JUAN DE MAIRENA, MAESTRO APÓCRIFO (II)

machado y leonor

Antonio Machado y Leonor Izquierdo

Juan de Mairena nos aconseja huir del dogmatismo. La adhesión a un credo es un yugo que oscurece el juicio. “Tomar partido –señala Mairena, con la sabiduría de los sofistas- es no sólo renunciar a las razones de vuestros adversarios, sino también a las vuestras; abolir el diálogo, renunciar, en suma, a la razón humana”. Se ha dicho que Antonio Machado quizás habría actuado como su hermano Manuel, si la rebelión militar lo hubiera sorprendido en la zona donde triunfó el pronunciamiento, pero no parece probable. Los valores laicos y republicanos impregnan toda su obra, revelando que Antonio Machado siempre tomó partido por el proyecto de una España democrática y popular. Lejos de cualquier forma de fanatismo, su adhesión a la Segunda República obedece a un imperativo de la razón. El diálogo, la tolerancia y la duda sólo son posibles en el marco de la libertad, nunca en una plaza dominada por tribunos, terratenientes y curas aficionados a sentarse en la mesa del rico, ignorando la parábola bíblica del pobre Lázaro y el avariento Epulón. Manuel Machado se mostró servil con Franco, el dictador que aniquiló brutalmente a sus adversarios, invocando una idea de España opuesta a la voluntad de clarificación del racionalismo ilustrado. El jacobino Antonio Machado prefirió ejercer la resistencia hasta que los bárbaros lanzaron su última ofensiva sobre Madrid. El valiente rompeolas no pudo soportar la rabia de la España negra y tridentina, que acabó con la Edad de Plata de nuestra cultura.

Juan de Mairena describió el infierno como “la espeluznante mansión del tiempo, en cuyo círculo más hondo está Satanás dando cuerda a un reloj gigantesco”. El reloj de arena que acompaña a la guadaña nunca deja de girar. El ser humano contempla con angustia ese movimiento, pues sabe que la clepsidra que escancia la arena lo aproxima a la muerte. La eternidad es un misterio, tal vez una simple ensoñación de una mente hostigada por el imparable devenir. Sólo el instante parece real y quizás la única forma de permanencia que podamos imaginar. El instante no es una vivencia, sino un don de la palabra. La poesía no es un simple tributo a la belleza. La poesía es la forma más alta de trascendencia. Admirador de Henri Bergson, Antonio Machado asimiló gran parte de sus enseñanzas. Al igual que el filósofo francés, pensaba que el tiempo es duración, una vivencia que retiene el pasado y anticipa el futuro. Si el instante se reduce a un punto en el espacio, el tiempo se fractura en una sucesión de compartimentos estancos. Es la visión de la mecánica, que interpreta el universo como materia inerte y divisible. Por el contrario, Bergson describe el cosmos como el hilo de un ovillo, que se ondula y comunica en todos sus momentos. El tiempo es algo vivo, que fluye en todos los sentidos. Los instantes se penetran mutuamente, manteniendo una comunicación permanente entre lo vivido y el porvenir. No hay dos instantes idénticos. El tiempo es irreversible porque cada momento es diferente y nunca deja de transformarse. El pasado que se reescribe incesantemente. La memoria es la fuerza creativa que imprime al tiempo una estructura abierta y narrativa. El ser se dice. No es algo fijo y permanente. La palabra es la flecha que vivifica el tiempo. Mairena apunta que la palabra poética sólo manifiesta su poder transformador en la voz de “los niños de las escuelas populares”, cuya dicción siempre es más precisa y auténtica que la declamación huera de los recitadores. Sólo la inocencia puede captar el latido de la palabra, recreando el mundo y recogiendo la cosecha de los días pretéritos.

La poesía no es una cifra que mide los versos o un espejo situado en la orilla del tiempo, sino un acto creador que ensancha lo real: “Todo amor es fantasía/ […] No prueba nada / contra el amor que la amada / no haya existido jamás…”. La comprensión de la poesía no depende de la intuición, sino del pensamiento. “No es lo mismo pensar –advierte Mairena- que haber leído”. Pensar no es urdir filigranas, sino actualizar la sabiduría popular, que nunca ha tolerado un formalismo vacuo y preciosista: “Huid del preciosismo literario, que es el mayor enemigo de la originalidad. Pensad que escribís en una lengua madura, repleta de folklore, de saber popular, y que ése fue el barro santo de donde sacó Cervantes la creación literaria más original de todos los tiempos”. El saber popular reconoce a los maestros como Abel Martín, cuya modestia se parece a la de Platón, dispuesto a atribuir sus reflexiones a Sócrates, su mentor. El saber popular entiende que el folklore es “cultura viva y creadora de un pueblo”. El folklore es el alma de las naciones. El pueblo griego no habría existido sin Homero, que sintetizó los relatos recitados por poetas ambulantes o aedos en las distintas polis. El genio de Atenas llamea en los hexámetros de la Ilíada, alumbrando retrospectivamente una unidad cultural que sólo se hizo realidad en el terreno de la poesía, pues la rivalidad entre las diferentes ciudades impidió la unidad política.

La conciencia republicana de Machado se refleja en un patriotismo autocrítico: “Yo siempre os aconsejaré que procuréis ser mejores de lo que sois: de ningún modo que dejéis de ser españoles. Porque nadie más amante que yo ni más convencido de las virtudes de nuestra raza. Entre ellas debemos contar la de ser muy severos para juzgarnos a nosotros mismos”. Un buen español lidia con nuestras imperfecciones, sin ocultarlas o minimizarlas: “La posición es honrada, sincera y profundamente humana. Yo os invito a perseverar en ella hasta la muerte”. Antonio Machado continúa la estela de Cervantes, mostrando que el amor a España sólo puede concebirse desde el inconformismo. No podría ser de otro modo en un maestro del optimismo trágico. Utópico, Mairena pide lo imposible: “Que nuestro propósito sea más o menos irrealizable, en nada amengua la dignidad de nuestro propósito”. Alonso Quijano fracasa una y otra vez, pero su idealismo es la única brújula que puede orientarnos. Los españoles son aficionados a denigrarse, sin dedicar demasiado tiempo a conocerse: “Una pérdida total de simpatía hacia lo nuestro va construyendo poco a poco en nuestras almas un espíritu crítico que necesariamente ha de funcionar en falso y que algún día tendremos que arrumbar en el desván de los trastos inútiles”. La grandeza de España no está en sus hazañas de ultramar, sino en las clases populares: “En España lo mejor es el pueblo –escribe Antonio Machado en las últimas semanas de la guerra-. Por eso la heroica y abnegada defensa de Madrid, que ha asombrado al mundo, a mí me conmueve, pero no me sorprende. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invaden la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre”. Juan de Mairena no es un señorito, sino un maestro que dialoga y cuestiona sus enseñanzas. Su sentido crítico no implica menosprecio o escasa autoestima. Su palabra es tiempo que discurre como un río caudaloso, sembrando plenitudes y claridades. Su poesía es duración, memoria que preserva y revive lo anterior, sin dejar de apuntar a un futuro que se hace con barro, ilusión y alguna brizna de desengaño. Aún es pronto para despedirse de él. En la próxima y última entrega, conoceremos algo mejor sus deslumbrantes intuiciones y sus humanísimas flaquezas, que testimonian el genio irrepetible de los maestros apócrifos.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (24-08-2016). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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JUAN DE MAIRENA, MAESTRO APÓCRIFO (I)

ANTONIO MACHADO 2

Antonio Machado Ruiz (Sevilla, 26 de julio de 1875-Colliure, 22 de febrero de 1939)

Los intelectuales de la revista Escorial reivindicaron la figura de Antonio Machado desde la inmediata posguerra. Dionisio Ridruejo prologó en 1940 una edición sesgada y censurada de sus Obras Completas, atribuyéndole la condición de “maestro muy amado”, pese a su conocida defensa de la Segunda República. Pedro Laín Entralgo habló del “Machado esencial”, supuesto precursor de la síntesis realizada por Falange entre tradición y modernidad. En 1952, la tercera de ABC publicó un artículo de Concha Espina que atribuía al poeta “testimonios de fe religiosa, de sobria moderación política y de humilde espíritu franciscano”. La voluntad de convertir a Antonio Machado en escritor nacional, con una obra capaz de convocar a las dos Españas para una hipotética reconciliación, olvida deliberadamente “las gotas de sangre jacobina” de un poeta alineado con la Segunda República, hasta el extremo de escribir el 7 de noviembre de 1936: “¡Madrid, Madrid / qué bien tu nombre suena, / rompeolas de todas las Españas. / La tierra se desgarra, el cielo truena, / tú sonríes con plomo en las entrañas”. El compromiso de Antonio Machado con la legalidad republicana es inequívoco. De hecho, alzó la primera bandera tricolor en el ayuntamiento de Segovia, escribió un emotivo poema a Líster, “jefe de los ejércitos del Ebro” (“Si mi pluma valiera tu pistola / de capitán, contento moriría”) y en 1939 cruzó los Pirineos, huyendo de las legiones alzadas para destruir el sueño de una España igualitaria, fraterna y laica.

Antonio Machado se debatió entre lo personal y lo colectivo. Su voz de poeta escarbó en su intimidad más recóndita, sin descuidar el sentir popular, que aglutina la diversidad de una nación conflictiva, con una identidad sometida a una crisis permanente. Al igual que a Unamuno, le duele España, pero su preocupación está lejos del esencialismo regresivo. Antonio Machado posee la estatura estética y moral que justifica su exaltación como “escritor nacional”, pero ese calificativo jamás podrá englobar al cesarismo que liquidó el proyecto institucionista, quizás el ensayo más logrado y perdurable de un país moderno, sin “curas, moscas ni militares”, por utilizar la conocida expresión de Pío Baroja. Antonio Machado no es el precursor del delirio falangista, sino el catalizador de los aspectos más genuinos de lo español: una espiritualidad compleja y contradictoria, que reivindica el cristianismo primitivo y repudia el fervor clerical; la pasión por el paisaje desnudo, elemental, sin frondas ni geometrías neoclásicas; la tendencia a lo onírico y fantástico, que duplica lo real con las piruetas de una imaginación barroca; el humor que malogra de raíz la ambición metafísica de sistematizar una realidad caracterizada por la paradoja y la sobreabundancia; la insumisión de las clases populares contra un señoritismo rapaz e insolidario; el desengaño ante las conquistas efímeras y el anhelo de lo permanente, plasmado en la desolación que produce la precariedad de la verdad y la belleza; la ironía que bordea el nihilismo y –por no alargar más el inventario- un sentido estético reacio a las construcciones puramente intelectuales. En definitiva, Antonio Machado es la quintaesencia de lo español y, por esa misma razón, rechaza violentamente el mesianismo de los centuriones al servicio de la oligarquía. Poeta del pueblo y para el pueblo, su amor a los más humildes y sencillos convive con el individualismo ibérico, siempre proclive –de acuerdo con Ganivet- a la indisciplina del guerrillero y tenazmente opuesto a la despersonalización de la milicia.

La prosa de Antonio Machado se caracteriza por las mismas virtudes, si bien el humor y el desengaño prevalecen sobre lo utópico y la agitación revolucionaria. El Juan de Mairena hunde sus raíces en la metafísica de Abel Martín, maestro apócrifo del heterónimo machadiano, pero sus ramas no culminan en un sistema, sino en lo irónico y fragmentario. Sabemos que el Machado ciudadano se mantiene fiel a una peculiar metafísica revolucionaria, según la cual los milicianos “son los únicos que realizan esa libertad para la muerte de la que habla Heidegger”, pero el Machado poeta flota en un subjetivismo crepuscular. Como apunta Octavio Paz, “el poeta se canta a sí mismo porque no encuentra temas de comunión. Vivimos el fin de un mundo y de un estilo de pensar: el fin del lirismo burgués, el fin del yo cartesiano”. Sin embargo, ese mañana que restituirá lo colectivo y comunitario se demora interminable. Mientras llega esa imaginaria aurora, no queda otra opción que refugiarse en una actitud fatalista y hondamente española: encarar la muerte con los ojos muy abiertos, sin rechazar su letal abrazo ni perder la hidalguía de una raza forjada en la mística del infortunio. “La súbita desaparición del señorito –escribe Machado- y la no menos súbita aparición del señorío en los rostros de nuestros milicianos son dos fenómenos concomitantes. Porque la muerte es cosa de hombres, y sólo el hombre, nunca el señorito, puede mirarla cara a cara”. La hidalguía del español no reside en su limpieza de sangre, sino en morir por los otros, que –en el caso de la guerra de clases del 36- significa inmolarse por el pueblo, avasallado una vez más por la arbitrariedad de un poder de tintes feudales.

Abel Martín es un filósofo. Su discípulo Juan de Mairena ejerce de profesor de gimnasia y retórica. No está un peldaño más abajo, sino un escalón más arriba, pues el humor es la corona de espinas de la inteligencia. El vuelo de la razón es altivo y temerario. En cambio, el humor vuela bajo, pero su humildad y su ligereza le ayudan a bajar hasta lo más hondo. No es un razonamiento sofístico, sino la enseñanza de un maestro que percibe la seriedad como el polo opuesto a la perspicacia. Un pensador que no se ríe de sí mismo produce irrisión y bostezos, a veces miedo. Juan de Mairena encarna el gay saber, la alegría del pensamiento. No se equivoca Enrique Anderson Imbert cuando afirma que su colección de donaires, apuntes y recuerdos “gravita en la órbita de la literatura picaresca. Entendámonos: una picaresca de la inteligencia, no de la conducta”. Mairena advierte el lado cómico de lo real, pero no lo hace desde la perspectiva del ingenio, sino del sarcasmo metafísico y antropológico. El alma de cada hombre pudiera ser una mónada. Si es así, ¿cómo concertar infinidad de melodías o puntos de vista, que sólo expresan una subjetividad opaca, inaccesible? Leibniz recurre a la armonía preestablecida, invocando la providencia divina. Se podría apuntar que esa armonía compone una gran sinfonía, semejante a la música de las esferas, pero Mairena sugiere que la diversidad humana suele devenir “algarabía”. El universo es un caos, un pandemónium. Mairena descarta la hipótesis de Dios: “Un dios existente –decía mi maestro- sería algo terrible. ¡Que Dios nos libre de él!”. El Dios del catecismo es un tirano cósmico. Lo más sensato es enviarlo al exilio. El anticlericalismo machadiano no invita a la destrucción de los templos. Mairena no es un revolucionario, sino un viejo liberal, un burgués que aprecia el racionalismo, el individualismo, la ciencia positiva. La vena liberal es incompatible con los dogmas. El fanatismo exige un penoso esfuerzo. Es más humana la pereza. El holgazán no es violento, pues se conforma con sestear bajo un árbol o charlar amigablemente, rehuyendo enconos y polémicas. No debe confundirse al holgazán con el idiota, “que nunca se asombra de nada; ni siquiera de su propia estupidez”. El holgazán es un paseante, un pensador tranquilo, un profesor que no quiere abrumar a sus alumnos, un escritor que nos lega un puñado de poemas, descartando la prolífica actividad del autor histriónico y narcisista, cuya inquietud fundamental es la eternidad. Mairena no busca la eternidad. Se conforma con escribir unos párrafos y lanzarlos al río del lenguaje, donde todo fluye sin descanso.

Para Mairena, la brevedad es la virtud capital de la poesía. Por eso, cortamos aquí el hilo, recordando que el papel de un maestro no es alimentar convicciones, sino sembrar dudas. Pensar no es tomar partido, sino aventurarse en lo desconocido, aceptando que lo humano es vivir en lo incierto. “Para los tiempos que vienen –admite Mairena-, no soy yo el maestro que debéis elegir, porque de mí sólo aprenderéis lo que tal vez os convenga ignorar toda la vida: a desconfiar de vosotros mismos”.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (12-08-2016). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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NELSON MANDELA, O EL PRECIO DEL PRAGMATISMO

nelson mandela en robben island

Nelson Mandela en Robben Island

No es mi intención menospreciar o desfigurar el legado de Nelson Mandela, pero considero que ningún político puede sustraerse a un juicio histórico objetivo. Los mitos suelen ocultar la realidad e inducir a la confusión. Madiba pasó 27 años en prisión. Su número de prisionero 466/64 se convirtió en un símbolo de la opresión blanca sobre la población negra de Sudáfrica. Sus casi dos décadas en el durísimo penal de Robben Island acreditan su coraje y la sinceridad de sus convicciones. Su único mandato como presidente está libre de cualquier sombra de corrupción. Sus gestos a favor de la paz y la reconciliación evitaron que el país se desangrara en una espantosa guerra civil. Sin embargo, el historiador Niall Ferguson, famoso por sus tesis revisionistas a favor del colonialismo y el imperialismo, afirma que Mandela puso fin al apartheid de forma incruenta, pero no a las profundas desigualdades sociales. Salvo una nueva clase media negra, mayoritariamente vinculada al Congreso Nacional Africano, la clase trabajadora no ha mejorado sus condiciones de vida. Ferguson opina que “el lenguaje de paz y reconciliación es seductor, pero debe ser combinado con políticas significativas”.

Se tiende a mencionar en voz baja que Amnistía Internacional nunca reconoció a Mandela como preso de conciencia y que Estados Unidos no le borró de su lista de terroristas hasta 2008. Margaret Thatcher nunca ocultó su desprecio por el Congreso Nacional Africano, “una típica organización terrorista”. Amnistía Internacional justificó su postura, destacando el papel de Madiba en la lucha armada: “Nelson Mandela participó en la planificación de actos de sabotaje y de incitación a la violencia, de modo que no cumple con los criterios para calificarle como un prisionero político. No es el delito de su opinión lo que le llevó a la cárcel, sino -como indica el auto en su contra- la preparación, manufactura y uso de explosivos, lo que incluye 210.000 granadas de mano, 48.000 minas antipersonales, 1.500 temporizadores, 144 toneladas de nitrato de amonio, 21,6 toneladas de pólvora de aluminio, y una tonelada de pólvora negra. 193 actos de terrorismo cometidos por su organización entre 1961 y 1963”. No se puede decir que Amnistía Internacional mintiera, pues después de la matanza de Sharpeville el 21 de enero de 1960, Mandela creó el brazo militar del ANC, que adoptó el nombre de Lanza de la Nación (Umkhonto We Sizwe) y lanzó una ofensiva contra el gobierno racista de Pretoria, asumiendo “las inevitables bajas que se producirán en el calor de la batalla”. En Sharpeville, la policía disparó contra los manifestantes. Murieron 69 personas, incluidos mujeres y niños. Otras 180 resultaron heridas, muchas de gravedad. El ANC respondió con una campaña de atentados con coches bomba. El 21 de mayo de 1987 estallaron dos bombas en la fachada trasera del Tribunal de Justicia de Johannesburgo. Murieron tres policías, otros cuatro quedaron malheridos y seis transeúntes sufrieron en sus carnes el impacto de la metralla. Las bombas apenas consiguieron su objetivo, pues la explosión había sido programada para el mediodía, cuando los funcionarios del Tribunal de Justicia salían masivamente al exterior para el almuerzo. El ANC, que reivindicó el atentado, eligió la fecha con premeditación, pues se cumplía el cuarto aniversario de otro atentado en Pretoria que mató a 19 personas e hirió a 239. Solo en 1987, el ANC llevó a cabo 25 atentados con coche bomba. El ANC colocó bombas en comisarías, cuarteles, bancos, edificios de la Administración, una central nuclear e incluso unos grandes almacenes. No sólo eliminó a policías, militares, políticos, jueces y empleados públicos. También acabó con los chivatos que informaban a las autoridades, a veces con el terrible necklacing, que consiste en colocar un neumático alrededor del cuello y prenderle fuego. La lucha contra el apartheid costó unas 18.000 vidas en casi medio siglo de manifestaciones, atentados y represión policial. Se calcula que entre 1960 y 1990, 200.000 personas fueron torturadas por la policía y el ejército. Muchas murieron durante los interrogatorios, como es el caso de Steve Biko, líder carismático que no logró sobrevivir a una brutal paliza en la tristemente famosa sala 619 de Port Elizabeth. Su vida se extinguió mientras le trasladaban a Pretoria en un Land Rover, desnudo y horriblemente desfigurado.

En el famoso alegato del 20 de abril de 1964 ante el Tribunal Supremo de Pretoria,  Nelson Mandela afirmó: “No niego que planeé sabotajes. […] No lo hice movido por la imprudencia ni porque sienta ningún amor por la violencia. Lo planeé como consecuencia de una evaluación tranquila y racional de la situación política a la que se había llegado tras muchos años de tiranía, explotación y opresión de mi pueblo por parte de los blancos. Admito de inmediato que yo fui una de las personas que ayudó a crear Umkhonto we Sizwe [brazo armado del Congreso Nacional Africano]. […] Yo y las demás personas que fundaron la organización pensamos que sin violencia no se abriría ninguna vía para que el pueblo africano pudiera vencer en su lucha contra el principio de la supremacía blanca. Todas las formas legales de expresar la oposición a este principio habían sido proscritas por ley y nos veíamos en una situación en la que teníamos que elegir entre aceptar un estado permanente de inferioridad o desafiar al Gobierno. Optamos por desafiar la ley. Primero infringimos la ley de un modo que eludía todo recurso a la violencia; cuando se legisló contra esta vía, y a continuación el Gobierno recurrió a una demostración de fuerza para aplastar la oposición a sus políticas, solo entonces decidimos responder a la violencia con violencia. […] El Gobierno había decidido gobernar exclusivamente por la fuerza y esta decisión marcó un punto de inflexión en el camino hacia Umkhonto. ¿Qué debíamos hacer nosotros, los líderes de nuestro pueblo? No teníamos la menor duda de que teníamos que proseguir la lucha. Cualquier otra decisión habría sido una vil rendición. Nuestra duda no era si debíamos luchar, sino la manera de continuar la lucha. Los miembros del ANC siempre hemos defendido una democracia no racista y nos alejábamos de cualquier acción que pudiese distanciar aún más las razas. Pero la dura realidad era que lo único que había conseguido el pueblo africano tras 50 años de no violencia era una legislación cada vez más represiva y unos derechos cada vez más mermados. Por entonces, la violencia ya se había convertido, de hecho, en un elemento característico de la escena política sudafricana. […] Cada altercado apuntaba a la inevitable intensificación entre los africanos de la creencia de que la violencia era la única salida; mostraba que un Gobierno que emplea la fuerza para imponer su dominio enseña a los oprimidos a usar la fuerza para oponerse a él. Llegué a la conclusión de que, puesto que la violencia en este país era inevitable, sería poco realista seguir predicando la paz y la no violencia. No me fue fácil llegar a esta conclusión. Solo cuando todo lo demás había fracasado, cuando todas las vías de protesta pacífica se nos habían cerrado, tomamos la decisión de recurrir a formas violentas de lucha política. Lo único que puedo decir es que me sentía moralmente obligado a hacer lo que hice. […] Empecé a estudiar el arte de la guerra y la revolución y, mientras estaba en el extranjero, realicé un curso de entrenamiento militar. Si iba a haber una guerra de guerrillas, quería ser capaz de apoyar a mi pueblo y combatir junto a él, y de compartir los peligros de la guerra con ellos”.

En su alegato, Mandela se distancia de los comunistas, pero agradece su solidaridad con el pueblo africano: “El nacionalismo africano que defiende el ANC es el concepto de libertad y plenitud para el pueblo africano en su propia tierra. El documento político más importante que ha adoptado el ANC en toda su historia es la Carta de la libertad. No es en ningún modo un plan para un Estado socialista. Exige la redistribución, pero no la nacionalización de la tierra; contempla la nacionalización de las minas, los bancos y los sectores monopolistas, porque los grandes monopolios están en manos de una de las razas solamente y, sin esa nacionalización, la dominación racial se perpetuaría aunque se repartiese el poder político. Conforme a la Carta de la libertad, la nacionalización se llevaría a cabo en el contexto de una economía basada en la empresa privada. […] Es más, durante muchas décadas los comunistas fueron el único grupo político en Sudáfrica dispuesto a tratar a los africanos como seres humanos y como sus iguales; el único que estaba dispuesto a comer con nosotros; a hablar con nosotros, a vivir con nosotros y a trabajar con nosotros. Eran el único grupo que estaba dispuesto a trabajar con los africanos para lograr derechos políticos y ocupar un lugar en la sociedad. Debido a esto, hay muchos africanos que, hoy en día, tienden a equiparar la libertad con el comunismo. Esta opinión está respaldada por un poder legislativo que tacha de comunistas a todos los exponentes de un Gobierno democrático y de la libertad africana y proscribe a muchos de ellos (que no son comunistas) en virtud de la Ley de Supresión del Comunismo. Aunque nunca he sido miembro del Partido Comunista, he sido encarcelado conforme a esa ley. Siempre me he considerado, en primer lugar, un patriota africano. Hoy día me siento atraído por la idea de una sociedad sin clases, y es una atracción que proviene en parte de las lecturas marxistas y, en parte, de mi admiración por la estructura de las primeras sociedades africanas. La tierra pertenecía a la tribu. No había ricos ni pobres y no había explotación. Todos aceptamos la necesidad de que exista una cierta forma de socialismo para permitir que nuestro pueblo alcance a los países avanzados de este mundo y supere su legado de extrema pobreza. Pero esto no significa que seamos marxistas”. A pesar estas palabras, Nelson Mandela había escrito en 1961 un breve texto titulado Cómo ser un buen comunista, donde afirmaba: “La del comunismo es la mayor causa en la historia de la humanidad. Gracias al genio de Marx, Lenin y Stalin, un mundo comunista está a nuestro alcance, en el que no habrá explotadores y explotados, opresores y oprimidos, ricos y pobres. El movimiento comunista todavía se enfrenta a poderosos enemigos, que han de ser aplastados y eliminados de la faz de la tierra, antes de que podamos lograr un mundo comunista. Sin una lucha dura, amarga y larga contra el capitalismo y la explotación, no puede haber un mundo comunista”.

Mandela era consciente que el fin del apartheid sería inútil sin una política eficaz contra la desigualdad y la pobreza. Por eso, sostiene en su alegato: “Sudáfrica es el país más rico de África, y podría ser uno de los países más ricos del mundo. Pero es una tierra de extraordinarios contrastes. Los blancos disfrutan del que posiblemente sea el nivel de vida más alto del mundo, mientras que los africanos viven en la pobreza y la miseria. La pobreza lleva aparejada la desnutrición y la enfermedad. La tuberculosis, la pelagra y el escorbuto provocan la muerte y la destrucción de la salud. […] La falta de dignidad humana experimentada por los africanos es una consecuencia directa de la política de la supremacía blanca. La supremacía blanca implica la inferioridad de los negros. La legislación diseñada para mantener la supremacía de los blancos refuerza esta idea. Las labores de baja categoría son siempre realizadas por africanos. […] Los niños deambulan por las calles porque no tienen escuelas a las que ir, ni dinero para poder ir, ni padres en casa para ver que van, porque ambos progenitores (si es que hay dos) tienen que trabajar para mantener viva a la familia. Esto conduce a una ruptura de las normas morales, a un incremento alarmante de la ilegitimidad y a la violencia, que surge no solo en el ámbito político, sino en todas partes. La vida en los municipios segregados es peligrosa. No hay un día en el que no apuñalen o ataquen a alguien. Y la violencia se traslada fuera de los barrios segregados [hasta] las zonas donde viven los blancos. La gente tiene miedo de andar por las calles cuando anochece. Los allanamientos de morada y los robos están aumentando, a pesar del hecho de que ahora se puede imponer la pena de muerte por estos delitos. Las penas de muerte no pueden curar el resentimiento enconado”.

Mandela finaliza su alegato, exponiendo los fundamentos de su proyecto político y aceptando las consecuencias de su compromiso con la emancipación de su pueblo: “Por encima de todo, queremos los mismos derechos políticos, porque sin ellos nuestras desventajas serán permanentes. Sé que esto les parece revolucionario a los blancos de este país porque la mayoría de los votantes serán africanos. Esto hace que el hombre blanco tema la democracia. Pero no se puede permitir que este temor se interponga en el camino de la única solución que garantizará la armonía racial y la libertad para todos. No es cierto que la concesión del derecho al voto a todo el mundo provocará una dominación racial. La división política, basada en el color, es totalmente artificial y, cuando desaparezca, también lo hará el dominio de un grupo de color sobre otro. El ANC se ha pasado medio siglo luchando contra el racismo. Cuando triunfe, no cambiará esa política. Esto, por tanto, es contra lo que lucha el ANC. Su lucha es una auténtica lucha nacional. Es una lucha de los africanos, movidos por su propio sufrimiento y su propia experiencia. Es una lucha por el derecho a vivir. Durante toda mi vida me he dedicado a esta lucha de los africanos. He luchado contra la dominación de los blancos, y he luchado contra la dominación de los negros. He anhelado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero lograr. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”.

En Robben Island, Mandela sufrió unas durísimas condiciones de encarcelamiento: trabajos forzados en una cantera de cal doce horas al día, una esterilla en el suelo y una áspera manta como único lecho, una carta y una visita cada seis meses, una ración de comida inferior a las de los presos de otras etnias. Nunca condenó los atentados que cometió el ANC durante sus años de confinamiento ni después, pues estimó que eran el precio necesario para conseguir la liberación de su pueblo. En 1985, el Presidente Botha le ofrece la excarcelación, si renuncia públicamente a la lucha armada. Mandela responde que “un hombre privado de libertad no puede negociar ni aceptar tratos”, particularmente cuando su pueblo soporta un régimen de terror, con torturas, desapariciones forzosas, ejecuciones y una odiosa segregación racial. Cuando abandonó la prisión en 1990, Nelson Mandela levantó el puño antes las cámaras y declaró: “Aún existen razones para la lucha armada en Sudáfrica”.

Se ha hablado mucho de los acuerdos secretos entre Nelson Mandela, el gobierno racista de Pretoria, Gran Bretaña y Estados Unidos. Lo cierto es que, lejos de sus simpatías iniciales por el comunismo, Madiba se limitó a aplicar la política neoliberal imperante. Actualmente, Sudáfrica es uno de los países más desiguales del planeta, donde el 20% más rico –mayoritariamente blanco- acumula el 80% de la riqueza. Sólo el 3% de las tierras cultivables están en manos de agricultores negros. Los blancos conservan la propiedad del 97% restante, si bien hay blancos pobres, peones de origen holandés (afrikaanders), que viven en miserables campamentos sin agua ni electricidad. Los trabajadores negros ganan seis veces menos que los blancos. En torno al 23% de los hogares carecen de agua y electricidad. Uno de cada cinco adultos está infectado de SIDA, la mitad de los jóvenes carecen de empleo y se produce una violación cada 26 segundos. Según un reportaje realizado el 31 de marzo de 2011: “Las estadísticas en Sudáfrica sobre violencia contra mujeres y niños marean por su magnitud: se habla de una mujer violada cada 26 segundos, una mujer asesinada cada seis horas, seis veces más que la media global. Aún así, nadie tiene claras las estadísticas. Lo que sí es evidente es que desde el final del apartheid, en 1994, las agresiones sexuales denunciadas se han disparado hasta revelar una epidemia. En 1994, se denunciaron a la policía 44.571 violaciones. En 2006, la figura llegó a 53.000. Las últimas figuras facilitadas por la policía -criticadas porque bajo el epígrafe de “delitos sexuales” se mezclan agresiones sexuales y, por ejemplo, desmantelamientos de burdeles-, ascienden a 68.000” (Loli Cambra, El País, Blog Mujeres). En cuanto a la violencia asociada a la delincuencia común, que tanto preocupaba a Nelson Mandela, cada año mueren cerca de 25.000 personas, lo cual significa una media de unos 70 asesinatos diarios. Es decir, un caso cada 20 minutos. Una pequeña minoría negra se ha aliado a la gran burguesía blanca y no duda en recurrir a la violencia para reprimir a los trabajadores descontentos, como sucedió en Markina, cuando 34 mineros murieron bajo las balas de la policía. Sería injusto responsabilizar a Madiba de este crimen, pero al mantener unas estructuras económicas que no promovían la igualdad ni la redistribución de la riqueza, preparó un escenario que sólo invita al desánimo y la desesperanza, facilitando los abusos de las autoridades y las explosiones de rabia e impotencia de los más débiles y desfavorecidos. De hecho, la corrupción crece imparable, las desigualdades se acentúan, la represión policial continúa y la violencia callejera experimenta una espiral incontenible.

¿Qué paso con Nelson Mandela? Era un admirador de la Revolución cubana y ahora es elogiado por la prensa conservadora. A su muerte, Wall Street le dedicó un minuto de silencio y los jefes de Estado de los países más influyentes y poderosos honraron su memoria. Es desolador escuchar a Barack Obama, presidente de Estados Unidas, declarando “no puedo imaginar mi vida sin el ejemplo de Mandela”, cuando su mandato se ha caracterizado por los asesinatos selectivos con aviones no tripulados (drones) y ha incumplido su promesa electoral de cerrar la inhumana e ilegal prisión de Guantánamo, donde la tortura física y psíquica es pura rutina. Todo esto me recuerda el circo organizado con Teresa de Calcuta, con la diferencia de que la monja de origen albanés no hizo nada verdaderamente meritorio, pues como denunció Christopher Hitchens su obra está llena de sombras y posibles fraudes. Mandela nunca habría afirmado que “el sufrimiento de los pobres es muy hermoso”. Sin embargo, coincide con ella en concitar el aplauso de los ricos y poderosos, que le han convertido en un santo laico. Es cierto que Mandela dignificó la lucha de los pueblos africanos y prefirió la prisión a la rendición, pero cuando se hizo con el poder apenas modificó la estructura económica del país. ¿No pudo hacer otra cosa? Si es así, ¿no dilapidó sus 27 años de confinamiento y su enorme prestigio entre sus partidarios? Ronnie Kasrils, blanco, judío y militante del ANC en la clandestinidad, ocupó varios cargos de responsabilidad en la Sudáfrica post-apartheid, incluido el de viceministro de Defensa. Al enjuiciar esos años, admite que no llevaron a cabo la anunciada política de nacionalizaciones por miedo a espantar a los inversores internacionales. “Fuimos demasiado tímidos”, reconoce apesadumbrado.

No pretendo rebajar la estatura moral de Nelson Mandela, pero sí poner de manifiesto que el precio del pragmatismo casi siempre implica grandes claudicaciones. El caso de Mandela evidencia que la política es una variable menor en un mundo controlado por grandes corporaciones financieras. Si el líder sudafricano hubiera adoptado medidas más ambiciosas y redistributivas, quizás hubiera acabado sus días como Patrice Lumumba, el primer presidente negro de la República Democrática del Congo, o como Thomas Sankara, presidente de Burkina Faso entre 1983 y 1987, ambos asesinados tras cruentos golpes de estado apoyados por Europa y Estados Unidos. Mandela era un hombre valiente, sin miedo a la muerte. Su tibieza en las reformas económicas y sociales no debe atribuirse a oscuros intereses personales, sino a la impotencia de las ideas frente a un orden global que no cesa de incrementar la pobreza y la desigualdad.

RAFAEL NARBONA

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OTRA FORMA DE SER CRISTIANO

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Óscar Romero, arzobispo de El Salvador. Asesinado por el ejército el 24 de marzo de 1980. Nació en Ciudad Barrios en 1917.

Óscar Romero, arzobispo de San Salvador, y Teresa de Calcuta, fundadora de las Misioneras de la Caridad, fueron propuestos para el Premio Nobel de la Paz en 1979. La Academia sueca, conservadora y timorata, le concedió el galardón a la monja nacida en Uskub, actual República de Macedonia. Óscar Romero fue asesinado por el Ejército salvadoreño un año después, mientras celebraba la eucaristía. Acusado de revolucionario, comunista y subversivo, pidió en su última homilía que los soldados dejaran de asesinar a los campesinos, siguiendo las instrucciones de unos mandos al servicio de la oligarquía que controlaba la riqueza del país, sin preocuparse del hambre y la pobreza de la mayoría de la población. Pocos recuerdan a Óscar Romero, pero nadie ha olvidado de Teresa de Calcuta. Elogiada por su supuesta defensa de los pobres, sus verdaderas motivaciones salieron a la luz durante una conversación con el escritor y periodista Christopher Hitchens. “No estoy trabajando para aliviar la pobreza –admitió la monja-. No soy una trabajadora social. No lo hago por eso. Lo hago por Cristo. Lo hago por la Iglesia”. Por el contrario, Óscar Romero afirmó: “La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres. Sólo así encuentra su salvación”.

Roberto D’Aubuisson, máximo responsable de los escuadrones de la muerte en El Salvador, leyó un comunicado en televisión a principios de febrero, citando doscientos nombres de “comunistas y traidores”. Entre ellos, se hallaba Óscar Romero, al que se le ofrecía una última oportunidad para enderezarse y rectificar. Pocas semanas después, el arzobispo recibió una amenaza más explícita, firmada por D’Aubuisson, que disfrutaba de una vergonzosa impunidad por su condición de militar: “Mentado arzobispo Romero. Por ser traidor a la patria y por estar levantando al pueblo contra su legítimo gobierno, esta unión patriótica lo condena a muerte, igual que hemos matado a tanto cura comunista. Viva El Salvador. Muera el comunismo ateo. Unión Guerrera Blanca”. La respuesta de Óscar Romero consistió en recrudecer su compromiso con el pueblo salvadoreño, diezmado por torturas y asesinatos extrajudiciales. Un día antes de que un francotirador acabara con su vida, se dirigió a la Guardia Nacional, pidiéndole que dejara de cometer masacres, alegando que nadie está obligado obedecer una orden inmoral, contraria a ley de Dios.

La trayectoria de Teresa de Calcuta no puede estar más alejada del sincero compromiso de Óscar Romero con la creación de una sociedad más justa e igualitaria. Opuesta al Vaticano II, Teresa de Calcuta siempre predicó la resignación y el conformismo. Cuando estalló una planta química de la compañía estadounidense Unión Carbide en Bhopal (India), causando 2.500 muertos, se manifestó partidaria de perdonar a los culpables y no abrir investigaciones legales. Al aproximarse a una de las víctimas, que se retorcía de dolor por las quemaduras, le dijo ante las cámaras de televisión: “Estás sufriendo como Cristo en la Cruz, así que Jesús debe estar besándote”. El hombre contestó: “Por favor, dígale que deje de besarme”.  Enemiga del divorcio, el aborto y los anticonceptivos, declaró: “Yo no le daría un bebé de una de mis casas a un pareja que usa anticonceptivos. Los que usan anticonceptivos no comprenden el amor”. Aunque no suele mencionarse, Teresa de Calcuta tuvo muchos detractores en la India. Los médicos denunciaron que la atención ofrecida a los pacientes terminales en sus hogares para moribundos era de escasa calidad. De hecho, se comprobó que era habitual reutilizar agujas hipodérmicas y se utilizaba agua fría para el aseo diario. Mary Loudon del British Medical Journal apuntó que se escatimaban los analgésicos por prejuicios religiosos, pues se entendía que el sufrimiento físico y psíquico aproximaba a Dios. De hecho, Teresa de Calcuta tomó su nombre (en realidad, se llamaba Agnes Gonxha Bojaxhiu) de Teresa de Liseux, una joven carmelita descalza de nacionalidad francesa que murió entre atroces dolores al negarse a recibir calmantes, pensando que su terrible agonía era la voluntad de Dios. En los hogares de Teresa de Calcuta, se escuchaban los gritos de los moribundos con las heridas abiertas y llenas de gusanos, según Sanal Edamaruku, presidente de la organización Rationalist Internacional. The Guardian realizó un reportaje sobre los orfanatos y mostró las deplorables condiciones de higiene y atención. Colette Livermore, ex misionera, abandonó la congregación y publicó el libro Hope Endures, donde refería que Teresa de Calcuta promovía una “teología del sufrimiento” que incluía el consejo de no adquirir formación médica, pues lo esencial no era curar, sino difundir el Evangelio.

Teresa de Calcuta aceptó donaciones de la familia Duvalier, que gobernaba Haití mediante la represión y el saqueo de las riquezas del país. Incluso viajó al país caribeño y elogió un régimen condenado internacionalmente por sus sistemáticas violaciones de los derechos humanos. No tuvo problemas de conciencia para aceptar una donación de 1.250.000 dólares de Charles Keating, el “rey de los bonos basura”, que en 1992 estafó a 17.000 pequeños inversores en Estados Unidos. Cuando Keating fue procesado, envió una carta al juez, pidiendo clemencia: “No sé nada de sus negocios. Sólo sé que ha sido generoso con los pobres de Dios”. El fiscal escribió a Teresa de Calcuta: “Le ruego que devuelva el dinero que robó Keating a las personas que lo ganaron con su trabajo”. La monja ni siquiera contestó. En 1996, Irlanda celebró un referéndum para legalizar el divorcio, prohibido por su Constitución. Teresa de Calcuta viajó hasta Dublín para participar en las campañas a favor del voto negativo, lo cual no le impidió desear a su amiga Diana de Gales una vida más feliz, después de liberarse de un matrimonio desgraciado. Poco después de muerte de la fundadora de las Misioneras de la Caridad, la revista alemana Stern y la revista inglesa New Left Review, considerada una de las veinte mejores publicaciones mundiales sobre ciencias políticas, realizaron sendos reportajes de investigación, con las mismas conclusiones: Teresa de Calcuta no empleó el dinero de las donaciones en reducir la pobreza o mejorar las condiciones de sus centros, sino en la apertura de nuevos conventos y en la propagación de la misión evangelizadora. Su finalidad no era curar, sino lograr conversiones e inculcar resignación en los enfermos terminales, sin aliviar su sufrimiento ni aprovechar los avances de la medicina.

Teresa de Calcuta fue beatificada con premura por Juan Pablo II, un Papa cuyo objetivo principal fue aniquilar la herencia del Concilio Vaticano II y desmantelar la Teología de la Liberación. Al mismo tiempo que amonestaba públicamente a Ernesto Cardenal y hostigaba a Leonardo Boff y Hans Küng, condenando sus libros y boicoteando su carrera docente, colmaba de elogios a Marcial Maciel, sacerdote mexicano que fundó la Legión de Cristo, y favorecía sin tregua a Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. En 1997, ocho antiguos legionarios de Cristo enviaron una carta a Wojtyla, acusando a Marcial Maciel de abusos sexuales, pero el Papa polaco ignoró la denuncia y continuó protegiendo a Maciel. Más tarde, se revelaría que el sacerdote mexicano había cometido infinidad de abusos sexuales, incluso con sus tres hijos, engendrados con dos mujeres diferentes, incumpliendo el voto de castidad. Adicto al demerol y la morfina, Maciel administró fraudulentamente los recursos económicos de la Legión de Cristo y plagió en más de un 80% el Salterio de mis horas, una obra del abogado y político católico Luis Lucia Lucia. El resultado fue Salterio de mis días: 98 meditaciones, la obra de referencia de la Legión de Cristo. No es menos sombría la historia de Escrivá de Balaguer, que nunca disimuló su devoción por el dictador Francisco Franco. Su canonización en tiempo récord (se habló de “turbosantidad”) no pudo ocultar el lado más oscuro del Opus Dei: elitismo, proselitismo agresivo, violación de la correspondencia privada de los numerarios, mortificación física, manipulación y coacción, censura de libros, humillantes correcciones fraternas. Wojtyla se despidió del mundo y de su pontificado, sepultando escándalos y cerrando las ventanas abiertas por Juan XXIII hacia una Iglesia Católica más tolerante, solidaria y humana. Sus funerales reunieron a los más altos dignatarios de la política internacional. Casi todos los presidentes desfilaron delante de su ataúd, rindiéndole honores. Pocos recordaron su firme apoyo a Pío Laghi, nuncio del Vaticano en Argentina durante la época de la Junta Militar que exterminó a 30.000 opositores políticos, incluidos 323 menores de edad y varios centenares de mujeres embarazadas, cuyos hijos fueron entregadas a familias implicadas en la represión, que les educaron como hijos propios y les ocultaron su verdadera identidad. Las Madres de Plaza de Mayo siempre consideraron a Pío Laghi “un cómplice activo” del genocidio. Juan Pablo II no manifestó ninguna preocupación por las víctimas de las dictaduras del Cono Sur. Su vocación mediática y su fervor mariano consideraban más prioritario condenar el aborto y los métodos anticonceptivos.

Las exequias de Teresa de Calcuta convocaron un circo mediático. Todos los presidentes hicieron genuflexiones o se arrodillaron ante los restos de la monja. No se puede negar que se ha convertido en uno de los iconos del siglo XX. Simboliza el espíritu caritativo, pero en ningún caso encarna el anhelo de justicia y solidaridad. La solidaridad es horizontal y discurre en dos direcciones, dignificando a todos los que se dejan enredar en su trama. La caridad es vertical y presupone la superioridad moral del que la ejerce. La solidaridad implica un inequívoco deseo de transformación social, pues entiende que “la pobreza no es una fatalidad, sino una injusticia. Es resultado de estructuras sociales y de categorías mentales y culturales que han configurado el actual orden social”. No son las palabras de un revolucionario, sino de Gustavo Gutiérrez Merino, filósofo y teólogo peruano y uno de los pioneros de la Teología de la Liberación. A pesar de su independencia y coraje (el lema “Haga patria, mate un cura” se concibió en América Latina para acabar con los sacerdotes que había manifestado su opción preferencial por los pobres), sólo unos pocos conocen a Gustavo Gutiérrez. Es el autor de una notable obra filosófica, política y teológica que acusa al capitalismo de convertir la pobreza y la desigualdad en hechos estructurales para preservar los privilegios de una minoría, pero sus reflexiones y su compromiso apenas son un leve rumor en comparación con el estruendo provocado por la peripecia hollywoodiense de Teresa de Calcuta, amada hasta el histerismo por masas ignorantes y exaltada por los ricos y los poderosos, que nunca percibieron su labor misionera como un peligro para sus intereses.

“Esta civilización está gravemente enferma –afirmó Ignacio Ellacuría, filósofo, jesuita y teólogo de la liberación asesinado por el Ejército salvadoreño en 1989-, y para evitar un desenlace fatídico y fatal es necesario intentar cambiarla. Sólo utópica y esperanzadamente puede uno creer y tener ánimos para intentar con todos los pobres y oprimidos del mundo revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”. El mundo no necesita monjas fanáticas que recen y se dejen agasajar por los ricos y poderosos, sino hombres y mujeres dispuestos a subvertir la historia, sin dejarse intimidar por los perros de la guerra y la codicia. Óscar Romero e Ignacio Ellacuría murieron por ese ideal, revelando que lo auténticamente cristiano es acompañar a las víctimas en su desdicha y luchar contra los que se han apoderado de la tierra, ejerciendo la violencia contra sus semejantes. Por eso, sólo unos pocos les recuerdan y honran su memoria.

El filósofo italiano Gianni Vattimo publicó hace unos años un artículo titulado “Separarse de la vida (y de la Iglesia)”. Apareció en el diario El País el 10 de mayo de 2009 a propósito del caso de Eluana Englaro, una joven italiana que se convirtió en el centro de una estrepitosa polémica sobre la eutanasia. Su padre emprendió una larga batalla legal para que se le autorizara desconectar a su hija de las máquinas, gracias a las cuales se mantenía en coma vegetativo desde hacía dieciocho años, después de sufrir un accidente de automóvil. Al parecer, Eluana había manifestado en conversaciones con su padre que le parecería horrible vivir en ese estado. La Iglesia Católica se opuso con todas sus fuerzas y Berlusconi intentó imponer por decreto la obligación de continuar el tratamiento, pero Giorgio Napolitano, presidente de la República, se negó a firmarlo. Gianni Vattimo relataba en su artículo que había vivido una experiencia similar con su compañero sentimental, reconociendo públicamente una homosexualidad que no consideraba incompatible con el dogma católico. Su compañero, enfermo terminal de cáncer, se suicidó con una sobredosis de pastillas, cuando el deterioro se hizo insoportable. Vattimo se preguntaba si no habría sido más humano ofrecerle la posibilidad de una eutanasia bajo supervisión médica. Después de reflexionar sobre la actitud de la Iglesia Católica en el caso de Eluana Englaro, sostenía que la Iglesia como estructura de poder se había convertido “no ya en un sostén para la fe, sino en un escándalo continuo y un obstáculo para escuchar el Evangelio”. Y citaba la oposición del Vaticano al uso del preservativo en un mundo flagelado por el SIDA, la excomunión de los médicos brasileños que habían realizado un aborto a una niña brasileña de doce años, embarazada por una violación y el perdón concedido al obispo lefebvriano que negaba el Holocausto. A la vista de estas conductas, Vattimo opinaba que “la Iglesia como estructura histórica merecía, evangélicamente, desaparecer”.

El pontificado del Papa Francisco no ha materializado cambios importantes, pero sí ha escenificado una actitud más humana y compasiva. Es pronto para formular juicios, pero la Iglesia Católica debe escoger entre renovarse, abrirse al mundo y ser fiel al mensaje de Jesús, o, por el contrario, sobrevivir como estructura de poder, manteniendo un discurso reaccionario y regresivo, de tintes fundamentalistas. Jon Sobrino señaló hace tiempo el camino de un cristianismo auténtico, radical y sincero: “No hay opción por los pobres sin decisión a defenderlos. Y por lo tanto, sin una decisión a introducirse en el conflicto histórico. Esto no suele ser muy tenido en cuenta. Ni siquiera teóricamente. Pero, digámoslo una vez más: no hay opción por los pobres sin arriesgar”. Óscar Romero así lo entendió. Su vida y su muerte son un luminoso ejemplo y un motivo de esperanza.

RAFAEL NARBONA

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LA IDENTIDAD DE EUROPA CONTRA EL TERROR DE DAESH

declaración de derechos humanos eleanor roosvelt

Eleanor Roosevelt con la Declaración Universal de los Derechos Humanos

La utopía de una Europa libre, tolerante y solidaria es una utopía razonable por la que merece la pena luchar. Desgraciadamente, el proyecto europeo sólo ha conseguido alumbrar una serie de acuerdos comerciales, que apenas pueden crear ilusión y convicción, particularmente en una época de crisis, donde los gobiernos se enfrentan a graves problemas para garantizar la continuidad de las instituciones y los servicios sociales. Hasta ahora, la política ha desempeñado un papel marginal en un proceso dirigido por tecnócratas, más preocupados por cuadrar las cuentas que por exaltar los valores de una sociedad libre y plural. Ningún proyecto político prospera sin ideas sólidas, con el poder de seducción para movilizar a la población. El bagaje ideológico de la Unión Europea es demasiado débil para combatir la mística nacionalista, religiosa o revolucionaria. En ese clima de desilusión y escepticismo, la reaparición del terrorismo no era algo impensable, sino un riesgo que sólo necesitaba ciertas variables para convertirse en una dolorosa realidad.

La irrupción de Daesh pone de manifiesto que una sociedad apática y desorientada es mucho más vulnerable que una sociedad con un proyecto definido y bien arraigado. Daesh ofrece la redención y el amor divino a todos sus seguidores. No es algo original. Todas las religiones comercian con el amor y el perdón. La novedad consiste en que el precio es cada vez más asequible. Es suficiente disponer de un cuchillo para salir a la caza del infiel. En el pasado, el cristianismo también se dedicó a descabezar infieles. Las religiones nunca se han mostrado compasivas con los que no comulgan con sus dogmas. Las piras de la Inquisición aún humean en la memoria colectiva. Es evidente que poseer un territorio, un patrimonio y una jerarquía ayuda a mantener con vida la llama de la fe. El catolicismo no sería nada sin Roma y su pontífice. Escribe Octavio Paz: «Veo en la Iglesia católica no sólo una comunidad de fieles sino a una institución cuyo modelo histórico fue el Imperio Romano». Los cambios políticos experimentados por Europa desde la caída del Antiguo Régimen transformaron el afán imperialista en evangelización pacífica. El islam no ha soportado el asalto crítico de la Modernidad, lo cual explica que su proselitismo aún discurra por cauces bélicos. La estrategia de terror de Daesh perdería gran parte de su poder de captación sin su territorio –el mal llamado Estado islámico de Irak y el Levante– y su patrimonio. Daesh posee una sólida financiación y un eficaz sistema burocrático que gestiona sus recursos. Podría soportar un asedio militar terrestre, oponiendo una resistencia que resultaría muy costoso quebrantar. Sus yacimientos de petróleo le permiten cubrir las necesidades de los diez millones de civiles bajo su control y mantener en funcionamiento su maquinaria de guerra. La recaudación de impuestos, la explotación de yacimientos de gas y centrales eléctricas, el saqueo de los bancos estatales de Mosul, los secuestros, el comercio de esclavos y la venta de antigüedades del patrimonio artístico de Siria e Irak completan una próspera economía que sortea sin problemas las represalias internacionales.

La estrategia militar utilizada contra Daesh hasta ahora no ha producido los resultados esperados. Los drones han matado a centenares de civiles, agudizando los sentimientos antioccidentales. Los bombardeos convencionales no han sido menos catastróficos. Una costosa intervención terrestre sólo reforzaría la tesis de una nueva cruzada contra el islam. De momento, únicamente parece viable apoyar a las fuerzas que combaten a Daesh sobre el terreno, pero Estados Unidos se opone a que Bashar-al-Ásad se perpetúe en el poder, lo cual significa que sólo considera aliados fiables a los peshmergas kurdos y a ciertos sectores del ejército sirio. En cuanto al Gobierno iraquí, de mayoría chií, su respaldo será inútil, si no aplaca su hostilidad hacia los suníes, que se traduce en infinidad de agravios y discriminaciones.

La división de quienes luchan contra Daesh contrasta con la proliferación de organizaciones que han jurado lealtad al califato, más de cuarenta grupos terroristas. Algunos poseen bases sólidas en Libia, Túnez y Egipto. Otros no cesan de crecer en Afganistán, Pakistán, Argelia, Indonesia, Uzbekistán e incluso Gaza. Es un dato preocupante, pero lo cierto es que ya no hace falta organizar una estructura paramilitar y clandestina para desatar el infierno. Mohamed Lahouaiej Bouhlel, el autor de la masacre de Niza, era un yihadista de última hora. Separado, trabajador precario y ladronzuelo de poca monta, no observaba el ayuno durante el Ramadán, pero decidió inmolarse en nombre del califato, eliminando al mayor número posible de viandantes con un camión. Un tercio de sus víctimas eran musulmanes. No creo que esa cuestión le quitara el sueño. Al igual que el joven de dieciocho años que mató a nueve personas en Múnich, sólo buscaba expresar su rabia, causar dolor en la sociedad que presuntamente lo excluía y maltrataba. Ya comenté una vez que este tipo de conductas podrían encuadrarse en el «síndrome Travis Bickle». El taxista interpretado brillantemente por Robert De Niro intenta huir su vacío existencial asesinando a un político, pero su plan se revela inviable y decide exterminar a los proxenetas que explotan a una adolescente como prostituta (Jodie Foster). Sólo el azar determina que se transforme en héroe, pese a que su motivación es despedirse del mundo con una explosión de ira.

No se equivoca Daniel Benjamin, profesor en el Dartmouth College y excoordinador del Departamento de Estado para la Lucha contra el Terrorismo: «El Estado Islámico y el yihadismo se han convertido en una especie de refugio para algunas personas inestables que se hallan al límite y encuentran una salida a través de un mensaje que los radicaliza en tiempo récord». Es evidente que Daesh rentabiliza esos casos de desesperación y anomia: «Prometemos días oscuros. Lo que viene será peor». Mientras los imitadores de Travis Bickle continúan su viaje hacia ninguna parte, seducidos por la idea de convertirse en mártires de Alá, el terrorismo organizado provoca grandes carnicerías en Bagdad, Kabul o Yakarta.

La solución no pude ser estrictamente militar y policial. El terrorismo no es una creación del islam, sino del fanatismo ideológico. Anders Breivik, el noruego que mató a setenta y siete compatriotas el 22 de julio de 2011, se apoyó en sus creencias cristianas para perpetrar la horrible matanza. Al igual que las ideologías políticas, las religiones pueden convertirse en fuerzas destructivas cuando no han aceptado la perspectiva crítica de la razón. Es posible que haya nuevos atentados. Siempre habrá fanáticos e inadaptados, buscando un pretexto para liberar su resentimiento. Sin embargo, Europa no debe renunciar a su identidad como espacio de libertad, tolerancia y solidaridad. El estado de excepción es una medida transitoria, no una medida indefinida. Sólo las dictaduras convierten las leyes de emergencia en leyes ordinarias. El endurecimiento de las penas o la proliferación de controles policiales tal vez reducirán el número de atentados, pero siempre habrá una brecha, un flanco vulnerable, que aprovecharán quienes no tienen nada que perder. Europa debe apostar por la integración, no por la represión. Su idea central es la convivencia democrática, no el miedo o la confrontación. Europa representa el sueño de un mundo gobernado por el respeto a los derechos humanos. Creo en el poder de esa idea y en su victoria a largo plazo frente a quienes predican el apocalipsis, encendiendo el odio y la enemistad entre pueblos y culturas. Robert Schuman, político francés de origen germano-luxemburgés y uno de los padres de Europa, no se equivocó al afirmar: «Europa ha proporcionado a la humanidad su pleno florecimiento. A ella le corresponde mostrar un camino nuevo, opuesto al avasallamiento, con la aceptación de una pluralidad de civilizaciones, en la que cada una de éstas practicará un mismo respeto hacia las demás».

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (29-07-2016). Del blog Viaje a Siracusa. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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