LA FE DE UNAMUNO

Miguel de Unamuno y Jugo (Bilbao, 29 de septiembre de 1864-Salamanca, 31 de diciembre de 1936)

Miguel de Unamuno fue un heterodoxo contumaz. Nunca buscó la sombra de un dogma que aplacara sus inquietudes. Por el contrario, siempre cultivó la paradoja, la duda, la polémica y la angustia existencial. Desde su punto de vista, la esencia del pensamiento no es la paz, sino la guerra, el conflicto permanente, la beligerancia sin tregua, el choque dialéctico, la autocrítica feroz. La posteridad ha ridiculizado esa actitud, atribuyéndola a un histrionismo hambriento de notoriedad, pero yo creo que la exaltación de Unamuno no nace de un ego desmesurado, sino de una sincera honestidad y un inconformismo irreductible, que le hace preguntarse una y otra vez por el sentido de la vida y el fondo último de las cosas. Ese talante explica su búsqueda de Dios, sus continuas divagaciones sobre el cristianismo, sus fervores y sus perplejidades. Se ha especulado mucho sobre su posición en materia religiosa. ¿Se le puede considerar un hombre de fe? ¿Pertenece al linaje de los místicos? ¿Intentó conciliar el catolicismo con el espíritu de la Reforma luterana? ¿Cómo interpretar su aspecto de pastor luterano, que revela un interior austero y una espiritualidad severa? ¿Era un hereje o un librepensador?

El 6 de noviembre de 1907 publicó Unamuno un artículo esclarecedor en el periódico bonaerense La Nación, que tituló “Mi religión”. De entrada, señalaba que el dogmatismo era el recurso de la pereza y el miedo. Frente a esta claudicación del espíritu, sólo cabe una posición crítica y escéptica. Unamuno aclaraba que ponderaba el escepticismo desde el punto de vista etimológico y filosófico: “escéptico no quiere decir el que duda, sino el que investiga o rebusca, por oposición al que afirma y cree haber hallado”. Sería absurdo esperar soluciones definitivas en el campo de las creencias religiosas. La expectativa de un orden trascendente nace de un impulso moral, particularmente cuando se asocia a la posibilidad de superar cualquier forma de mal: “El que siendo bueno cree en un orden trascendente, no tanto es bueno por creer en sí cuanto cree en él por ser bueno”. La fe crea realmente un orden inteligible que tal vez sólo posea el rango ontológico de los mitos, pero eso no quita ni añade nada a la exaltación del bien y la esperanza. Por el contrario, el que se abstiene de ciertos comportamientos por miedo a un castigo sobrenatural, sólo busca una justificación para su visión del mundo, mezquina e insolidaria. La justificación por la fe no debe interpretarse como una forma de arbitrariedad, sino como una exigencia moral que va más allá de las obras, demandando una motivación verdaderamente ética.

Ante la necesidad de definir su postura en materia religiosa, Unamuno responde con su habitual agonismo trágico: “Mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarla mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con él luchó Jacob”. Aunque Dios sea incognoscible y quizás una quimera, Unamuno reclama el derecho de aventurarse hacia la derrota. “¿No elogiamos a los que se dejaron matar peleando antes que rendirse? Pues esta es mi religión”. Ni católico, ni luterano, ni calvinista, ni ateo, ni racionalista. No acepta ninguna de esas definiciones, que eximen de pensar, proporcionando una falsa tranquilidad: “yo no quiero dejarme encasillar, porque yo, Miguel de Unamuno, como cualquier otro hombre que aspire a conciencia plena, soy especie única”. La libertad es el rasgo distintivo del que busca insobornablemente la verdad. Unamuno admite que su corazón se identifica con el cristianismo, pero no con las iglesias que administran su legado, descalificándose mutuamente con odio cainita. “Considero cristiano a todo el que invoca con respeto y amor el nombre de Cristo, y me repugnan los ortodoxos, sean católicos o protestantes”, particularmente cuando condenan y repudian “a quienes no interpretan el Evangelio como ellos”. No le resultan convincentes las pruebas clásicas sobre la existencia de Dios. Se identifica con Kant, que desmontó los distintos argumentos (cosmológico, ontológico, teleológico), sacando a la luz sus paradojas, antinomias y paralogismos. Los razonamientos del ateísmo no le parecen menos inconsistentes, pues reducen el conocimiento a primarias evidencias empíricas que frustran la ambición de una comprensión profunda. No oculta que su fe se basa en la voluntad y el sentimiento: “Y si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque se me revela, por vía cordial, en el Evangelio y a través de Cristo y de la Historia. Es cosa de corazón”. Para no dar pie a malentendidos, añade: “Lo cual quiere decir que no estoy convencido de ello como lo estoy de que dos y dos son cuatro”. A pesar de los titubeos, no puede eludir la cuestión religiosa, pues le va en ello su paz interior y la justificación de sus actos. “Quiero saber”, exclama, presumiendo que su anhelo nunca será enteramente satisfecho: “Y me pasaré la vida luchando con el misterio y aun sin esperanza de penetrarlo, porque esa lucha es mi alimento y es mi consuelo. Sí, mi consuelo. Me he acostumbrado a sacar esperanza de la desesperación misma”.

Unamuno desconfía de los que eluden con indiferencia el problema de Dios. Su tibieza le recuerda a los que jamás levantan la voz por razones de decoro. Un pensador no tiene miedo a gritar o a hacer el ridículo. Unamuno sabe que su poesía no es melodiosa, ni grata al oído. Nunca lo pretendió. Sus poemas son “gritos del corazón”, semejantes a los de un padre que ha perdido a un hijo. Y sabe de lo que habla, pues él ha pasado por la terrible experiencia con su hijo Raimundo, fallecido a los seis años a causa de una meningitis. Sus poemas intentan “hacer vibrar las cuerdas dolorosas de los corazones de los demás”. El que inhibe su dolor o estrangula sus gritos tal vez esconde un secreto temor a pensar, a abandonar sus certezas y a quedar a la intemperie, incomprendido de todos. Con admirable humor, Unamuno se anticipa a sus antagonistas, que no aceptarán su interpretación del sentimiento religioso: “Los liberales o progresistas tontos me tendrán por reaccionario y acaso por místico, sin saber, por supuesto, lo que esto quiere decir, y los conservadores y reaccionarios tontos me tendrán por una especie de anarquista espiritual, y unos y otros, por un pobre señor afanoso de singularizarse y de pasar por original y cuya cabeza es una olla de grillos”.

El 10 de mayo de 1909 Unamuno publica en Los Lunes de El Imparcial un artículo sobre su particular concepto de la fe, inseparable de su sentir como español. Se titula “El Cristo español” y redunda en su cristianismo afectivo, trágico, donde el sentimiento prevalece sobre cualquier especulación filosófica o teleológica. Cuando un extranjero le comenta que le repugnan los Cristos brutalmente martirizados de las iglesias españolas, Unamuno le contesta que forman parte de la idiosincrasia de nuestro país. España es tierra de ascetas e inquisidores, una nación fronteriza, con un pie en Europa y otro en África. Estamos más cerca de Tánger, donde nació San Agustín, que de París, poderoso foco de laicismo. Aunque nos separe la religión de los habitantes del Magreb, vivimos bajo el mismo sol ardiente y alimentamos pasiones similares, que giran alrededor del dolor y la muerte. Unamuno confiesa que no le gustan los toros, que no frecuenta las corridas, pero que la sangre sobre el albero expresa la tensión dramática de un pueblo incapaz de amarse a sí mismo: “El pobre toro es también una especie de cristo irracional, una víctima propiciatoria cuya sangre nos lava de no pocos pecados de barbarie. Y nos induce, sin embargo, a otros nuevos. ¿Pero es que el perdón no nos lleva, ¡miserables humanos!, a volver a pecar?”. Unamuno proclama que su fe está asociada a la imagen de Jesús en la Cruz, con su terrible carga de sufrimiento físico y moral: “A mí me gustan los Cristos tangerinos, acardenalados, lívidos, ensangrentados y desangrados. Sí, me gustan esos Cristos sanguinolentos y desangrados”. Y añade, notablemente emocionado: “Y el olor a tragedia. ¡Sobre todo, el olor a tragedia!”.

Horrorizado por los razonamientos de Unamuno, su interlocutor acusa a los españoles de rendir culto a la muerte. El escritor responde que no es cierto, que no se exalta la muerte, sino la inmortalidad: “La esperanza de vivir otra vida nos hace aborrecer esta”. Los españoles no conocen la alegría de vivir, “la joie de vivre”. De hecho, esa expresión no aparece en ninguno de nuestros clásicos. En realidad, ese galicismo constituye la negación del sentimiento trágico de la vida, que considera un desdicha haber nacido. El español se odia a sí mismo. Si lo hace de forma inconsciente o instintiva, le convierte en un ser egoísta y abyecto, pero cuando ese sentimiento sube hasta la conciencia y se hace claro, racional, se transforma en heroísmo, abnegación, quijotismo. Ningún pueblo ha asumido esa paradoja de una forma más noble y magnánima, cumpliendo el precepto evangélico que pide negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguir al Hijo del Hombre. Unamuno siempre situó a Nietzsche por debajo de Kierkegaard, pues entendía que el verdadero coraje no consiste en rebelarse contra Dios, sino en confiar ciegamente en Él, incluso cuando nos pide subir al Monte Moriá para inmolar a nuestro primogénito. Nietzsche reivindica el gay saber, la alegría de vivir, la ópera bufa, lo solar y luminoso; Kierkegaard desprecia el saber, la alegría y lo cómico. Sólo cree en la virilidad de la fe, que se somete incondicionalmente a la expectativa de un absoluto indemostrable, internándose con paso firme en la noche oscura. Unamuno no se conformó con imitar al filósofo danés, sino que fue mucho más lejos, postulando una fe que asume y soporta el peso de la duda, sin renunciar a Dios en ningún momento. Al igual que Dostoievski, ante el dilema de elegir entre Cristo y la verdad, escoge a Cristo, pues Él es la vida y la verdad. O, al menos, eso quiere creer heroicamente la voluntad, sedienta de vida, de eternidad.

Las nuevas generaciones de escritores apenas muestran interés por Unamuno. Consideran que su estilo y sus ideas pertenecen a otra época, que su obra está muy lejos del mundo actual, movido por otros horizontes y otras prioridades. Poco después de la muerte del escritor, Ortega y Gasset escribió: “La voz de Unamuno sonaba sin parar en los ámbitos de España desde hace un cuarto de siglo. Al cesar para siempre, temo que padezca nuestro país una era de atroz silencio”. Ese atroz silencio ha llegado hasta hoy.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (29-06-2017). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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ADORABLES VILLANOS

Al Pacino como Michael Corleone (The Godfather, Part II, Francis Ford Coppola, 1975)

A cierta edad, no apetece descubrir cosas nuevas, sino disfrutar con las que nos han emocionado durante años. Por eso vuelvo una y otra vez a las mismas películas, feliz de reencontrarme con los mismos héroes y villanos. Durante la niñez, nos identificamos con el sheriff que se enfrenta solo al peligro, el detective que resuelve un intrincado crimen o la mujer valerosa que protege a unos huérfanos. Sin embargo, cuando pasan los años, empezamos a comprender a los villanos, tal vez porque su conducta nos parece más creíble y más humana. O tal vez porque nos parecen más interesantes y extraordinarios, con su insólita personalidad, tan alejada de los convencionalismos. Siempre he admirado a James Mason, un actor que ha encarnado impecablemente a malvados memorables, como el Rupert de Henzau de El prisionero de Zenda (Richard Thorpe, 1952) o el Ulysses Diello de Operación Cicerone (Joseph L. Mankiewicz, 1952). Al igual que Henzau, revela un talento innato para la traición, una absoluta falta de escrúpulos y una mente chispeante que le permite afrontar las situaciones más adversas con una frase ingeniosa y una mueca burlona. Como Diello, mayordomo del embajador inglés en Turquía durante la Segunda Guerra Mundial, se muestra desdeñoso con los nazis mientras les vende información crucial sobre el esperado desembarco de los aliados en algún lugar de la costa atlántica. Su deslealtad y arrogancia conviven con los modales exquisitos de un caballero aparentemente familiarizado con la alta sociedad. En Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959), Mason interpreta a Phillip Vandamm, un oscuro hombre de negocios que trafica con secretos de Estado en la época de la Guerra Fría. Coleccionista de arte y amante del lujo, ejerce un notable autodominio sobre sus emociones, lo que le permite ironizar sobre el comportamiento supuestamente antideportivo de los agentes de la ley cuando frustran el asesinato de Roger Thornhill (Cary Grant) en las faldas del monte Rushmore. Martin Landau no es menos cautivador como Leonard, su mano derecha. Ambos conspiran y organizan crímenes, sin provocar repulsión, sino una extraña fascinación que pone a prueba las convicciones morales del espectador.

Sucede lo mismo con el Humbert Humbert de Lolita (Stanley Kubrick, 1962). James Mason resulta particularmente conmovedor en el papel de adulto enamorado de una adolescente. Aunque la moral lo condena, su progresiva destrucción acaba desdibujando su papel de pervertidor de menores, hasta transformarlo en un patético pelele. Lolita es maleducada, manipuladora, mentirosa. No parece una víctima, sino una mujer fatal que juega con su amante. De hecho, le engaña con Clare Quilty (Peter Sellers), otro cuarentón. Vulnerable y obsesivo, Humbert se enreda en una trama que le destruye, despojándole de todo: trabajo, dignidad, autoestima. Quilty también pierde. Sólo Lolita sobrevive como vulgar ama de casa. Al contemplar el lamentable estado de Humbert, se disculpa con una mezcla de insensibilidad y cinismo: «Lo siento. La vida es así».

El Harry Lime interpretado por Orson Welles en El tercer hombre (Carol Reed, 1949) es un villano completamente distinto al atormentado Humbert Humbert. Simpático, despreocupado, inmaduro y audaz, parece el amigo ideal para compartir una noche de excesos o una empresa descabellada, pero lo cierto es que, si las cosas se tuercen, sacrificará los afectos sin pestañear, sin pensar en otra cosa que en su propia salvación. Es un superviviente nato y un arribista sin reparos. Contempla la vida como un juego y no se deja intimidar por la voz de la conciencia, reclamando el derecho de actuar como los hombres ricos y poderosos. Su famosa frase sobre los crímenes de los Borgia en la Italia del Renacimiento muestra crudamente los fundamentos del poder político y económico. La fuerza precede al derecho, imponiendo sus intereses. La violencia no es un mal, sino el motor de la historia y la inspiración de los artistas. Cuando la paz y la compasión configuran la historia, no aparecen un Leonardo o un Miguel Ángel, sino el reloj de cuco, con su prosaica exactitud y su dudoso valor estético. Harry Lime es un criminal, pero su conducta se parece a la de los grandes estadistas que observan a los seres humanos como puntos irrelevantes en el mapa de la historia.

No es Monsieur Verdoux (Charles Chaplin, 1947), que perpetra asesinatos en serie por amor a su mujer inválida, pero sí una especie de condottiero que saquea y reduce a ruinas una ciudad vencida. Vito Corleone (Marlon Brando) también es un saqueador, pero alterna los actos de pillaje con los gestos de paternalismo. No es un mercenario, sino un rey que discrimina entre amigos y enemigos. Al igual que a Harry Lime, le gustan los gatos, pero no los abandona a su suerte cuando se ha aburrido de su compañía. Tiene sentido de la familia y visión de futuro. Lime quema todos sus cartuchos en una jugada de alto riesgo. Corleone prefiere diversificar sus apuestas y negociar con sus oponentes. Harry es una bengala de vida efímera. Vito es un astro que perdura en el firmamento, atrapando a todos los cuerpos que penetran accidentalmente en su campo gravitatorio. No se deja llevar por cuestiones personales y desarma a sus enemigos con tratos irresistiblemente persuasivos. En un padrino, un «don», un hombre de familia que nunca olvida un favor y no perdona los agravios, salvo cuando la venganza pueda acarrear perjuicios mayores. No es un monstruo, sino un señor de la guerra que fantasea con borrar su pasado y adquirir la condición de magnate respetable, con hijos educados para ser senadores o incluso presidentes.

Michael Corleone (Al Pacino) no quiere seguir el camino de su padre, pero la fatalidad le tenderá un lazo ineludible, convirtiéndolo en algo peor. Ha aprendido que sólo el terror puede garantizar cierta seguridad. Siempre será posible matar a un rey, pero pueden minimizarse los riesgos con un mensaje inequívoco: nadie, ni siquiera un hermano, puede librarse de la muerte si se atreve a levantar la mano contra él. A pesar de su carácter implacable, Michael conmueve. No podrá conservar a su lado a sus hijos y perderá a las dos mujeres a las que amó. Su hija Mary (Sofia Coppola) se sacrificará por él cuando ya ha cedido el cetro a su sobrino Vincenzo (Andy García). Cuando el Cardenal Lamberto (Ralf Vallone) logra convencerle para que se confiese, Michael replica que no servirá de nada, pues nunca podrá experimentar un arrepentimiento sincero. Sin embargo, llora al hablar del asesinato de su hermano Fredo (John Cazale), exteriorizando un profundo pesar. Michael muere en Sicilia por causas naturales. Su viaje desde el idealismo de su juventud, que lo empujó a alistarse tras el bombardeo de Pearl Harbour, hasta la cima del poder absoluto, donde se borran las fronteras entre el crimen y la ley, no le ha reportado felicidad ni paz. Sólo la soledad y el duelo lo han acompañado hasta el final.

No discuto que hay villanos repulsivos, como el Robert Mitchum de La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), incapaces de despertar una brizna de simpatía, pero hay otros que suscitan nuestra indulgencia por sus flaquezas, su poder de seducción o su infortunado destino. Son los adorables villanos que nos recuerdan la fragilidad del ser humano, casi siempre desbordado por sus pasiones y sus miedos. Quizá son más peligrosos los malvados inverosímiles, como Henzau o Vandamm, pues nos sugieren que el mal puede ser divertido. No creo ser el único que se sintió defraudado cuando Luke Skywalker rehusó la oferta de su padre, el temible Darth Vader, invitándolo a unir sus fuerzas para caminar por el lado tenebroso.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (23-06-2017). Del blog Viaje a Siracusa. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS: POETA DEL CAMPO

José Antonio Muñoz Rojas (Antequera, 9 de octubre de 1909 – Mollina, 29 de septiembre de 2009). Fotografía de Nacho Alcalá.

Los clásicos a veces viven en una tranquila penumbra, sin disfrutar de la visibilidad que merecen. Pocos libros tan hermosos como Las cosas del campo, de José Antonio Muñoz Rojas (Antequera, 1909-Mollina, 2009), que se escribió por amor a los paisajes y las gentes de los campos de Antequera. Recién casado, el poeta vivía en la Casería del Conde, la finca familiar, y su hermano le regaló un libro encuadernado en piel y con las hojas en blanco. No eran hojas corrientes, sino papel del siglo XVII que demandaba unos apuntes líricos sobre la vida campesina. Aficionado a recorrer los caminos a caballo, el poeta desplegó su sensibilidad para captar indistintamente lo callado y lo profundo, lo solemne y lo humilde, lo sencillo y lo incomprensible. Corría el año 1944 y la poesía aún temblaba de espanto bajo el recuerdo de la guerra, que había silenciado –o desterrado- a algunas de las voces más luminosas e innovadoras del período comprendido entre 1902 y 1936, un segundo Siglo de Oro que comenzó en 1888 con la publicación de Azul, de Rubén Darío, y que la crítica posterior rebajó a Edad de Plata. Muñoz Rojas, esencial y machadiano, clásico y moderno, con algo de místico y no poco de escéptico, escribió al ritmo de las estaciones, siguiendo un devenir vagamente cronológico, que inició su vuelo el 30 de marzo de 1946 y finalizó el 31 de marzo de 1947, “un ciclo campesino completo”. Surgió de este modo un “diario se sucesos”, notas breves que abordaban con alegría, humor y delicadeza la vida secreta de los olivos, las idas y venidas de los pájaros, el estoicismo de los mulos, la parquedad de los viejos agricultores, la entereza de los niños familiarizados con el hambre y la pobreza. Nunca pasa nada en el campo, porque el campo vive en lo eterno, pero en esa eternidad hay vida, prodigios que se repiten cíclicamente, desgracias que se renuevan fatalmente. Cada primavera es un acontecimiento, pero no trae nada verdaderamente nuevo. Entre la tierra y el cielo, “vivir es ver volver”, como escribió Azorín. Sólo el avance de las ciudades y el progreso técnico han despertado al campo de su sueño, arrojándolo a la rueda del tiempo.

Muñoz Rojas no mostró mucho interés en publicar sus pequeños poemas en prosa. De hecho, el manuscrito permaneció inédito hasta 1950, cuando un grupo de amigos malagueños (Pepe Salas, Bernabé Fernández Canivell y Alfonso Canales) le pidieron un inédito para una primorosa colección de poesía titulada Arroyo de los Ángeles. Fernández Canivell se encargó de la edición, con una tirada de doscientos ejemplares –“mayormente para regalo”- e ilustraciones de Martita Wiessing Oropesa, “una joven medio holandesa y boliviana, […] de tez blanca, ojos verdes y pelo negrísimo”. Más adelante, se lanzaron nuevas ediciones aumentadas y corregidas. Todos los ejemplares acabaron en la Cuesta de Moyano como libros de saldo. Sólo en 1999, el libro empezó una segunda navegación gracias a la editorial Pre-Textos. En la nota preliminar escrita para la edición de 1975, que asumió la editorial Destino por mediación de su amiga Elena Quiroga y que incluía Las Musarañas y el inédito Las Sombras, Muñoz Rojas señalaba con melancolía: “Algo ha llovido desde que se escribió, va ya para treinta años, este libros de La cosas del campo”. En ese tiempo, se han producido grandes e inesperados cambios. “Algunas de estas cosas ya no existen”. Muchos oficios y quehaceres se han extinguido. Ya no hay mulos, las cuadras están vacías, ya no se oye el sonido del pienso cuando las manos lo acomodan en los comederos. El regadío usurpó el espacio de los  álamos blancos del Sotillo, derribados para dejar paso a nuevos cultivos. “No quedan bielgos, ni barcina, ni ninguno de aquellos instrumentos de verano que hacían vivas las eras. Apenas si sus nombres se conocen”. Las modernas cosechadoras han reemplazado a las viejas herramientas y costumbres. “El campo se ha quedado más solo”. Las golondrinas, los vencejos y las tórtolas continúan retornando, pero ahora anidan en cortijos abandonados, con los tejados hundidos y las paredes semiderruidas, o en olivos apartados y aparentemente ensimismados. Sin embargo, la belleza no ha desaparecido. El campo “advierte con su descansado silencio que sólo volviendo a él encontrarán los hombres lo mejor de ellos mismos”. Es decir,  ese anhelo de Dios que se manifiesta  como asombro ante el verdor, la claridad o el viento: “Yo me estremezco andando estas realengas, cruzando estas lindes, asomándome a estas herrizas. Me siento extrañamente eterno”.

El poeta se relaciona con el campo como un amante emocionado y agradecido: “A fuerza de pasar los ojos sobre este campo, lo vamos conociendo como el cuerpo de una enamorada, distinguimos todos sus señales, sabemos la ocasión del gozo, la de su esquivez. ¡Oh enorme cuerpo del amante!”.  Cuando llega la primavera, hay que abrir los ojos “para no perder tanta anunciación, tanto nacimiento, tanta esperanza”. La plenitud acontece bajo distintas formas y apariencias: “Cada árbol tiene su sazón y su manera de madurar; los hay tímidos, los hay airosos, los hay torpes”. No es posible un conocimiento perfecto, completo, de lo amado. Las palabras son insuficientes; los nombres se esconden: “¡Oh, jaramagos, lenguazas, zapaticos, nazarenos, ignoradas yerbas del campo!”. Siempre hay algo irreductiblemente virginal, selvático, ingobernable. Las herrizas, agrestes y aparentemente improductivas, engendran coscojas, acebuches, romero, tomillo, y, de vez en cuando, un lirio o un narciso: “¡Oh reino donde el arado no llega ni se hunde la planta del hombre! ¡Oh reino que bien puede compararse a la libertad!”. Las herrizas se parecen a esas vidas minúsculas que de lejos resultan insignificantes, pero que se revelan extraordinarias cuando puedes observarlas de cerca. El pobre Miguelillo, de catorce años, pasa hambre desde que murió su abuelo. Ambos vivían de comerciar con los zorzales, pero ha caído la aceituna y se han marchado. Narciso canta sin parar y esquiva el trabajo. Su voz no le proporciona ni un mendrugo de pan, pero su nombre ha dictado su destino y no quiere saber nada de arados, hoces o cepillos. Juanillo el loco pasa revista a los olivos, incitándoles a caminar como soldados. No lleva zapatos y no tiene oficio, pero es insensatamente feliz. Nicolás, ya un anciano, conoce la historia de cada cortijo. Es memoria encarnada, voz sin afán de protagonismo. El “pensador” prefiere filosofar sobre la muerte, el amor y el trabajo. El talador habla con los olivos, explicándoles con suavidad por qué poda sus ramas. Los aceituneros trabajan a destajo, recogiendo el fruto con avidez. Niños o viejos, son “hombres del campo, hechos al polvo y a la pena”. Su existencia no es fácil: “Se vive como se puede, malamente; se mantiene malamente la esperanza, nadie sabe de qué”.

El campo se muestra pródigo en contrastes. El tronco áspero y duro de la encina parece eterno. Soporta el frío, el viento, el sol abrasador. En cambio, sus flores amarillas son efímeras, humanas. “Goterones de ternura” que conmueven como el llanto de “un hombre fuerte y maduro”. Su seriedad contemplativa, de asceta acostumbrado a maltratar su carne “con mucho cilicio”, se transforma en locura de amor. Parecen “gigantes enamorados” de los que se burlan los pájaros y los campesinos que vuelven del duro trajinar. En primavera, el poeta quisiera dormir bajo una encina florecida, pero el frío le obliga a buscar otro cobijo, abandonando “tanta hermosura a la noche”. Los verdaderos poetas muchas veces son humildes labradores que no saben de estrofas o rimas. Las lluvias tardías de mayo avivan su ingenio, que halla la justa expresión sin pretenderlo. “Como está la tierra tan pegajosa se enlutan las rejas y no se puede arar”, se queja un campesino, sin reparar en la carga lírica de sus palabras. La inspiración y el coraje corren paralelos entre los cortijos y los olivares. Dos hermanas que rozan los setenta años, cazan furtivamente a caballo, con puntería certeza y temple de forajidos, eludiendo una y otra vez el cerco de la Guardia Civil. Son “dos sombras, […] parte de la tierra misma”.

Muñoz Rojas siempre tiene presente a Dios: “Silencio. Silencio que se hace grande, sobre el campo. Y Dios está arriba rodando, haciendo su música. Vamos viviendo”. Pasa el verano, pasa el otoño, llega el invierno. El hombre también pasa, pero no lo hace de balde, aunque muchas veces ignore lo que lleva en sus alforjas: “Parece que somos pozos oscuros, hondos, donde no llega nada”. Pero el corazón lleva la loma, el peñascal, los trigos, el primer soplo de otoño, las frías noches de invierno, la matalahúga, “que la siembra la luna”. El corazón vive en los ojos, los oídos, el olfato. “Lo sabe, lo acecha todo, lo espera todo”. El corazón sabe que “la belleza es un vuelo. […] No está quieta en las cosas y no se mueve de ellas. Dentro y fuera”. En el corazón está todo: “la desazón, la felicidad acechadora, la alegría que apunta, la sombra cernida. ¡Ay corazón, lento y oscuro!”. El poeta se pregunta qué es la luz. “¿Un temblor? ¿Una música?”. ¿Un atisbo de lo eterno? “Sola y eterna, tierra de arados, de sementeras y de olivar”. Nada muere, nada acaba. “Todo esto sigue. Y el sonar del campo, del río, entre estas riberas de cielo hermosísimas, deja un largo eco, una llamada eterna a la belleza”. No hace falta ser hombre para disfrutar de lo eterno. “¡Quién fuera abeja!”, exclama el poeta. Ser abeja “sobre todo cuando los tilos florecen, meterse follaje adentro, estar en la penumbra verde clara y olvidarse”. Muñoz Rojas no habla del campo con el punto de vista del hombre de ciudad que descubre tardíamente la vida rural y sólo la experimenta como una oportunidad de ocio. Vicente Aleixandre, con el que mantuvo una cálida amistad y una fructífera correspondencia, nos dejó un retrato que despeja cualquier duda: “Hijo de labradores acomodados, conoció pronto las faenas del campo (no en vano procedía de aquellos burgaleses que bajaron a pelear con el moro y se quedaron luego sobre las tierras antequeranas). Desde muy pequeño corrió con los vareadores. Vio el paso de las estaciones. Advirtió la rotación de las prosperidades y de las sequías. Subió en el carro de la barcina, trilló en la era, salió con los aceituneros en las madrugadas ciegas de invierno. Se sentó con los viejos, creció con los mozos. Se mezcló con mucho terrón craso, con mucho rocío, con algún granizo, con torrentes de sol”.

Muñoz Rojas escribe desde el campo, con la mirada del labrador. No se apropia del paisaje para expresar su intimidad. Sólo pretende dejar constancia de su amor por los caminos polvorientos, los barrancos y las veras, los jaramagos y los abejarucos, las gayombas y los álamos blancos, los melonares y los trigos. Al igual que Antonio Machado y Azorín, su propósito es recrear las cosas, captar su misterio, comprenderlas. Muñoz Rojas se define como “un agricultor que escribe”, cuya vida ha transcurrido entre Granada y Sevilla. Su Andalucía no es la Andalucía pintoresca. Es la Andalucía del olivar, que “se presta menos a la estampa y a la copla”. En su evocación, no hay tristeza, sino melancolía, nostalgia por el tiempo pasado. Muñoz Rojas cree en el campo y cree en Dios. “Este tirón del campo labrador –confiesa-, no sólo de la naturaleza del paisaje, ha sido con lo religioso, un fuerte conformador de mi vida”. La fe, inculcada por su abuela en la casa familiar y por los jesuitas en el colegio, ha perdurado como un impulso “irradicable” que ha sobrevivido a “vacilaciones, repulsas y alejamientos”. El Dios en el que cree el poeta es un Dios cercano y muy humano, que sale al encuentro en “el amarillo total, la gracia de la plenitud, la belleza de lo cumplido”.

Las cosas del campo es un libro que nace del amor. Del amor al paisaje, del amor al hombre, del amor a Dios. La poesía de sus páginas es la crónica de ese amor, de la necesidad de poner en palabras una vivencia carnal y espiritual, una experiencia total, que no ignora su impotencia para recrear el misterio y lo infinito: “Oh campo, esta hermosura no tiene página ni espejo y sólo, a veces, se deja seducir por el temblor de la palabra, por la insinuación de la poesía. Pero ¿recogerte, encerrarte? ¿Quién pone puertas al campo?”. O dicho de otro modo: ¿Quién pone puertas a Dios?

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (20-06-2017). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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THOREAU. BIOGRAFÍA DE UN PENSADOR SALVAJE

Henry David Thoreau (Concord, Massachusetts, 12 de julio de 1817 – 6 de mayo de 1862)

La pasión por las ciudades nace de la pasión por el hombre. Suele expresar confianza en los logros de la civilización y sólo reconoce la autoridad de la razón. En cambio, la pasión por la naturaleza brota del afán de libertad, de la rebeldía contra la rutina de la sociedad industrial y tecnológica, de la urgencia por encadenar vivencias que nos hagan crecer interiormente, aunque carezcan de utilidad práctica. Henry David Thoreau no era un misántropo, pero nunca sucumbió a la seducción de los paisajes urbanos, bulliciosos y promiscuos. Amaba al ser humano, pero opinaba que sólo podía realizarse plenamente en contacto con la naturaleza. No transigió con el racionalismo exacerbado, insensible ante el misterio, lo poético y lo intuitivo, ni con los dogmas religiosos, que no reconocen la trascendencia del orden natural. Jamás anheló la inmortalidad personal, pues siempre estimó un destino superior perdurar como una brizna del cosmos y no como un individuo. Admirador de los estoicos, consideró un trágico error dividir la realidad en dos esferas cualitativamente distintas. No hay que buscar lo espiritual fuera del espacio y el tiempo, sino en la naturaleza. Los bosques, las montañas y los ríos son el rostro visible de lo divino. Los pueblos nativos norteamericanos lo comprendieron, sin la necesidad de elaborar complejas teorías filosóficas.

Robert D. Richardson (1934, Milwaukee, Wisconsin) publicó en 1987 una rigurosa e inspirada biografía de Thoreau subtitulada A life of the Mind que aparece ahora en castellano con el subtítulo Biografía de un pensador salvaje. Ambas fórmulas son pertinentes y complementarias, pues Thoreau dedicó casi todas sus energías a reflejar mediante la escritura su evolución intelectual y espiritual. Sus apasionadas lecturas (Homero, Virgilio, Goethe) influyeron notablemente en su trayectoria, pero las enseñanzas fundamentales no las adquirió en los libros, sino en la naturaleza virgen. Siempre se identificó con una famosa reflexión de Goethe durante su viaje por Italia: “No descansaré jamás hasta saber que todas mis ideas se derivan, no del rumor o la tradición, sino de mi contacto vivo y real con las cosas en sí”. La biografía de Richardson –hasta la fecha la más completa, inteligente y rigurosa- revive la peripecia de Thoreau desde sus inicios, cuando recorre las afueras de Concord, Massachusetts, con John, su hermano mayor, embriagados por el paisaje. Su pasión por saber y entender no es una fría determinación académica, sino un sentimiento exaltado. “El pensamiento no es nada sin entusiasmo”, advierte. Para emocionarse, sólo es necesario abrir los ojos, mirar sin lastres y prejuicios: “Cuánta virtud hay sencillamente en ver”.

Thoreau se identifica con el espíritu pagano de griegos y romanos, sin ocultar su escasa simpatía hacia el cristianismo, que invoca inexistentes paraísos para denigrar la naturaleza, supuestamente contaminada por el pecado original. Al igual que Sócrates y Platón, entendía que la amistad era un signo de excelencia moral. Enamorado de Ellen Sewall, que le rechazó por presiones familiares, aseguraba que “todo romance se fundamenta en la amistad”. En otro lugar, señaló que “toda amistad es una comunidad de amor”. Richardson apunta que Thoreau siempre mostró inhibiciones y frialdad en relación al sexo. De hecho, no se le conocen amantes, ni idilios. En Walden, afirma que “la castidad es el florecimiento del hombre”. Durante su agonía, confesó: “Siempre la he amado”, refiriéndose a Ellen. Si ella fue su amor imposible, Ralph Waldo Emerson encarnó la amistad perfecta, altruista y fecunda, pues los dos intercambiaron ideas e impresiones, suscribiendo el credo individualista, el panteísmo y un beligerante abolicionismo. Emerson le alojó en su casa durante un tiempo y, más tarde, le animó a realizar su sueño de independencia y pureza, instalándose en una pequeña finca de su propiedad situada en las cercanías de la laguna Walden. Allí levantaría Thoreau su humilde cabaña y pasaría algo más de dos años, elaborando el manuscrito de Walden, que no aparecería publicado hasta 1854, después de pasar por sucesivas versiones. La definitiva constituye una exquisita depuración de las tesis esenciales del trascendentalismo norteamericano: la participación del alma individual en el alma del mundo, la existencia de una energía cósmica como origen del ser, la aceptación incondicional de las leyes de la naturaleza, la experiencia mística de lo real como una totalidad autosuficiente. “Fui a los bosques –explicó Thoreau- porque quería vivir deliberadamente solo para enfrentarme a los hechos esenciales de la vida […] y no descubrir al morir que no había vivido. Quería vivir profundamente y chupar toda la médula de la vida”.

Thoreau consideraba que el hogar del hombre civilizado era “una prisión”, un horrible confinamiento. Sólo disfruta de una verdadera libertad en la naturaleza, pues “es su morador y no su invitado”, como aparecieron las antiguas culturas de la India y otros pueblos que no establecieron distinciones entre lo natural y lo sagrado. Sin embargo, Thoreau no halló el paraíso en la laguna Walden, sino en una temprana excursión con su hermano John por el apacible río Concord. “¿Qué sería de la vida humana sin bosques, sin esas ciudades naturales?”, pregunta con estupor. Su oposición a la esclavitud y a la guerra contra México motivó su negativa a pagar el impuesto al sufragio, lo cual le costó una noche de prisión. La experiencia le inspiró su famoso ensayo Desobediencia civil, donde reivindica el derecho a no cumplir las leyes injustas y a protestar de forma no violenta. Con fuertes convicciones desde su juventud, había renunciado a una plaza de maestro por su desacuerdo con los castigos físicos y, más adelante, criticaría el presunto Destino Manifiesto de Estados Unidos, que alentaba el imperialismo y el saqueo. Su espíritu crítico convive con un patriotismo sincero y alternativo. La grandeza norteamericana no procede de su poder militar o económico, sino de su naturaleza salvaje, que permite viajar hacia el interior de uno mismo, acompañado por sus grandes llanuras, sus místicas cumbres y sus espesos bosques. Ascético y frugal, Thoreau vivió pobremente, sin otra ambición que pasear, escribir y leer. No tuvo suerte con los editores, que muchas veces rechazaron y menospreciaron sus manuscritos. Murió prematuramente a causa de la tuberculosis, con sólo cuarenta y cuatro años. Su obra y su vida son un fiel reflejo de lo que escribió una vez: “Un hombre recibe sólo lo que está preparado para recibir, ya sea física, intelectual o moralmente. Escuchamos y asimilamos sólo lo que ya sabemos a medias. Todo hombre, por tanto, sigue el rastro de sí mismo a través de la vida, en todas sus escuchas, lecturas, observaciones y viajes”.

La biografía de Richardson nos acerca convincentemente a un buscador incansable de la verdad y la felicidad, utilizando una prosa narrativa de una notable sensibilidad. Su enorme erudición se funde con una comprensión profunda del personaje. No sin cierta intención paródica, Thoreau escribió: “Creo en el bosque, en la pradera y en la noche en la que crece el grano”. El ser humano sólo conocerá la dicha, redescubriendo ese lado salvaje silenciado por varios siglos de civilización. Salvaje no significa violencia, sino libertad, espontaneidad, inocencia. El salvaje sabe que “la tierra está viva y crece”, que “no es una masa muerta e inerte”, sino espíritu fértil que estalla en primavera y se recoge en invierno. El hombre civilizado sólo ve cosas, útiles, materia explotable. Richardson nos invita a mirar el mundo con los ojos de Thoreau. El retrato escogido como portada muestra un rostro prematuramente avejentado por el avance de la tuberculosis, pero en su mirada se advierte la serenidad del que ha descubierto la verdadera faz del paraíso. No hay un más allá, sino un mundo con un alma gigantesca que se manifiesta en cada hoja, en cada arroyo, en cada nube. Saber que somos parte de él, que vivimos y reviviremos en él, debería ser suficiente para perder el miedo a la muerte y gozar del instante, sin lamentar su inevitable y fugaz ocaso.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (17-06-2017). Libro de la Semana. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

Publicado en LITERATURA | Comentarios desactivados en THOREAU. BIOGRAFÍA DE UN PENSADOR SALVAJE

LA CUESTIÓN CATALANA

Manuel Azaña

José Ortega y Gasset apoyó el Estatuto de Autonomía Cataluña de 1932, pero apuntó que el independentismo catalán, lejos de ser un sentimiento responsable, se inspiraba en planteamientos utópicos. No era una observación irrelevante, sino una advertencia trágica: «La utopía es mortal, porque la vida es hallarse inexorablemente en una circunstancia determinada, en un sitio y en un lugar, y la palabra utopía significa, en cambio, no hallarse en parte alguna, lo que puede servir muy bien para definir la muerte». Las utopías no prosperan sin la confrontación con un enemigo real o imaginario. No es posible crear una nación o sostener una ideología sin un espíritu de beligerancia contra algo. ¿Cuál es el «enemigo» de Cataluña? España, lo español, el centralismo castellano, imperialista, despótico y vetusto. Para los independentistas catalanes, España es sinónimo de opresión, intolerancia, represión, atraso. España no es un país democrático, sino un vástago de la Santa Inquisición y la monarquía absoluta. España es Torquemada, Fernando VII y el general Franco. Los españoles son ignorantes, zafios y supersticiosos. Jordi Pujol ya señaló que «el andaluz es un hombre poco hecho, destruido, anárquico […] incapaz de tener un sentido un poco amplio de comunidad. […] Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña». Las palabras de Pujol redundan en la intemperancia de Sabino Arana, según el cual «el español nada emprende, a nada se atreve, para nada vale». Parodiar, escarnecer y denigrar al enemigo real o imaginario es una vieja estrategia de guerra. Nada proporciona más fuerza que la aversión incondicional al supuesto opresor.

En las afirmaciones de Pujol y Arana, se aprecia una concepción de la política basada en el menosprecio del otro. La exaltación nacionalista no es un sentimiento democrático, sino un talante excluyente y agónico. Escribe Carl Schmitt, feroz antagonista del liberalismo político y defensor del constitucionalismo autoritario: «La distinción específica de lo político, a la que pueden reducirse los actos y los móviles políticos, es la discriminación del amigo y del enemigo. Aporta un principio de identificación que tiene valor de criterio, y no una definición exhaustiva o comprensiva». Sin la figura del enemigo, el nacionalismo se deshincha, perdiendo su capacidad de movilización. Por eso, es esencial mantenerlo vivo y recordar su presunta infamia.

Al igual que el nacionalismo vasco, el catalanismo se basa en «relatos que transmiten una lejana y lancinante melancolía», de acuerdo con las palabras de Jon Juaristi en El bucle melancólico (1997). «Narraciones sacrificiales de amor y de inmolación –continúa Juaristi–, de heroísmo y de culpa, de traiciones y derrotas». Una historia interminable de agravios que justifica el anhelo de independencia. ¿Cuáles son los agravios sufridos por Cataluña? En su Historia de España (1996), Joseph Pérez apunta que los Austrias respetaron los privilegios de los países integrados en la Corona de Aragón: «Ni siquiera Felipe II, tantas veces presentado como autoritario y centralizador, dejó de respetar los fueros». Nunca se adoptaron medidas para imponer el uso del castellano, que fue asumido voluntariamente por las elites económicas y sociales como una lengua más culta y refinada que el catalán, predominante en el pueblo llano. La Guerra de los Segadores de 1640 nació más como una expresión de descontento social que como una lucha por la independencia. Escribe Joseph Pérez: «Los campesinos, aunque eran sensibles a la campaña anticastellana […], tenían sus propias reclamaciones. Su rebelión era el estallido de antiguos resentimientos contra los señores y el régimen señorial. Su grito de guerra era Visca la terra! Se llamaban a sí mismos el ejército de Cristo, que iba a acabar con todas las injusticias. […] Incapaz de dominar la situación, la Generalitat buscó ayuda en Francia y le ofreció a Luis XIII el título de Conde de Barcelona a cambio de respetar la autonomía del principado».

Durante trece años Cataluña vivió voluntariamente bajo la autoridad de virreyes franceses. Del mismo modo, la famosa rebelión de 1714 no debe inscribirse en la lucha nacionalista, sino en la disputa por el trono de España entre Felipe V de Borbón y el archiduque Carlos de Austria. En España y Cataluña. Historia de una pasión (2014), Henry Kamen recuerda que «cuando Felipe V ascendió al trono, nadie lo apoyó más que los catalanes. El nuevo rey llegó a Barcelona en septiembre de 1701 para jurar los fueros y para la sesión de apertura de las Cortes de Cataluña», alabando su trabajo. Sin el Pacto de Génova, firmado en secreto por un grupo de notables catalanes con Inglaterra, la armada británica no habría ocupado Barcelona para apoyar a los partidarios del archiduque Carlos de Austria con la promesa de respetar los fueros. No se luchaba por una república independiente, sino por el control de la Corona de Castilla, del Mediterráneo y del comercio con las Indias Occidentales. Algunos historiadores, como Henry Kamen, sostienen que se trató de una guerra civil y no de una gesta independentista. Felipe V logró imponerse, adoptando durísimas sanciones contra sus adversarios. Los Decretos de Nueva Planta de 1715 suprimieron las Cortes y el Consejo de Ciento, estableciendo como lengua oficial el castellano. Los vencedores no suelen ser indulgentes con los vencidos.

El Estatuto de Autonomía de Cataluña aprobado en 1932 intentó resolver el problema catalán, sin mucho éxito. Manuel Azaña apoyó el proyecto con verdadera convicción, pero no sin afirmar que España debería superar el kabilismo, es decir, «el sentimiento de hostilidad y hosquedad de lugar a lugar, de ciudad a ciudad, de región en región, que se niegan a comprender sus respectivas ideas y aspiraciones particulares haciendo imposible su conciliación superior». En su conocida intervención parlamentaria, Ortega y Gasset recordó que, «frente a ese sentimiento de una Cataluña que no se siente española, existe el otro sentimiento de todos los demás españoles que sienten a Cataluña como un ingrediente y trozo esencial de España, de esa gran unidad histórica, de esa radical comunidad de destino, de esfuerzos, de penas, de ilusiones, de intereses, de esplendor y de miseria, a la cual tienen puesta todos esos españoles inexorablemente su emoción y su voluntad. Si el sentimiento de unos es respetable, no lo es menos el de los otros». Azaña sufrió un amargo desengaño con el independentismo catalán durante la Guerra Civil, cuando descubrió que le preocupaba más avanzar en sus reivindicaciones que frenar a los militares sublevados. De hecho, Lluís Companys negoció en secreto con el Gobierno británico para conseguir que Cataluña se convirtiera en «nación neutral», quedando al margen de los dos bandos, lo cual revela una notable ingenuidad.

Imagino que los independentistas sueñan con ser una nación en la que el catalán desplace poco a poco al castellano, hasta reducirlo a la condición de idioma marginal e insignificante. La exaltación del catalán contrasta con su evolución histórica. Antes de 1714, apenas superaba la situación de lengua oral, sin normas y con importantes diferencias de una zona a otra. En el siglo XVI, el autor más vendido en Cataluña fue Santa Teresa de Jesús. En las dos primeras décadas del siglo XVII, se imprimieron treinta y ocho obras en Lérida. Doce en latín; el resto, en castellano. Ninguna en catalán. Durante las últimas décadas, los partidos políticos soberanistas han empleado las instituciones para acentuar el hecho diferencial y promover el catalán como lengua preferente. El nacionalismo sólo necesita una bandera y grandes dosis de victimismo para propagar su discurso demagógico. Si el independentismo catalán lograra sus objetivos, los independentistas vascos y, en menor medida, los gallegos, intentarían imitarlos, lo cual implicaría el fin de España como nación. No es una perspectiva tranquilizadora. ¿Olvidan los independentistas que Cataluña ha recibido durante la crisis económica cuarenta y dos mil millones de euros del Estado español para financiarse tras perder el crédito de los mercados? Es decir, el 4% del PIB español. Con su déficit actual, Cataluña no tiene capacidad para asumir sus obligaciones financieras sin el auxilio del Fondo de Liquidez Autonómico. Las agencias de calificación de riesgo ya han advertido que la deuda catalana se desplomaría al nivel del bono basura sin el respaldo del Estado español. Ni siquiera podría pagar la deuda adquirida con el resto del territorio nacional, que casi duplica los fondos españoles destinados al rescate de Grecia (veintiséis mil millones de euros). Es cierto que Cataluña empezó pagando un tipo de interés del 4%, pero ahora paga un 1%. El fervor independentista no repara en estas cuestiones. Aun así, los catalanes se quejan de pagar más de lo que reciben, reclamando el derecho de administrar sus recursos. Entienden que ayudar a regiones más pobres, como Extremadura, no les incumbe. Es un argumento vergonzosamente insolidario, que revela la verdadera faz del independentismo. Lejos de constituir un movimiento progresista, encarna los peores demonios de Europa, ese nacionalismo regresivo que divide a los ciudadanos, abocándolos a una confrontación estéril. Es imposible predecir el futuro, pero creo que los daños bilaterales de la segregación de Cataluña pueden desbordar nuestros temores más sombríos.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (16-06-2017). Del blog Viaje a Siracusa. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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