LOS CUENTOS DE JOSÉ LEZAMA LIMA (I)

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José Lezama Lima (La Habana, 19 de diciembre de 1910 — íbid, 9 de agosto de 1976)

El catolicismo de José Lezama Lima (La Habana, 1910-1976) siempre ha producido desconcierto, particularmente cuando se lee el capítulo octavo de Paradiso (1966), que se caracteriza por un encendido erotismo. Lezama Lima no comprendió que los apologistas oficiales del credo romano repudiaran y condenaran su libro, pues concibió su novela como “un auto sacramental”. Lezama Lima no es un católico ortodoxo, sino un católico impregnado de orfismo con una espiritualidad concertada con las enseñanzas del Evangelio, especialmente con la buena nueva de San Juan, donde se identifica el origen del ser con el Verbo, la Palabra. La Palabra no es una herramienta al servicio de la comunicación, sino una forma de trascendencia, que explica la aparición del cosmos y el misterio de la eternidad o, lo que es lo mismo, la resurrección: “Hay que creer –escribe Lezama Lima- con verdadera sustancia paulina, hay que empezar por la resurrección. El diablo sólo cree en la muerte, en la no creencia” (Carta a su hermana Eloísa, 1964). Dios siempre se expresa de una forma simbólica y elusiva. La interpretación, lejos de ser una invención académica o filológica, es el cauce mediante el que se comunican lo profano y lo sagrado, la contingencia y la permanencia. Si el catolicismo se reduce al dogma, a las prosaicas enseñanzas del catecismo, pierde su carácter ecuménico, polisémico y ubicuo.

La Biblia es una Revelación porque su mensaje no es claro e indubitable, sino oscuro y ambiguo. Lo divino siempre ha rehuido la claridad, no por capricho, sino porque el conocimiento de lo sagrado sólo es posible mediante un esfuerzo hermenéutico. Dios no es una evidencia inmediata. Dios es el que viene, el que espera, el que se dice enigmáticamente. Sólo una razón poética puede acercarnos al prodigio de la fe, que se rebela contra la evidencia. Dios se expresa con signos, no con hechos contrastados. Al igual que San Agustín, Lezama Lima cree que el acceso a lo superior se produce mediante la experiencia interior, pero al mismo tiempo sostiene que lo exterior compone una gramática cuyo significado último sólo puede ser comprendido desde la perspectiva del saber teológico. Ese planteamiento inspira los cuentos de Lezama Lima, seis piezas escasamente conocidas que pueden leerse –o, mejor aún, escucharse- como los movimientos de una sinfonía.

En España, los relatos aparecieron publicados con el título El juego de las decapitaciones (Barcelona, Montesinos, 1982), con un preclaro prólogo de José Ángel Valente, según el cual “el pulpo es el animal heráldico de Lezama Lima”. No es un símil alumbrado por el ingenio de Valente, sino una intuición del escritor cubano, que exaltó “la sabiduría total y cóncava del pulpo”. “Animal primordial, señor del fondo”, el pulpo extiende sus brazos para reunir lo disperso en un centro solar e imantado. El pulpo convierte lo fragmentario en un orbe rebosante de sentido. A semejanza del octópodo que ha inspirado tantas fantasías mitológicas, Lezama Lima atrapa al lector con la fuerza de un remolino, obligándole a hundirse en sus aguas. Como advierte Valente, no se entra, sino que “se cae” en su literatura por “inmersión total”. No es posible una lectura distanciada, pues se trata de una literatura que convoca la atención y exacerba la sensibilidad, exigiendo una entrega absoluta, sin reservas. Es una literatura carnal, que muestra simultáneamente su forma y su proceso de creación. No es extraño que Lezama Lima también establezca una relación filial con la araña, que “segrega su tela, igual que los poetas, para crearse su espacio”. Estas metáforas no son adventicias, sino matriciales, fundacionales. Para el escritor cubano, la metáfora es la llave del universo, el hilo que neutraliza las fuerzas centrífugas del ser. La literatura se dilata, pero siempre necesita una referencia. Sucede lo mismo con el cosmos. Si la propagación de la materia no es contrarrestada mediante un fuerza incondicionada (esto es, Dios), el desorden acaba imperando y la trama que sostiene el ser se rompe irremediablemente.

Lezama no busca la coherencia, sino lo maravilloso. Por eso, sus cuentos repudian la claridad cartesiana, que establece el primado del yo sobre la existencia. Lezama piensa que la existencia precede al yo y lo hace como Palabra. El yo se limita a transmutarla en poesía. Sus relatos pueden parecer caóticos, pero no es el caos de lo absurdo, sino de lo onírico, del sueño, fuente inagotable de metáforas insólitas, que transforman lo imposible en posibilidad fecunda. En “Fugados”, la anécdota es insignificante: dos adolescentes deciden no acudir a la escuela para realizar una excursión al mar. Al parecer, habían quedado con otro compañero para ir al cine, pero la lluvia, la brisa y las algas se conjuntan para capturarlos y llevarlos a la costa. Desde el principio, Lezama Lima subvierte las leyes de la lógica y el mundo físico, alterando el funcionamiento ordinario de los sentidos: “No era un aire desligado, no se nadaba en el aire. Nos olvidábamos del límite de su color, hasta parecer arena indivisible que la respiración trabajosamente dejaba pasar”. Lezama Lima no ha olvidado la lección del Modernismo, que atribuye a la sinestesia una comprensión más profunda de la realidad. Sabemos que no es posible nadar en el aire, que el aire no tiene color, que la arena es divisible, pero advertimos que hay más verdad en esas afirmaciones que en las leyes de la biología. La fusión de dos dominios sensoriales nos permite atisbar una trascendencia insospechada. Intuimos la existencia de lo absolutamente otro, de una alteridad que dilata los límites del ser, mostrando la tensión permanente entre la identidad y la diferencia. La sinestesia nos permite contemplar el ser como “una cantidad hechizada”.

Lezama Lima emplea su estilo neobarroco para hablar sobre el hombre, el espacio, el tiempo, la música, la percepción y otros temas, casi siempre escondidos en sus malabarismos verbales, que revitalizan el idioma y nos recuerdan la riqueza del castellano, a fin de cuentas la lengua de Góngora, Quevedo y Gracián, pródigos en metáforas y hazañas estilísticas. Luis Keeler y Armando Sotomayor, los protagonistas del relato, se cruzan con “hombres iguales […] durante muchos días y en muchos cuerpos distintos”. Si sólo atendemos a la razón, la diferencia es inviable. La razón sólo produce identidad, rutina, redundancia. La humanidad no es diversa por diferencias puramente formales, sino por diferencias esenciales que pasan desapercibidas. Sólo la razón poética advierte que cuerpos distintos pueden ser tristemente iguales. Sólo la razón poética, que ha guiado a creadores y pensadores tan deslumbrantes como Heidegger, Paul Celan y María Zambrano, puede apreciar en la lluvia “una tonalidad verde cansada” o descubrir que una idea puede salvar un obstáculo, saltando “al mar para borrarse a sí misma”. Los ojos de Armando captan en una pared “una esfumada cartografía sideral”. Una gota absorbida por la tierra pega un grito antes de desaparecer. Luis y Armando no intercambian palabras, sino miradas, y esas miradas son un lenguaje que “se imagina muy espesa la atmósfera lunar”.

La síntesis de platonismo y aristotelismo que proporcionó argumentos a la teología cristiana se halla presente en el peculiar y heterodoxo catolicismo de Lezama Lima. Un catolicismo que se impregna de surrealismo para completar la subversión de lo real mediante paradojas, antinomias y paralogismos. Cuando escribe que “una paloma muere al chocar con la columna de humo de un cigarro”, surge la tentación de pensar en el Espíritu Santo, que fracasa al luchar con Satanás, “el príncipe de este mundo” (Juan 12:31). La única forma de contrarrestar el mal es imprimir a la mirada un papel creador: “El paisaje estrenaba una apariencia distinta frente al estilo o la manera distinta de las miradas”. El hombre coopera con Dios en la creación del mundo, pues es un orfebre del idioma con un estilo, una voz. Y el estilo no es un artificio, sino una compleja visión de las cosas, que recrea lo creado, revelando su esencia. El cosmos no es un lugar mudo, sino un “espacio rítmico”, donde el silencio sólo es una nota más. Los niños fugados se transmutan en “archipiélagos húmedos”, gracias al estilo de Lezama Lima, que logra infundir a las manecillas de un reloj la fuerza necesaria para desplazar a un barco. O convertir los oídos en “una bahía algodonosa”.

El catolicismo de Lezama Lima no repudia el paganismo, pues entiende que lo sagrado es una revelación sucesiva, un milagro que se prolonga indefinidamente, engendrando sin tregua verdad, belleza y misterio. El océano tiembla con un “verde de luna aplustre”. Luis vislumbra “el verdor de juncos enlunados”. Se llamaba aplustre a un adorno situado en la popa de las naves romanas. Muchas veces se colocaba este adorno en el frontis, el friso y las entradas de los templos consagrados a Neptuno. Lezama Lima combina la mitología cristiana con la griega y romana, insinuando que todo está lleno de dioses, de maravillas, como la posibilidad de “enlunar” un junco, de fundir en una imagen dos objetos aparentemente incompatibles. ¿Por qué no apreciamos estos portentos? ¿Por qué todo nos parece plano, trivial y unidimensional? Por “la obligación con el nombre”, por la “esclavitud a la línea y el punto”. El principio de identidad y las reglas de las sintaxis nos impiden ver más allá de lo empírico. Seguimos atrapados en la cueva platónica, aturdidos por una sucesión de imágenes fraudulentas y deformes. Ese paisaje es la obra del demonio, que achata el mundo hasta transformarlo en un yermo. Lo sagrado, en cambio, desprende exuberancia y no conoce límites: “pájaros nevados”, una “grulla, ave blanda, […] absorbida por el asfalto”, “ola que definitivamente se marmolizó”, “dos manos viajeras que deciden desembarcar a la misma hora”, “una gaviota [escondida] en un punto geométrico”, respuestas como madreselvas, una docena de guerreros romanos flotando en el centro de una pecera, remolinos somnolientos.

El final del relato narra el “absolutismo” de un alga que decide diferenciarse de las nubes y los recuerdos. El alga se desangra, pues el precio de su autonomía es la caducidad inherente al principio de individuación. Luis Keeler nota que “la noche le empapaba las entrañas, creciendo como un árbol que sacude la tinta de sus ramas”. Algunos observarán que el cuento es un galimatías sin pies ni cabeza, casi un monstruo digno de figurar en un bestiario medieval, y no se equivocan, pues Lezama Lima, que siempre escribe desde una perspectiva religiosa, órfica-católica, no pretende urdir una historia, sino contener el flujo del ser con la Palabra, con el Logos. Y la Palabra crea, produce vida, pero no puede controlar su abundancia, que inevitablemente engendra aberraciones, quimeras, delirios, mitos y ensueños. La literatura no alcanza la cima de lo poético hasta que se alía con la teratología. Cristo es el centro que irradia vida, pero su Luz no puede espantar el poder de las tinieblas, al menos en este mundo, donde lo incondicionado sucumbe a las servidumbres de la materia. El catolicismo de Lezama Lima es, por utilizar una expresión de Valente, “esa sobrecausalidad” que sólo podemos percibir oblicuamente.

En una de las cartas a su hermana, Eloísa Lezama Lima de Álvarez, el escritor cubano afirma: “La realidad y la irrealidad están tan entrelazadas que apenas distingo lo sucedido, el suceso actual y las infinitas posibilidades del suceder”. “Fugados” es el perfecto umbral de una experiencia con seis estancias o moradas que muestran las infinitas posibilidades del ser, su incansable feracidad, reuniendo pasado, presente y futuro en un éxtasis lingüístico que resuena como una obertura. Órfico-católico, Lezama Lima nos inicia en una forma de conocimiento que desmonta la falsa piedad del que se ha dejado matar por la letra, atribuyéndole un sentido presuntamente inmutable. El católico sabe que la verdad nunca es un dato de experiencia, sino el producto de una larga exégesis. María Zambrano, con una visión semejante del lenguaje y lo divino, describió con precisión el objetivo último de la obra de Lezama Lima: “Árbol único que plantado en el campo donde lo único florece, […] trae con su presencia la presencia de los árboles únicos, de los animales únicos, de los seres únicos  que se nos hayan ido dando a ver y aún la de algunos que sólo nos habían rozado con su clara sombra”. (“Hombre verdadero: José Lezama Lima”, Poesie, 2, 1977, pp. 26-28). Dicho de otro modo, la literatura de Lezama Lima –cuento, poesía, novela- debe entenderse como “una misión de claridad”, sin olvidar que la luz nunca se haría visible sin su contrario, la ardiente oscuridad.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (06-12-2016). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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FIDEL CASTRO SEGÚN REINHARD KLEIST

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Fidel Castro encendió una llamarada de esperanza en los años sesenta, cuando consiguió poner en marcha una revolución socialista en el patio trasero de los Estados Unidos, animando a otros pueblos a levantarse contra las dictaduras que los oprimían. Es evidente que su lucha en Sierra Maestra despierta más simpatía que su etapa como Presidente, sorteando los escollos que implica nadar contra corriente. Fidel encarna las paradojas del revolucionario convertido en hombre de Estado. Cuando García Márquez le preguntó en una ocasión qué era lo que más deseaba en este mundo, contestó sin dudar: “Pararme en una esquina”.

Reinhard Kleist (Colonia, 1970) obtuvo el reconocimiento de la crítica con Cash. I See a darkness, una novela gráfica sobre la vida del músico country Johny Cash, donde se apreciaba su talento para el dibujo y la narración. Kleist utiliza el blanco y negro para acentuar los contrastes dramáticos, consiguiendo profundidad en los retratos y dinamismo en las escenas  de conjunto. No es un dibujante realista, que busca la exactitud fotográfica o el alarde técnico en la recreación del detalle, sino un artista que simplifica para adquirir la fluidez del relato periodístico. Sus obras recuerdan el trabajo del corresponsal que intenta preservar la autenticidad de los hechos, sin renunciar a una reflexión independiente y veraz, lo cual no significa que sus juicios resulten siempre atinados. Kleist se ha acercado a Fidel Castro con una mezcla de admiración y reserva. El punto de partida es el sepelio celebrado el 5 de marzo de 1960 para honrar a las víctimas del vapor francés La Coubre, que había volado por los aires mientras permanecía atracado en el puerto de La Habana. Todo indica que Estados Unidos organizó el atentado. Durante la ceremonia, Fidel pronunció por primera vez la famosa consigna “Patria o muerte”. Alberto Korda aparece fugazmente, realizando la famosa fotografía del Ché. Karl Mertens, un periodista imaginario introducido por el narrador para hilar el relato, dirige su cámara una y otra vez a Fidel, seducido por su convicción revolucionaria. Guarda un carrete para fotografiar a Sartre y Simone de Beauvoir, que han acudido al acto, pero Korda le recomienda que no pierda el tiempo con unos intelectuales europeos. Los verdaderos protagonistas son Fidel y el pueblo cubano.

El ficticio Karl Mertens nunca regresará a Alemania, su país de origen. Fascinado por la revolución cubana y enamorado de una guerrillera, se establecerá en La Habana, convirtiéndose en testigo de los cambios que experimenta el régimen durante más de cuatro décadas. Desde que pisa la isla, descubre que el régimen de Batista es una brutal cleptocracia sostenida por la Administración norteamericana e implicada en los intereses de la Mafia, que se pasea impunemente por sus hoteles de lujo, casinos y burdeles. Hasta Frank Sinatra acude a La Habana para complacer al dictador y a sus buenos amigos, Lucky Luciano y Sam Giancana. Mertens se interna en Sierra Maestra con un par de guías para buscar a Fidel Casto, al que logra entrevistar después de superar los estrictos controles de seguridad. Castro le explica que la pobreza es una lacra intolerable. Los campesinos se resignan a perder a sus hijos, mientras los latifundistas los explotan sin compasión. La lucha revolucionaria no cesará hasta que haya trabajo, educación, sanidad y vivienda para todos. La violencia es necesaria porque una minoría ha concentrado toda la riqueza en sus manos y emplea la intimidación, la tortura y el asesinato para conservar sus privilegios. Fidel sabe de lo que habla. Sus compañeros de Sierra Maestra relatan a Mertens la infancia del carismático líder. Hijo de un rico propietario rural, su rebeldía se manifestará en seguida. La situación de los trabajadores de su padre primero lo conmueve y, más tarde, lo indigna y avergüenza, hasta el extremo de animarles a organizar una huelga para mejorar sus salarios. Su padre le propina una brutal paliza cuando lo descubre y le amenaza con echarle de casa. Su inconformismo también se manifiesta en la escuela, donde se enfrenta a los curas, preguntándoles por qué no hay niños negros en los pupitres. Fidel lee con pasión a José Martí, es temerario y competitivo (no soportar perder), se entiende muy bien con su hermano Raúl y siempre responde a las provocaciones, peleándose con adversarios más grandes que él o superiores en número. Su inteligencia es evidente. Su forma de hablar es hipnotizadora y enormemente persuasiva. Su cultura es asombrosa y su memoria infalible. Estudia leyes en la universidad, donde se desarrolla su conciencia política. Agitador incansable y orador elocuente, asumirá la necesidad de la lucha armada cuando la represión de Batista se recrudece, sembrando el terror entre sus opositores y las clases sociales más humildes.

El asalto del Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 finaliza con Fidel Castro detenido y acusado de sedición. Se defiende a sí mismo, invocando el derecho de resistencia a la tiranía reconocido por la Constitución y las leyes internacionales. Evoca a los caídos y asegura que la historia lo absolverá. Es condenado a quince años, pero se beneficia de una amnistía y queda en libertad a los dos. Conoce a Ernesto Guevara de la Serna, se embarca con 132 camaradas en el yate Granma y regresa a la lucha. El 8 de enero de 1959 entra en La Habana, aclamado por el pueblo. No pocos intelectuales celebran su éxito. Estados Unidos reacciona enseguida. El Presidente Eisenhower ordena que se organicen los preparativos para la invasión de la isla. Castro restablece las relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, interrumpidas por Batista, y confisca las compañías norteamericanas, incluyendo las refinerías de petróleo Texas Oil Company, Shell y Ess. El 18 de septiembre viaja a Nueva York para asistir a las sesiones de Naciones Unidas, pero al día siguiente la dirección del hotel Shelbourne exige a la delegación cubana que abandone sus habitaciones. El propietario del Hotel Theresa, situado en Harlem, les ofrece alojamiento. Acudirán a entrevistarse con Fidel, Nikita Jrushchov, Nasser, Nehru y Malcom X. Jrushchov afirma que ignora si el líder de la revolución cubana es comunista, pero admite que él se considera fidelista.

Estados Unidos, que ya no controla la explotación del azúcar, la electricidad y las comunicaciones en suelo cubano, responde con una acción de guerra. El 17 de abril de 1961 desembarcan 1.500 mercenarios entrenados por la CIA en Playa Girón y en Playa Larga de la Bahía de Cochinos. El Presidente Kennedy niega la implicación de Estados Unidos, pero autoriza en secreto la guerra sucia contra el régimen (Operación Mangosta), que incluye diferentes planes para asesinar a Castro. Fidel se proclama “marxista-leninista”. El Papa Juan XXIII lo excomulga y la Administración norteamericana decreta un embargo comercial, económico y financiero. Las circunstancias no favorecen el diálogo ni la transparencia. Los Comités de Defensa de la Revolución intervienen constantemente en la vida pública. Surgen las primeras defecciones. El caso del escritor Heberto Padilla, encarcelado por actividades contrarrevolucionarias, levanta una oleada de protestas, que disipa la simpatía de muchos intelectuales hacia el experimento cubano. Kleist refleja este giro, mostrando una imagen menos favorable de Fidel, que llega a pedir a sus colegas soviéticos un ataque nuclear contra los norteamericanos durante la crisis de los misiles. En Comandante (Oliver Stone, 2003), Castro desmintió este hecho y atribuyó la confusión a un problema de traducción entre interlocutores con idiomas diferentes. Kleist mantiene una perspectiva particularmente hostil hacia la figura de Ernesto Che Guevara, al que presenta como un comunista fanático, aficionado a las ejecuciones sumarias. La minuciosa biografía de John Lee Anderson sobre el  Che, elevado a los altares por una época hambrienta de mitos laicos, corrobora el carácter sanguinario del guerrillero, que ejecutó a sangre fría a prisioneros políticos y dirigió los juicios revolucionarios contra los partidarios de Batista celebrados en la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, donde los procesados no disfrutaron de ningún tipo de garantía jurídica y, en muchos casos, acabaron delante de un pelotón de fusilamiento.

Kleist finaliza su obra con Fidel en el hospital, reflexionando sobre su legado: “Intenté cambiar el mundo… Aunque tuviera que empezar de nuevo, tomaría el mismo camino. No es mi destino. Yo no nací para descansar al final de la vida. ¿Sabe lo que dijo una vez Bolívar? El que sirve a una revolución ara el mar”. La revolución cubana obtuvo importantes logros en materia social. Fue el primer país de América Latina en erradicar el analfabetismo y acabar con la desnutrición infantil, pero nunca toleró la disidencia. Se calcula que la represión posterior al triunfo de Fidel Castro incluyó 7.000 fusilamientos. El régimen aplicó la pena de muerte hasta 2003 y prohibió las libertades democráticas, encarcelando a los opositores políticos. García Márquez no escatimó elogios al comandante: “Fidel es la inspiración, el estado de gracia irresistible y deslumbrante, que sólo niegan quienes no han tenido la gloria de vivirlo”. Es indudable Fidel que encarna el mito del revolucionario romántico, con grandes dosis de audacia e inspiración, pero también es el último césar de un continente pródigo en dictadores.

RAFAEL NARBONA

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Hedy Lamarr (Viena; 9 de noviembre de 1914 -Orlando; 19 de enero de 2000)

Nos gustan las mujeres infieles porque convierten nuestra vida en una película de intriga. Nos gusta vivir intranquilos, no saber qué nos espera, no distinguir la verdad de la mentira. La mentira es una dama refinada, que añade misterio y fantasía a la triste rutina de cada día. La mentira es tan excitante como una vagina que se ha hundido en un río amarillo, ondulándose para jugar con dos peces de colores que luchan como gladiadores. Las mujeres infieles  son compasivas. Cuando se acoplan con otro cuerpo, la angustia que nos devora por dentro cesa lentamente, hasta producir un raro ensueño. El ensueño de ser amado por una mujer que nos mantiene con el alma en vilo, pero que siempre regresa, con el pelo enredado y la mirada encendida, impaciente por reanudar la pasión interrumpida.

Una mujer infiel es un sauce que se estremece al rozar la piel de un hombre dormido. Una mujer infiel es un comediante que ensaya la ceremonia del adiós. Un mujer infiel es mitad sombra, mitad viento. Es una imagen sin nombre, una palabra extraviada, un nocturno de Chopin en la cruel rutina del mundo. Una mujer infiel es un disparo a bocajarro que incendia tu cerebro. Tu cerebro celebra arder, quemarse en un cielo turbio e impuro, donde se mezcla la ceniza y el fuego, el desengaño y el placer. Una mujer infiel es un rumor incandescente que palpita como un seno inmenso. Sus muslos son primavera, sol, ternura, esperanza, malicia. Su carne es una mirada infinita que llama a todas las puertas. Su lengua es un pájaro que agoniza entre páginas desnudas, aleteando con desesperación.

Nos gustan las mujeres infieles porque cada traición renueva nuestro deseo. El deseo es el lado más aciago de nuestra imaginación. El deseo es una espada que nos abre el vientre, feliz de sentir los espasmos de nuestras entrañas. El deseo es una bomba de fósforo blanco, que se ríe de nuestros gritos de dolor. Las mujeres infieles nos ofrendan una dicha violeta, que estrangula nuestras esperanzas. No es posible gozar y dormir tranquilo. El deseo es un descenso por una ladera escarpada, donde los pies se desuellan y el alma se rompe como un lienzo viejo. Las mujeres infieles nos ayudan a soportar el dolor, dibujando su sombra en una pared levemente iluminada. La sombra de las mujeres infieles se recorta en la oscuridad con la nitidez de un crisantemo. Es una sombra liviana, que sortea océanos y cordilleras. Los muros se agrietan cuando descansa sobre ellos. Para las mujeres infieles, no hay un antes y un después. Las mujeres infieles viven en una eternidad encarnada.

Nos gustan las mujeres infieles porque nos hacen soñar con lo improbable. Nos hacen soñar con armarios de luna flotando en un río de aguas incesantes. Nos hacen soñar con el vuelo de una grulla en una taza de té. Las mujeres infieles nunca declinan. Su existir se confunde con el flujo de la vida. Sólo se detienen en lo imperceptible, en el tenue tacto de la tarde, cuando la luz resbala por el horizonte, insinuando que el mundo tal vez se oscurezca para siempre. Si te has enamorado de una mujer infiel, no lamentes tu suerte. El amor de una mujer infiel te revelará la belleza del cuerpo. Te enseñará a amar la materia y lo caduco. El cuerpo que habitas no es un templo ni una cárcel. El cuerpo es la morada a la que siempre regresarás. Las mujeres infieles se ríen de los tabúes. Su ano palpita como un cervatillo asustado, esperando que alguien lo acaricie. La lengua que lo circunda aplaca su temblor, el pene que lo traspasa es la lumbre que espanta su frío, el semen que navega por su interior es un lirio que se inmola a un dios antiguo.

Nos gustan las mujeres infieles porque son divertidas e ingeniosas. Si fueran estúpidas, nunca buscarían un lecho ajeno. Se conformarían con unas sábanas limpias, que las amortajarían poco a poco, hasta dejar helado su corazón. Las mujeres infieles viven en las comedias de Howard Hawks. Son tan caprichosas y encantadoras como Katherine Hepburn, que rescata a Cary Grant de un espeluznante idilio con una paleontóloga fascinada por la costilla intercostal de un Brontosaurus. Son tan alocadas e imprevisibles como Sasha Grey, que odiaba el instituto y a los profesores, con su voz áspera e inexorable. Ariel Rot también odiaba el instituto, aunque no es una mujer infiel, sino un argentino seductor que introdujo en España el rock and roll. No fue el único, pero es de los pocos que ha sobrevivido. Ariel Rot es un poeta y los poetas, al igual que las mujeres infieles, aborrecen las cosas vulgares. Los institutos matan el espíritu y la rebeldía. Sasha Grey se rebeló contra la escuela debutando en el porno apenas cumplió los dieciocho años. Seguía la estela de Traci Lords, otra mujer infiel, que flirteó con el increíblemente desdichado Humbert Humbert. Humbert  Humbert se enamoró de una nínfula y acabó en la cárcel, abominado y despreciado por todos. Nabokov escribió su historia, mientras cazaba mariposas con unos ridículos pantalones cortos.

Sasha Grey ama a la nínfulas, pero su primer amante fue Oscar Wilde. Después comenzó su carrera de felatriz. Una felatriz es una actriz que desafía a Maria Callas y Renata Tebaldi. Su garganta hace prodigios, inspirada por el deseo de crear cosas bellas. Sólo un idiota juzgará la comparación improcedente. No hay nada deleznable en una felación. Una felación es más hermosa que la Gioconda. Oscar Wilde despeja cualquier duda con una frase inapelable: “Los que encuentran intenciones feas en las cosas bellas son corruptos sin encanto”. Sasha Grey es la mujer infiel que todos soñamos. Sasha Grey nunca nos prometerá amor eterno. No nos cuidará en la vejez ni engendrará hijos que dupliquen el espanto de ser hombre. Sasha Grey hará algo mucho más hermoso. Nos hará creer que su cuerpo es el universo y que se nos ha concedido el raro privilegio de contemplar su belleza sobrenatural.

RAFAEL NARBONA

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ÁRBOLES DEFORMES

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Janis Joplin (Port Arthur, Texas; 19 de enero de 1943 – Los Ángeles, California; 4 de octubre de 1970)

Nos gustan los árboles deformes. Nos gusta lo insano. Tenemos una mente enfermiza y nos refugiamos en las ciudades, huyendo del aire y sus transparencias. Nuestros pulmones respiran mejor cuando inhalan monóxido de carbono. Nos gusta el olor a gasolina de los viejos coches sin catalizador. Nos gusta el hedor de los callejones con meretrices que se protegen de la lluvia con paraguas de colores y altas botas de pescador. Nos gustan las putas que esperan a sus clientes con un cigarrillo en la boca, unas medias verdes y un pequeño caniche con piedras en el riñón. Aún está esperando en la cola de la Seguridad Social para someterse a una litotricia.

No nos gustan los chulos ociosos, como los de Irma la dulce (Billy Wilder, 1963), que explotan a sus chicas con un palillo en la boca, retorciéndoles el brazo cada vez que se quedan con la propina de clientes abrumados por la culpabilidad de engañar a sus esposas. Nos gusta Jack Lemon, el único chulo al que admiramos, pues se parte la cara por su chica y se comporta como un caballero inglés con un falso parche de aventurero herido en mil batallas. ¡Qué grande eres, Jack Lemon! ¡Cuánto te queremos!

Nos gustan los gánster con  trajes de colores chillones y zapatos embetunados por un limpiabotas tullido. Los limpiabotas tullidos son los hijos perdidos de Tod Browning, que los homenajeó en una incomprendida película (Freaks, 1932), donde un hombre sin brazos ni piernas se encendía un cigarrillo con un fósforo, mostrando que lo prodigioso es un cuerda tendida hacia el espanto.

Los limpiabotas tullidos suelen ser bizcos y jorobados. A veces son niños, con una infancia robada. La pobreza secuestra a los niños y los encierra en cuartos oscuros, hasta que se convierten en adultos humillados y afligidos. Los cepillos de los limpiabotas logran un brillo tan deslumbrante como una bombilla en una sala de interrogatorios. Aunque lo finjan, los limpiabotas no pretenden ser concienzudos. Disfrutan con su trabajo porque son fetichistas y los pies les excitan tanto como las prostitutas que intentan resucitar a los niños muertos, ofreciéndoles sus pezones sonrosados.

Preferimos unas sábanas sucias a unas limpias y recién planchadas. Las sábanas sucias tienen una historia. Las sábanas limpias acaban de nacer. Nos gustan las letrinas porque inspiran a los poetas y sirven de refugio a los onanistas, que necesitan su dosis de placer tres o cuatros veces al día. Simpatizamos con los yonquis, pero nunca los alojaríamos en nuestra casa. La heroína se disfraza de sustancia adictiva, pero en realidad es un dios fenicio, que exige sacrificios humanos. La heroína es el último amante. Si te acuestas con ella, nunca te apartarás de su lado.  No intentes dejarla. Te acosará sin tregua. Te llamará cuarenta y cuatro veces al móvil en menos de media hora. Después de besarla por primera vez, notarás su saliva flotando en tu estómago. No se quedará ahí. Escalará por tu esófago, hundirá sus uñas de rapaz en tu lengua y sentirás su sabor acre y mucilaginoso en tus labios, que dibujarán una “O” de estupor y placer.

Sentirás que te pegan un tiro en el cerebro y que renaces sólo para repetir la sensación de morir fulminado. Si huyes al mar, aparecerá entre sus espumas. Si te internas en una montaña, te esperará en las nieves perpetuas de los picos más altos. Patti Smith y Janis Joplin pasearon por esas cumbres y dejaron su piel en ellas. Patti Smith pudo contarlo. Janis Joplin se cayó por una grieta y se convirtió en una flor de pétalos blancos, aturdida por los escalofríos.

La heroína se transforma constantemente. Se divierte confundiendo a los que pretenden asignarle una forma. Se ha aburrido de ser un caballo. Ahora es un pequeño burrito con los ojos de Platero, que te ofrece su lomo para escapar de los centros de desintoxicación y de las parroquias de barrio, absurdamente obstinadas en salvar a los yonquis que ya han concertado cita con Janis Joplin y John Belushi para bañarse en la piscina de Marilyn Monroe, donde la heroína subsiste con el hígado y el bazo de los amantes que se pincharon juntos y murieron ahogados por su propio vómito.

La heroína es un elefante de papel que te hace una colonoscopia con sus trompas de Falopio. Es un lápiz que nunca duerme, una pluma asténica que escribe versos sobre ingles con las venas obstruidas.  La heroína crece en mazmorras frías, abriendo grietas en muros que compiten con los de Facebook, comerciando con la soledad de los que sólo hallan consuelo intercambiando fotos y mensajes. Facebook es una celda sin barrotes, donde los cuerpos no pueden tocarse. Facbook sólo necesita un monitor para recluirte en unas cuantas pulgadas de realidad intangible.

La heroína no necesita razones. Sólo necesita que tus células se acostumbren a las noches en vela, a los vómitos intempestivos, a los dientes postizos, a un estreñimiento crónico, que escupe circunferencias perfectas, pequeños óbolos que trafican con los sueños incumplidos. La heroína se convierte en poesía cuando almuerza con William S. Burroughs, pero con otros comensales actúa como una neurótica que ha olvidado el Orfidal y no encuentra una farmacia de guardia.

Nos gusta lo retorcido porque la poesía es una ciénaga donde las palabras  luchan para no ahogarse entre algas podridas. Nos gusta Bruno, el personaje de Patricia Highsmith en Extraños en un tren (1950). Nunca verificamos los datos. Jamás acudimos a la fuente, al texto original que nos inspira o a los fotogramas que se han grabado en nuestra memoria con una deliciosa imprecisión. La fuente somos nosotros. No nos interesa la exactitud, sino el recuerdo que aún nos estimula. Esto es literatura, no una tesis doctoral y las tesis doctorales yacen entre profesores muertos, esperando que algún erudito arroje sus restos a un osario común, donde las calaveras hablan de lo tediosa y maloliente que es la eternidad. Los profesores muertos no despiertan el apetito de buitres, hienas, ratas o gusanos.  Después de probar su carne, los carroñeros comprenden que se han mordido la cola o la pata, pues no hay ninguna diferencia entre un catedrático y un buitre con hambre atrasada. Nadie recuerda a los profesores muertos porque no merecen ser recordados.

Bruno sólo es una criatura de ficción, una invención de Patricia Highsmith, pero cada vez que subimos a un tren, nos estremecemos de miedo, pensando que tal vez nos espera en el asiento de al lado. Sabemos que si no ha ocupado ese lugar, está en el bar, con un cigarrillo y un whisky escocés. Bruno es un gentleman, pero no respeta leyes absurdas, que proscriben el tabaco y el alcohol. Sin tabaco y alcohol, el hombre pierde su condición humana y se transforma en un simple homínido, que añora las copas de los árboles. Sin absenta o hachís, los poetas sólo podrían escribir su testamento, certificando la muerte de su ingenio. Bruno es un niño de mamá que odia a su papá. Es más refinado que Norman Bates, pero también acaricia sueños incestuosos y no le asusta la perspectiva del crimen. Su padre es su enemigo, la voz que le acusa de ser un el amigo rezagado del Rat Pack, el grupo de borrachos y mujeriegos que acarrearon el estiércol gracias al cual florecieron Paris Hilton, Britney Spears, Lindsay Lohan y Kim Kardashian.

Bruno (Robert Walker) se pregunta qué hay de malo en el estilo de vida de Sinatra y Dean Martin. No le gustan las flores podridas que han brotado de sus lodos, pero considera que saber vivir es un arte. Un arte que exige dinero y el dinero no tiene nombre. Pertenece al que lo coge. Es como el juego del pañuelo. Sólo hay que correr más que el resto de los niños y si es posible, meterle al rival un dedo en el ojo. Una zancadilla no es un sucio ardid, sino una obra de arte, que altera el equilibrio del cosmos. Bruno sólo quiere levantarse a las once de la mañana, no trabajar, abrir su pitillera de plata y comprobar que está atestada de TREASURE Black, los cigarrillos más caros del mundo. Le gusta escuchar a Renata Tebaldi en viejos vinilos de 74 revoluciones por minuto. Puede beber otra marca, pero considera que su paladar se merece un vaso de Macallan 1926, el whisky más caro del mundo. Sueña con cenar en una terraza suspendida sobre las aguas del Adriático, sosteniendo una copa de Louis XIII de Remy Martin, el coñac más caro del mundo.

Guy (el sosito Farley Granger) no entiende sus sueños. Guy es un arquitecto que sueña con diseñar barrios residenciales y un tímido rascacielos. Si levantas un rascacielos, debes ser tímido o Dios podrá ofenderse, creyendo que el hombre le desafía con una nueva Torre de Babel. La vida de Guy sería perfecta si su mujer le concediera el divorcio, pero ella se niega, pese a estar embarazada de otro. Bruno y Guy se conocen por casualidad en un tren. Intercambian confidencias y Bruno improvisa con su mente afilada y perversa. Se ofrece a matar a la esposa de Guy a cambio de que Guy mate a su padre. Nadie podrá relacionar un crimen con otro, pues nadie sabe que se conocen. Guy no acepta, pero Bruno sigue adelante. Mata a la mujer de Guy y le exige que cumpla su parte del trato. Al final, Guy cede, pero se miente a sí mismo, repitiéndose que actúa bajo coacción. Sin embargo, la sangre derramada les hermana de una forma enfermiza y retorcida. “Algún día –afirma Bruno-, Guy y yo daremos la vuelta al mundo, luego lo envolveremos como si fuese una bola de cristal y lo ataremos con una cinta”.

Guy y Bruno no llegan a ser amantes, pero Patricia Highsmith, que sí se arrojó a los brazos del amor lésbico, tal vez los habría enterrado entre sábanas en una época menos puritana. Conviene recordar que en esos años el fantasma del anticomunismo recorría Estados Unidos, arruinando vidas y destrozando carreras. Homosexualidad, comunismo, contracultura. Para la América profunda, no había diferencias. Si hubiera podido, habría ahorcado a todos del mismo árbol. Patricia Highsmith había nacido en la ultraconservadora Texas, donde el linchamiento es una tradición popular, que cobra más fuerza cada primavera. Hitchcock cambió el final de la novela en su versión cinematográfica. Los puritanos que no cesan de envenenar el mundo se lo exigieron, porque Highsmith es demasiado dura, demasiado intensa, demasiado sincera, para la América que reza y limpia sus armas, recitando aforismos del nefando senador McCarthy. España cada vez se parece más a esa América profunda que siembra la muerte en Oriente Medio, alegando que sólo quiere implantar una democracia. Una democracia a la americana: grandes bolsas de pobreza, miles de homeless, prósperas cárceles, con todas las celdas ocupadas y árboles que ofrecen sus ramas para anudar bonitas sogas, con impecables nudos. Nudos que no se prestan al ritual del bondage, sino a la costumbre ancestral de ahorcar a los que no encajan en el paraíso del rifle y la Biblia.

En el cine, Guy aparecía como un buen chico que no mata al padre de Bruno. ¡Maldito puritanismo! ¿Por qué eres tan obsceno? ¿Por qué desprendes un hedor tan fétido? ¡Hueles a viejo chivo acosando a una niña en un parque! ¡Hueles a moscardón dinamitando los sueños de los jóvenes! ¡Hueles a vieja solterona urdiendo maldades en la penumbra de un confesionario! Yo conozco al puritanismo. Es una carnicera que decapita las esperanzas de una niña ciega, que perdió la vista porque se enamoró de la oscuridad. Es la mano que empujó al suicidio a Alejandra Pizarnik, cortando sin piedad las flores que habían echado raíces en su cerebro, azul como un sueño lejano. ¡Tú sí que eres retorcida! ¡No nos gustas! Nos gusta Bruno, pero tú no eres como él. ¡Tú eres mala de verdad!

RAFAEL NARBONA

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ÁNGELES CAÍDOS

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James Mason James Mason (Yorkshire, Reino Unido, 15 de mayo de 1909 – Lausana, Suiza, 27 de julio de 1984)

Nos gustan los canallas porque son ángeles caídos. No nos gustan los canallas del mundo real: odiamos a Charles Manson y todos los que compiten con él en infamia. Nos gusta Lee Marvin en Los sobornados (1953), demostrando que se puede ser un malvado, sin avergonzarse de actos tan perversos como arrojar café hirviendo sobre la cara de la hermosa Gloria Grahame. Nos gusta Richard Widmark en El beso de la muerte (1947), interpretando al gánster Tommy Udo, que se deshace de una anciana paralítica, maniatándola con el cable de una lámpara y lanzándola escaleras abajo. Sabemos que la anciana sobrevivió y eso nos tranquiliza.

Nos gusta Humphrey Bogart en El bosque petrificado (1932), disparando a bocajarro a Leslie Howard, un poeta sin inspiración que acuerda con él su propia muerte, tras descubrir que jamás escribirá un buen verso. Duke Mantee, que se ha pasado la mitad de su vida en la cárcel y el resto lo pasará en la tumba, cumple el pacto. El gánster y el poeta están hechos de la misma pasta. La sociedad los prefiere muertos. Nos gusta el cinismo de Claude Rains en Casablanca (1942), que aprovecha su cargo de jefe de policía para vivir falsos romances, con jovencitas desesperadas por conseguir un pasaporte. Nos gusta Sydney Greenstret en El halcón maltés (1941), con su elocuencia elegante, que hipnotiza a Humphrey Bogart, un detective sin muchos escrúpulos que investiga la muerte de su socio, pese a engañarlo con su mujer mientras vivía. Bogart se dejará llevar por la conversación, sin advertir que le han ofrecido un whisky con narcóticos para dormir a un rinoceronte. Nos gusta James Mason en Con la muerte en los talones (1959), con su flema británica, asumiendo su derrota con la sonrisa de un jugador de cricket que no pierde la compostura, cuando pierde definitivamente la partida. Nos gusta Martin Landau, su hombre de confianza. Astuto y atildado, no conoce los problemas de conciencia y desconfía de todos. Creo que Manson y Landau componen una de las parejas de villanos más memorables de la historia del cine.

Nos gusta Tom Ripley, el personaje inventado por Patricia Highsmith. Es guapo, simpático, avispado, amoral. Es un vividor sin problemas de conciencia, que nos conquista desde la primera línea, desde el primer fotograma. Deseamos que todo le salga bien. Saber que la policía es estúpida (al menos en la literatura y el cine) nos alivia, pues Ripley se merece disfrutar del fruto de sus crímenes, gracias a los cuales asciende de golfo a mecenas del arte.

Nos gusta Omar, el pistolero de The Wire. Se merece un lugar de honor en la galería de los canallas, con su horrible cicatriz surcándole el rostro. No se lo hace con tías. Sobrevive robando los alijos de los grandes camellos. Es un rey, con una escopeta de dos cañones y una gabardina negra hasta los pies, que recuerda a los forajidos sudistas de los tiempos de los James y los Younger. Es negro en un barrio de negros, pero se enamora de un chico blanco, “un ángel” que morirá entre horribles torturas sin delatar su escondite. Amor en estado puro, amor que no se encoge ante la inmundicia de la muerte. Omar trabaja con dos chicas con más huevos que muchos tíos. De hecho, manejan una pistola con una precisión mortífera. Nos gusta Avon Barksdale, un soldado que hizo sus pinitos en el boxeo, pero cambió los guantes por la pistola.

Nos gusta Tommy de Vito y Nicky Santoro, almas gemelas que se desdoblan en Goodfellas (1990) y Casino (1995). Feroces, despiadados, imprevisibles, Vito y Santoro nunca pierden el humor y el sentido de la amistad. Disfrutan con su condición de bandidos. Santoro (Joe Pesci) es capaz de hundir la plumilla de una elegante estilográfica en el cuello de un insolente que ofende a Sam “Ace Rothstein” (Robert De Niro), hasta hacerle implorar clemencia y lloriquear como una niña asustada. Su violencia no es real. Como diría Omar, “This is the game”. Si no te gusta, no empieces, pues es un juego sin reglas ni límites. En los casinos de Las Vegas, pasan estas cosas.

Nos gusta “El Jarabo” interpretado por Sancho Gracia, afirmando en comisaría: “Señora, España y yo somos así”. Es el señorito macarra destilado hasta las esencias. Nos gustan los periodistas que se inventan las noticias, demostrando que la realidad sólo es una creación del ingenio humano. Nos gusta Judas Iscariote, con su trágico destino predeterminado por una Providencia inescrutable. Nos gusta Rober Mitchum en La noche del cazador (1955), fingiendo que escucha a Dios antes de apuñalar a sus víctimas, gritando como una fiera malherida al contemplar cómo se alejan los niños a los que ha dejado huérfanos, recreando el conflicto entre el bien y el mal con sus dedos tatuados.

Nos gusta Charles Laughton, malvado implacable en Rebelión a bordo (1953), magistrado sin entrañas en El proceso Paradine (1948), marido de Elsa Lanchester, (La novia de Frankestein, 1935) que le difamó acusándole de no ser amante de los niños, razón por la cual su matrimonio no fue fructífero. Pobre Laughton, que amaba a los niños y deseaba ser padre, pero que sólo se sentía atraído por el amor de los efebos. Nos gusta el Lex Luthor interpretado por Gene Hackman, el cerebro criminal más grande del planeta, pero que será incomprensiblemente derrotado una y otra vez por el memo de Superman.

Nos gusta la Bruja de Blancanieves. Aún nos estremecemos de horror al evocar su imagen, extendiendo su mano con la famosa manzana roja. Consideramos que en su forma anterior, cuando era reina y madrastra, era más hermosa que la insufrible Blancanieves, con su voz angelical convocando a los animalitos del bosque. ¿Por qué no apareció Harry el Sucio y le hizo callarse con su fálico Magnum 44? Se lo debería haber metido hasta la garganta y hacer que vomitara su alma pura y sin pecado. Nos gusta Scar. Nos gusta mucho Scar, con su cicatriz, un inequívoco signo de identidad de los villanos (Scarface, Omar, Chucky), que los hace inconfundiblemente malos. Scar se despide de la trampa tendida a su hermano Mufasa y su sobrino Simba, asegurando que la broma “será para morirse”. Scar es más escurridizo que un político y más ambicioso que cualquier general golpista, pero no posee iniciativa. Sólo es elocuente, mendaz, desleal. Sería capaz de pactar con Zurg para conquistar el universo, pero cuando su poder se hiciera total e imbatible no sabrían qué hacer. Sin enemigos, su vida carece de sentido.

Nos gusta Jabba el Hutt, con su lengua de sapo y, algo menos, Darth Vader, que se inmola para salvar a su hijo. ¿Por qué los canallas se arrepienten en el último momento, buscando su redención con un gesto fatal? Fu Manchú, Luzbel, Hannibal Lecter y Drácula nunca se arrepintieron de sus crímenes y ahí están, ocupando la cúspide del mal.

RAFAEL NARBONA

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