNTAD PERDIDA DE ANTONIO AZORÍN

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José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, más conocido por su seudónimo Azorín (Monóvar, Alicante, 8 de junio de 1873-Madrid, 2 de marzo de 1967)

José Martínez Ruiz debutó como novelista con La voluntad en 1902, un año particularmente afortunado para nuestras letras, pues en esa misma fecha saldrían de la imprenta Camino de perfección, de Pío Baroja, La sonata de otoño, de Valle-Inclán, y Amor y pedagogía, de Unamuno. Son las llamadas “novelas de 1902”, de acuerdo con la expresión acuñada por el notable crítico Alonso Zamora Vicente para designar una verdadera ofensiva narrativa contra el realismo y el naturalismo decimonónicos. No está de más señalar que un año más tarde aparecen Arias tristes, de Juan Ramón Jiménez, y la primera versión de Soledades, de Antonio Machado. El cambio de sensibilidad de una nueva generación de creadores no se refleja tan sólo en el campo de la novela, sino también en el terreno de la poesía, el teatro, el ensayo, la arquitectura, la música y la pintura. La “Edad de Plata” despunta con un nuevo concepto de obra de arte que compone su trama a base de ideas y no tanto de hechos, atribuyendo al “yo” un papel capital. Los nuevos artistas han asimilado la lección del Discurso del método, que prioriza lo subjetivo sobre lo real, pues entienden que la objetividad no es algo dado, sino una construcción de la mente. José Martínez Ruiz, por entonces un periodista airado de convicciones anarquistas, se suma a esta corriente con una novela aparentemente estática, sin apenas argumento, pero que contiene una vigorosa –e inacabada- autobiografía espiritual, donde el pesimismo existencial derrota a cualquier expectativa de progreso, exaltando un peculiar nihilismo contemplativo que prefigura el itinerario vital y literario de un escritor identificado con su personaje. Martínez Ruiz aún tardará un tiempo en firmar como “Azorín”, pero esa transmutación ya está parcialmente consumada en La voluntad, una novela innovadora e deliberadamente híbrida, que oscila entre el sensualismo pictórico, el vitalismo filosófico y el intelectualismo agónico.

Antonio Azorín es un periodista que vive en Yecla, un pueblo de Murcia con una basílica construida entre 1775 y 1868, con planta de cruz latina, tres naves, arcos de medio punto, girola, capillas laterales y una cúpula semiesférica decorada con teja vidriada azul y blanca. El joven Martínez Ruiz principia su novela con la historia de la basílica, un prodigio arquitectónico que contrasta con la decadencia del pueblo. El monte Arabí proporciona la piedra que también se utilizó para levantar el desaparecido santuario ibérico del Cerro de los Santos, un templo de capiteles jónicos ubicado en la vía Heraclea. La voz narrativa destaca que paganos y cristianos emplearon el mismo material para expresar su anhelo de “consuelo y piedad”. Todas las épocas y todas las religiones convergen en el desamparo de la conciencia finita ante la fuerza destructiva del tiempo. El hombre no disfruta del privilegio de la conciencia animal, que vive en la eternidad, gracias a su incapacidad para anticipar el porvenir. El ser humano no sabe lo que sucederá más adelante, pero sabe que el futuro descartará su presencia en algún momento, sumiéndole en la oscuridad de la materia. Esa incertidumbre no afecta a la belleza del mundo. Yecla es una ciudad en declive, pero sus pintorescas fachadas de colores despiden el encanto de las cosas sencillas. Cada hogar esconde una historia que reproduce calladamente la marcha del mundo, con sus ilusiones, quimeras y desengaños. En una vivienda con dos balconcillos de madera y un porche de paredes blancas y el suelo de ladrillo rojo, viven Puche, “un viejo clérigo de cara escuálida”, y Justina, su sobrina. Justina es “moza fina y blanca”, que escucha las palabras apocalípticas del sacerdote, deplorando la vanidad del mundo y anunciando la cólera de Dios. En otra casa, con el zaguán húmedo y penumbra, el maestro Yuste, de “gris mostacho romo”, pasea por su despacho, departiendo con el joven Azorín. Su discurso no es menos catastrofista: “Todo pasa, Azorín; todo cambia y perece. […] La eternidad no existe. Donde hay eternidad no puede haber vida. Vida es sucesión; sucesión es tiempo”. Yuste suscribe la filosofía de Schopenhauer. Tanto en lo metafísico como en lo epistemológico: “La sensación crea la conciencia; la conciencia crea el mundo. No hay más realidad que la imagen, ni más vida que la conciencia”. Se ha dicho que la percepción del tiempo como sucesión, explica la forma de narrar de Azorín, pues su escritura fluye sin un plan preconcebido. Gonzalo Torrente Ballester afirma que ese procedimiento elemental es incompatible con la novela o el teatro, donde es necesario urdir una estructura que soporte y dinamice el conjunto. Puede ser, pero Proust actúa de manera semejante, sin reconocer otra guía que la memoria involuntaria, que rescata, enlaza y transforma sus vivencias. Proust y Azorín se distancian conscientemente de la novela realista para facilitar el trabajo de la sensibilidad y la inteligencia, cuya síntesis no produce un relato convencional, sino un cuadro de intuiciones, sensaciones y divagaciones que se justifica por sí mismo y no por su incardinación en una trama meticulosamente planificada.

Yuste es vagamente anarquista. Considera que la propiedad es el origen de todo mal. Ni siquiera el trabajo puede legitimar que unos hombres se apropien de un bien físico o espiritual, pues nada brota del esfuerzo individual, sino de la laboriosidad anónima y colectiva de las distintas generaciones. El anarquismo de Yuste convive con una evocación nostálgica del pasado y un sincero patriotismo. Piensa que la idiosincrasia de España se forjó con el genio político de Cisneros, la literatura mística de Teresa de Jesús, el idealismo de Cervantes, los rostros alucinados del Greco y la música profunda y solemne de Tomás Luis de Victoria. Presume que esa combinación de talentos no se repetirá y que las naciones perderán su identidad, convirtiéndose en una gran masa uniforme y horriblemente monótona. La alternativa no es la desesperación romántica, sino la regeneración cultural mediante la industria y el comercio.

Discípulo de Yuste, el joven Azorín lee en “pintoresco revoltijo novelas, sociología, crítica, viajes, historia, teatro, teología, versos”. No es sistemático porque su carácter se lo prohíbe: “Lo ama todo, lo busca todo”. Se identifica con Montaigne, “un solitario y un raro”. Sin embargo, se plantea si llegará a algo o le sucederá lo que al maestro Yuste, que se ha quedado a medio camino, sin materializar sus ideas en una obra consistente. ¿Quizá su destino sea emular a Quijano, el vecino de Yecla que inventó un explosivo fallido, un artilugio inútil y absurdo? ¿Hay futuro para su sensibilidad de provincias, su extraordinario sentido del paisaje, su frase corta y lírica? ¿Podría ser un nuevo Fray Luis de León, un fino espíritu que logró interpretar la emoción del paisaje con un estilo desnudo, primitivo, prerrafaelista? Azorín flirtea con el anticlericalismo, pero cuando llega la Noche del Jueves Santo se conmueve con el “catolicismo trágico” de un pueblo austero, “sencillo y duro”. Sólo en ese contexto de devoción se puede entender que su ruptura con Justina se produzca de manera discreta y silenciosa. Justina se marcha a un convento, dispuesta a renunciar a las pompas del mundo, y, poco a poco, Iluminada, su vecina y amiga, ocupa su lugar en el corazón de Azorín. En Yecla, el amor es una pasión tranquila, sin estridencias ni conmociones.

Yuste y Azorín charlan a menudo con el Padre Carlos Lasalde, rector del colegio de los Escolapios y agudo lector de Baltasar Gracián. Sus tertulias discurren con forma de diálogo teatral, pero sin acotaciones. Este recurso difumina las barreras entre géneros establecidas por las preceptivas literarias, reacias a cualquier innovación que subvierta las reglas clásicas. Yuste argumenta con vigor, pero envidia la fe de Lasalde, según el cual una pobre mujer, un labriego o un niño superan con su devoción profunda y humilde a cualquier sabio. No obstante, le produce más admiración la vida de los insectos. Piensa que “los grillos poemáticos, cantores eternos en las augustas noches de verano” poseen una inspiración más honda que Baudelaire. Su alegría irreflexiva contrasta con la tristeza del “pobre europeo, entristecido por diecinueve siglos de cristianismo”. Embriagado por las llanuras de Yecla, el maestro Yuste anuncia que su vida declina. La muerte llama a la puerta con insistencia y se acaban los subterfugios para no franquearle el paso. Un ataúd blanco que recoge el cuerpo de una niña fallecida revela que no hay nada perenne. El óbito de Yuste precipita la marcha de Azorín a Madrid. El recuerdo de la campiña infinita acompaña al periodista en su breve aventura como columnista de periódicos de signo contrario. Su vena inconformista se convierte en laxo escepticismo, pues todas las ideologías le producen el mismo desencanto. La capital le parece una pesadilla por la que desfilan la Lujuria, el Dolor y la Muerte. Es una danza macabra y sin sentido, pues el universo avanza hacia la Nada. Su viaje a Toledo no es menos desolador. La vetusta y noble ciudad flota en la turbia atmósfera de un catolicismo enemistado con la modernidad. Las llanuras místicas de Castilla tiemblan como una hoguera, evocando los rostros angustiados del Greco, las páginas ardientes de Teresa de Jesús, el visionario cincel de Alonso Cano. Azorín desdeña el Barroco. No le agradan Quevedo, ni el hermético Góngora. Advierte más belleza y sinceridad en Berceo, el Romancero o el Arcipreste de Hita. No quiere ser otro burgués, amante del orden y las buenas costumbres, pero -aunque celebra lo inmoral- todo indica que será otro señor de provincias, previsible y convencional.

En Toledo, se entrevista con el Anciano, una emotiva recreación de Francisco Pi y Margall, efímero presidente de la Primera República Española. El Anciano le habla del positivismo de Augusto Comte, pero no logra contagiarle su fervor en el Progreso. Azorín carece de fe y carácter. Su voluntad está moribunda. Ha perdido la ambición. Su astenia contrasta con el apasionado Enrique Olaiz (una versión bastante explícita de Pío Baroja), que refuta las ideas socialistas y anarquistas con razonamientos nietzscheanos. Azorín se acerca con Olaiz a la tumba de Larra para rendirle un homenaje. Las postreras luces del crepúsculo colorean el discurso de Olaiz en el cementerio de San Nicolás, que comenta el trágico destino de los artistas que repudian la vida, tras asistir al desmoronamiento de un ideal. Azorín vuelve a Yecla, se aparta del periodismo, se casa con Iluminada y se convierte en un hombre vulgar, que vive de las rentas y acude dócilmente a la Iglesia. Sólo una cosa perdura inmutable: su amor por el paisaje, su hiperestesia para apreciar los matices de la luz, su arrobamiento ante la planicie manchega, cuya desnudez le habla del labriego castellano, callado, cenceño y profundo.

La posteridad no se ha mostrado generosa con José Martínez Ruiz, que sólo empezaría a firmar como Azorín una década más tarde, cuando su personaje adquirió una nueva luz bajo la perspectiva de su definitivo conservadurismo político y existencial. Identificado con el pensamiento de Charles Maurras, Azorín apoyó la dictadura de Franco y exaltó la figura de José Antonio Primo de Rivera, con más oportunismo que convicción. Para muchos, encarna un tipo de literatura periclitada, que apenas reflejó las innovaciones de su época, pese a su notorio interés por el existencialismo. Eugenio de Nora afirma que “es el suyo un mundo pequeño, alfeñicado, delicioso, pero no completo; y, además, detenido, estilizadamente inmóvil, fuera de todo tiempo”. Lleno de inhibiciones y rechazos –concluye Nora-, el mundo de Azorín es pura evasión de la realidad (La novela española contemporánea, 1963). Es indudable que Azorín no explora la penumbra del corazón humano, con la perspicacia psicológica de Galdós o Clarín, pero su prosa lírica estudia la materia con la mirada de un pintor que emplea vivísimas y vibrantes palabras para componer sus cuadros. Su talento para captar el instante o los cambios del paisaje sólo se repite en Gabriel Miró, que le aventaja en sensibilidad para la luz y el color, pero que carece de su inspiración para el apunte filosófico. No me parece justo hablar de inmovilidad en una literatura eminentemente biográfica, que reproduce el itinerario de un espíritu. Tampoco creo que su estilo carezca de lugar en el presente, pues nunca necesitó tanto nuestra literatura plumas con su ambición plástica. Azorín asimila la lección de fenomenología, acudiendo a las cosas mismas, sin aceptar la mediación del concepto. Probablemente no leyó –o leyó de forma incompleta- a Nietzsche, Schopenhauer o Kant, pero esa carencia es el pecado de su generación, que habló de oídas, como ha apuntado Gonzalo Sobejano en Nietzsche en España (1967). Las ideas de los grandes pensadores circulaban por las tertulias, pero escaseaban las traducciones y muy pocos dominaban el alemán. Ese hecho no disminuye el valor de las intuiciones de Azorín, que dinamitó los géneros, acercando la novela al ensayo y el ensayo a la novela. Ningún autor de su tiempo logró este equilibrio, alumbrando novelas tan meritorias como La voluntad. La voluntad no pertenece al terreno de la arqueología. No es una novela para profesores o historiadores de literatura, sino una obra que se plantea las mismas preguntas que nosotros: ¿Puede atribuirse alguna finalidad al universo o sólo es una combinación de azar y necesidad? ¿Es posible amar, sin renunciar a una parte de nuestro yo? ¿Es la belleza algo objetivo o un simple fenómeno de la percepción -y elaboración- intelectual? ¿Puede España subirse al tren de la modernidad, sin renunciar a la tradición que ha configurado su identidad? ¿Existe el progreso histórico y moral o nos hemos estancado en la crueldad? ¿Vivimos en la era posterior a la muerte de Dios? Azorín no proporciona respuestas. Se limita a expresar su perplejidad. Y esa perplejidad es la inequívoca prueba de su actualidad. Espero que el tiempo haga justicia con un clásico injustamente confinado en el desván de nuestras letras. Pocos autores han planteado con tanta clarividencia el conflicto entre el arte, que postula la excelencia, y la vida, apegada a la inmediatez y a lo imperfecto.

RAFAEL NARBONA 

Publicado en El Cultural (21-09-2016). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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VIAJE A LOS BAJOS FONDOS DE NUEVA YORK

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Fotografía de Weegee

Nueva York es un mito moderno. No es una ciudad más, sino una gigantesca urbe que actualmente ocupa el centro de la historia. Hay otras ciudades importantes que ejercen una poderosa seducción, pero ninguna posee la fuerza simbólica y efectiva de un espacio que reúne el esplendor y la miseria de nuestra civilización democrática, con sus cambios vertiginosos y su resistencia a mirar hacia atrás. Luc Sante ha escrito un inspirado ensayo sobre los bajos fondos de Nueva York, abarcando el período comprendido entre 1840 y 1919. Manhattan, sus muelles, sus arrabales y los barrios marginales desfilan por una obra que no oculta su aprecio por la ciudad: «Nueva York es una ciudad, pero también es una criatura, una mentalidad, una enfermedad, una amenaza, un imán». Nueva York no muestra mucho interés por su pasado, pero sus bajos fondos ya forman parte de una mitología que no cesa de crecer. El Bowery, Satan’s Circus, Hell’s Hundred Acres, Hell’s Kitchen o Five Points no son simples referencias geográficas, sino lugares que no cesan de alimentar la imaginación de literatos, directores de cine y artistas. Las grandes fortunas han configurado el paisaje urbano, levantando rascacielos, museos y monumentos, pero la verdadera historia, la historia profunda y no visible, ha sido escrita por «las almas sin descanso de los pobres, los marginados, los desposeídos, los depravados, los tarados, los contumaces».

Durante su juventud, Luc Sante vivió en el Lower East Side. En esa época, Nueva York bordeaba la bancarrota y «parecía casi rural en su lenta desolación, y, a su manera, invitaba a la meditación igual que las ruinas de Grecia y Roma». Con los bolsillos vacíos, Sante no lamenta sus apuros económicos. Diez años de precariedad le enseñaron a ser más imaginativo e inconformista. El yeso moribundo, las tuberías medio rotas y una calefacción parcialmente colapsada incitaron su deseo de investigar sobre los peores agujeros de la ciudad, como el Foso de las Ratas, el Kit Burns o el Suicide Hall. Organizado en cuatro partes, Bajos fondos empieza su recorrido abordando las condiciones materiales de las viviendas y la apariencia de las calles. La primera parte se centra en Broadway y el Bowery. Broadway fue la primera avenida con aceras, casas numeradas y alumbrado de gas. Poco a poco, desaparecieron las residencias particulares. Aunque necesitó mucho tiempo para librarse de sus bajos fondos, Broadway, con sus teatros y comercios, se convirtió en una vía respetable y llena de glamour. Por el contrario, el Bowery, la célebre vía del sur de Manhattan, situada entre Chinatown y Little Italy, adquirió una mala fama perdurable, con sus burdeles, tabernas de mala muerte, pensiones con chinches, casas de empeño sin escrúpulos, salones de tatuajes y mercadillos de objetos robados. La ciudad avanzó sobre la naturaleza, eliminando hasta el último vestigio del paisaje original. Las viviendas que surgieron no se caracterizaron por su salubridad: hacinamiento, sótanos sin ventilación, una tina de agua para cada 1.321 familias. Las pensiones ofrecían desde un catre, una taquilla y un biombo (veinticinco centavos) hasta un sitio en el suelo (cinco centavos). Los patios de luces apenas aliviaron la situación, pues enseguida empezaron a utilizarse como basureros, y los alféizares se cubrieron de excrementos de pájaro. El panorama de las calles no era mucho mejor. A principios de siglo, se calcula que cada día se vertían 1.130 toneladas de excremento y 227.000 litros de orina. Esta inmundicia convivía con las formas más humildes de supervivencia, representadas por dos oficios particularmente penosos: vender maíz caliente o servir de «hombre-sándwich». Las vendedoras de maíz caliente casi siempre eran jovencitas o niñas. Encarnaban la idealización de la pobreza: «Simbolizaban el esfuerzo virtuoso, no exento de un aura sensual de disponibilidad, una especie de prostitución expurgada». Los hombres que compraban mazorcas asadas fantaseaban con experiencias sexuales raramente materializadas. Los «hombres-sándwich», u hombres anuncio, ocupaban el escalafón más bajo de la sociedad. Casi siempre eran alcohólicos o tísicos que, paradójicamente, anunciaban buenas cenas, calzado de lujo, salones de baile o trajes de fino paño. Al margen del oficio, en el Bowery la supervivencia dependía de la palabrería, «un arte que combinaba aspectos del charlatán de feria y la arenga del predicador, el verbo del embaucador y una especie de monólogo improvisado».

La segunda parte de Bajos fondos habla de las distintas formas de evasión: el teatro, con su público brutal e incívico, que rugía, maldecía y escupía; el cabaret, el ragtime y el boxeo; las peleas de perros, gallos, ratas y osos, con grandes dosis de crueldad; las tabernas que vendían licor mezclado con alcanfor; los fumaderos de opio; el tráfico de morfina, cocaína y la heroína, sintetizada y comercializada por Bayer en 1896, el mismo año en que lanzó la aspirina; los juegos de azar, casi siempre fraudulentos (como el faro) y la prostitución. La tercera parte de la obra es quizá la más deslumbrante, pues narra la historia de las bandas más violentas de Nueva York, como los Dead Rabbits y los Bowery Boys. Los Dead Rabbits contaban con Hell-Cat Maggie, una pendenciera mujer que usaba uñas falsas de latón y que se afiló los dientes incisivos hasta dejarlos en punta. Las bandas protagonizaron feroces peleas, disputándose el control de ciertas zonas y negocios. Algunas escaramuzas devinieron en batallas, con barricadas, toda clase de armas blancas y de fuego, e incluso cañones. Las bandas afianzan su poder con la colaboración de picapleitos dispuestos a retorcer las leyes hasta conseguir una sentencia favorable. El estilo de los Bowery Boys era inconfundible: bombín color perla y ladeado sobre una oreja, llamativo traje de cuadros y chaqueta ceñida, camisa rosa a rayas y, en invierno, una gabardina gruesa y ancha, que permitía esconder las armas. Ningún rufián podía sobrevivir sin ellas. A pesar de su joroba, Humpty Jackson era un hombre terrible, que nunca se separaba de sus tres pistolas. Una viajaba en su bolsillo, otra en su chepa, y la tercera en su sombrero de copa. Su temperamento camorrista no estorbaba a una inaudita curiosidad intelectual, que le hacía frecuentar los libros de Voltaire, Spencer, Darwin y Huxley. Se rumoreaba que sabía latín y griego. Monk Eastman fue otro granuja insólito. Amante de los gatos y las palomas, los dibujos de la época probablemente exageran sus rasgos, atribuyéndole una cabeza con forma de bala, la nariz rota, el rostro surcado de cicatrices, cejas espesas y cuello de toro. Siempre aparece con un bombín pequeño, y el pelo largo y descuidado.

Las bandas competían en servicios, ofreciendo distintas tarifas. En 1914, un asesinato a balazos costaba unos quinientos dólares. Los precios eran negociables y obedecían a la ley de la oferta y la demanda. La policía no hacía nada para reducir los índices de violencia, pues actuaba con enorme brutalidad y, en la mayoría de los casos, aceptaba sobornos. Los políticos alimentaban esta espiral de degradación mediante su conducta venal. No defendían principios ni ideas, sino turbios intereses. Según Luc Sante, la política era «una variedad del vicio a medio camino entre el juego y la prostitución, un juego para los poderosos y una aflicción por los débiles». Las votaciones se decidían mediante la compra de votos, la falsificación de los resultados y las palizas a quienes pretendían obrar libremente. Tammany Hall fue el grupo de presión más poderoso e influyente durante décadas. En realidad, no era un círculo de políticos, sino una «oligarquía de bribones», casi tan depravada como la recua de predicadores que se deslizaban subrepticiamente en los tugurios, con el pretexto de denunciar su inmoralidad. En ese sentido, no se diferenciaban demasiado de los mirones que se acercaban a Chinatown, con la esperanza de disfrutar del espectáculo de una existencia peligrosa y miserable.

La última parte de Bajos fondos habla de esos seres invisibles que nacen y mueren silenciosamente, olvidados de todos: huérfanos, locos, mendigos, epilépticos, alcohólicos, drogadictos. En 1849 se estima que había cuarenta mil niños sin hogar en Manhattan. Las familias pobres no podían alimentar a sus vástagos, que apenas superaban la lactancia. A una edad inverosímil, los niños se arrojaban a la calle a luchar por su subsistencia. Los más afortunados lustraban botas o vendían periódicos. El resto se integraba en bandas, cometiendo toda clase de fechorías. Muchos se prostituían por unos centavos. La mayoría no superaba los quince años. La malnutrición, las enfermedades y los asesinatos segaban tempranamente unas vidas marcadas por la desdicha. Quienes alcanzaban la edad adulta, muchas veces se convertían en mendigos abocados a dormir en túneles inutilizados, puentes semiderruidos o camuflados entre los escombros. En ocasiones, los artistas bohemios compartían su destino, como Edgar Allan Poe, que murió en las calles de Baltimore, en circunstancias sin esclarecer, después de una monumental borrachera. De hecho, cuando se recogió su cadáver, las autoridades lo confundieron con un vagabundo.

La pobreza, la explotación laboral y la marginación se combinaban para causar importantes disturbios en el Nueva York del siglo XIX, pero ninguno alcanzó la categoría de revolución social. Los Disturbios del Reclutamiento constituyeron la explosión de rabia más grave que sacudió la ciudad. Lincoln solicitó el alistamiento de setenta mil hombres mediante un sistema de lotería, dejando la posibilidad de eludir la movilización mediante el pago de trescientos dólares, una cantidad inaccesible para la clase trabajadora. De forma espontánea, una multitud se lanzó a quemar edificios y linchar a negros, policías y políticos. Sólo la intervención de la Guardia Nacional pudo frenar la oleada de saqueos y asesinatos. Durante los enfrentamientos, perdieron la vida dos mil civiles, cien afroamericanos y un centenar de policías y militares. La ciudad de Nueva York se ha esforzado en borrar cualquier huella del trágico incidente, avergonzada de los estragos causados por el estallido de ira de unas masas maltratadas por la ignorancia, los abusos y la falta de expectativas.

Luc Sante finaliza su ensayo con una reflexión poética sobre la noche: «La noche es el almacén de los asuntos pendientes en Nueva York. Es la miga de su historia secreta, el monumento a sus víctimas y a sus fracasos, de sus depredadores y sus policías. Es el momento de la inversión y del desgobierno, la provincia del vicio y la intemperancia, de la miseria y del infortunio. […] La noche se olvida y se repite sin cesar. Es gloriosa y es vecina de la muerte». Bajos fondos es un espléndido ensayo. No pretende ser una novela, pero se lee como un apasionante relato, con una trama bien urdida y unos personajes fascinantes. La prosa, limpia de retórica, discurre con agilidad y transparencia, lejos de la densidad y el hermetismo del posestructuralismo. Sante no es Foucault, ni pretende imitarlo. Su estilo se inscribe en la tradición de los libros de viajes, pero en este caso el viaje sólo es parcialmente un recorrido físico, pues la travesía incluye un descenso a un infierno nada mítico, un infierno humano, ferozmente humano, que muestra por qué nuestra especie vive a medio camino entre lo bello y lo terrible.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (19-09-2016). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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MATHIAS ENARD: BRÚJULA

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Palmira, Siria, 1966. Foto de George Rodger, Magnum.

Oriente representa el misterio, la belleza, lo incomprensible, lo radicalmente otro. Occidente contempla con fascinación y estupor un conjunto de culturas que escarnecen su racionalismo, privilegiando lo sensual, místico e intuitivo. Mathias Enard (Niort, Francia, 1972) ha explorado ese contraste en Brújula, una excelente novela galardonada con el Premio Goncourt. No es sencillo confrontar dos formas de interpretar lo real sin caer en tópicos y simplificaciones. Enard ha sorteado brillantemente ese riesgo, cediendo la palabra al imaginario musicólogo Franz Ritter, que convierte una noche de insomnio en una deslumbrante evocación de sus experiencias en Estambul, Damasco, Palmira o Teherán. Incapaz de conciliar el sueño, su mente reúne a escritores, músicos, pintores, amigos y amores en una interminable secuencia, donde prevalece la figura de Sarah, una mujer a la que ama desde hace veinte años. Con una grave enfermedad como telón de fondo, Ritter reconstruye su peripecia vital, mezclando viajes, lecturas y relaciones personales. Surge de este modo un rico mosaico que contiene los elementos esenciales de Oriente Próximo, una región que ha conocido sucesivamente la prosperidad material, el esplendor cultural y la intervención colonial.

Franz Ritter no es un observador complaciente, sino una voz implacablemente crítica, que no ignora o minimiza las miserias de la colonización: “Europa ha socavado la Antigüedad bajo los sirios, los iraquíes, los egipcios; nuestras gloriosas naciones se han apropiado de lo universal a través de su monopolio de la ciencia y la arqueología”. Ritter admite su parte de culpa en ese expolio, pues ha sucumbido al hechizo de lo arcano y milenario. Los objetos le resultan más tranquilizadores que las personas, cuyos afectos soportan grandes dosis de inconstancia e inestabilidad. Sarah le enseña que la belleza y la muerte conviven estrechamente, confundiéndose en muchas ocasiones en un turbio y ligero aleteo. Aparentemente, la colonización pertenece al pasado, pero sus consecuencias aún devastan el presente. Hace pocos años, parecía inimaginable pensar que Alepo ardería, que miles de refugiados huirían de las bombas, que Palmira quedaría reducida a ruinas. Ritter describe Irán como el “territorio del dolor y de la muerte, donde todo, hasta las amapolas, flores de martirio, era rojo sangre”. La metáfora puede extenderse a la totalidad de Oriente Próximo, un espacio donde el arte y la guerra se suceden como movimientos de una sinfonía fatal.

Fumador de opio, Ritter posee una memoria portentosa que encadena lecturas apasionadas al filo de la madrugada, paseos melancólicos por ciudades tibiamente iluminadas por el crepúsculo y audiciones en salas de conciertos que insinúan el fracaso de cualquier versión, irremediablemente alejada del sonido alumbrado por el compositor. Los arabescos de un amor enredado en las distintas etapas de una vida errante sirven de guía en una novela deliberadamente digresiva, que no discrimina entre vivencias estéticas y experiencias biográficas. Para Ritter, el arte no es un complemento de la vida, sino la trama que ordena los hechos, imprimiéndoles un sentido. La alteridad de Oriente sería inasequible sin la poesía o la música, que actúan como llaves esclarecedoras. Kafka no es un escritor, sino un visionario, que advierte la trascendencia de la palabra. La palabra apunta hacia un más allá que sólo puede atisbarse de forma incompleta y difusa. Un más allá que también flota en una larga noche de insomnio, mostrando que el universo es una constelación de signos, con un significado cambiante.

Ritter sostiene que “Oriente es una construcción imaginaria”. Cada observador nos proporciona una imagen diferente. Todas son parcialmente verdaderas y relativamente falsas. Sólo el tiempo es inapelable, pues “nunca da un paso atrás, nunca vuelve sobre sus pasos”. No es una reflexión pesimista, sino un canto al “tibio sol de la esperanza” que nos aconseja seguir la brújula de nuestros sentimientos. Sólo el amor puede unificar un mundo disperso y dividido. Sarah afirma que un momento de amor es suficiente para experimentar la unidad con el Todo. Y el amor no es identidad, sino “mezcolanza, diásporas”. Mathias Enard es un narrador de la estirpe de Sherezade, que encadena una historia tras otra, sin naufragar en el tedio o la redundancia, pero que no se conforma con contar. Brújula posee el aliento de las grandes novelas, que abordan sin miedo los grandes temas, como el amor, la muerte o incluso Dios. Su mejor cualidad es una prosa poética, profunda, poliédrica, rebosante de ingenio y de extraordinaria plasticidad, con el timbre de una partitura musical.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (09-09-2016). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA, OCHENTA AÑOS DESPUÉS

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Guerra civil española. Fotografía de Agustí Centelles

Hace ochenta años, la guerra civil española destruyó la ilusión de una modernización política basada en ideales laicos y republicanos. La coalición encabezada por Manuel Azaña no pretendía llevar a cabo una revolución, sino consolidar las reformas del bienio reformista. Aunque contaba con el apoyo del sector moderado del PSOE, liderado por Indalecio Prieto, y del Partido Comunista, que consideraba prioritario frenar el fascismo mediante alianzas estratégicas, el Frente Popular planteaba medidas moderadas, no revolucionarias. Su programa –o declaración de intenciones– proponía una explotación más racional e igualitaria del sector agrícola, el acceso al crédito de las capas sociales más desfavorecidas, la erradicación del analfabetismo mediante la creación de nuevas escuelas y una descentralización del gobierno que permitiera mayor autonomía regional. Nunca se habló de Estado plurinacional y, menos aún, del derecho de autodeterminación. A diferencia de los falangistas, la izquierda republicana no preconizaba la nacionalización de la banca o la expropiación de los grandes latifundios, sino el fin de las rentas abusivas y los desahucios, así como el derecho a compra de los antiguos arrendatarios. Los anarquistas no se mostraron hostiles con el Frente Popular, pero es evidente que su programa no satisfacía los anhelos del «comunismo libertario». De hecho, no tardaron en manifestar su decepción, acusando al nuevo Gobierno de aplicar una «política burguesa».

El desencanto de la izquierda revolucionaria no fue tan agresivo como las maniobras de la derecha católica y tradicionalista. Gil-Robles y Calvo Sotelo afirmaron que Azaña y sus ministros trabajaban al servicio de la Unión Soviética, preparando una «revolución bolchevique» cuya finalidad era acabar con Dios y con España. Esas palabras sólo constituyeron el preámbulo de una serie de atentados que intentaron liquidar el orden constitucional. El 12 de marzo, un comando de pistoleros falangistas intentó matar al notable jurista Luis Jiménez de Asúa, diputado socialista y uno de los padres de la Constitución de 1931. No lograron su objetivo, pero acabaron con la vida de su escolta, Jesús Gisbert. El 13 de abril mataron al magistrado Manuel Pedregal, que había condenado a algunos de los falangistas implicados en el atentado contra Jiménez de Asúa. Los revisionistas que justifican la rebelión militar aseguran que la «primavera trágica» de 1936 no dejó otra alternativa, pues era la única manera de restablecer el orden y evitar que España se convirtiera en un «satélite de Moscú». Ese argumento omite que la derecha desempeñó un papel esencial en la desestabilización del incipiente Gobierno del Frente Popular, utilizando la prensa para incitar a la violencia. Falangistas y requetés se limitaron a ejecutar una campaña orquestada para provocar la caída de la coalición liderada por Azaña. La primavera de 1936 fue trágica, pero no se caracterizó por una violencia simétrica. Entre febrero y julio, perdieron la vida doscientas sesenta y dos personas. El mes más cruento fue marzo, con noventa y tres muertes. Ciento cuarenta y ocho víctimas militaban en la izquierda. Cincuenta procedían de la derecha y diecinueve pertenecían a las fuerzas de orden público. Se desconoce la filiación política de cuarenta y cinco. No está de más establecer un paralelismo con una situación de nuestra historia reciente. En 1980, ETA cometió cuatrocientos ochenta atentados y asesinó a ochenta y nueve personas. Su campaña de terror causó –además– cuatrocientos treinta y dos heridos, doscientas explosiones, veintidós secuestros, dos asaltos a cuarteles, más de doscientos cincuenta incendios y al menos cien amenazas de bomba. Es un cuadro sobrecogedor, pero que en ningún caso justifica el fallido golpe de Estado de febrero de 1981. En este caso, la responsabilidad moral recae en el independentismo vasco de ideología marxista-leninista. En la primavera de 1936, la violencia no fue unidireccional, sino múltiple y compleja, pero lo cierto es que el clima de crispación e inseguridad no puede atribuirse a las políticas –apenas esbozadas– del Frente Popular, sino fundamentalmente a la resistencia de la derecha a perder el poder.

La interpretación del pasado es una cuestión esencial para la convivencia, particularmente cuando se trata de hechos históricos que han representado una catástrofe moral para una sociedad. Lejos de ser un capítulo cerrado, la guerra civil española ejerce una poderosa influencia en el presente, despertando pasiones y enconos. La paz y la reconciliación no pueden construirse por medio de mitos y mentiras, falsificando los hechos. Desde hace varios años, se intenta rehabilitar la dictadura franquista de una forma más o menos velada. Se presenta la rebelión militar de 1936 como una respuesta necesaria al presunto radicalismo de una izquierda revolucionaria y antidemocrática. Se cuestiona el número de víctimas de matanzas tan escandalosas como la de Badajoz y se destacan los logros económicos del régimen, insinuando que establecieron las bases del cambio político y social. Esa perspectiva sería inimaginable en Alemania e Italia, que vivieron bajo la bota del fascismo durante un período más breve, pero no menos destructivo. Impugnar el revisionismo que absuelve al franquismo de un genocidio, no comporta justificar o ignorar la represión del bando republicano, aduciendo que la masacre del clero y los sectores más conservadores constituyó un fenómeno inevitable en una época marcada por la desigualdad y la explotación laboral del campesinado. Sin embargo, hay indudables diferencias. Según Antony Beevor, «el número de víctimas del terror en zona republicana durante el golpe de Estado y la Guerra Civil sería de unas treinta y ocho mil personas, casi la mitad de ellas asesinadas en Madrid (8.815) y Cataluña (8.352) durante el verano y el otoño de 1936» (La guerra civil española, trad. de Gonzalo Pontón, Barcelona, Círculo de Lectores, 2005, p. 127). En cambio, «la represión franquista durante la guerra y la posguerra podría situarse alrededor de las doscientas mil víctimas, cifra que no desacredita del todo los cálculos del general Gonzalo Queipo de Llano y Sierra, cuando juró “por mi palabra de honor y de caballero que por cada víctimas que hagáis, he de hacer lo menos diez”» (op. cit., p. 139).

Franco declaró que ganaría la guerra a cualquier precio y, una vez en el poder, anunció que la represión duraría hasta aniquilar completamente a al adversario. El 19 de mayo de 1939 dejó muy claras sus intenciones durante el discurso pronunciado el Día de la Victoria: «No nos hagamos ilusiones: el espíritu judaico que permitía la alianza del gran capital con el marxismo, que sabe tanto de pactos con la revolución antiespañola, no se extirpa en un día, y aletea en el fondo de muchas conciencias». No sabemos hasta dónde habría llegado la represión, sin la derrota del Eje en 1945. En 1940, había casi cuatrocientos mil presos republicanos, condenados o a la espera de juicio. Muchos salvaron la vida gracias al desenlace de la Segunda Guerra Mundial, que convirtió a la España de Franco es una anomalía histórica. Las vengativas arengas de Franco, justificando la represión en aras de la pacificación del territorio conquistado, contrastan con las declaraciones de las autoridades republicanas. El 3 de octubre de 1936, Julián Zugazagoitia, diputado socialista y ministro de la Gobernación entre mayo de 1937 y abril de 1938, aprovechó su condición de director de El Socialista para condenar los crímenes de la retaguardia republicana: «La vida del adversario que se rinde es inatacable; ningún combatiente puede disponer libremente de ella. ¿Que no es la conducta de los insurrectos? Nada importa. La nuestra necesita serlo». Exiliado en París después de la guerra, Zugazagoitia fue detenido por la Gestapo y entregado a las autoridades españolas. Durante el Consejo de Guerra celebrado el 21 de octubre, el fiscal reconoció que no había cometido ningún delito, pero lo acusó de «inducir a la revolución» por el simple hecho de ocupar un cargo político. Notables franquistas, como el escritor Wenceslao Fernández Flórez, el falangista Rafael Sánchez Mazas, la viuda de Julio Ruiz de Alda y Antonio Lizarra, capitán de los requetés carlistas, testificaron que Zugazagoitia había salvado muchas vidas, librando a buen número de monjas y sacerdotes de la violencia de las milicias anarquistas. No sirvió de nada. Zugazagoitia fue fusilado el 9 de noviembre junto con otros catorce republicanos en el cementerio madrileño del Este. Entre sus compañeros de infortunio se hallaba el mordaz periodista Francisco Cruz Salido. Se dice que Franco se negó a conmutar la pena de Salido por el carácter satírico de sus artículos. Ni siquiera se planteó el indulto de Zugazagoitia, pues su intención era descabezar a las fuerzas políticas de signo opuesto. Un desconocido (probablemente, un derechista influyente) encargó y pagó una sepultura para Salido y Zugazagoitia, que consistió en una lápida con un relieve de granito con forma de libro abierto con los nombres de los dos ejecutados. El benefactor registró la tumba a nombre de Sabina Marroquina. Hasta ahora han fracasado todos los intentos para descubrir su identidad.

Ochenta años después del alzamiento militar del 18 de julio de 1936, no hay argumentos sólidos para minimizar las políticas de exterminio de los golpistas. Franco, un general mediocre y tristemente reaccionario, trasladó a España las tácticas de guerra empleadas en Marruecos, inspirándose en la «gesta de la Reconquista». No ofreció tregua ni cuartel, pues su intención era extenuar y aniquilar al enemigo, sembrando el terror. El terror también existió en la «zona roja», con sus checas, paseos y ejecuciones masivas, pero ni los crímenes cometidos por las milicias revolucionarias, ni la responsabilidad de la Junta de Defensa de Madrid en las matanzas de Paracuellos, restan un ápice de horror a una dictadura que torturó y fusiló sin piedad a sus enemigos reales o imaginarios durante cuatro décadas. Franco gobernó mediante el miedo, prolongando el bando de guerra hasta 1948 y proclamando el estado de excepción ante cualquier expresión de protesta. Los piquetes de fusilamiento y el garrote vil funcionaron hasta el último aliento del régimen. No creo que la victoria de la República en la Guerra Civil hubiera desembocado en un Estado totalitario de ideología comunista, pero está claro que sublevación militar exacerbó la impaciencia de quienes reivindicaban una insurrección armada para poner fin a las desigualdades sociales. El pronunciamiento sólo agravó la polarización de la sociedad, impidiendo que nuestro país se convirtiera en una democracia de corte europeo. Incluso hoy perviven las heridas del conflicto en forma de mitos y falacias. La izquierda idealiza la resistencia republicana, eludiendo la cruel represión de la retaguardia, y la derecha intenta limpiar la cara al régimen franquista, rebajando la cifra de ejecuciones y exagerando los problemas de orden público de la España del Frente Popular.

Los ideales laicos y republicanos podrían haber configurado una historia diferente, sin revoluciones ni asonadas castrenses. Dicen que Ortega y Gasset votó al Frente Popular, tachando todos los nombres, salvo el de Julián Besteiro. No sé si es cierto o sólo es una leyenda, pero creo que su gesto apunta en la dirección acertada. Desgraciadamente, el reformismo perdió la batalla. Sin embargo, el tiempo le ha dado la razón, mostrando que la convivencia democrática es la única alternativa razonable.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (16-09-2016). Del blog Viaje a Siracusa. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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