LA IDENTIDAD DE EUROPA CONTRA EL TERROR DE DAESH

declaración de derechos humanos eleanor roosvelt

Eleanor Roosevelt con la Declaración Universal de los Derechos Humanos

La utopía de una Europa libre, tolerante y solidaria es una utopía razonable por la que merece la pena luchar. Desgraciadamente, el proyecto europeo sólo ha conseguido alumbrar una serie de acuerdos comerciales, que apenas pueden crear ilusión y convicción, particularmente en una época de crisis, donde los gobiernos se enfrentan a graves problemas para garantizar la continuidad de las instituciones y los servicios sociales. Hasta ahora, la política ha desempeñado un papel marginal en un proceso dirigido por tecnócratas, más preocupados por cuadrar las cuentas que por exaltar los valores de una sociedad libre y plural. Ningún proyecto político prospera sin ideas sólidas, con el poder de seducción para movilizar a la población. El bagaje ideológico de la Unión Europea es demasiado débil para combatir la mística nacionalista, religiosa o revolucionaria. En ese clima de desilusión y escepticismo, la reaparición del terrorismo no era algo impensable, sino un riesgo que sólo necesitaba ciertas variables para convertirse en una dolorosa realidad.

La irrupción de Daesh pone de manifiesto que una sociedad apática y desorientada es mucho más vulnerable que una sociedad con un proyecto definido y bien arraigado. Daesh ofrece la redención y el amor divino a todos sus seguidores. No es algo original. Todas las religiones comercian con el amor y el perdón. La novedad consiste en que el precio es cada vez más asequible. Es suficiente disponer de un cuchillo para salir a la caza del infiel. En el pasado, el cristianismo también se dedicó a descabezar infieles. Las religiones nunca se han mostrado compasivas con los que no comulgan con sus dogmas. Las piras de la Inquisición aún humean en la memoria colectiva. Es evidente que poseer un territorio, un patrimonio y una jerarquía ayuda a mantener con vida la llama de la fe. El catolicismo no sería nada sin Roma y su pontífice. Escribe Octavio Paz: «Veo en la Iglesia católica no sólo una comunidad de fieles sino a una institución cuyo modelo histórico fue el Imperio Romano». Los cambios políticos experimentados por Europa desde la caída del Antiguo Régimen transformaron el afán imperialista en evangelización pacífica. El islam no ha soportado el asalto crítico de la Modernidad, lo cual explica que su proselitismo aún discurra por cauces bélicos. La estrategia de terror de Daesh perdería gran parte de su poder de captación sin su territorio –el mal llamado Estado islámico de Irak y el Levante– y su patrimonio. Daesh posee una sólida financiación y un eficaz sistema burocrático que gestiona sus recursos. Podría soportar un asedio militar terrestre, oponiendo una resistencia que resultaría muy costoso quebrantar. Sus yacimientos de petróleo le permiten cubrir las necesidades de los diez millones de civiles bajo su control y mantener en funcionamiento su maquinaria de guerra. La recaudación de impuestos, la explotación de yacimientos de gas y centrales eléctricas, el saqueo de los bancos estatales de Mosul, los secuestros, el comercio de esclavos y la venta de antigüedades del patrimonio artístico de Siria e Irak completan una próspera economía que sortea sin problemas las represalias internacionales.

La estrategia militar utilizada contra Daesh hasta ahora no ha producido los resultados esperados. Los drones han matado a centenares de civiles, agudizando los sentimientos antioccidentales. Los bombardeos convencionales no han sido menos catastróficos. Una costosa intervención terrestre sólo reforzaría la tesis de una nueva cruzada contra el islam. De momento, únicamente parece viable apoyar a las fuerzas que combaten a Daesh sobre el terreno, pero Estados Unidos se opone a que Bashar-al-Ásad se perpetúe en el poder, lo cual significa que sólo considera aliados fiables a los peshmergas kurdos y a ciertos sectores del ejército sirio. En cuanto al Gobierno iraquí, de mayoría chií, su respaldo será inútil, si no aplaca su hostilidad hacia los suníes, que se traduce en infinidad de agravios y discriminaciones.

La división de quienes luchan contra Daesh contrasta con la proliferación de organizaciones que han jurado lealtad al califato, más de cuarenta grupos terroristas. Algunos poseen bases sólidas en Libia, Túnez y Egipto. Otros no cesan de crecer en Afganistán, Pakistán, Argelia, Indonesia, Uzbekistán e incluso Gaza. Es un dato preocupante, pero lo cierto es que ya no hace falta organizar una estructura paramilitar y clandestina para desatar el infierno. Mohamed Lahouaiej Bouhlel, el autor de la masacre de Niza, era un yihadista de última hora. Separado, trabajador precario y ladronzuelo de poca monta, no observaba el ayuno durante el Ramadán, pero decidió inmolarse en nombre del califato, eliminando al mayor número posible de viandantes con un camión. Un tercio de sus víctimas eran musulmanes. No creo que esa cuestión le quitara el sueño. Al igual que el joven de dieciocho años que mató a nueve personas en Múnich, sólo buscaba expresar su rabia, causar dolor en la sociedad que presuntamente lo excluía y maltrataba. Ya comenté una vez que este tipo de conductas podrían encuadrarse en el «síndrome Travis Bickle». El taxista interpretado brillantemente por Robert De Niro intenta huir su vacío existencial asesinando a un político, pero su plan se revela inviable y decide exterminar a los proxenetas que explotan a una adolescente como prostituta (Jodie Foster). Sólo el azar determina que se transforme en héroe, pese a que su motivación es despedirse del mundo con una explosión de ira.

No se equivoca Daniel Benjamin, profesor en el Dartmouth College y excoordinador del Departamento de Estado para la Lucha contra el Terrorismo: «El Estado Islámico y el yihadismo se han convertido en una especie de refugio para algunas personas inestables que se hallan al límite y encuentran una salida a través de un mensaje que los radicaliza en tiempo récord». Es evidente que Daesh rentabiliza esos casos de desesperación y anomia: «Prometemos días oscuros. Lo que viene será peor». Mientras los imitadores de Travis Bickle continúan su viaje hacia ninguna parte, seducidos por la idea de convertirse en mártires de Alá, el terrorismo organizado provoca grandes carnicerías en Bagdad, Kabul o Yakarta.

La solución no pude ser estrictamente militar y policial. El terrorismo no es una creación del islam, sino del fanatismo ideológico. Anders Breivik, el noruego que mató a setenta y siete compatriotas el 22 de julio de 2011, se apoyó en sus creencias cristianas para perpetrar la horrible matanza. Al igual que las ideologías políticas, las religiones pueden convertirse en fuerzas destructivas cuando no han aceptado la perspectiva crítica de la razón. Es posible que haya nuevos atentados. Siempre habrá fanáticos e inadaptados, buscando un pretexto para liberar su resentimiento. Sin embargo, Europa no debe renunciar a su identidad como espacio de libertad, tolerancia y solidaridad. El estado de excepción es una medida transitoria, no una medida indefinida. Sólo las dictaduras convierten las leyes de emergencia en leyes ordinarias. El endurecimiento de las penas o la proliferación de controles policiales tal vez reducirán el número de atentados, pero siempre habrá una brecha, un flanco vulnerable, que aprovecharán quienes no tienen nada que perder. Europa debe apostar por la integración, no por la represión. Su idea central es la convivencia democrática, no el miedo o la confrontación. Europa representa el sueño de un mundo gobernado por el respeto a los derechos humanos. Creo en el poder de esa idea y en su victoria a largo plazo frente a quienes predican el apocalipsis, encendiendo el odio y la enemistad entre pueblos y culturas. Robert Schuman, político francés de origen germano-luxemburgés y uno de los padres de Europa, no se equivocó al afirmar: «Europa ha proporcionado a la humanidad su pleno florecimiento. A ella le corresponde mostrar un camino nuevo, opuesto al avasallamiento, con la aceptación de una pluralidad de civilizaciones, en la que cada una de éstas practicará un mismo respeto hacia las demás».

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (29-07-2016). Del blog Viaje a Siracusa. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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OCTAVIO PAZ Y EL RÍO DEL LENGUAJE

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Octavio Paz, (Ciudad de México, 31 de marzo de 1914-19 de abril de 1998)

La pregunta por el decir poético es casi tan antigua como la pregunta por el ser. El río del lenguaje tiembla con un misterioso latido, cuando sus aguas no conocen otra urgencia que la belleza. La poesía a veces fluye con luminosidad, pero en otras ocasiones discurre como una impenetrable penumbra. En Hölderlin y la esencia de la poesía, Heidegger atribuye al lenguaje poético la fundación del ser. La poesía es la lengua en su estado originario, que, al nombrar las cosas, funda lo que nombra. “La poesía es el lenguaje original de un pueblo histórico”. No es el hombre el que habla, sino el ser que se dice a sí mismo por medio del lenguaje. Al hombre, sólo le corresponde escuchar. El poeta es un mediador, el hombre que des-cubre que más allá de los entes, existe el ser que “se da” (es gibt) en ellos. Los poetas marcan el advenimiento de las épocas: “Hölderlin, en tanto que funda nuevamente la esencia de la poesía, determina, el primero, un tiempo nuevo. Es el tiempo de los dioses huidos y del advenimiento de Dios. Es el tiempo de ‘indigencia’, de ‘miseria’, porque doblemente sufre de privación y negación: los dioses huidos ya no están, y aún no ha llegado el que está por venir”.

Aunque en Identidad y diferencia, Heidegger protesta contra las acusaciones de ateísmo que afectan a su pensamiento, el uso de términos religiosos no implica en su caso una perspectiva sobrenatural. En su filosofía, las cosas del mundo aparecen como dioses que se revelan de acuerdo con las determinaciones epocales del ser. En ¿Y para qué poetas?, establece una analogía entre la Physis griega, que se muestra y se oculta, emerge y se retrae, y las palabras de Rilke: “la Naturaleza abandona a los entes al riesgo de su oscuro deseo”. En ambos casos, se plantea la posibilidad de que los entes olviden su relación con el ser. La misión de poetas y pensadores, que “moran, cercanos, en la cumbre de los montes más separados” es pastorear el ser, posibilitando la apertura donde se revela lo que los entes son. Su función es la de actuar como testigo ontológico de la verdad. En 1955, Octavio Paz publicó El arco y la lira, un hermoso y esclarecedor ensayo que prolonga la reflexión del filósofo alemán, pero con una interpretación del ser de raíz pitagórica. El ser soporta los entes gracias a la analogía: “el poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía universal”.

Un poema es un conjunto de signos en rotación. En cierta manera, se parece a un torbellino, pues aglutina y repele lo diverso, separándolo de su contexto, pero sin tolerar su dispersión. Un poema no es algo estático, sino una cuerda que nunca deja de sonar. “La poesía –escribe Paz- es un flujo perpetuamente creador”. La creación presupone al otro. El poeta siempre busca un interlocutor, pero no se limita a comunicar sus emociones, sino que se adentra en la alteridad, movido por el deseo de comunión. No es posible ser uno mismo, sin ser otro, sin respirar debajo de su piel y mirar con sus ojos. “Ser uno mismo es condenarse a la mutilación pues el hombre es apetito perpetuo de ser otro”. Cuando Rimbaud proclama “Yo soy Otro”, no pretende expresar una forma de solidaridad, sino la abolición del yo para internarse en la diferencia. La analogía es un puente tendido entre la identidad y la diferencia, entre lo semejante y lo radicalmente distinto. La armonía de los contrarios es la fuerza gravitatoria del poema. El arco y la lira invocados por el poeta mexicano en su ensayo es un tributo a Heráclito, uno de los presocráticos más deslumbrantes. El arco proyecta al ser humano más allá de sí mismo. Gracias a su impulso, trasciende su finitud. Paz no habla de inmortalidad, sino del poder creativo de la palabra poética, que mantiene vivo al lenguaje, evitando su degradación a la condición de simple herramienta y su estancamiento en una realización concreta. El poema funda al ser porque lo hace asequible, visible. Su interminable fluir cristaliza en presencia, equilibrio, proporción. Ese milagro es posible porque la lira convierte sus intervalos en música. O dicho de otro modo: porque la palabra poética ordena las cosas, conforme a un ritmo. Nunca se debe olvidar que el poema no formula un significado. La hermenéutica se revela como una tarea estéril cuando espanta las sombras. La interpretación debe ser una vivencia, no una clarificación. El sentido que viaja en el poema es menos importante que la forma, pues la música es el lenguaje que mejor reproduce el fondo del ser.

El poema no es un mensaje que busca otro hablante, sino un encuentro. Se podría decir que es una dialéctica infinita, que trenza el silencio y la palabra. Sería absurdo esperar una síntesis, pues el poema es una espiral que siempre permanece abierta. La vida del ser termina donde acaba la palabra poética. Paz no quiere decir que lo real se extinga con la poesía. De hecho, admite que los lenguajes nacen y mueren, igual que las civilizaciones. La realidad no depende de nuestra percepción, pero sin la poesía pierde su condición de mundo, de orbe en movimiento. La poesía nos enseña que la muerte es un destino ineludible. “No está fuera de nosotros: es nosotros”. El poema no está más allá de la muerte, pero renace sin cesar, como el río de Heráclito. Paz afirma que el poema puede ser ininteligible, pero no inexplicable. El sentido del poema es el poema. Es absurdo recriminar a un poeta la oscuridad de sus intuiciones verbales. El poeta no es un demiurgo, sino un cauce, un surco, una hendidura. Es la grieta por la que se transparenta el ser.

De joven, leí apasionadamente a Octavio Paz y mi aprecio hacia él no ha declinado con los años. Conservo una edición de El arco y la lira del FCE, que recoge la versión ampliada de 1967, publicada cuando el poeta era embajador de México en la India. Un año más tarde se produciría la masacre de Tlatelolco y Paz renunciaría a su cargo como señal de protesta. Siempre admiré ese gesto. En 1990, apareció el primer volumen de sus obras completas. Círculo de Lectores asumió el desafío, escogiendo un formato demasiado grande que no facilitaba la lectura. Años después, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores publicó una edición mucho más atractiva, con papel biblia y unas dimensiones más razonables. Octavio Paz señaló que “el único y verdadero antólogo es el tiempo”. Creo que el tiempo trabaja a favor de su obra, corroborando su indudable valor. Su prosa ensayística siempre me ha recordado a Ortega y Gasset: limpia, transparente, lírica, atinada, intuitiva y profundamente reflexiva. Octavio Paz ha ejercido un fructífero magisterio sobre varias generaciones de prosistas y poetas en lengua castellana. El arco y la lira ya es un clásico que nos ha legado una lección esencial: “el poema es infinitamente frágil y, no obstante, infinitamente resistente. Es un perpetuo desafío a la pesantez de la historia”. Siempre he creído que al final la civilización se ha salvado gracias a un puñado de poetas.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (28-07-2016). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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IRISH MURDOCH: EL LIBRO Y LA HERMANDAD

another country

Another country (Marek Kanievska, 1984)

El marxismo ha ejercido una poderosa seducción sobre los intelectuales europeos. “Los cinco de Cambridge” protagonizaron una de las traiciones más sonadas de la historia del espionaje. Todos eran brillantes estudiantes universitarios que se pusieron al servicio del NKVD –más tarde, KGB- para apoyar a la Unión Soviética en los años de la “guerra fría”. Iris Murdoch (Dublín, 1919-1999) no pretendió seguir los pasos de John Le Carré, que escarbó en la doble vida de los topos, sino mostrar la falsa épica de los revolucionarios de salón. El libro y la hermandad narra la historia de David Crimond, un carismático adalid del marxismo, que conseguirá el apoyo de un grupo de compañeros de Oxford para escribir una obra definitiva sobre la revolución comunista. Sus amigos crearán una hermandad para financiar el libro, pero cuando años más tarde el proyecto se hace realidad, nadie se ha librado de los inevitables cambios que acarrea el tiempo. Sólo se mantienen en pie las pasiones, que circulan con la inocencia del deseo, desatando un estrafalario crimen, cuyo eco revela que cualquier ideología zozobra ante el amor, una fuerza infinitamente más perturbadora que el fervor utópico y la conciencia revolucionaria.

Iris Murdoch es una novelista torrencial, que –según cuentan sus allegados- nunca corregía sus manuscritos. Enemistada con las máquinas de escribir y los ordenadores, su mano volaba sobre el papel, reflejando su temperamento apasionado y desinhibido. Nunca toleró que sus libros se sometieran a un proceso de edición. Es un dato asombroso, pues en nuestros días las editoriales mutilan, corrigen y desfiguran los originales, sin otra justificación que incrementar el caudal de lectores. El libro y la hermandad es literatura en estado puro, que brota de una creatividad desenfrenada. Es cierto que el aluvión de personajes y emociones pueden desconcertar al lector, pero esa intensidad se transforma en embriaguez conforme avanza la escritura. La política se perfila como el aspecto central de la novela. Sin embargo, el sarampión marxista declina enseguida, cediendo el protagonismo al amor. “El amor es más que sexo, es una profunda y apasionada energía que todas las personas llevan dentro y que puede ser buena o mala. Pienso que esa energía es la cosa más importante en la vida del hombre”. Murdoch aborda el sexo sin tapujos, derrochando la misma libertad que exhibió en su vida personal. El homicidio accidental que irrumpe en mitad de la trama acontece como un acto sexual. De hecho, los implicados se despojan de algunas prendas y se mueven como dos amantes a punto de fundirse en el lecho.

El “Hombre Nuevo” al que David Crimond ha dedicado sus esfuerzos intelectuales durante largo tiempo parece menos creíble que su propia imagen bailando, celebrando la vida, relativizando las preguntas, liberando pasiones, escarneciendo su impostada misantropía y su huero narcisismo. Murdoch muestra con crudeza el desmoronamiento del marxismo, pero no se desplaza hacia el polo ideológico opuesto. Su naturaleza inconformista prefiere afincarse en una espiritualidad heterodoxa, que rehúye el burdo materialismo. Lo fantástico no es un recurso de la imaginación, sino una fuerza que fluye subrepticiamente por lo real. Su identificación con la filosofía platónica le permite desplegar una peculiar metafísica que exalta la creatividad de la materia. Iris Murdoch no peca de intelectualismo. Su literatura exalta la vida, con sus dosis de  alegría, azar y misterio. No ignora que el universo algún día desaparecerá tal como lo conocemos, pero entiende que lo sagrado no anida en una hipotética eternidad, sino en el instante, que trasciende sus propios límites cuando admite su fugacidad. La caverna platónica no es la prefiguración del cielo cristiano, sino una metáfora sobre la esterilidad de vivir con los ojos cerrados. El amor no dura siempre, pero siempre apunta hacia lo divino.

El libro y la hermandad reúne todas las virtudes de las grandes novelas: caracteres inolvidables, una trama llena de incidencias, diálogos chispeantes, reflexiones profundas, giros inesperados, un final redondo. Nada de eso sería posible sin la apabullante personalidad de Iris Murdoch, capaz de concentrar toda la magia de su relato en una imagen. El caracol que se comunica con los humanos mediante una tímida mirada resume perfectamente la inteligencia, delicadeza y ternura de una escritora que jamás conoció la angustia de la página en blanco.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (25-07-2016). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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LA COMUNA DE PARÍS

COMUNA 2

Parecía imposible abolir la servidumbre del Antiguo Régimen, pero el 14 de julio de 1789 una multitud asaltó la Bastilla y acabó con uno de los símbolos de la tortura y la represión. Alarmado, Luis XVI preguntó: “Pero, ¿es una rebelión?” El duque de Rochefoucauld-Liancourt respondió: “No, señor, no es una rebelión; es una revolución”. La insurrección se extendió por toda Francia. Ardieron castillos, se ocuparon fincas, se tomó el Palacio de las Tullerías, se creó un ejército nacional para defender a la Revolución de los ataques de Austria y Prusia, se aprobó la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano (1793). El derecho divino de los reyes fue reemplazado por la soberanía popular, los súbditos se transformaron en ciudadanos, se reconoció la libertad de expresión, la igualdad jurídica y el derecho de rebelión. Se ha vilipendiado a los jacobinos, pero gracias a ellos y al espíritu combativo de los saint-culottes se estableció el sufragio universal y se logró contener a los absolutistas que pretendían restaurar la dominación borbónica. Su caída  representó el fin de la Revolución. El Directorio abolió el sufragio universal y el golpe de estado del 18 de Brumario (9 de noviembre de 1799) marcó el inicio de la dictadura bonapartista.

El amargo desenlace del levantamiento popular contra Luis XVI corrobora la reflexión de Louis de Saint-Just: “Los que pasan la vida haciendo revoluciones a medias, no hacen más que cavarse una tumba”. El pueblo francés soportó la restauración de la monarquía, la consolidación de la burguesía como clase dominante gracias a la revolución de 1848 y el gobierno imperial de Napoleón III, pero la derrota en la guerra franco-prusiana encendió una llamarada de descontento popular. Después de la capitulación ante las tropas del Káiser, la Guardia Nacional se negó a devolver las baterías de cañones que les exigía el gobierno provisional. La Guardia Nacional era una milicia con 200.000 hombres, donde cada uno de los 245 batallones elegía democráticamente a sus propios oficiales. Los cañones se habían costeado gracias a una suscripción popular y habían servido para contener durante seis meses al enemigo, que no había logrado pisar la ciudad, pese a mantenerla bajo asedio. El pueblo de París se mostraba partidario de continuar luchando, pero los diputados republicanos ya habían aceptado las condiciones de Bismarck: rendición de las fortificaciones, desarme de la Guardia Nacional, acceso libre a la capital y el pago de 200 millones de francos. La Guardia Nacional organizó un Comité Central e invitó al resto de la nación a seguir su ejemplo, constituyendo comunas soberanas en toda Francia, con autonomía y con la capacidad de garantizar los derechos del pueblo. Pese a todo, el ejército prusiano desfiló por algunos distritos de París el 1 de marzo, pero se retiró al día siguiente conforme a lo acordado con las autoridades francesas. La nueva Asamblea, dirigida por Adolphe Thiers, que será más tarde presidente de la Tercer República, intenta superar la crisis económica causada por la guerra, imponiendo terribles sacrificios a los más débiles. Se suprime la moratoria sobre letras, alquileres y deudas, exigiendo el pago inmediato, lo cual implica la quiebra para miles de talleres y pequeñas tiendas; se retira el sueldo a los milicianos de la Guardia Nacional; se cierran seis periódicos republicanos, algunos con tiradas de 200.000 ejemplares; se condena a muerte en rebeldía al revolucionario Gustave Flourens y a cadena perpetua al socialista Auguste Blanqui. Miles de familias y trabajadores pierden el sustento. 300.000 obreros se quedan sin empleo en una época sin ninguna clase de ayudas sociales.

El 18 de marzo el gobierno envía a sus tropas para desarmar a la Guardia Nacional, pero una multitud acude a proteger los 400 cañones almacenados en los altos de Montmartre. Los soldados se niegan a disparar contra el pueblo y confraternizan con los milicianos. Cuando el general Claude Martin Lecomte les ordena abrir fuego contra una muchedumbre desarmada, lo obligan a desmontar de su caballo y, algo más tarde, lo fusilan con el general Clément Thomas, que había participado en la represión de la rebelión de 1848. Estos hechos marcan el inicio de la Comuna, que consigue el apoyo de muchas unidades militares y guarniciones, identificadas con su espíritu revolucionario. El gobierno huye de París y el Comité Central de la Guardia Nacional se convierte en la única autoridad efectiva, pero no tarda en convocar elecciones y el 28 de marzo se constituye la Comuna, con 92 representantes procedentes de la clase trabajadora y los grupos políticos de izquierda (republicanos, socialistas, anarquistas, proudhonianos, blanquistas, jacobinos). Se elige como Presidente al socialista Louis Auguste Blanqui, que no puede ocupar el cargo por hallarse en prisión desde el 17 de marzo.

La Comuna gobernará durante 60 días, promulgando decretos revolucionarios: abolición de los intereses de las deudas, devolución gratuita de las herramientas empeñadas en casas estatales, autogestión de las empresas abandonadas por sus dueños, protección de los hijos de la clase trabajadora, condonación de los alquileres impagados, constitución de un poder asambleario, separación entre Iglesia y Estado, educación obligatoria, laica y universal, prohibición del trabajo nocturno. Se sustituyó la bandera tricolor por una bandera roja. Pese a todas las dificultades, la Comuna logró mantener el abastecimiento y los servicios básicos. Algunos consejos locales proporcionaron  ropa y comida a los niños de las familias más humildes. Aún se discute si la Comuna es un ejemplo de autogestión o de socialismo revolucionario.

El 21 de mayo la Comuna fue asaltada por las tropas del gobierno. Se luchó barrio por barrio, calle por calle, pero la heroica resistencia de los comuneros no pudo hacer nada frente a unas tropas bien pertrechadas y con una potente artillería. El 28 de mayo cayó el último foco de resistencia y al día siguiente comenzaron las represalias. Miles de comuneros fueron fusilados en una tapia del Cementerio de Père-Lachaise, que hoy se conoce como “Muro de los comuneros” y que gobiernos posteriores han honrado con una placa conmemorativa. Las ejecuciones sumarias no perdonaron ni a las mujeres ni a los niños. Los campos baldíos de Versalles se convirtieron en los primeros campos de concentración de la historia contemporánea, donde se internó a los acusados de participar en la revuelta. Cerca de 40.000 detenidos fueron trasladados a colonias de ultramar, donde realizaron trabajos forzados y muchos perdieron la vida por culpa de los malos tratos y las enfermedades. No hay un consenso histórico sobre el número de víctimas, pero se estima que al menos fueron ejecutadas 30.000 personas. La ley marcial se mantuvo en París durante cinco años. Adolphe Thiers exclamó satisfecho: “El socialismo no volverá a molestarnos en mucho tiempo”.

La Comuna fracasó por miedo a adoptar “medidas jacobinas” que despertaran las antipatías de la burguesía. Es absurdo que pidieran prestado dinero al Banco Central de Francia en vez de confiscarlo. El Banco concedió el préstamo, pero entregó clandestinamente fondos mucho más cuantiosos al gobierno de Versalles, que los utilizó para financiar la constitución de un ejército, con los recursos necesarios para exterminar a los comuneros. Fue un grave error estratégico permitir la huida del gobierno. Si se hubiera detenido a Adolphe Thiers y a sus generales, no habrían disfrutado de la oportunidad de planificar la contrarrevolución desde Versalles, negociando con los alemanes la liberación de 170.000 soldados franceses para participar en el asalto de la capital. La Comuna es el ejemplo de una sublevación popular que hizo posible la utopía durante 60 días. En ese tiempo, el revolucionario y poeta Eugène Pottier compuso sus Cantos revolucionarios, donde se encontraba un poema con la letra de “La Internacional”, que más tarde se convertiría en el himno de todos los proletarios. En 1888, Pierre Degeyter se encargaría de acompañar el texto con música.

La Comuna de París representó un estallido de esperanza, uno de esos momentos que revelan la posibilidad de revertir el curso de la historia. En un mundo dominado por la violencia y la desigualdad, no es posible ignorar una gesta que alumbró dos versos inolvidables: “Atruena la razón en marcha: / es el fin de la opresión”. No se ha acabado la opresión, pero el mundo es un lugar menos áspero después de los 60 días de la Comuna de París, que sembraron la ilusión de un porvenir gobernado por el pueblo y para el pueblo. Si tuviera que escoger una iniciativa de los comuneros para simbolizar su espíritu, elegiría sin dudar el derribo de la Columna Vendôme, que celebraba la victoria de Napoleón I en la batalla de Austerlitz. Los comuneros consideraron que constituía una exaltación del militarismo y la barbarie, una flagrante violación del derecho internacional. Los verdugos de la Comuna repararon el monumento, pero la memoria colectiva aún conserva un gesto que manifestó la voluntad de los pueblos de vivir en paz, sin aventuras imperialistas ni césares ebrios de poder.

RAFAEL NARBONA

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RECUERDOS DE UN COLEGIO DE CURAS

colegio curas

España es el único país donde el fascismo ganó la guerra y gobernó durante cuatro décadas. La transición a la democracia se urdió desde el olvido y la impunidad. Ese silencio constituyó un agravio a las víctimas de la dictadura, malogrando cualquier intento de reparación jurídica o moral. Sólo Camboya aventaja a España en número de desaparecidos. Se estima que cerca de ciento veinte mil personas yacen aún en fosas clandestinas. Las posibilidades de averiguar su identidad son cada vez más reducidas. Con increíble cinismo, los nostálgicos del régimen franquista afirman que exhumar las fosas sólo contribuye a reavivar las heridas. No entiendo que se pueda censurar o cuestionar el derecho de recuperar los restos de un abuelo para inhumarlos con dignidad. No aprecio ninguna clase de revanchismo en ese humanísimo anhelo. Las víctimas del «terror rojo» fueron exhumadas y sus familiares recibieron homenajes, sinecuras y pensiones. Durante la posguerra europea, se demolieron todos los edificios y monumentos de la Alemania nazi y la Italia fascista. En España, aún se mantienen en pie –por citar sólo dos casos– el Arco el Triunfo y el Valle de los Caídos, un sombrío mausoleo que se construyó con mano de obra esclava. La cruz más alta de la vieja Europa vela el descanso de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera. Cualquier conciencia verdaderamente democrática se escandaliza con estos hechos.

La oposición crítica a los vestigios del franquismo no implica negar o justificar los crímenes cometidos por las milicias revolucionarias durante la guerra civil española. La rebelión militar del 18 de julio de 1936 desató una oleada de violencia contra los distintos sectores de la derecha. Se asesinó a 6.832 religiosos y a unos setenta mil presuntos fascistas. Manuel Azaña, presidente de la Segunda República, condenó los crímenes, pero socialistas, comunistas y anarquistas impulsaron, alentaron o disculparon la represión, afirmando que era una medida necesaria para ganar la guerra. Desgraciadamente, la izquierda radical aún suscribe este argumento de una forma más o menos explícita. Siempre he considerado que el terrorismo de ETA constituye el último episodio de la Guerra Civil. El odio suscitado por la dictadura de Franco, que torturó y fusiló sin tregua hasta el final, actuó como caldo de cultivo del marxismo-leninismo de ETA. Actualmente, casi todas las fuerzas políticas condenan sus atentados, pero a principios de los años ochenta la izquierda aún fantaseaba con la revolución y simpatizaba en mayor o menor grado con la lucha armada. Sólo cuando ETA incluyó entre sus blancos a políticos de izquierdas se produjo un cambio de discurso.

Puede afirmarse que en España aún sigue funcionando la «lógica de los enemigos complementarios», por utilizar una expresión de Tzvetan Tódorov. Se habla de enemigos complementarios cuando se deshumaniza al adversario y se desprecia cualquier intento de resolver las diferencias mediante el diálogo. En esa dialéctica, sólo caben la difamación, la agresión y la venganza. La sombra del totalitarismo aún planea sobre la arena de la política española, frustrando la superación definitiva de odios cainitas.

¿Cómo se vivió el franquismo en un colegio católico del centro de Madrid? Contaré mi experiencia, intentando reproducir escrupulosamente la realidad. Yo estudié en el Fray Luis de León, un colegio de padres reparadores. Con siete años, me incorporé a segundo de EGB. Corría el año 1971. En esa época, los castigos físicos eran rutinarios y contaban con el apoyo de los padres. Capones, bofetadas, tirones de pelos, humillaciones. Profesores y curas actuaban con la misma brutalidad. Recuerdo que a veces nos obligaban a arrodillarnos sobre tizas o nos sellaban los labios con celo. Las arengas a favor del régimen eran frecuentes. No he olvidado un cómic que relataba el martirio de un sacerdote asesinado por las milicias rojas. Muchos interiorizamos las imágenes de los milicianos profanando una iglesia como la expresión del mal radical. Las cosas cambiaron con el fin de la dictadura. Curiosamente, aparecieron curas vascos que simpatizaban con el independentismo y aborrecían a Franco, lo cual no impedía que se les fuera la mano de vez en cuando. No me atrevo a aventurar una fecha, pero creo que hacia 1979 la violencia desapareció de las aulas. Podría mencionar nombres o incidentes concretos. Yo he visto cómo un adulto abofeteaba brutalmente a un niño de diez años o lo obligaba a ponerse de puntillas, tirándole de las patillas. En el año 1974, un profesor exhibía una fusta en clase, casi como una broma. No recuerdo que la utilizara, pero sí que nos pasaba una goma de borrar tinta por detrás de la oreja.  Sólo se me ocurre una pobre excusa. En ese tiempo, se consideraba que pegar a los niños –especialmente a los de sexo masculino– era tan natural y necesario como enseñarles la tabla de multiplicar.

Al evocar mis recuerdos, alumnos de generaciones posteriores han cuestionado mi versión. Otros han corroborado mis vivencias. He hablado con alumnos de otros colegios religiosos y casi todos los que superan los cincuenta años reconocen haber sufrido experiencias semejantes. Imagino que hoy en día el Fray Luis de León es un colegio más, mixto –en mi época, sólo lo era el último curso de bachillerato– y con una rutina exenta de violencia. Las heridas de la Guerra Civil no se han cerrado, pero la sociedad ha cambiado radicalmente. Pegar a los niños se considera hoy un delito. En los años setenta no era así. Las dictaduras corrompen el alma de la sociedad. Su crueldad se infiltra en todos sus estratos. De todas formas, la protección de la infancia es un concepto relativamente moderno. Durante siglos los niños han sido ciudadanos de segunda categoría, expuestos a toda clase de abusos.¡Arriba Hazaña!, una película de José María Gutiérrez Santos estrenada en 1978, reproduce con bastante rigor los cambios que se produjeron en los colegios religiosos y, por extensión, en toda la sociedad.

Pienso que la normalización democrática de España sólo se habrá completado cuando las víctimas del franquismo disfruten del mismo reconocimiento que las víctimas del «terror rojo». La desaparición de los símbolos de la dictadura no me parece menos urgente. El Valle de los Caídos no escenifica la reconciliación, sino la victoria de los militares sublevados. Un antiguo campo de concentración nunca podrá ser un icono de la paz, salvo que reciba el mismo tratamiento que Auschwitz o Dachau. Por último, la izquierda debe reconocer que ha flirteado con la violencia durante mucho tiempo, alegando que las transformaciones sociales sólo podrían materializarse mediante estallidos revolucionarios. Olvidaba que una revolución no es una verbena, sino una sangrienta guerra civil.

El pasado duele, pero ese dolor es un tributo a la autocrítica, la honestidad y la clarividencia. Sin esas virtudes, prosperan el encono, la mentira y la deshumanización del otro.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (22-07-2016). Del blog Viaje a Siracusa. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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