MAKS EN NUEVA YORK (11 DE SEPTIEMBRE DE 2021)

febrero 8th, 2012

Para el rapero y cantautor Pablo Hasél, acusado injustamente de terrorista por ejercer la libertad de expresión y comprometerse con el socialismo y la autodeterminación de los pueblos. 

1

Cuando Vanessa invitó a Maks a Nueva York, le preguntó si era supersticioso:

-¿Yo? En absoluto.

-Pues entonces no te importará que te saque el billete para el 11 de septiembre. Ya sé que es el vigésimo aniversario del atentado contra las Torres Gemelas, pero no creo que pase nada. En esas fechas, mi marido estará de viaje de negocios y no es que me importe el dinero, pero las compañías aéreas hacen descuentos. Nadie quiere sobrevolar la ciudad ese día. Tienen miedo, pero yo sé que tú no te asustas fácilmente. ¿No es así, corazón?

Maks titubeó un momento, pero sólo necesitó recordar las fotos que le había enviado Vanessa por correo electrónico para disipar sus dudas. En la primera aparecía desnuda sobre unas sábanas alborotadas, con una mirada incendiaria. En la segunda abría la boca, insinuando que podría engullir un pene descomunal sin ningún problema.



-No me preocupan los terroristas –respondió Maks con aplomo-. Las pasé putas en el colegio y sobreviví. La patada en los huevos es mi especialidad. Me ha salvado de muchos apuros. Te aseguro que puedo enfrentarme a cualquier cosa. Y por ti, subiría desnudo al Empire State Building.

-¡Guau! –exclamó Vanessa-. Así me gusta. Ya sabía que no me equivocaba. Seguro que en la cama eres como Bruce Willis: Duro de matar. Tendrás que dármelo todo, papi. Te comeré enterito. Empezaré por tus piececitos. Seguro que están muy ricos.

El resto de la conversación consistió en un largo monólogo de Vanessa explicándole lo que haría con él en su dormitorio:

-Te haré sufrir, papaíto. Bailaré desnuda para ti, sin dejar que me toques. Después, te haré una mamada que no olvidarás. Del gusto se te pondrán los ojos en blanco y babearás como un recién nacido.

Maks tragó saliva con dificultad. La metáfora no le agradaba demasiado. Babeante, con los ojos en blanco y empalmado parecería un zombi que regresaba de la tumba. Ya había conocido a muchas chifladas y se preguntaba si Vanessa no pertenecería a esa categoría. Aún no había olvidado la historia de Valeria, que le obligó a ponerse un pañuelito rojo, unas botas tejanas y un sombrero de vaquero para echar un polvo. Ni siquiera logró correrse, pues en el momento más inoportuno apareció el marido, un narcotraficante mexicano, que le encerró en un maletero y no le pegó dos tiros de milagro. Su mente le insinuaba que se estaba metiendo de nuevo en un lío, pero sus hormonas le pedían que se olvidara de la sensatez. Además, su autoestima se había disparado al ser comparado con Bruce Willis.


-Estaremos encerrados una semana en mi alcoba –continuó Vanessa-. Te gustará. Tengo espejos en el techo. Podré ver cómo suben y bajan tus nalgas, mientras me follas sin piedad. No beberemos, no comeremos, no dormiremos. ¡Umm! ¡Qué rico! Sólo haremos el amor salvajemente. Te pediré que me rompas el culo. Sin lubrificantes ni cremas. En seco. La piel de tu prepucio se desprenderá como la camisa de una serpiente.

-Estoy operado de fimosis.

-No importa. El placer será aún mayor. El glande explotará como una bombilla enchufada a una red de alto voltaje. Nos quemaremos juntos o, mejor aún, nos electrocutaremos. Será genial.

Vanessa soltó una carcajada, celebrando su ocurrencia.

Maks se rascó la nuca, algo preocupado. “¡Está loca! ¡Loca perdida! ¿De dónde saca esas cosas? ¿Por qué no le cuelgo el teléfono?”

-¿A qué te dedicas, Vanessa? –preguntó, intentando disimular su perplejidad y espanto.

-No trabajo. Mi única ocupación es ir de compras y engañar al idiota de mi marido- contestó con naturalidad-. Pero también escribo poemas. Me gusta Paulo Cohello. Tengo tatuada una de sus frases en mis nalgas: “¿Cuándo entra la luz en una persona? Cuando la puerta del amor está abierta”. Hice que me tatuaran la pregunta en la nalga izquierda y la respuesta en la derecha. Mi marido no sabe apreciarlo, pero mis amantes se ponen muy burros cuando la leen. Será porque yo siempre les dejo entrar por la puerta de atrás.

Vanessa soltó otra carcajada y Maks correspondió con otra, preguntándose si hablaba en serio o le tomaba el pelo. “Chiflada, rotundamente chiflada”, masculló, intentando olvidarse de las alarmas, que se habían encendido en su cerebro, advirtiéndole de que se deslizaba hacia una zona altamente peligrosa.

-Si te apetece, puedo disfrazarme de enfermera y tú me quitas la faldita y la cofia. Podrías ser mi paciente y yo la enfermera que te pone las inyecciones. Si quieres, te puedo tomar la temperatura. Te metería el termómetro en el culito. A lo mejor te gusta.


-No me gusta que me metan cosas en el culo –resopló Maks, atragantándose con las palabras.

-¿Ya lo has probado, pillín? Conmigo no hace falta que disimules. Me gusta hacer de todo. Nunca digo que no a una experiencia nueva. Me gustan las cosas raras, insanas, enfermizas. Soy muy viciosa, papi.

Maks recordó el consolador XXL de Valeria, intentando abrirse paso por su intestino grueso y notó que un sudor frío le estremecía la espalda.

-No, no lo he probado. Y tampoco me gustan los disfraces.

-¡Ay, papi! ¡Qué serio eres! Puedo enfriarme. ¿No desearás eso, verdad? Aunque vivieras cien años, no tendrías tiempo para lamentarlo.

-Sólo quiero dejar las cosas claras.

-No te enfades, papi. No planificaremos nada y dejaremos que fluya nuestra energía positiva. A veces nos da miedo lo desconocido, pero en lo desconocido está la felicidad. Como dice Paulo Cohello, “Nunca desistas de un sueño. Sólo trata de ver las señales que te lleven a él”. Yo soy tu sueño, Maks. No dejes que ningún temor te desvíe de mí.

Maks se rascó la nariz, preguntándose si merecía la pena escuchar tantas tonterías. Sin dejar el auricular, movió el ratón del ordenador y abrió el archivo donde guardaba las fotos de sus ligues en las redes sociales. Tenía contactos en los cinco continentes: Australia, Hawái, Hong Kong, Moscú, Bucarest, París, Londres, México, Sudáfrica, Los Ángeles, Israel, Albania, Groenlandia. Antes o después, todas le enviaban fotos provocadoras, eróticas o pornográficas. Vanessa merecía un lugar destacado en su colección. Su trasero era enorme y sensual y sus pezones de color café parecían dos misiles intercontinentales. No se cansaba de observarlos y a veces le ayudaban a pasar un buen rato. También le habían causado un pequeño disgusto. Alertada por sus gemidos, su madre se levantó de la cama una noche, pensando que su hijo había sufrido un accidente. Al oír la puerta, Maks se tapó con un cojín, alegando que le dolía el estómago. Logró abrocharse el pantalón, sin que la cremallera dejara su huella en una erección particularmente tenaz. Su madre no se dio cuenta de nada, pero le obligó a beberse un mejunje asqueroso, una receta tradicional capaz de aliviar cualquier “problema de la tripa”. Maks aún recordaba las arcadas.

-¡Papiiii! –gritó Vanessa, al otro lado del teléfono-. ¿Te saco el billete para el 11 de septiembre o no? Al final pensaré que tienes miedo.

-No tengo miedo –contestó Maks-. Puedes sacar el billete, pero te advierto que no me gustan las rarezas. En algunas cosas, soy muy tradicional.

-No te preocupes, papi. Todo será maravilloso. Nos vemos dentro de una semana. Nueva York te abrirá los brazos y yo mi corazón. Deberías estar dando saltos de alegría.


Maks se quedó pensativo. Abrió la ventana de su cuarto y contempló el atardecer en el Parque de Andalucía: el estanque que serpenteaba por las praderas de césped reflejaba el rojo anaranjado de un septiembre caluroso. Unos adolescentes practicaban boxeo tailandés delante de unas chicas embobadas, que festejaban cada porrazo. Los aficionados a los coches teledirigidos disputaban las últimas vueltas de un carrera, intentando restar décimas de segundo en cada giro. De repente, descubrió una silueta familiar. Parecía Rafa Narbona. No era posible. Su antiguo profesor de filosofía odiaba salir de casa. Se pasaba el día en la cama, rodeado de gatos, enganchado a las novelas policíacas y al cine clásico de Hollywood, repitiendo en voz baja las frases que había memorizado inconscientemente, después de ver cada película al menos una docena de veces. Se comunicaba con el mundo exterior mediante un ordenador portátil y sólo cuando se encontraba de buen humor, cogía el teléfono. Maks aguzó la vista y comprobó que sus ojos no le habían engañado: el pelo blanco, las gafas de pasta negra, el scooter con el asiento tapizado con una tela de cuadraditos negros y blancos, las zapatillas a juego, con los cordones desabrochados. No pudo contenerse. Algo preocupado, bajó las escaleras, cruzó la calle y se acercó a Rafa Narbona, que se había sentado en un banco y observaba el atardecer con ojos melancólicos.

-¿Qué haces aquí? –preguntó Maks, abrazándole con afecto-. Es increíble que te hayas decidido a salir de tu cueva.

-¡Maks, muchacho! ¡Qué alegría! Estaba a punto de llamarte por el telefonillo, pero me he entretenido mirando a la gente. Casi no recordaba el aspecto de un parque en un día festivo. Hoy es domingo, ¿verdad?

-¡Enhorabuena! Casi nunca recuerdas el día de la semana. Estás restableciendo el contacto con el mundo real.

-Me ha costado trabajo arrancar la moto, pero lo he conseguido. Le fallan las fuerzas. Está tan cascada como yo. Entre los dos, superamos el siglo. ¿Te he enseñado mi caso nuevo? No es integral. Me agobian los cascos que te tapan la boca. Siento que no puedo respirar. Quería un modelo con la bandera de Inglaterra. Ya sabes que no soy anglófilo, pero es una bandera muy chula, que recuerda la estética mod. Ya sabes: el ska, la escarapela de la Royal Air Force, los jam shoes, la parka verde, The Jam, The Who.

-Me has contado lo que significa cada cosa, pero nunca lo recuerdo. Ya sabes que mi grupo preferido es Depeche Mode.

-No está mal, no está mal, pero son un poco blandos. Por cierto, te noto algo raro. Pareces preocupado.



Maks se sinceró, contándole la historia de Vanessa.

-No sé qué hacer.

-¡Maks, muchacho! ¿No recuerdas el poema de Cavafis? “Nunca me contuve. Me di completamente y fui. / Me di a aquellos placeres que eran casi realidad / y estaban en mi mente; / me di a las vibrantes noches / y bebí un vino fuerte / como sólo los valientes beben del placer”. ¡No lo pienses! Actúa con valor. No le des la espalda al deseo. Y no te dejes intimidar por la fecha. Nadie en su sano juicio escogería el vigésimo aniversario del 11-S para cometer un nuevo atentado. Al menos en ese sentido, te garantizo que no sucederá nada. ¡Confía en mí! No me gusta hacer profecías, pero en este caso creo que puedo augurarte un viaje tranquilo y sin problemas.


2

Las palabras de Rafa Narbona tranquilizaron a Maks, que decidió aceptar la invitación de Vanessa. Su amigo Charlie le llamó a última hora y le invitó a una juerga. Maks se emborrachó y acabó en la cama de una desconocida, una ardiente dominicana que le machacó a conciencia. Cuando se despertó, descubrió horrorizado que llevaba una cofia de enfermera y una faldita corta levantada por una implacable erección. Se quitó la faldita y la cofia, pero la erección se mantenía, provocándole una ligera molestia. Despertó a su amante a empujones, sin disimular su mezcla de ira y pánico:

-¿Qué me has hecho? ¿Qué sucedió anoche?

La dominicana protestó, insistiendo en dormir, pero Maks siguió empujando, con la cara congestionada y los ojos llenos de perplejidad.

-¿Qué me pasa en la polla? ¿Por qué no se me baja?

-Estabas tan borracho que no se te levantaba. Te ofrecí una pastilla de Viagra, pero tú te tomaste cuatro. Te pusiste como loco. ¡Menuda erección! Parecías una taladradora. Me fundiste. No sé cuántas veces lo hicimos. Tengo agujetas. Me duele todo.

-¿Y por qué coño llevaba esa faldita y esa cofia?

-Se te fue la olla. Empezaste a comportarte como un capullo. Hablabas sin parar de follar con una enfermera. Te pusiste una de mis faldas y le robaste la cofia a una de mis compañeras de piso. Aullabas como un mono y pegabas saltos encima de la cama.

Maks se llevó las manos a la cabeza y enfiló el pasillo, buscando un baño. Intentó aplacar su erección en el lavabo, pero no tuvo éxito. Abrió la alcachofa de la ducha, seleccionando el agua fría, pero su cuerpo sólo respondió con un alarido.

-¡Dios! ¡Está helada!

Se dirigió a su polla, suplicándole que cambiara de actitud.

-¡Nunca me has puteado! No empieces ahora, por favor.

Salió de la ducha como había entrado, con un priapismo rampante. Miró el reloj y descubrió que sólo quedaban dos horas para que partiera el avión. Se vistió deprisa e inventó un pretexto para despedirse sin muchas ceremonias.

-¿Ni siquiera te quedas a desayunar?

-Tengo que ayudar a mi madre. Quedé en pintarle la terraza.

-No me vengas con cuentos. Me has follado y ya no quieres saber nada. Eres un cerdo.

-No, no. Me pareces una mujer encantadora, una mexicana muy dulce. Fuego en las entrañas y miel en los labios.

-Soy dominicana, grandísimo cabrón. Vete con tu madre y que te suene los mocos. Ojalá la erección te dure diez días. ¡Corre, corre! Pareces tan idiota como Forrest Gump.



Maks logró embarcarse por los pelos. Su madre insistió en acompañarle hasta el aeropuerto y le obligó a guardar un jamón en la maleta.

-Un jamón no es ninguna tontería, hijo. Seguro que los norteamericanos comen fatal. No quiero que pierdas peso. Me lo agradecerás cuando estés allí. Te acordarás de tu madre y pensarás: “¡Cuánta razón tenía!”. Un jamón siempre es un jamón.

Se enfrentaron a los controles aduaneros con una bolsa de deporte, que presentaron como equipaje de mano. Maks fingió que apenas pesaba, levantándola una y otra vez. Una agente de la Guardia Civil les pidió que abrieran la bolsa.

-No vamos a mentir –reconoció la madre de Maks, con aplomo-. Es un jamón. Mi hijo se va a Nueva York y no quiero que vuelva flacucho y desmejorado. Los norteamericanos sólo comen porquerías. Fíjese que buen mozo. Son muchos años de desvelos para que ahora se me quede escuchimizado.

La agente era una chica de menos de treinta años, con el pelo rubio y los ojos azules, con la nariz levemente respingona y pecas en las mejillas. Observó a Maks de arriba abajo y pensó que le gustaría echar un polvo con él. Le impresionó su musculatura, sus ojos castaños, grandes y almendrados, su barba cuidadosamente recortada y un sospechoso bulto en el pantalón, que insinuaba la presencia de una pistola o de una erección de proporciones mitológicas.

-Yo también tengo una madre que se preocupa por mí –confesó la agente, comprobando que la bolsa sólo contenía un jamón-. No hay ningún problema. Eso sí, pasa por el detector de metales. Podrías esconder algo debajo de la ropa.

Maks obedeció con una sonrisa. El detector permaneció mudo, sin apreciar nada sospechoso. La agente estaba asombrada. Le costaba trabajo creer que se tratara de algo natural. Si era una polla, se hallaba ante un prodigio de la biología que desafiaba a la razón. Acercándose, palpó la entrepierna de Maks, verificando que sólo era una vigorosa expresión de la naturaleza.

-Es fantástica –susurró.

Maks arqueó las cejas y su madre parpadeó confusa.

-Fantástico –prosiguió la agente, cambiando el registro de voz-. Es bonito que una madre se preocupe de su hijo. Disfruta del jamón y de tu viaje a Nueva York.

Maks estrechó la mano que le tendía y notó que le deslizaba un papel. Acercándose otra vez, musitó:

-Es mi teléfono. Llámame cuando vuelvas y pasaremos un buen rato. Si te gusta el sado, es mi especialidad. Me encantaría ponerte una capucha y destrozarte la polla con una picana eléctrica. Alucinarías. 

Separándose, saludó a la madre de Maks llevándose la mano a la visera:

-Un placer, señora. Siempre a su servicio. Ya sabe que nuestro trabajo consiste en ayudar. ¡Todo por la patria!



Maks tuvo que aguantar la monserga de su madre, insistiendo en que llamara por teléfono, escribiera postales, se abrigara para no acatarrarse y no se dejara engatusar por lagartonas.

-Estás encogido, hijo. ¿Qué te pasa?

-Me duele la tripa.

-Si estuviéramos en casa, te prepararía algo. Pide una manzanilla a las azafatas. Seguro que te ayudará a estar mejor.

Maks asintió, suplicando al cielo que su erección le concediera al menos una tregua, pero el avión despegó hacia Nueva York y no se produjo ningún cambio.

-Esto es una putada –se quejó en voz baja, agitándose en su minúscula plaza de clase turista-. Si que empieza bien la cosa. Espero que no sea un presagio de algo peor. “No pasará nada. Piensa en el presente. Deja que la pasión decida por ti”. Muy bonito. Rafa Narbona me dice estas cosas, pero él no se mueve de casa. Se pasa los días en la cama, enterrado entre libros y gatos.

Su compañera de asiento escuchó el monólogo y le miró de reojo, descubriendo el bulto del pantalón.

-¿Tienes algún problema?

-No puedo estirar las piernas –mintió-. Y nos esperan siete horas.

-No disimules. Me refiero al bulto que está a punto de reventar tu pantalón. Me gustaría pensar que yo he sido la inspiración.

Descentrado por su inacabable erección, Maks no había reparado en la mujer que había ocupado la plaza. Giró la cabeza y comprobó que se trataba de una brasileña de tetas abrumadoras y trasero perfecto. Sus labios contenían la promesa de unas felaciones sobrenaturales.

-Tal vez yo tenga lo necesario para calmarte. Me llamo Ada.



Maks y Ada no tardaron en escaparse al baño para acoplarse de todas las formas posibles. El espacio limitaba sus movimientos, pero no les importó hacerlo de pie, sentados o contorsionados. Maks esperaba que la erección se desvaneciera después de cada eyaculación, pero sus expectativas se frustraban una y otra vez. Durante una de sus escapadas, descubrió a cuatro pasajeros mal encarados que intercambiaban miradas sospechosas. Eran hombres de unos cuarenta años, con camisas hawaianas y ojos de lunáticos. Maks barruntó algo, pero Ada le arrastró de nuevo al baño. Habían transcurridos cinco horas de viaje y habían copulado cada media hora. Ada parecía insaciable y no se cansaba de repetir, susurrándole obscenidades en el oído. Maks se enfrentaba a cada coito con la esperanza de recuperar su estado natural, pero su pene no mostraba ningún signo de fatiga. De hecho, su erección se mantenía intacta, con el glande hinchado como una fresa. Sentados en el inodoro, Ada cabalgaba sobre sus caderas cuando escucharon gritos. Se miraron con gesto de perplejidad, preguntándose qué sucedía. No tuvieron tiempo de especular. La puerta del baño se abrió de una patada.


3

Un energúmeno con acento cubano les apuntó con una metralleta:

-Se acabaron los jueguecitos. Ahora sois rehenes. ¡Muera Fidel!

No les permitieron vestirse. Ada paseó su exuberante anatomía por el pasillo y Maks intentó ocultar su erección, pegándose a su cuerpo, pero los secuestradores les obligaron a separarse. El miedo no logró contener las exclamaciones de los pasajeros. Se escucharon algunas risas y una niña abandonó su asiento para escrutar de cerca aquel extraño apéndice que mantenía una imperturbable verticalidad.

-¿Muerde? –preguntó con candor, incapaz de discernir si era un ser vivo independiente o una monstruosa prolongación del cuerpo masculino.

Las carcajadas de los pasajeros encendieron las mejillas de Maks, que sintió una oleada de calor recorriendo todo su cuerpo. Los secuestradores aplacaron el revuelo lanzando gritos y amenazas:

-Todos callados. Esto va en serio –advirtió un hombre con gafas de sol y unos enormes mostachos-. Somos un comando anticastrista. Me llamó Guillermo Cabrera. He dedicado mi vida a combatir el comunismo. El tirano Fidel Castro ha cumplido 95 años y sigue en el poder. Estados Unidos es culpable, pues debería haber bombardeado La Habana con armas nucleares. El Presidente Charlie Sheen carece de agallas. Es un borracho y un incurable mujeriego. No tiene carácter, pero nosotros hemos decidido cambiar el rumbo de la historia. Estrellaremos este Boeing 747 contra el rascacielos principal del renacido World Trade Center. El mundo necesita nuevos líderes capaces de luchar contra el comunismo, la peor plaga concebida por la humanidad y nosotros impulsaremos su aparición, atribuyendo el atentado a Fidel y a sus secuaces. Estados Unidos despertará e invadirá Cuba. Fidel Castro acabará como Osama Bin Laden y Charlie Sheen será reemplazado por Sarah Palin. Todos los que viajamos en este avión nos sacrificaremos por la paz y la democracia, inmolando nuestras vidas en el altar de la libertad.  

El secuestrador extrajo un folleto de un bolsillo y lo mostró a los pasajeros:

-He sido insultado, difamado, calumniado. Han editado un pasquín con mi cara, acusándome de criminal. No soy tan feo. No soy tan malo. Este dibujo es una infamia, una verdadera porquería. Lamentarán no haberse esmerado más. Mi madre lloró cuando lo vio por primera vez


Los pasajeros escuchaban aterrados. El secuestrador hablaba sin parar, asegurando que su gesto sería recordado como el primer paso de un nuevo orden mundial. Ada y Maks habían regresado a sus asientos. Ya no les preocupaba estar desnudos. El pánico había sepultado cualquier resquicio de pudor. Los secuestradores intentaban entrar en la cabina de vuelo, aporreando la puerta. Todos llevaban metralletas y pistolas. Maks pensó que alguien les había ayudado desde dentro. Por fin la puerta cedió. Se escucharon gritos y golpes, pero el tumulto apenas duró unos segundos. Guillermo Cabrera apareció con el rostro exultante y se dirigió otra vez a los pasajeros.

-El avión ya es nuestro. El mundo se tambaleará, pero renacerá de sus cenizas. Sarah Palin ocupará la Casa Blanca y enviará a la VI Flota a invadir Cuba. Fidel Castro acabará sus días en una prisión de Texas, esperando el mismo destino que Osama Bin Laden o Sadam Hussein. Las generaciones venideras comprenderán que era necesario este sacrificio. Todos moriremos, pero será por una buena causa. La democracia es tan imprescindible como el oxígeno. El comunismo es un bacilo inmundo. Hay que combatirlo como se combate una plaga, fumigando hasta el último rincónEl comunismo es la causa del hambre, la guerra, las drogas, el ateísmo, el divorcio, la insolencia de los jóvenes y las enfermedades de transmisión sexual. Los comunistas deben ser destruidos, diezmados, exterminados, triturados. El fuego debe reducirlos a cenizas y el viento dispersarlos hasta borrarlos de la historiaFidel Castro es un cochino. ¿Por qué no se afeita? El comunismo es antihigiénico.

Guillermo Cabrera continuó hablando, con una borrachera verbal incontenible. Sólo hacía pausas para comprobar que el mostacho –presumiblemente postizo- se mantenía en su sitio.

-Tienes que hacer algo, Maks –gimoteó Ada-. No quiero morir.

-No puedo hacer nada.

-Algo se te ocurrirá. Piensa. ¿No te gustaba MacGyver?  

-¿MacGyver? Sí, claro, pero yo no tengo su ingenio y esto no es una serie de televisión. El tipo del mostacho es un psicópata. Matará al primero que se mueva.

-MacGyver siempre llevaba una mochila. He visto que guardabas una bolsa de mano en el maletero. Era enorme y parecía pesada. ¿Qué llevas dentro?

-Un jamón.

-¿En serio?

-Cosas de mi madre. No la conoces.

-¿Por qué no lo utilizas?

 


-¿Qué?

-Sí, hombre. Dices que quieres vestirte, sacas el jamón y te lías a hostias. Es muy sencillo.

-Sencillísimo, pero apenas esgrima el jamón, me pegarán un tiro.

-No se atreverán a disparar. Si agujerean el fuselaje, nos desintegraremos en el aire.

-No parece que les preocupe morir.

-Están más interesados en conseguir su objetivo. Intentarán reducirte sin disparar sus armas. Además, ¿qué puedes perder? Si no hacemos nada, estaremos muertos dentro de dos horas.

Maks titubeó, pero apenas necesitó unos segundos para comprender que Ada no se equivocaba. Si no hacían nada, se convertiría en ceniza. La muerte sería instantánea, pero eso no representaba un consuelo. “Ojalá no hubiera hecho caso a Rafa Narbona. Ahora estará leyendo una novela tan tranquilo y yo aquí, bien jodido. Más vale que mueva el culo, pero no se me ocurre nada. Me gustaría ser Vickie el vikingo. ¿Por qué no se enciende una bombillita en mi cabeza?” Maks se restregó con fuerza la nariz, con la esperanza de estimular su ingenio, pero no obtuvo ningún resultado. Resignado, aceptó que la idea de Ada tal vez podría funcionar. 



Alzó la mano para llamar la atención de los secuestradores. Se acercó uno de ellos, preguntándole qué quería.

-Quiero vestirme.

-No me hagas perder el tiempo, si no quieres que te rebane el pescuezo.

-Hay niños. Esto no es bueno para ellos.

El secuestrador le observó pensativo. Por fin hizo una mueca y le dio la razón:

-Es verdad. Es mejor que te tapes. No me explico cómo puedes seguir empalmado. Es repugnante.

-Tengo que coger la bolsa de mano.

-Pues cógela y ponte unos pantalones. No me hagas perder más tiempo.

Maks le dio la espalda y se estiró. Abrió la bolsa y agarró la pata de jamón con ambas manos. Sin permitirse un gesto de vacilación, se giró rápidamente y le propinó un fuerte golpe en la cabeza, logrando que el secuestrador se desplomara como un fardo. El éxito le envalentonó. Echó a correr por el pasillo y dejó fuera de combate a otro terrorista, empleando el mismo método. Advirtió que no se decidían a disparar. Ada tenía razón. Las balas en el interior de un avión son letales para todos. Sólo quedaban dos en pie. Entró en la cabina y descargó otro golpe, abatiendo a un tercero. Guillermo Cabrera hablaba con una de las azafatas, sin duda el cómplice que les había permitido introducir las armas. Estupefacto, no logró reaccionar a tiempo. La pata de jamón completó su trabajo, dejándolo inconsciente, pero Maks fue incapaz de golpear a una mujer. La azafata aprovechó su indecisión para sacar un arma. Sin embargo, un fuerte puñetazo en el mentón propinado por Ada, que había seguido a Maks en su alocada carrera, hizo que retrocediera, mareada y confusa. Un segundo puñetazo la arrojó al suelo, con los ojos cerrados y los labios grotescamente contraídos. El plan había funcionado. El jamón les había salvado.


4


La alegría sólo duró unos segundos.

-¡No hay nadie a los mandos! –chilló Maks.

-Desatemos a los pilotos –dijo Ada, inclinándose para deshacer las ligaduras.

Deshacer los nudos resultó sencillo, pero no lograron despertar a la tripulación.

-No reaccionan. ¡Creo que les han suministrado un somnífero! –exclamó Maks, visiblemente asustado.

Ada agarró de las solapas a Guillermo Cabrera y le abofeteó con todas sus fuerzas:

-¿Qué habíais planeado? ¿Quién pilotaría el avión?

-La azafata a la que has golpeado, maldita zorra comunista. No os hagáis ilusiones. No podéis hacer nada.

-¿Qué le habéis hecho a la tripulación?

-No se despertarán antes de 48 horas. Les hemos inyectado un hipnótico. No somos aficionados. Sabemos lo que hacemos. Hemos programado el vuelo. El Boeing se estrellará contra el rascacielos más alto del nuevo World Trade Center. Mañana saldremos en la primera página de todos los periódicos. Fidel Castro está acabado. Los marines le cortarán su barba de chivo. ¡Muera Fidel!

-¡Hijo de perra! Yo siempre he admirado a Fidel Castro. ¡Viva Fidel! Esto va por él.

Ada liberó su mano derecha y le pegó un puñetazo en la nariz con todas sus fuerzas. El secuestrador rebotó contra la pared y cayó hacia un lado, inconsciente.

-¡Hay que atarles! –ordenó Ada-. ¡Odio a los gusanos! Todos sueñan con ser como Andy García, pero la mayoría se parecen a Ron Jeremy.

-¿Conoces a Ron Jeremy? –exclamó Maks, olvidándose de la situación-. Es mi ídolo. Fue uno de los pioneros del sexo anal. ¿Sabes que le llamaban “El Puercoespín”? Antes de rodar una escena de Olympic Fever en 1979, se paseó en motocicleta por los alrededores. Se levantó una ventisca y la temperatura bajó bruscamente. Sólo llevaba una camiseta y unos pantalones. Sufrió una hipotermia. Al llegar al set, se duchó con agua caliente para entrar en calor. Su piel adquirió un tono rosado y se erizó el vello corporal. Uno de los que estaba allí, no pudo reprimirse y comentó: “Eres un erizo. Un erizo parlante con la verga muy pequeña”. Mola la historia, ¿verdad?

-¡Estás colgado! –exclamó Ada-. Nos han secuestrado y tú me sales con gilipolleces.



Maks se quedó desconcertado y recapacitó. ¿Por qué había contado esa historia? ¿No era la forma de proceder de Rafa Narbona? ¿Comenzaba a parecerse a él? ¿Se convertiría en un chiflado aficionado a soltar batallitas en las situaciones menos adecuadas? Ada interrumpió su divagación:

-Baja de las nubes. Hay que hacer algo. Intentaré reanimar a la azafata para que agarre los mandos.

-¿Dónde has aprendido a dar esas hostias? –preguntó Maks, asombrado.

-Soy policía en Río de Janeiro.

-¿Y por qué nos has actuado antes? ¿Por qué me has animado a enfrentarme con los secuestradores? ¿Por qué no lo has hecho tú?

-Ha sido una decisión táctica. No te quejes. Te cubrí las espaldas.

Maks resopló, sin disimular su contrariedad. Un dolor agudo en el glande le recordó que seguía empalmado:

-¿No deberíamos vestirnos? –insinuó tímidamente.

-No podemos perder el tiempo.

Maniataron a los secuestradores sin problemas, pero no lograron despertar a la azafata.

-Le aticé un buen puñetazo –se lamentó Ada-. Tal vez le haya provocado una conmoción cerebral. ¿No sabrás pilotar un Boeing 747?

-¿Yo? Estás de coña, ¿no?

-Pues entonces estamos jodidos. Vamos a morir. Al menos, hagámoslo por última vez.

-¿El qué?

-Echemos un polvo. Un polvo salvaje. Me he excitado increíblemente, cuando te he visto con el jamón, enfrentándote a los terroristas, desnudo y empalmado. No se te ha bajado desde que subiste al avión. Eres un fenómeno. Hazme tuya una vez más. Si quieres me pongo a cuatro patas. Aquí tenemos más espacio. La cabina es más grande que el aseo y tenemos unas vistas estupendas. Podré ver el cielo y las nubes mientras me follas. Será como rozar el cielo.

-¡Estás loca!

-Es que eres tan guapo, tan sexy, tan macho. ¡Fóllame, Maks! Por favor, no digas que no. Un último polvo. Es la mejor forma de despedirse de este mundo.

-¡No, no y no! Llamaremos a la policía, el gobierno, la CIA y el FBI. Alguien nos ayudará.

Ada desistió:

-Si averiguan nuestra situación, enviarán una escuadrilla de cazas de combate.

-¿Para qué?

-Para derribarnos. Somos 500 pasajeros. Si el avión se estrella en Nueva York, puede causar una masacre. El número de víctimas podría multiplicarse por diez. Acepta el destino, Maks. Echemos un último y sensacional polvo. Después, nos abrazaremos y esperaremos la muerte.

-¡Y una puta mierda! Aún queda una esperanza.

-¿Cuál?

-Llamar a Rafa Narbona.

 

5

 

-¿Quién es Rafa Narbona? –preguntó Ada.

-Mi antiguo profesor de filosofía. Tal vez él pueda ayudarnos.

-Pues tendrá que darse prisa. Nos quedan unos 55 minutos.

Maks no creía que Rafa Narbona pudiera ayudarles, pero no se le ocurría nadie mejor al que llamar. Marcó el teléfono, implorando al cielo que respondiera. “Es tan raro”, pensó, recordando sus ataques de misantropía y su notable sordera. Después de cinco tonos, saltó el contestador, con la voz de su profesor: “Estimado amigo o estimado desconocido. Ahora no puedo atenderle, pero escucharé su mensaje y sólo si me propone una actividad subversiva o abiertamente delictiva, le responderé. Si me pide algo razonable, le mandaré al cuerno. ¡Salud y república!”.

-¡Está zumbado! –exclamó Maks-. Siempre lo ha estado. Estoy rodeado de chiflados. ¿Por qué? ¿Qué le he hecho yo al mundo? Me gustan las mujeres. Eso es todo. ¿Debo morir por ese motivo?

Volvió a marcar y saltó de nuevo el contestador. Maks no pudo contenerse y arrojó el teléfono móvil contra la pared.

-¡Joder, hostias! ¡Me cago en todo!

Se encogió de dolor, con el pene enhiesto y desafiante. Maks bajó la mirada y se dirigió a él.

-¿Por qué me haces esto? ¿Acaso no te he tratado bien? Siempre te he dado lo que pedías.

-¿Hablas conmigo? –preguntó Ada.

-¡No! –chilló Maks-. Hablo con mi polla.

Rescató el teléfono y marcó de nuevo. Esta vez respondió su profesor:

-Narbona al aparato.



-¡Me cago en la leche! Por fin.

-¡Oiga! ¡No le consiento que me hable así! No sea grosero.

-¡Soy Maks y estoy a punto de palmarla!

-¡Muchacho! ¿Ya te has metido en otro lío?

-Un lío muy gordo.

Maks relató los hechos a velocidad supersónica, lamentando que la lengua no pudiera correr más.

-¡Tranquilo, hijo! Algo podremos hacer.

-¿De veras?

-¿Por qué no te sientas en la cabina e intentas recuperar el control del avión?

-¡Hay miles de botones!

-Google. ¡Esa es la solución!

-No te entiendo.

-Siéntate y agarra los mandos. Voy a buscar las instrucciones en la red. Seguro que en alguna página explican cómo pilotar un Boeing 747.

-¿Qué?

-Google es el Mago de Oz. Tiene todas las respuestas. ¿No recuerdas la película de la Metro? Eso sí que era cine de verdad. Te cuento un poco el argumento. Dorothy es una huérfana que vive en Kansas, con su tía Emma. Tiene un perrito, Toto. Les atrapa un tornado y acaban en Munchkinland.

-¡No jodas!

-¡Muchacho, modera esa boca! Continúo. En la versión española, Munchkinland se tradujo como Pequeñilandia. No quiero alargarme. Sé que me voy por las ramas y pierdo el hilo. Intentaré ser breve. En Pequeñilandia, Dorothy se encuentra con un espantapájaros sin cerebro, un hombre de hojalata sin corazón y un león cobarde. Se hacen amigos y los cuatro comienzan a avanzar por el camino de baldosas amarillas, cogidos del brazo y cantando. ¡Qué escena más bonita!

-¡No te he llamado para hablar de cine!

-¡No me interrumpas! Déjame terminar. No me gusta dejar las cosas a medias. Se dirigen a la Ciudad Esmeralda para entrevistarse con el Mago de Oz, pero el Mago no es un Mago, sino un hombre detrás de una cortina, que resuelve los problemas mediante el sentido común. Al espantapájaros le entrega un diploma, al hombre de hojalata un reloj con forma de corazón y a león una medalla al valor. Bonita historia, ¿verdad?

Maks lanzó un rugido y una cascada de improperios.



-¡Muchacho! No sé qué te pasa, pero no debes perder los estribos. ¿No recuerdas lo que te enseñé de los estoicos? Nadie puede escoger sus circunstancias, pero sí la forma de enfrentarse a ellas. Nunca hay que perder la dignidad y el autocontrol. Recuerdo que os mandé leer las máximas de Marco Aurelio. Probablemente has olvidado uno de sus aforismos más famosos: “¡Sé dueño de tus emociones! Nuca permitas que te desborden”.

-¡Dentro de 45 minutos estaré muerto, si no haces algo para evitarlo!

-No permitas que te aflija la perspectiva de la muerte. Marco Aurelio escribió: “La virtud consiste en vivir cada día como si fuera el último”. Mola la frase, ¿verdad? Esta vez te has quedado mudo. Por cierto, no sé cómo hemos llegado hasta aquí. He olvidado por qué me has llamado.

Maks mordió el asiento del piloto, intentando desgarrar la tela.

-Tranquilízate –suplicó Ada-. No vas a adelantar nada, perdiendo los nervios.

Maks hizo un esfuerzo y repitió el relato a un Rafa Narbona que le escuchó sin interrupciones:

-¿Hablas en serio? ¿No estarás bebido, hijo?

-¡No! Estoy empalmado y me duele. ¡Hostias!

-Basta de palabrotas. Feo asunto. Te aconsejaría que visitaras a un urólogo.

-Te recuerdo que estoy secuestrado en un Boeing 747.

-Es verdad. Disculpa. Ya sabes que me falla la memoria. La vejez tiene estas cosas.

-Hace un rato hablaste de consultar en Google.

-No entendía por qué tenía el ordenador sobre las rodillas. Tendré que rescatar el ratón. Lord Sebastian, mi gato, se lo ha llevado. Tal vez cree que es de verdad. Espera un poco.

-¡No aproveches para tomarte un vaso de leche con galletas! Te conozco.

-¡Leche y galletas! Esa es mi dieta. No como otra cosa. Nada como un paquete de galletas Príncipe mojadas en leche con cacao.

Maks gimoteó, llevándose una mano a la frente.

-Voy a buscar el ratón, hijo. Lord Sebastian a veces confunde la biología con la tecnología. Le gusta masticar los cables. Yo le explico que puede buscar provocar un cortocircuito, pero es muy terco.



Los gimoteos de Maks se convirtieron en lamentos, acompañados de suspiros.

-Estás muy nervioso. Pide una tila. Seguro que las azafatas están acostumbradas. Hay que gente que tiene miedo a volar. Lord Sebastian sigue haciendo de las suyas. Está pegándole patadas al ratón. No quiero que lo rompa. Es muy chulo. Vuelvo en un minuto.

Durante unos angustiosos segundos, Rafa Narbona se ausentó, pero resistió la tentación de escapar a la cocina para comer unas galletas:

-Ya estoy aquí. He recuperado el ratón. Voy a escribir en Google: Boeing 747. Simulador de vuelo. A ver qué sale. Agarra los mandos. Empieza la aventura.


6


Maks obedeció y esperó, convencido de que se acercaba a su fin.

-Esto es la polla.

-¿Qué dices hijo?

Algo avergonzado, confesó que había abusado de la Viagra y que llevaba más de doce horas empalmado.

-Ya te he dicho que lo mejor es visitar a un urólogo. Déjame que mire en Google. Tal vez digan algo interesante.

-¡No, por favor! Primero ayúdame a aterrizar con este trasto.

-Estoy leyendo que el priapismo puede producir disfunción eréctil crónica. ¡Vaya!

-¡Oh, Dios mío! –gritó Maks-. Estoy viendo la estatua de la Libertad. Esto es el fin.


-¿Sabes que Príapo era un dios griego que encarnaba la fuerza fecundadora de la naturaleza?

-¡Me importa un huevo!

-¿Cómo van tus cuerpos cavernosos?

-¿Qué?

-Perdona que sea tan explícito, pero en el priapismo el pene se mantiene erecto y el glande permanece blando. Sólo hay erección de los cuerpos cavernosos. El resto, glande incluido, permanece flácido y esponjoso.

-¡Oh, no! Ya veo los rascacielos. ¿Qué coño me importa el glande? Mi glande ya no es importante.

-No digas esas cosas, hijo. Cada cosa tiene su valor.

-¡Maks! –chilló Ada, que había ocupado el asiento del copiloto-. No sé de qué estás hablando con ese chiflado, pero te recuerdo que nos vamos a chamuscar como un entrecot en una parrilla.

-¡Muchacho! –exclamó Rafa Narbona, alborozado-. ¡Estáis saliendo en la tele! Acabo de encenderla. Hablan de vosotros. Esperanza Aguirre ha convocado una rueda de prensa. Lleva un traje rosa y un collar de perlas. Menuda pija. ¡Qué desgracia! A veces lamento haber llegado a viejo. Nunca pensé que esta horrible mujer pudiera encadenar tres legislaturas como Presidenta del Gobierno. Apenas gesticula. Se ha inyectado una sobredosis de Botox. Cada día se parece más a Cruela de Vil.  Y la muy idiota no deja de sonreír.


-¡No es el momento de hablar política!

-¡Qué asco! Los primeros planos sólo agravan su fealdad. Parece la bruja de Blancanieves maquillada para el Día del Orgullo Gay. Se nota que le gustan los micrófonos. Dice que el gobierno de Estados Unidos descartó derribaros, cuando descubrió que transportáis varia ojivas nucleares.

-¡No puede ser! Esto es una pesadilla. Quiero despertarme. ¡Quiero despertarme!

-¡Chico, no te desesperes! Acerco el teléfono a la tele para que escuches a Esperanza Aguirre. Está muy cabreada.



La voz de la Presidenta de España se escuchaba con asombrosa nitidez:

-No es cierto que mi amigo Charlie Sheen se encontrara durmiendo la mona, cuando la CIA y el FBI intentaron avisarle del peligro. Charlie Sheen es el mejor Presidente de los Estados Unidos desde George W. Bush. Es cierto que de joven cometió excesos, pero ahora es un hombre ejemplar, un cristiano renacido que sólo piensa en la familia y la paz mundial. Sus decisiones siempre son sabias y profundas. Gracias a su coraje siguen funcionando Guantánamo y otras prisiones similares repartidas por todo el planeta. Sin las modernas técnicas de interrogación, no sabríamos que unos terroristas pretenden causar una nueva masacre en Nueva York. Charlie Sheen no hizo caso a los que pedían respeto a los derechos humanos. Los derechos humanos son un invento de los ateos y los comunistas. Ya nadie recuerda a los indignados ni a los de la ceja, pero yo no he olvidado el aciago 2011, cuando una horda de vagos y maleantes ocupó plazas y calles, pidiendo una democracia real. Estados Unidos es una democracia real. Estados Unidos es el azote del terrorismo y una vez más nos salvará. El espíritu de John Wayne no ha muerto.

-¡Esto es indignante! –exclamó Rafa Narbona-. ¿Cómo se atreve a citar a John Wayne? Es cierto que era facha, pero yo le cogí mucho cariño en El hombre que mató a Liberty Valance. Se recuerda el gesto de Humphrey Bogart en Casablanca, pero se olvida que John Wayne sacrificó su felicidad para que su prometida se casara con otro. Ya sabes que Casablanca fue dirigida por Michael Curtiz en 1942 y que El hombre que mató a Liberty Valance es una película de John Ford estrenada en 1962. Veinte años de diferencia, pero el mismo fatalismo romántico.

-¡Me importa un bledo el fatalismo romántico! –vociferó Maks.

-No hace falta que grites. Te escucho perfectamente. Baja la voz o no escucharé a Esperanza Aguirre. Sigue hablando. Por cierto, lleva unos calcetines blancos espantosos. Está explicando por qué se los ha puesto. Escucha.



La voz de la Presidenta de España intentaba transmitir determinación:

-Conservo estos calcetines desde 2008. Los utilicé para comparecer ante los medios después del atentado de Bombay. Puedo decir con orgullo que puse de moda los calcetines blancos, injustamente denigrados. Estos calcetines están viejos, pero han soportado el paso del tiempo. Podríamos atribuir el mérito a la naftalina, pero yo creo que se contagiaron de vida después de sobrevivir al terrorismo internacional. Los he sacado del armario para enviar un mensaje de esperanza a los españoles que viajan en el Boeing 747.

-¿Sabe si el gobierno norteamericano tiene algún plan? –inquirió un periodista.

-Estados Unidos es la primera potencia mundial. Yo, desde aquí, sólo puedo desear un feliz desenlace. Sé que entre los pasajeros se encuentra un valiente y apuesto joven al que llaman Maks. Su madre está a mi lado. Está indignada. Y su indignación es de verdad y no como la del 15-M. 

-¿Puede hacer unas declaraciones? –preguntaron al unísono los representantes de la prensa.

-¡Hijo! –chilló la madre de Maks, empujando a Esperanza Aguirre, sin preocuparse de parecer amable o respetuosa-. No dejes que esos terroristas te hagan daño. Si estuviera a tu lado, no se hubieran atrevido a tocarte un pelo. Son unos sinvergüenzas, unos canallas, unos cochinos. Y sobre todo no dejes que se coman el jamón. ¡Es para ti! No seas tan idiota como en el colegio, cuando los otros niños te quitaban el bocadillo. 

-¿Mamá? –gritó Maks, estupefacto.

-Sí, es tu madre. Sale muy bien. Un poco bajita al lado de Esperanza Aguirre, pero muy favorecida. Lleva una rebeca gris y un pañuelo amarillo.

-Al menos no puede verme –murmuró Maks, observando su vigorosa erección.

-¡Muchacho! –intervino Rafa Narbona-. Va a hacer unas declaraciones Charlie Sheen. Atento. Tal vez diga algo interesante. Habla desde la Casa Blanca. Tiene los ojos hinchados y le patina la lengua. Se nota que está de resaca. Luego contarán que estaba resfriado. Esto es peor que la decadencia del imperio romano. El mundo estaría más seguro si gobernaran Calígula o Heliogábalo. ¡Con lo buen actor que era su padre! ¡Qué lástima!


La voz de Charlie Sheen se esforzaba por aparentar calma, pero su sonrisa de mujeriego impenitente, depravado y promiscuo, le restaba credibilidad frase tras frase:

-Estados Unidos se enfrenta a la mayor amenaza de su historia. Un Boeing 747 sobrevuela Nueva York. Sabemos que ha sido secuestrado y que transporta armas nucleares. Ignoro quién tripula el avión, pero le suplico que desista. Matar a cientos de miles de inocentes no le ayudará a conseguir sus objetivos. Si accede a hablar, estaré al otro lado del teléfono. He ordenado que abran una línea que nos permitirá negociar. Tengo un teléfono rojo muy chulo, esperando su llamada. Piense en lo que hace. ¿Por qué quiere sembrar el caos y la destrucción? ¿No le gusta la vida? ¿No le gustan el sol, la brisa, los pájaros, el azul del cielo, la playa, un buen vino, las mujeres? Yo he hecho porno, he consumido drogas, he tenido mi propio show televisivo, he destrozado la habitación de un hotel, disparé contra una de mis esposas y he realizado el sueño de cualquier persona. Cuando mi jefe me pidió explicaciones, le contesté: “que te jodan”. ¿Por qué no sigue mi ejemplo? Le invito a un Dry Martini en el despacho oval. Podremos ver juntos un episodio de “Dos hombres y medio”. Si se decide a llamar, sólo tiene que anotar el número que aparece en pantalla. Si llama antes de diez minutos, le invito a jugar una partida de golf en mi club privado, acompañados por Bree Olson y Michelle “la bomba” McGee. Ya no tienen 20 años, pero son dos gatas salvajes. ¿Cómo lo ve, amigo?

 


Maks anotó el número, colgó a Rafa Narbona, sin molestarse en perder el tiempo con explicaciones, y llamó al Presidente de los Estados Unidos.

-¿Hablo con el secuestrador? –contestó Charlie Sheen.

-No soy ningún secuestrador. Soy Maks y quiero salvar el culo. Le tengo mucho aprecio. Yo sólo quería echar un polvo, pero las cosas se han complicado. Ahora me conformaría con regresar a mi casa, meterme en la cama y apagar el despertador.

Maks explicó rápidamente la situación:

-¿Habla en serio? –preguntó el Presidente, perplejo e incrédulo-. ¿Sólo utilizaste un jamón? Me encanta el ibérico, ¿sabes? Si no se ha estropeado, podríamos aprovecharlo. Con un vasito de vino, por supuesto. Tuve una novia española. Era una fiera. Casi me fractura… Bueno, sería largo de contar.

-¿No cree que hay cosas más importantes de las que hablar? Si no desconecto el piloto automático, el avión se estrellará contra el rascacielos más alto del World Trade Center.

-No te alteres, Maks. Quería ayudarte a estar más relajado. Ya veo que no lo he conseguido. Me dejaré de rodeos. Tendrás que aterrizar. No hay otra alternativa.

-¿No podrían desviarme? –gimoteó Maks.

-No es posible desviarte. Me indican que el avión ya ha comenzado a descender, pero no te preocupes. Está todo preparado. Hemos despejado Time Square. Será tu pista de aterrizaje. Intenta no cargarte el barrio. Me encantan los teatros de la calle 42. Creo que habría sido un buen Hamlet. Tengo 60 años, pero gracias al Botox parezco un chaval. Con unas mallas y un jubón, me confundirían con un adolescente.

-Esta de broma, ¿no?

-¡Claro que no! –contestó molesto Charlie Sheen-. Aún no estoy acabado. ¡Podría hacer hasta de Romeo!

-¡No me refiero a eso! Es imposible aterrizar en Time Square, joder.

-“Nada es imposible”. Ese fue mi lema electoral. Todo es una cuestión de confianza. Yo sé que tú puedes. Eso es lo me dice mi psicoanalista. Me cobra 300 dólares por sesión. No puede equivocarse. Piensa en la suerte que tienes. Yo, en cambio, te lo digo gratis. No seas mariquita y demuestra que quieres a tu país.

-Yo soy español.

-Da igual. No quiero más excusas. Demuestra de qué pasta estás hecho. Haz el signo de la victoria y deja de hablar como un perdedor. La historia la hacen los que no tienen miedo a perder. ¡Menuda frase! No me la ha soplado ningún asesor. Es de mi cosecha. Soy un crack. 



8

-¡Esto no saldrá bien! –sollozó Maks-. ¡Nunca más volveré a beber con los colegas ni a pintar grafitis en los morros de los putos municipales! ¡Se acabó todo! ¡Adiós gimnasio, adiós Facebook, adiós PornHub!

-No te desesperes. Si sales de esto, te regalaré una cuenta Premium. Mientras tanto, te dará unas indicaciones el general Alexander Slope.

-¿Alexander Slope, el carnicero? ¡Arrojó gas mostaza sobre los palestinos de Gaza! Fue una masacre. No quiero saber nada de ese psicópata.

-Es un patriota. No podíamos permitir que siguieran molestando a nuestros amigos israelíes. Se limitó a cumplir con su deber.

-Prefiero hablar con Jack el Destripador.

-Pues te jodes. Te lo paso.

-Joven –intervino Alexander Slope, con su voz de hiena hambrienta-. ¿Ha pilotado alguna vez un Boeing 747?

-No me toque los cojones.

-¿Qué ha dicho?

-Que no tengo ni puta idea.

-Tienes que activar los full flaps. Si no lo haces bien, el avión entrará en pérdida. Tu vida no es importante, pero no podemos consentir que unos terroristas musulmanes se salgan con la suya.

-No son musulmanes. Son cubanos anticastristas.

-¡Tonterías! Yo también soy anticastrista.

-Pues tal vez les conozca.

-¡He dicho que esos son musulmanes! Es evidente que mienten.

-¡Que no! El líder se llama Guillermo Cabrera. Y se parece a Machete, pero con el pelo más corto y acento del Caribe. ¡Está obsesionado con la barba de Fidel Castro! Es un puto chiflado que quiere causar una masacre. 



-¡Es imposible! Yo me encargué personalmente de su instrucción en la Escuela de las Américas.

-Pues ahora intenta volar Nueva York.

-No podemos perder el tiempo discutiendo. Ya veo que le ha lavado el cerebro la propaganda comunista. ¡Concéntrate en los botones! Pulsa el azul.

-¡El tablero de mandos está lleno de botones! No lo encuentro.

-Está en la tercera fila, hacia la izquierda. ¡Púlsalo y empuja los mandos hacia adelante, apuntando hacia Time Square! Tiene vía libre.

-Hay dos botones azules.

-¡No hay dos botones azules!

-Creo que…

-¡Nadie te ha pedido que pienses, cerebro de cacahuete! ¡Pulsa el botón azul!

Maks dudó entre un botón azul celeste y otro azul marino. Intentó razonar una vez más:

-Insisto en que hay dos botones.

-¡Maldito comunista de mierda! ¡Aprieta el botón azul, si no quieres que ordene derribar el Boeing con un misil! ¡Deberían cortarte la polla para que no contamines el mundo con tu prole bolchevique!

Maks apretó el botón azul celeste y el avión emprendió una caída vertiginosa:

-¡Maaaaaaaks! –gritó Ada, que había escuchado todas las conversaciones, con una mezcla de miedo, ira y estupor-. ¡Pulsa el otro botón!

Los pasajeros chillaron aterrorizados, agitándose en sus asientos.

-¡Lombriz repugnante! –aulló Alexander Slope-. ¡Has apretado el botón equivocado!

-¡Ya le dije que había dos botones! ¡He pulsado el azul celeste!

-¡Maldito mariquita! ¿Es tu color favorito? ¡Pulsa el otro botón, grandísimo capullo!

Maks obedeció y el avión se estabilizó, pero tardó en conseguirlo unos interminables segundos. Después se quedó suspendido en el aire, como una pluma indiferente a la gravedad.

-¡Para bajar tienes que pulsarlo otra vez! –aulló Slope, cada vez más alterado-. Si te pongo la mano encima, lamentarás haber nacido. Voy a motivarte, patoso. Cuando acabe contigo, cagarás pepitas de oro. ¡Me quedo con tu cara y me quedo con tu nombre! Será mejor que no me encabrones, si no quieres que te abra la cabeza y empiece a correrme en tus sesos de mosquito.


Maks intentó pulsar el botón, pero el dolor le paralizó. Agachó la cabeza y sintió que su glande estaba a punto de explotar. Parecía una bombilla de emergencia, anunciando con su luz roja la inminencia de una catástrofe.

-¡Mueve el culo, recluta! –exigió Slope-. Ya sé que eres un mariquita, pero hasta un mariquita puede levantar un dedo y pulsar un botón. ¡Eres un asqueroso saco de mierda babosa! La tienes más pequeña que un esquimal con miedo a salir de su iglú. Conozco a los tipos como tú. Necesitan una lupa para encontrársela. Seguro que tienes la polla de un eunuco. Juraría que necesitas una grúa para que se te levante.

-¡Y una mierda! –vociferó Maks-. La tengo más grande que los negros del Congo. Podría pulsar el botón con la polla, sin levantarme del asiento. Y no me hace falta ninguna grúa. ¡La levanto yo solito!

Maks y Slope se enzarzaron en un intercambio de insultos, mientras el Boeing se mecía sobre una expectante Nueva York.

-¡Tendré que hacerlo yo! –exclamó Ada, extendiendo el brazo-. No me interesan vuestras absurdas disputas sobre esquimales, pollas y grúas.

Ada pulsó el botón con determinación. Esta vez el avión inició el descenso con una maniobra suave y progresiva. Maks resopló y Ada ocupó de nuevo su asiento:

-Entiendo que defiendas tu polla, pero no es el momento.

-Me estaba tocando los cojones ese maldito Slope. Mi polla es sagrada.

-Te entiendo. Nunca he visto nada igual. ¡Eres increíble! Estamos a punto de morir en un holocausto nuclear y sigues empalmado. Será mejor que no se entere nadie. Podrías acabar en un laboratorio, acompañando a los chimpancés que utilizan para los experimentos médicos. La verdad es que eres una monada. Creo que me estoy enamorando de ti. Soy una romántica incurable. 

Ada liberó una risa histérica, mientras abrochaba el cinturón sobre su desnudez de calendario. Maks se limitó a gruñir, intentando consolarse con la idea de que moriría con la bandera muy alta, despejando cualquier duda sobre su rabiosa heterosexualidad. Los idiotas de sus amigos habían insinuado que se follaba a Rafa Narbona, al menos cuando eran más jóvenes, pero cuando le hicieran la autopsia el mundo sabría que murió tan empalmado como un ahorcado. Los ahorcados mueren empalmados. ¿No decía eso la canción de Siniestro Total? Su erección sobreviviría a un holocausto nuclear. Su madre se sentiría orgullosa de él y el alcalde de Alcobendas descubriría una lápida con su nombre en una avenida construida para recordar su gesta. Emocionado, no pudo contener las lágrimas.


 

 

                                                                        9

 

Time Square no tardó en aparecer. Su aspecto era semejante al de las postales: carteles de neón, tiendas, restaurantes, teatros, pero las aceras estaban vacías, no había coches circulando, todo parecía irreal, casi un sueño.

-Esto ya lo he soñado –musitó Maks, olvidándose por unos segundos de su situación desesperada.

-¿Qué dices? –gritó Alexander Slope.

-¡Estaba pensando en voz alta, gilipollas!

-¿Alguien te ha pedido que pienses, soplapollas? Si estuviera en la cabina, te pegaría un tiro, recluta, pero se nos acaba el tiempo, despreciable comemierda.

-¡Me cago en tu puta madre! ¡Voy a aterrizar sobre tus huevos!

-¡Grandísimo mamarracho! Ya te ajustaré las cuentas, pero ahora si no quieres acabar empotrado contra un edificio, tendrás que escoger entre Brodway y la Séptima Avenida. Lo  más probable es que rompas los trenes de aterrizaje. Es importante que mantengas la dirección. Si no lo consigues, el Boeing comenzará a rebotar contra los edificios y explotarás por los aires. Me importa una mierda, pero Nueva York merece salvarse. El mundo te observa, recluta. Demuestra que tienes cojones. No te acobardes. Sé que no vales un carajo, pero eres lo único que tenemos. ¿Has entendido, tonto del haba?

-¡Que te den, Slope! Haré lo que pueda, pero si salgo de esta, te tragarás tus palabras.

Maks intentó conservar la calma, pero se estremeció cuando el Boeing quedó encajonado entre los edificios. Los trenes de aterrizaje reventaron al entrar en contacto con el asfalto. Las alas barrieron el mobiliario urbano de las aceras, arrancando farolas, bancos, bocas de riego, quioscos. Ada gritaba con todas sus fuerzas, los pasajeros ululaban como lechuzas asustadas y Maks pensaba en que se cortaría la polla, si sobrevivía. “Yo sólo quería follar –gimoteaba-. Y ahora tengo varias bombas nucleares debajo del trasero. No me merezco esto”. Horrorizado, notó que el avión no respondía a los mandos. Se deslizaba sin rumbo, levantando chispas, pero el azar quiso que enfilara la Séptima Avenida, eludiendo un choque frontal con un edificio. Las alas continuaron su labor destructiva, ensañándose con los cristales de los escaparates, que se transformaron en una avalancha de partículas. Poco a poco, la velocidad disminuyó y por fin el Boeing se detuvo, describiendo un pequeño giro, que incrustó la cola en un restaurante chino, provocando un estrépito sobrecogedor. Después se hizo el silencio. “Si Robert Capa estuviera aquí, haría una gran foto”, fantaseó Maks.


 


Suspiró aliviado, pero el dolor le impidió celebrarlo con el mismo alborozo que Ada, eufórica por estar viva. Mientras ella saltaba y agitaba los brazos, se dobló por la mitad y fantaseó con un cubo lleno de cubitos de hielo. Tal vez su pene se calmara con el frío. “En los aviones, hay una nevera. Tengo que encontrarla”. Salió de la cabina y atravesó el pasillo, sin prestar atención a los pasajeros, que lloraban y se abrazaban. Se acercó al frigorífico, esquivando a dos azafatas estupefactas, que no desviaban la mirada de su implacable priapismo. Encontró una cubitera e introdujo el pene, pero el frío no causó el efecto esperado. El dolor resultaba insoportable. Tuvo la sensación de que el miembro se entumecía y adquiría una tonalidad violácea. “Se me está poniendo morada, joder”. Descubrió en una bandeja un bistec crudo y recordó que –al menos en las películas- se utilizaban para combatir los hematomas. Envolvió el pene en el filete y se cubrió con una manta de cuadros. Se abrió paso entre los pasajeros y se acercó a la puerta de salida. El júbilo se había transformado en expectación. La Séptima Avenida estaba vacía. Las aceras estaban llenas de cascotes y cristales. Se habían incendiado algunos restaurantes y comercios. Las bocas de agua escupían chorros de agua a presión. Durante unos minutos, prevaleció un extraño silencio. Después, se escucharon sirenas y aspas de helicópteros, sobrevolando la zona. En seguida aparecieron policías y soldados, que se desplegaron estableciendo un perímetro de seguridad. Un comando de Navy Seal abordó el avión, ordenando a los pasajeros que formaran en filas para su evacuación. Ada echó a correr por el pasillo y se abrazó a un soldado, sin mostrar un ápice de rubor. El soldado agradeció el gesto con una sonrisa de felicidad.



Los Navy Seal no mostraron el mismo entusiasmo por Maks. Su erección levantaba la toalla y algunos creyeron que escondía un arma. Le arrojaron al suelo con violencia y le esposaron, apuntándole a la cabeza. Le quitaron la toalla, pero no entendieron nada. Incomprensiblemente, el bistec no se había desprendido del pene.

-¡No le toquéis! –advirtió un oficial-. ¡Parece un filete, pero puede ser un arma bacteriológica!

Le escoltaron hasta el exterior, completamente desnudo y con el pene apuntando al cielo, sin mostrar el más leve signo de fatiga. El filete crudo insinuaba una monstruosa elefantiasis. Alrededor del avión se habían congregado decenas de periodistas, que lanzaron fotos y comenzaron a hacer preguntas, suplicando alguna explicación. Nadie comprendía la extraña escena. Un joven desnudo con un bistec crudo alrededor de un pene erecto constituía un desafío a las expectativas racionales de cualquier mente racional. El tumulto se aplacó cuando una hilera de coches se abrió paso entre las ambulancias y las tanquetas del ejército. Cuatro motoristas precedían a un Lincoln Continental con las lunas tintadas, que se detuvo al pie del Boeing. De su interior, bajaron varios guardaespaldas, con gafas oscuras y cara de perro. El Presidente de los Estados Unidos apareció con una sonrisa triunfal y el signo de la victoria. Uno de los Navy Seal rescató la toalla y la anudó a la cintura de Maks.

-¿Es el piloto? –preguntó Charlie Sheen, acercándose-. ¡Quítenle las esposas! Es un héroe. Ha salvado a la nación de un holocausto nuclear.

El oficial del comando se acercó al Presidente y le advirtió que el desconocido escondía algo insólito entre sus piernas, de apariencia inofensiva, pero tal vez más letal que las ojivas nucleares.

-Tonterías. El mundo nos mira. No puedo desperdiciar la ocasión. Está en juego mi reelección. No sea aguafiestas.

-Presidente –intervino un periodista-. Creíamos que estaba en Washington.

-Por razones de seguridad, oculté mi presencia en Nueva York.

-¡Habló desde el despacho oval!

-Estoy acostumbrado a mentir. No olvide que fui actor. ¿No ha visto Dos hombres y medio? Es la mejor serie de la historia de la televisión. Bueno, al menos en las temporadas en las que yo participé.

 


Ada se asomó a la puerta del avión, con una chaqueta de piloto ligeramente abrochada. Con las piernas al aire y un escote notable, captó de inmediato la atención del Presidente, que la observó sin disimular su admiración:

-No está mal. Nada mal. Nuestras compañías saben seleccionar azafatas.

Charlie Sheen tosió y comprobó el nudo de la corbata, intentando recuperar la compostura:

-¿Dónde está el héroe? Ya he hablado con ese muchacho, pero quiero conocerlo mejor.

Todas las miradas se desviaron hacia Maks, que apenas lograba conservar la posición horizontal. El Presidente adoptó un tono solemne:

-Hijo, has salvado Nueva York. Millones de personas vivirán gracias a tu coraje. Mañana estarás en la portada de los principales periódicos. ¿Cómo te sientes? ¿No quieres decir unas palabras? El mundo te escucha, conteniendo la respiración.

Todos los presentes enmudecieron. Los coches de policía apagaron sus sirenas y todas las miradas concentraron su atención en Maks, que se mordía los labios y guiñaba los ojos. Pasaron unos segundos. Sólo se escuchaba el sonido del agua liberada por las bocas de riego, elevándose unos metros para caer en seguida sobre el asfalto.

-Vamos, joven –inquirió el Presidente-. Di algo. No seas tímido.

-Necesito un médico –susurró Maks.

-No te entiendo. Habla más alto.

-No puedo más.

-Lo comprendo. Ha sido una experiencia muy dura.

-Voy a explotar.

-Hablas de una forma muy extraña.

-¡Joder!

-¿Cómo?

QUE ME DUELE LA POLLA! ¿Está claro? ¡Me duele mucho la polla! 

Maks sintió que se nublaban sus ojos. Farfulló unos sonidos incomprensibles, se tambaleó y perdió el conocimiento, rodando por las escaleras. Decenas de cámaras inmortalizaron su caída. El bistec se separó de su cuerpo, describiendo una pirueta en el aire. Después de un breve vuelo, aterrizó en el asfalto, desplegándose como si esperara ser cocinado en una sartén. Maks cayó de bruces. Se escuchó un horrible crujido. La erección por fin cedió, pero a costa de una fractura que provocó un escalofrío general. El Presidente se encogió, llevándose las manos a los genitales. Maks quedó tendido en el suelo, desnudo, con los brazos y las piernas extendidas y con el pene trágicamente desmoronado.


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-¿Mereció la pena? –preguntó Rafa Narbona.

-¿El viaje a Nueva York? –respondió Maks.

-Pasaste un mes hospitalizado. Se te fracturó…

-Se me fracturó el pene. Puedes decirlo con tranquilidad. No ha afectado a mi vida sexual. Mis erecciones no se han resentido.

-Vanessa te acogió en su piso. Me dijiste que era muy guapa.

-Muy guapa, sí, pero no pudimos echar ni un polvo. Yo no podía ni empalmarme, sin poner en riesgo mi rehabilitación. Cada vez que empezaba a ponerse dura, me metía debajo de la ducha y abría el grifo de agua fría.

-No te apenes muchacho. Nueva York se salvó gracias a ti. Es una bonita ciudad. Yo no puedo pensar en sus rascacielos, sin recordar a Gene Kelly bailando con Ann Miller en On The Town. ¡Qué piernas! No era Cyd Charisse, pero cuando bailaba en las azoteas parecía un ángel. Me gusta esa película. Es una solemne idiotez, pero una idiotez divertida. Cuando bailan todos juntos parece que se ríen de la estupidez del género humano. Yo no conozco Nueva York. Odio viajar, pero reconozco que ahora mismo te envidio. Me gustaría pasear por la Gran Manzana.



-Yo no podía ni salir a la calle. La primera vez que lo hice se montó un revuelo terrible. Me reconocieron de inmediato. Los hombres me felicitaban y me estrechaban la mano, los niños se partían el culo y las mujeres se volvían locas. En una ocasión, tuve que huir de unos grandes almacenes, acosado por una jauría de chifladas. Llevaba unos pantalones con botones en la bragueta. Me los arrancaron todos. Si no llega a intervenir la policía, no sé lo que habría pasado.

-Pasaste unos días en la Casa Blanca, invitado por el Presidente.

-No me lo recuerdes. Charlie Sheen está como una puta regadera. Me obligó a ver cinco episodios seguidos de “Dos hombres y medio”. Sentí deseos de matarlo. Luego me habló del incidente con su segunda mujer, cuando la persiguió con una pistola por los jardines de Beverly Hills, sin otra prenda que unos calzoncillos de lunares rojos. Se mostró muy preocupado por mi fractura de pene. Me confesó que sin follar la vida le parecía algo sucio, oscuro y sin propósito. De vez en cuando le entra una borrachera filosófica y resulta más insoportable que cuando habla de alcohol, drogas y mujeres. Me preguntó muchas veces si había follado con Ada en el Boeing secuestrado. Al principio lo negué, pero al final me sinceré. Entonces me contó que organizaba juergas sexuales en el Air Fuck One, un Boeing 747-200B de última generación.

-¿Qué pasó con los secuestradores?

-Les contrató HBO. Casi nadie lo sabe. Hacen de malos en una serie. Gracias a sus personajes, se han hecho muy populares. Su verdadera identidad se ha convertido en un asunto de seguridad nacional. Fue una decisión de Charlie Sheen. Dijo que era mejor que enviarlos a la cárcel. Afirmó que la televisión dignifica a los seres humanos y se cito a sí mismo como ejemplo.

-¿Y qué pasó con Ada?

-Se ha convertido en guardaespaldas del Presidente. Se ocupa de su seguridad cuando viaja en el Air Fuck One.

-¿Y el jamón?

-Lo requisó la CIA. Dijeron que lo estudiarían. Aseguraron que podría ser una herramienta enormemente eficaz en la lucha antiterrorista. ¡Qué cabrones! Todo mentira. Seguro que se lo comieron. 



-El mundo merece conocer estas historias.

-¡No jodas! Imagina que lo lee mi madre. No quiero que conozca ciertos detalles.

-¿Qué te dijo cuando regresaste?

-Nada, pero cuando me preparó la cena, me sirvió un bistec crudo.

-¿De veras?

-Me miró con ojos de picardía y comentó: “No te lo pongas alrededor de la polla. No hay que jugar con la comida y si quieres echar un polvo, no hace falta que te vayas tan lejos”.

-¿Y qué contestaste?

-Que había aprendido la lección.

-Y es así, ¿no?

-Bueno. Ahora estoy chateando con una rusa. Me ha invitado a su casa.

Rafa Narbona suspiró y se encogió de hombros, con gesto de fatalidad:

-Aunque esté viejo y debilitado por los achaques, desempolvaré mi escopeta. Alguien tendrá que rescatarte. Seguro que acabas en manos de la mafia. 

-¿Tu escopeta? Es una carabina de aire comprimido.

-Ya, pero acojona. ¿Te he enseñado la fotografía que me hice de joven?

-No seas fantasma. Tenías 40 años. Y sólo era una foto. No tienes ni idea sobre armas. Ni siquiera hiciste la mili.

-No seas impertinente.

-Es la verdad.

-La verdad no me interesa. ¿Por qué no me cuentas donde reside esa señorita?

-En Moscú.

-No me extrañaría que ya hubieras sacado el billete.

-Me lo ha enviado ella.

-Volveré a leer a Dostoievski y a Tolstoi. Creo que me ayudará. No se debe emprender un viaje sin conocer el alma del país al que te encaminas. Espero que sobrevivamos.

-Es que está…

-Ya lo sé. Está como un queso. Desde luego, los médicos hicieron un buen trabajo. Tu polla y tu cerebro siguen perfectamente sincronizados.

Esa noche, Rafa Narbona acercó una vez más a su joven amigo en su Vespa, un modelo de los ochenta adornado con una doce de espejos, cinco faros y un sillón de cuadros. Al cruzar la estepa castellana, ya no parecían dos seres humanos, sino un centauro aquejado de nostalgia y soledad, preguntándose si la felicidad es algo real o una simple quimera.  

 


RAFAEL NARBONA


(Maks en Nueva York es un cuento basado en hechos reales. Quiero expresar mi gratitud a Charlie Sheen, que ha colaborado personalmente en todas las fases de este proyecto, involucrándose más allá de lo razonable. Después de pasar dos semanas en su compañía, hemos descubierto que el sexo, las drogas y el rock’n roll no son el paraíso, pero ayudan a vivir mejor. Sería una ingratitud no citar al doctor Henry Rock, autor del bet-seller “Memorias de un urólogo”. Sin su talento, Maks no habría recuperado su vigor sexual. Por último, mencionar a Alexander Slope, nombre ficticio de un villano infaustamente real, que se disputa con Esperanza Aguirre la cúspide del Mal).

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Etiquetas: RELATOS